Jueces 9:1-21

9:1 Abimelec hijo de Jerobaal fue a Siquem, a los hermanos de su madre, y habló con ellos, y con toda la familia de la casa del padre de su madre, diciendo:
9:2 Yo os ruego que digáis en oídos de todos los de Siquem: ¿Qué os parece mejor, que os gobiernen setenta hombres, todos los hijos de Jerobaal, o que os gobierne un solo hombre? Acordaos que yo soy hueso vuestro, y carne vuestra.
9:3 Y hablaron por él los hermanos de su madre en oídos de todos los de Siquem todas estas palabras; y el corazón de ellos se inclinó a favor de Abimelec, porque decían: Nuestro hermano es.
9:4 Y le dieron setenta siclos de plata del templo de Baal-berit, con los cuales Abimelec alquiló hombres ociosos y vagabundos, que le siguieron.
9:5 Y viniendo a la casa de su padre en Ofra, mató a sus hermanos los hijos de Jerobaal, setenta varones, sobre una misma piedra; pero quedó Jotam el hijo menor de Jerobaal, que se escondió.
9:6 Entonces se juntaron todos los de Siquem con toda la casa de Milo, y fueron y eligieron a Abimelec por rey, cerca de la llanura del pilar que estaba en Siquem.
9:7 Cuando se lo dijeron a Jotam, fue y se puso en la cumbre del monte de Gerizim, y alzando su voz clamó y les dijo: Oídme, varones de Siquem, y así os oiga Dios.
9:8 Fueron una vez los árboles a elegir rey sobre sí, y dijeron al olivo: Reina sobre nosotros.
9:9 Mas el olivo respondió: ¿He de dejar mi aceite, con el cual en mí se honra a Dios y a los hombres, para ir a ser grande sobre los árboles?
9:10 Y dijeron los árboles a la higuera: Anda tú, reina sobre nosotros.
9:11 Y respondió la higuera: ¿He de dejar mi dulzura y mi buen fruto, para ir a ser grande sobre los árboles?
9:12 Dijeron luego los árboles a la vid: Pues ven tú, reina sobre nosotros.
9:13 Y la vid les respondió: ¿He de dejar mi mosto, que alegra a Dios y a los hombres, para ir a ser grande sobre los árboles?
9:14 Dijeron entonces todos los árboles a la zarza: Anda tú, reina sobre nosotros.
9:15 Y la zarza respondió a los árboles: Si en verdad me elegís por rey sobre vosotros, venid, abrigaos bajo de mi sombra; y si no, salga fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano.
9:16 Ahora, pues, si con verdad y con integridad habéis procedido en hacer rey a Abimelec, y si habéis actuado bien con Jerobaal y con su casa, y si le habéis pagado conforme a la obra de sus manos
9:17 (porque mi padre peleó por vosotros, y expuso su vida al peligro para libraros de mano de Madián,
9:18 y vosotros os habéis levantado hoy contra la casa de mi padre, y habéis matado a sus hijos, setenta varones sobre una misma piedra; y habéis puesto por rey sobre los de Siquem a Abimelec hijo de su criada, por cuanto es vuestro hermano);
9:19 si con verdad y con integridad habéis procedido hoy con Jerobaal y con su casa, que gocéis de Abimelec, y él goce de vosotros.
9:20 Y si no, fuego salga de Abimelec, que consuma a los de Siquem y a la casa de Milo, y fuego salga de los de Siquem y de la casa de Milo, que consuma a Abimelec.
9:21 Y escapó Jotam y huyó, y se fue a Beer, y allí se estuvo por miedo de Abimelec su hermano.

ABIMELEC, LA ZARZA QUE SE LEVANTÓ COMO REY


Buenos días. Existe una famosa máxima atribuida popularmente a Winston Churchill que reza: “El problema de nuestra época consiste en que los hombres no quieren ser útiles, sino importantes”. Esto trasciende cualquier época: sigue siendo cierto hoy. Lo vemos en los políticos que nos gobiernan y, tristemente, en muchas iglesias. También define con precisión la tragedia de nuestro pasaje bíblico. Por ambición personal, Abimelec conspiró para hacerse rey sobre Siquem, manipulando a la familia de su madre y asesinando a sus hermanos. Pensó que “el fin justifica los medios”; quería el trono y haría lo que fuera necesario para alcanzarlo, sin importar si era o no la voluntad de Dios.

Algo similar sucede con frecuencia en nuestros días. Muchos, movidos por la ambición, hacen lo que sea para alcanzar sus metas, sin considerar siquiera la voluntad del Señor. Lamentablemente, esto no ocurre solo en el mundo, sino también dentro de la iglesia. Tristemente, hay quienes aspiran a posiciones de liderazgo no para servir, sino para obtener reconocimiento y privilegios. Cuando llegan allí, muestran su verdadero carácter, abusan de su posición y pueden desatar una tragedia similar a la de nuestro pasaje bíblico.

Por esta razón, el pasaje bíblico de hoy nos advierte contra esta actitud. Dios usó a Jotam para narrar una aleccionadora parábola que nos muestra la importancia de ser útiles para el Señor, dando fruto con los dones que Él nos ha otorgado y cumpliendo el propósito para el cual nos creó. No debemos aspirar a posiciones para ser reconocidos, sino para servir y glorificar al Señor con nuestras vidas.

Yo oro para que, a través de este mensaje, cada uno de nosotros examine su propio corazón y evalúe si está actuando con verdad e integridad. Que nos arrepintamos de toda ambición personal y deseo de reconocimiento, y le pidamos al Señor que nos ayude a dar el fruto que Él espera con los dones que nos ha dado. Que deseemos de todo corazón servir al Señor y a los hermanos con nuestros dones, especialmente a los jóvenes estudiantes de la Universidad de Panamá, para que el Señor nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.

I.- Abimelec se hace rey con el apoyo de Siquem (1-6)

Leamos juntos el v.1, por favor. Después de la muerte de Gedeón, Abimelec aspiraba a ocupar el trono de su padre. Los acontecimientos de este capítulo son las tristes consecuencias del liderazgo sin integridad de Gedeón que aprendimos en el mensaje anterior. Seguramente cada vez que Abimelec mencionaba su propio nombre, recordaba la posición de su padre —pues, como vimos la semana pasada, su nombre significa literalmente “Mi padre es rey” ―, y ese deseo de reinar germinaba en su corazón. Sin embargo, tenía muchos hermanos mayores delante de él en una hipotética línea sucesoria. Además, era hijo de una concubina, no de las esposas principales. Por lo tanto, sus aspiraciones eran casi imposibles de alcanzar. No obstante, ideó un astuto plan para hacerlas realidad.

Leamos juntos los vv. 1-2. Abimelec fue a la familia de su madre y habló con ellos, planteándoles un falso dilema y haciendo una hábil apelación emotiva: “¿Qué os parece mejor, que os gobiernen setenta hombres, todos los hijos de Jerobaal, o que os gobierne un solo hombre? Acordaos que yo soy hueso vuestro, y carne vuestra.” (v.2). El falso dilema hacía parecer que solo existían dos alternativas: o los gobernaban setenta hombres, o los gobernaba uno solo. En aquella época, los reyes y sus cortes eran sostenidos por el pueblo. Mantener a setenta hombres, con sus familias y sirvientes, representaba una tremenda carga económica. Por ende, la opción de un solo gobernante resultaba mucho más atractiva. ¿Y quién debía ser ese hombre? Abimelec concluye con su apelación emotiva: “Acordaos que yo soy hueso vuestro, y carne vuestra.” Como era pariente de ellos, les insinúa que tendrían mayores beneficios, ventajas y privilegios. Como dice el refrán: “la sangre es más espesa que el agua”; los lazos familiares debían imponerse sobre cualquier otra consideración.

Sin embargo, esto era una completa manipulación. En ninguna parte del texto vemos que los hijos de Gedeón hubieran pactado gobernar juntos; ni siquiera hay evidencia de que alguno de ellos deseara el trono —de hecho, la parábola de Jotam sugiere lo contrario—. El dilema era completamente falso. Era una estrategia de manipulación ideada por Abimelec para convencer a sus parientes de que lo apoyasen en sus aspiraciones. Y le funcionó a la perfección, como veremos a continuación.

Leamos ahora juntos los vv. 3-4a. Sus parientes quedaron convencidos de que lo mejor era apoyar a Abimelec para que fuese rey y emprendieron una campaña en Siquem para que todos lo apoyasen también. Seguramente usaron el mismo falso dilema y la misma apelación emotiva, con un slogan como: ‘Siquem para los siquemitas’. Así, “el corazón del pueblo se inclinó a favor de Abimelec, porque decían: Nuestro hermano es.” Abimelec se ganó por completo la empatía de la gente de su ciudad. 

Y no solo le dieron su simpatía, sino también un importante respaldo económico para financiar sus planes: setenta siclos de plata. En aquella época, un siclo de plata equivalía aproximadamente al salario mensual de un jornalero. Por lo tanto, el pueblo le estaba entregando a Abimelec el equivalente a casi seis años de trabajo. Si lo calculamos con el salario actual de un obrero de unos treinta dólares diarios, estaríamos hablando de unos cuarenta mil dólares. ¡Una suma importante para su campaña!

Pero hay un detalle sumamente importante: ¿de dónde salió ese dinero? “del templo de Baal-berit”. Baal-berit significa “señor del pacto”, y era el nombre de la deidad cananea adorada en Siquem antes de la conquista de Josué. Esto nos muestra que los israelitas en Siquem reconstruyeron el templo y retomaron la adoración a este dios, al punto de poseer un tesoro tan próspero que les permitió sacar, sin remordimiento alguno, setenta siclos de plata para financiar las ambiciones de Abimelec. Esto nos revela el estado espiritual de Siquem: era un pueblo idólatra que había abandonado al Dios verdadero para postrarse ante Baal.

Leamos juntos los vv. 4b-5a. Abimelec usó el dinero inmundo que recibió para contratar mercenarios —hombres ociosos y vagabundos— que lo ayudaran a ejecutar un siniestro plan: eliminar cualquier posible oposición a su reinado. Se llevó a su banda de matones a la casa de su padre en Ofra, donde vivían sus hermanos, los capturó y los asesinó a todos allí, sobre una misma piedra. ¡Setenta hermanos asesinados a sangre fría por la ambición de uno solo! ¡Qué escena tan horrible! ¿Hasta dónde pueden llegar el egoísmo y la ambición humana? De un solo golpe sangriento, se borró casi por completo el legado de Gedeón en Israel.

Amados hermanos, esta historia nos parece tétrica y detestable. Pero, tristemente, el corazón humano sin rendir a Dios es capaz de cosas similares. Quizá ninguno de nosotros ha tomado una espada para matar a alguien, pero con nuestro pecado podemos destruir la vida de otros. Quien anda en adulterio o fornicación destruye a su familia, a su cónyuge e, incluso, a la pareja de pecado. Quien en su ira maltrata verbal o físicamente a su prójimo demuestra la misma actitud que Abimelec. Después de todo, el Señor Jesús enseñó en el Sermón del Monte: “ Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego.” (Mat. 5:21-22). De la misma manera, hay quienes, movidos por la ambición de destacar, destruyen la reputación de otros, murmuran, pasan por encima de sus hermanos o actúan con una falsa piedad, sin importarles a quién pisotean en el camino. Se abrazan a la misma filosofía mundana de Abimelec: “El fin justifica los medios”.

Hermanos, tengamos mucho cuidado de actuar de esta manera. No seamos como Abimelec. No cedamos a los deseos pecaminosos de nuestro corazón. Antes bien, busquemos con diligencia la voluntad de Dios para nuestras vidas. Como nos exhorta el apóstol Pablo: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros.” (Flp. 2:3-4). Sirvámonos con amor los unos a los otros y procuremos siempre el bien de nuestros hermanos por encima del nuestro. De esta manera, podremos construir una verdadera comunidad de amor y servicio donde Dios pueda ser glorificado. Amén.

Leamos ahora juntos el v.6. Después de tal atrocidad, todos los hombres de Siquem se juntaron y proclamaron a Abimelec como su rey. ¡Increíble! Tras presenciar semejante nivel de crueldad, no se les ocurrió mejor idea que coronarlo. Al ver su carácter, ¿qué clase de rey esperaban que fuese? Olvidaron muy pronto las palabras de Gedeón: “No seré señor sobre vosotros, ni mi hijo os señoreará: Jehová señoreará sobre vosotros.” (Jue. 8:23). ¿Dónde quedó el señorío de Jehová para ellos? ¿Por qué no consultaron al Señor antes de tomar una decisión tan trascendental? Porque ya no buscaban a Jehová; su corazón estaba entregado a los ídolos. 

Podemos juzgarlos en nuestro corazón, pero esto expone también la necedad de nuestras propias decisiones cuando no buscamos a Dios. Con frecuencia tomamos decisiones de las que nos arrepentimos cuando las consecuencias nos alcanzan, simplemente porque no consultamos al Señor. No hablo de las cotidianas —nadie necesita orar si debe cepillarse los dientes, bañarse, ir al trabajo o asistir a la iglesia el domingo; la voluntad de Dios ya es clara en todo eso—. Me refiero a las decisiones cruciales que marcan el rumbo de nuestra existencia: ¿Con quién me casaré? ¿Qué carrera estudiaré? ¿A dónde me mudaré? ¿En qué iglesia me congregaré? Esas elecciones afectan nuestro futuro pudiendo acercarnos más a Dios o alejarnos fatalmente de Él.

¿Cómo podemos conocer la voluntad de Dios en estos asuntos? Él nos ha provisto los medios. Primero, a través de las Escrituras, que son el medio supremo e infalible. La Biblia contiene todo el consejo del Señor y sus mandatos son el filtro supremo con el que debemos medir todo lo demás. Segundo, a través de la oración, donde alineamos nuestro corazón con el Suyo y pedimos sabiduría; pero cuidado, la oración no debe ser un intento de manipular a Dios para que apruebe nuestros caprichos, ni debemos confundir un deseo personal apasionado con la voz del Señor. Tercero, a través del consejo de cristianos maduros, quienes nos aportan objetividad y discernimiento bíblico. Cuarto, por la convicción del Espíritu Santo, que produce la paz de Cristo en el alma; recordando el peligro de que el corazón es engañoso y una falsa paz puede ser solo autosugestión si no se alinea con la Palabra. Y quinto, a través de las circunstancias que Dios abre o cierra providencialmente; pero hay que tener en cuenta de que este es el medio más engañoso si se lee de forma aislada. Cuando todos estos medios se alinean bajo la autoridad soberana de las Escrituras, podemos avanzar con total certeza en la voluntad del Señor. 

No seamos, pues, como Abimelec y los de Siquem que se dejaron llevar por la ambición, la manipulación, su propia lógica y sus deseos pecaminosos. Busquemos siempre la voluntad de Dios en cada decisión importante, incluyendo la elección de los líderes que guían nuestra nación. No nos dejemos mover por simpatías partidistas, favoritismos o promesas de beneficios personales; sino que, con oración y discernimiento, evaluemos el carácter y los frutos de las personas, para elegir a quienes verdaderamente puedan servir a Dios y al país con integridad. Amén. 

II.- Jotam amonesta a Siquem con una parábola profética (7-21)

         Leamos juntos el v.7, por favor. En el v.5b leemos que Jotam, el hijo menor de Gedeón, logró esconderse y escapar de la masacre. Él pudo haber permanecido oculto para proteger su vida; sin embargo, al enterarse de que en Siquem habían proclamado rey a Abimelec, se levantó y se paró en la cumbre del monte Gerizim, un lugar estratégico desde donde su voz se escuchaba en Siquem, para amonestar al pueblo por la necia decisión que habían tomado. Este es el mismo monte desde el cual se pronunciaron las bendiciones de la Ley si Israel obedecía a Jehová en Jos. 8. Qué trágica ironía, pues en este momento el pueblo estaba en abierta desobediencia al Señor. Fue, entonces, desde allí que Jotam los confrontó con una profunda y aleccionadora parábola.

Leamos juntos los vv. 8-15. A diferencia de las parábolas habituales que usan escenas cotidianas de la vida humana, aquí se emplean elementos de la naturaleza para ilustrar una verdad espiritual. Aunque en la vida real los árboles no hablan ni eligen reyes, esta historia encierra una lección vital para Siquem y para nosotros. De hecho, sabemos que fue inspirada por Dios porque culmina con una profecía que se cumplirá de manera literal al final de este capítulo, como aprenderemos la próxima semana. 

En su alegoría, Jotam narra que los árboles deciden elegir un rey sobre ellos. Se acercaron primero al olivo para ofrecerle la posición, pero éste la rechazó porque prefería seguir dando su fruto, la aceituna, de donde se sacaba el aceite de olivas para la confección del aceite de la unción que honraba a Dios y a los hombres, ungiendo tanto a profetas como reyes en el nombre del Señor. Luego, le ofrecieron el cargo a la higuera, quien lo rechazó igualmente porque prefería seguir dando su dulce fruto que alimentaba al pueblo. Entonces, le ofrecieron el puesto a la vid, quien también lo rechazó porque prefería continuar dando sus uvas para el vino que alegra a Dios y a los hombres. Finalmente, desesperados, los árboles presentaron su solicitud a la zarza: una maleza espinosa que apenas se alza del suelo, casi desprovista de hojas, cuyo tronco seco es altamente inflamable en el calor del verano, pero que ni siquiera sirve como leña porque se consume al instante. 

En nuestro versículo clave, este espino aceptó gustosamente el trono y, con extrema soberbia, les ordenó a todos los árboles que vinieran a refugiarse bajo su sombra. Leamos juntos nuevamente el v.15, por favor. La ironía es absoluta: jamás un arbusto rastrero podría dar sombra a árboles grandes. Además, les advirtió que, si no se sometían, de ella saldría fuego que consumiría hasta los cedros del Líbano.

En esta alegoría, los árboles que buscan un rey representan al pueblo de Siquem. Los árboles fructíferos y útiles ―el olivo, la higuera y la vid― representan a los setenta hijos de Gedeón que fueron asesinados. Aunque el texto no lo afirma de forma explícita, la parábola sugiere que los hijos de Jerobaal eran hombres productivos en su sociedad y no tenían la ambición de coronarse sobre Israel. Por su parte, la zarza representa claramente a Abimelec: un hombre infructuoso e inútil para Dios que, movido por el ego y la ambición, decidió que quería reinar y aceptó gustosamente la coronación. Por otro lado, los cedros del Líbano representan a las familias nobles de Siquem que también apoyaron a Abimelec, y que serían también destruidos por él.

El punto central de Jotam era este: una persona fructífera y útil está demasiado ocupada sirviendo y dando el fruto que Dios espera de ella como para perder el tiempo buscando aplausos, títulos y privilegios. En cambio, una persona inútil y vacía vive ansiosa por recibir prestigio, sin importarle que en el proceso termine destruyendo a quienes gobierna. En el próximo mensaje veremos que Abimelec, tal como una zarza, fue incapaz de ofrecer verdadera protección a Israel. Y, como mencioné antes, la profecía de Jotam en esta historia se cumplirá al pie de la letra. 

En esta parábola encontramos una doble aplicación, tanto para la iglesia como para nuestra sociedad. Dentro de la iglesia, el pasaje nos llama a ser fructíferos y útiles; a servir al Señor y a los hermanos con los dones que Él nos otorgó, buscando Su gloria y no la nuestra, con puestos de distinción. Como bien enseñó nuestro Señor Jesús: “Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.” (Mat. 20:25-28). Debemos seguir el ejemplo de Cristo, rindiendo nuestra vida para el servicio de Dios y de Su misión.

En segundo lugar, esto aplica directamente al ámbito público y a los líderes que dirigen nuestra nación. La política ha adquirido una pésima reputación, en gran medida, por la renuencia de personas íntegras y capaces —pero ocupadas— a involucrarse en los asuntos de la comunidad. Los creyentes pagamos un precio muy alto por la indiferencia cívica. Como señaló el conocido maestro bíblico y evangelista escocés Oswald Chambers: “Los santos están sentados en torres de marfil, mientras los pecadores gobiernan el mundo.” ¡No dejemos el destino de nuestra sociedad únicamente en manos impías! Oremos fervientemente para que el Señor levante políticos temerosos de Dios que gobiernen con integridad, y preparemos a nuestros hijos para ser los futuros líderes que Dios usará para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa.

Leamos ahora juntos los vv. 16-18. La amonestación de Jotam no estaba dirigida únicamente contra la indignidad de Abimelec como rey, sino también contra el ruin proceder de los hombres de Siquem al secundar sus planes. Les hace un llamado directo a evaluar si actuaron con justicia y honor. Así lo traduce la NTV: “«Ahora asegúrense de haber actuado honorablemente y de buena fe al elegir como rey a Abimelec, y de haberse portado bien con Gedeón y todos sus descendientes. ¿Lo trataron con la honra que se merece por todo lo que realizó? Pues él luchó por ustedes y arriesgó su vida cuando los rescató de los madianitas. Pero hoy ustedes se rebelaron contra mi padre y sus descendientes al matar a sus setenta hijos sobre una misma piedra. Y escogieron a Abimelec, hijo de su esclava, para que sea rey de ustedes, sólo porque es su pariente.” En otras palabras, Jotam los confronta: ¿Cuál fue realmente su intención al coronar a Abimelec? ¿Buscaban honrar la memoria de Gedeón? ¿Acaso no deshonraron su legado al ejecutar a sus setenta hijos? ¿No eligieron a Abimelec simplemente por favoritismo y beneficio propio, por el solo hecho de ser su pariente? Si fue así, ellos no procedieron con verdad ni integridad, sino movidos por la conveniencia.

Amados hermanos, siempre debemos examinar nuestras verdaderas motivaciones. ¿Por qué venimos a la iglesia? ¿Para adorar y dar gracias al Señor por todas las bendiciones que nos ha dado? ¿Para buscar Su voluntad y Su dirección para nuestras vidas? ¿Para poner los dones que Él nos ha dado al servicio de Dios y de nuestros hermanos? ¿Para participar de la misión con alegría y agradecimiento? ¿O venimos buscando un interés personal, entretenimiento o la aprobación de los demás? ¿Buscamos acaso que el pastor y los hermanos admiren nuestra piedad, o que nos otorguen un cargo de distinción en la iglesia? Evaluemos constantemente nuestro corazón. Pidámosle al Señor que nos conceda la gracia de servirle con verdad e integridad en la iglesia, en el trabajo y en el hogar. Que no existan en nosotros agendas ocultas ni ambiciones disfrazadas, sino que el único y supremo anhelo de nuestra vida sea siempre la gloria de Dios. Amén.  

Leamos juntos los vv. 19-20. Finalmente, Jotam culmina su mensaje advirtiéndoles que si en verdad actuaron de buena fe al ungir a Abimelec como rey, y si trataron con justicia a Jerobaal y a su casa, entonces que disfruten del reinado de Abimelec y que él se goce en ser su rey. Pero si no fue así —si actuaron con engaño y fueron desleales con la casa de Jerobaal—, les profetiza que se destruirán mutuamente. Esto no es el mero deseo de un hombre vengativo, sino el anuncio del justo juicio de Dios sobre Siquem si no examinaban su proceder y se arrepentían. Y eso fue exactamente lo que sucedió más adelante, demostrando que tanto Abimelec como los siquemitas procedieron con malicia. 

En el v.21 leemos que, una vez entregado su mensaje profético, Jotam huyó y se refugió en Beer por temor a su hermano Abimelec. El nombre Beer significa “pozo”. En una tierra árida como Israel, las fuentes de agua eran vitales, por lo que muchas aldeas llevaban este nombre para identificarse con sus fuentes de agua. Aunque no se conoce la ubicación exacta de su refugio, lo relevante es que Dios lo protegió después haber proclamado fielmente su mensaje.

Mi oración en esta mañana es que ninguno de nosotros actúe con la dureza de los hombres de Siquem, sino que recibamos esta Palabra con un corazón humilde. Que el Señor nos conceda la gracia de examinar si hemos actuado con verdad e integridad hasta ahora, y que nos arrepintamos de toda ambición personal, de las agendas ocultas o del deseo de reconocimiento. Que el Señor nos ayude a ser fructíferos y útiles, usando nuestros dones no para buscar puestos, sino para servir al Señor y a nuestros hermanos con amor. Oro de manera especial por los jóvenes estudiantes de la Universidad de Panamá, para que el Señor nos use para levantar de entre ellos y de nuestras familias a los próximos líderes de nuestro país, hombres y mujeres que gobiernen con integridad y contribuyan a que el Señor convierta a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.

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