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1 Samuel 11:1-15
11:1 Después subió Nahas amonita, y acampó contra Jabes de Galaad. Y todos los de Jabes dijeron a Nahas: Haz alianza con nosotros, y te serviremos.11:2 Y Nahas amonita les respondió: Con esta condición haré alianza con vosotros, que a cada uno de todos vosotros saque el ojo derecho, y ponga esta afrenta sobre todo Israel.
11:3 Entonces los ancianos de Jabes le dijeron: Danos siete días, para que enviemos mensajeros por todo el territorio de Israel; y si no hay nadie que nos defienda, saldremos a ti.
11:4 Llegando los mensajeros a Gabaa de Saúl, dijeron estas palabras en oídos del pueblo; y todo el pueblo alzó su voz y lloró.
11:5 Y he aquí Saúl que venía del campo, tras los bueyes; y dijo Saúl: ¿Qué tiene el pueblo, que llora? Y le contaron las palabras de los hombres de Jabes.
11:6 Al oír Saúl estas palabras, el Espíritu de Dios vino sobre él con poder; y él se encendió en ira en gran manera.
11:7 Y tomando un par de bueyes, los cortó en trozos y los envió por todo el territorio de Israel por medio de mensajeros, diciendo: Así se hará con los bueyes del que no saliere en pos de Saúl y en pos de Samuel. Y cayó temor de Jehová sobre el pueblo, y salieron como un solo hombre.
11:8 Y los contó en Bezec; y fueron los hijos de Israel trescientos mil, y treinta mil los hombres de Judá.
11:9 Y respondieron a los mensajeros que habían venido: Así diréis a los de Jabes de Galaad: Mañana al calentar el sol, seréis librados. Y vinieron los mensajeros y lo anunciaron a los de Jabes, los cuales se alegraron.
11:10 Y los de Jabes dijeron a los enemigos: Mañana saldremos a vosotros, para que hagáis con nosotros todo lo que bien os pareciere.
11:11 Aconteció que al día siguiente dispuso Saúl al pueblo en tres compañías, y entraron en medio del campamento a la vigilia de la mañana, e hirieron a los amonitas hasta que el día calentó; y los que quedaron fueron dispersos, de tal manera que no quedaron dos de ellos juntos.
11:12 El pueblo entonces dijo a Samuel: ¿Quiénes son los que decían: ¿Ha de reinar Saúl sobre nosotros? Dadnos esos hombres, y los mataremos.
11:13 Y Saúl dijo: No morirá hoy ninguno, porque hoy Jehová ha dado salvación en Israel.
11:14 Mas Samuel dijo al pueblo: Venid, vamos a Gilgal para que renovemos allí el reino.
11:15 Y fue todo el pueblo a Gilgal, e invistieron allí a Saúl por rey delante de Jehová en Gilgal. Y sacrificaron allí ofrendas de paz delante de Jehová, y se alegraron mucho allí Saúl y todos los de Israel.
SALVACIÓN DE LOS DE JABES DE GALAAD
SALVACIÓN DE LOS DE JABES DE GALAAD
Palabra: 1 Samuel 11:1-15
V, Clave 11:6 “Al oír Saúl estas palabras, el espíritu de Dios vino sobre él con poder, y se apoderó de él una violenta ira.”
La palabra de hoy se trata de salvación de un pueblo desesperado de Israel, Jabes de Galaad. Ellos estaban ante la gran amenaza y afrenta de los amonitas. Pero Dios los salva por Saul, enviando su espíritu.
En esta historia Dios nos enseña cómo uno puede ser un varón de poder, sabiduría y corazón ancho. Al mismo momento nos guía a desear ser tal persona con constancia. Oro que Dios nos bendiga y enseñe a ser como ese Saúl quien fue lleno del espíritu de Jehová en la batalla apremiante.
Primero, desesperación de los de Jabes de Galaad (1-3) Nahas, el amonita subió y acampó contra Jabes de Galaad. Los de Amón era la descendencia de entre Lot y su segunda hija (Gen. 19:30-38). Lot era el primo de Abraham. Deuteronomio 23:3-4. “No entrará el amonita ni el moabita en la congregación de Jehová, ni siquiera en su décima generación; no entrarán nunca en la congregación de Jehová, 4 por cuanto no se adelantaron a recibiros con pan y agua al camino cuando salisteis de Egipto, y porque alquilaron contra ti a Balaam hijo de Beor, de Petor, en Mesopotamia, para maldecirte”. Y los amonitas consideraron que los israelitas ocuparon su territorio ilegalmente desde que salieron de Egipto (Jue. 11:13). Pero en realidad los amonitas no quisieron reconocer la soberanía de Dios quien condujo a Israel en esa tierra de la manera claramente visible.
Jabes de Galaad era una ciudad de la tribu de Gad. Ellos no tenían la fuerza para resistir ante la fuerza de los amonitas. Y en Israel no había el rey y su tropa organizado aún, a pesar de que Saúl fue proclamado el rey de Israel. Todos los de Jabes pidieron a Nahas que hiciera alianza con ellos y les dejara servirle. Entonces, ¿Qué les dijo Nahas el amonita? Vamos a leer el verso 2. “Nahas, el amonita, les respondió: —Con esta condición haré alianza con vosotros, que a todos y cada uno de vosotros le saque el ojo derecho, y ponga esta afrenta sobre todo Israel.” La condición de Nahas para la alianza era demasiado humillante. Era sacar el ojo derecho a todos de Jabes de Galaad. Si uno pierde el ojo derecho, este no podía pelear en la batalla, ya que el escudo tapa el ojo izquierdo y además el enfoque de la vista ocular se deteriora para el uso de arma. Sobre todo, esta condición era para darles una afrenta máxima física y emocionalmente. Ellos estaban a punto de morir o vivir la afrenta inaceptable.
¿Qué estaba haciendo el rey proclamado de Israel en este momento?
Segundo, el espíritu de Dios vino sobre Saúl (4-7) Los mensajeros llegaron a Gabaa de Saúl y dijeron estas palabras a oídos del pueblo, todo el pueblo alzó su voz y lloró. Saúl aún venía del campo detrás de los bueyes. Saúl, haciendo sido proclamado el rey de Israel, no tenía un sistema de gobierno, ni la provisión del rey, ni una tropa para la guerra. Tenía que cuidar aún a sus bueyes. ¡Qué pobre situación humanamente!
¿Pero, Qué sucedió con Saúl al oír de los mensajeros? Vamos a leer el verso 6. “Al oír Saúl estas palabras, el espíritu de Dios vino sobre él con poder, y se apoderó de él una violenta ira.” Todo el pueblo alzó su voz y lloraba. Saúl también tenía que lamentar y llorar ante esta situación lamentable junto con todo el pueblo. Pero cuando Saúl oyó de los mensajeros, sucedió algo extraordinario. Vino el espíritu de Dios sobre él con poder. El espíritu de Dios estaba trabajando entre Israel. El espíritu de Jehová se apoderó de él una violenta ira. Esta ira era no una ira humana, ni rabia, sino la ira divina de Dios con sus enemigos.
Cuando vino el espíritu de Dios, el espíritu mudó el corazón de Saúl y él se hizo otra persona por completo. Tomó un par de bueyes, los cortó en trozos y los envió por todo el territorio de Israel por medio de mensajeros, diciendo: «Así se hará con los bueyes del que no salga detrás de Saúl y detrás de Samuel.» El temor de Jehová cayó sobre el pueblo, y salieron todos como un solo hombre. Él que dio el temor a todo pueblo era también el espíritu de Jehová.
De aquí tenemos que poner nuestra atención al espíritu de Dios. Saúl en sí no tenía el poder. Era un hombre común y corriente. Era el cuidador de los bueyes. Pero, desde que fue ungido por Samuel, el espíritu de Dios le venía tal como su promesa (10:1-10). Saul una vez había profetizado junto con la multitud de profetas. Que Saúl profetizara era una cosa imposible e incomprensible. Pero el espíritu de Dios le hizo hacerlo a Saúl. Desde entonces, Saúl comenzó a ser un varón del espíritu de Dios.
El espíritu de Dios conmueve el corazón de uno. El espíritu de Dios no es un espíritu de éxtasis, sino de personalidad. El espíritu de Dios discierne el corazón y entiende la necesidad de uno. El espíritu de Dios vino sobre Saúl, porque era el ungido por Dios, no por algún favoritismo. Esa violenta ira era la ira de Dios contra sus enemigos. Le dio poder necesario para la guerra en su corazón. El espíritu de Dios es una fuente de valentía. El espíritu de Dios da el corazón de Dios. cuando uno se viste del corazón de Dios, este vuelve a ser un hombre de poder.
Cuando creemos en Cristo, somos sellados por el espíritu de Dios como sus hijos ungidos. El espíritu de Dios está dispuesto de venir y servirnos. Donde llama el nombre del Cristo, allí el espíritu santo gustosamente llena, dando el poder y más poder. Una y otra vez debemos experimentarnos de aquella unción. Sin embargo, andamos con debilidad espiritualmente, siendo lejos de la llenura del espíritu de Dios. Esto es porque nos ocupamos mucho tiempo de las cosas del mundo. Pero él puede hacernos otra persona cuando nos ocupamos y nos vestimos del espíritu santo mediante Cristo y su palabra. Solo el poder del espíritu santo puede cambiarnos a ser un hombre y una mujer de poder y de ira divina de Dios hacia toda pecaminosidad del mundo y de nosotros. Oro que Dios nos haga ser un hombre y una mujer del espíritu de Dios en poder.
Tercero, salvación a los de Jabes de Galaad (8-13) Dios no solamente le dio a Saúl el poder y la ira divina, sino también la sabiduría. Vamos a leer el verso 11. “Aconteció que al día siguiente dispuso Saúl al pueblo en tres compañías, que irrumpieron en medio del campamento en la vigilia de la mañana y abatieron a los amonitas hasta el mediodía. Los que quedaron fueron dispersados, de tal manera que no quedaron dos de ellos juntos.” Tal vez los amonitas estaban confiados en su fuerza de armas. Cuando era el tiempo más descuidado y relajado que era la vigilia de la mañana, Saúl y su pueblo abatieron a los amonitas hasta el mediodía. Los mismos que iban a sacar el ojo derecho cayeron en la afrenta más humillante ante el pueblo amenazado. No quedaron dos de ellos juntos. Era una salvación dramática de Dios hacia su pueblo. Éste puede vivir la salvación de Dios y una vida victoriosa en todos los momentos de la manera dramática.
el efecto del espíritu de Dios no estaba solo en la batalla, sino en post batalla. Cuando ganó la batalla, el pueblo, tal vez un grupo de tribu de Saúl dijo a Samuel: —¿Quiénes son los que decían: “Acaso va a reinar Saúl sobre nosotros”? Dadnos esos hombres y los mataremos. Es interesante que, en el día de la victoria, el pueblo no fue a Saúl, sino a Samuel. Samuel todavía era el líder reconocido por el pueblo. Parecía justo castigar a tales hombres que menospreciaron a Saúl ungido por Dios. Parecía justo eliminar a los opositores para fortalecer el reino de Saúl.
¿Pero cómo reaccionó Saúl? Vamos a leer el verso 13. “Pero Saúl dijo: —No morirá hoy ninguno, porque hoy Jehová ha traído salvación a Israel” ¡Wau! Saúl defendió a los que fueron opositores, mencionando de la salvación de Jehová. En vez de rencor, Saúl tenía un corazón muy agradecido por la salvación de Jehová. Saúl pensó solo en su salvación, no en venganza humana hacia sus opositores. Así Saúl abrazó a sus opositores con el corazón de Jehová en su espíritu.
El espíritu de Dios hace a uno acoger y abrazar aún a los opositores. Si no podemos recibir a quien no nos gusta o nos había ofendido, debemos reconocer que estamos en la persona natural y lejos del espíritu de Dios.
Un día tuve una reunión de oración de los misioneros por zoom. El audio de mi computadora no funcionaba. Así que me puse un audífono de mi hijo. Un misionero me dijo apenas cuando me conecté a esa reunión. “Oye Josué, ese audífono blanco no te queda bien. Se ve chistoso” No era broma, tampoco un desprecio, pero su palabra me hirió. No pude aceptar a esa palabra en público y a tal misionero. Pero al pasar el tiempo, me di cuenta de que mi hombre natural es así y no puede recibir a los que me ofenden sin intención. Me arrepentí de ese corazón tan estrecho y frágil. Cuando me arrepiento de ese corazón, Dios me derramó su espíritu en mi corazón. Y mi herida fue sanada. El espíritu de Dios me hizo tener el corazón ancho y una mente comprensible y compasivo aún con él que no me habló con simpatía. Surge el amor de Dios aún con los que no pude aceptar bien. Es maravilloso cómo su espíritu me cambia mi pobre y corrupto corazón al corazón ancho.
El trabajo mayor del espíritu de Dios es que él nos da la mente y el corazón del Cristo quien amó aún a los enemigos y pecadores. Solo el espíritu de Dios puede hacerlo. Es una gran bendición que engrandece nuestra vida. Saúl, por acoger aún a sus opositores, ganó el favor de todo su pueblo sin división. Oro que Dios nos dé el corazón de Cristo para poder amar a los que son difícil de amar con el amor genuino. Amén.
Entonces, ¿Cómo podemos tener la unción del espíritu de Dios con constancia?
Cuarto, Renovación del reino (14-15) Cuando Saúl acogió a sus opositores, Samuel dijo al pueblo. Vamos a leer el verso 14. “Venid, vamos a Gilgal para instaurar allí el reino”. En la versión 1965 Reina Valera se dice “Venid, vamos a Gilgal para que renovemos allí el reino”.
Gilgal era un lugar considerado para los sacrificios delante de Dios (7:16; 10:8). En el verso 15 se dice dos veces “delante de Jehová”.
Samuel lideró a su pueblo y a Saul a instaurar y renovar el reino. Ahora todo el pueblo invistió a Saúl por rey delante de Jehová (15a). Y sacrificaron allí ofrendas de paz delante de Jehová. Samuel dio ofrendas de paz para que haya la conciliación con Dios. Esta ceremonia era un sello de lo que Jehová obró con Saúl. Samuel quiso y oró para que Saúl y Israel anduvieran siempre delante de Jehová y con su espíritu para que la obra de Dios siga con él.
Tal como dice Samuel, es necesario renovar el reino delante de Jehová. Esto no es más que renovar el corazón, teniendo la paz con Dios. Para que su espíritu obre en la vida de uno, este tiene que renovar el corazón delante de Dios constantemente. Si no renovamos el corazón, sin importar cuál victoria que tenga, fácilmente vuelve a conformarse al mundo y pierde la bendición recibida por Jehová.
Gracias a Dios porque en Cristo continuamente podemos renovar nuestro corazón, tener paz con Dios y crecer en él. Romanos 12:2 dice “No os conforméis a este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” Oro que renovemos ahora y cada momento con el fervor nuestro corazón para ser los hombres y las mujeres de su espíritu.
Conclusión, el espíritu de Dios viene sobre los ungidos por él. El espíritu de Dios les da poder, ira divina, la sabiduría, la salvación y la alegría abundante hasta amar a los opositores. En Cristo somos los hijos ungidos de Dios. Cuando renovamos nuestro corazón en su gracia de la cruz, podemos ser los hombres y las mujeres del espíritu como Saúl. Oro que Dios nos guie a ser como ese Saúl quien fue apoderado de su espíritu para una vida del triunfo verdadero en todas las batallas de fe.
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