Mateo 14:1-12
14:1 En aquel tiempo Herodes el tetrarca oyó la fama de Jesús,14:2 y dijo a sus criados: Este es Juan el Bautista; ha resucitado de los muertos, y por eso actúan en él estos poderes.
14:3 Porque Herodes había prendido a Juan, y le había encadenado y metido en la cárcel, por causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano;
14:4 porque Juan le decía: No te es lícito tenerla.
14:5 Y Herodes quería matarle, pero temía al pueblo; porque tenían a Juan por profeta.
14:6 Pero cuando se celebraba el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en medio, y agradó a Herodes,
14:7 por lo cual éste le prometió con juramento darle todo lo que pidiese.
14:8 Ella, instruida primero por su madre, dijo: Dame aquí en un plato la cabeza de Juan el Bautista.
14:9 Entonces el rey se entristeció; pero a causa del juramento, y de los que estaban con él a la mesa, mandó que se la diesen,
14:10 y ordenó decapitar a Juan en la cárcel.
14:11 Y fue traída su cabeza en un plato, y dada a la muchacha; y ella la presentó a su madre.
14:12 Entonces llegaron sus discípulos, y tomaron el cuerpo y lo enterraron; y fueron y dieron las nuevas a Jesús.
MUERTE DE JUAN EL BAUTISTA
Buenos días. Después de dos semanas de lecturas especiales por Semana Santa, hoy retomaremos las lecturas en el Evangelio Según Mateo. Es interesante que después de haber aprendido la semana pasada acerca de la resurrección de Jesús y de Su poder sobre la muerte, hoy vayamos a aprender acerca de la muerte de Su heraldo y familiar, Juan el Bautista. Jesús teniendo poder sobre la muerte, no hizo nada por ayudar a Juan el Bautista. Seguramente pudieron sentir el tono trágico de este relato. Es difícil decir “amén” al terminar de leerlo. ¿Por qué Dios permitió que algo así sucediera? ¿Por qué Juan el Bautista tuvo que terminar sus días de una manera tan nefasta?
Sé que probablemente algunos de ustedes también se estarán preguntando: “¿Qué podremos aprender en este mensaje de hoy?”. Pero déjenme decirles que hay varias lecciones valiosas para aprender en este pasaje bíblico, especialmente con respecto al pecado y a sus consecuencias, y también acerca de la valentía e integridad de Juan el Bautista. Yo oro para que cada uno de nosotros podamos ser íntegros en nuestra forma de vivir y valientes para predicar el evangelio como Juan, y que confiemos nuestras vidas en Dios haciendo lo que es correcto aunque sea peligroso. Por otro lado, si hemos pecado, que no tengamos un corazón duro como Herodes y Herodías, sino que al ser amonestados por un siervo de Dios, podamos ser humildes y reconocer nuestro pecado con arrepentimiento para ser perdonados por Dios. Amén.
I.- Encarcelamiento de Juan el Bautista (1-5)
Leamos ahora el v.1. No debemos confundir este Herodes el tetrarca, con Herodes el Grande quien era el rey de Israel cuando nació Jesús y que ordenó dar muerte a los infantes en Belén (Mat. 2:16). Herodes el Grande murió en el año 4 a.C. (poco después del nacimiento de Jesús) y su reino fue dividido en tres partes entre sus hijos: Judea y Samaria a Arquelao (Mat. 2.22), Galilea y Perea a Antipas, e Iturea y Traconite a Felipe (Luc. 3.1). Entonces este Herodes el tetrarca es Herodes Antipas quien gobernaba Galilea y Perea, y que juzgó a Jesús antes de que ser crucificado como aprendimos en nuestra actividad de Pascua en Luc. 23:6-12. Éste oyó la fama de Jesús cuyo ministerio se desenvolvió principalmente en Galilea, y veamos a continuación qué pensó.
Leamos juntos el v.2. Oyendo la fama de Jesús y todas las cosas que hacía, Herodes dijo a sus criados que pensaba que Jesús debía ser Juan el Bautista que había resucitado de los muertos y que por eso actuaban en él esos poderes. Herodes había matado a Juan en la cárcel y ahora pensaba que Juan había resucitado de entre los muertos y venía predicando con más poder que antes. Aquí podemos ver la cómo la culpa y la superstición de Herodes lo llevaron a tener este temor. Quizás él pensaba que Juan se vengaría por lo que le había hecho. David Guzik cita a Trapp describiendo que Herodes: “Todavía imaginaba que veía y oía esa cabeza santa gritar y clamar contra él, mirándolo también a la cara en todo momento… Dios ha puesto sobre los malhechores la cruz de sus propias conciencias, para que puedan sufrir antes de sufrir; y sus mayores enemigos no necesitan desearles una malicia más grande”
Por otro lado, el Dr. William Barclay nos dice que el gran teólogo primitivo, Orígenes de Alejandría, cita una tradición que decía que Jesús y Juan se parecían físicamente. Así que con razón la conciencia culpable de Herodes le metió esta idea en la cabeza. Esta es la gran prueba de que nadie se puede librar definitivamente de un pecado librándose de la persona que se lo denuncia. La conciencia seguirá acusando. Una muestra de esto es cuando hemos cometido un pecado y sentimos que nos están acusando, aunque la otra persona no sabe nada de nuestro pecado. Es nuestra conciencia culpable la que hace que nos sintamos de esa manera. Y ese sentimiento no se va a ir al alejarnos de la persona que pensamos que nos está acusando, sino solamente al arrepentirnos de nuestro pecado, confesándolo y dejando de cometerlo. Por eso escribió le rey David: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día.” Y, “Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado. Selah” (Sal. 32:3,5). No tratemos de encubrir nuestros pecados, confesemos y arrepintámonos de corazón y Jehová nos perdonará y restaurará. Amén.
Leamos ahora juntos los vv. 3-4. Antes de cometer el pecado de matar a Juan el Bautista, Herodes había cometido otro gravísimo pecado que Juan le denunciaba públicamente: se había casado con Herodías, mujer de Felipe, su hermano. Adam Clarke nos dice acerca de Herodías que “era la hija de Aristóbulo y Berenice, y nieta de Herodes el Grande. Su primer matrimonio fue con Herodes Felipe, su tío, con quien ella tuvo a Salomé; un tiempo después, ella dejó a su esposo, y vivió públicamente con Herodes Antipas” William Barclay nos cuenta más al respecto: “Herodes Antipas estaba casado con una hija de los árabes nabateos. En una visita a Roma, Herodes Antipas sedujo a su cuñada y la convenció para que abandonara a su marido y se casara con él. Para eso tenía que repudiar a su anterior mujer. Al dar ese paso, aparte del aspecto moral de la cuestión, Herodes quebrantó dos leyes judías: se divorció sin causa de su mujer, y se casó con su cuñada en vida del marido de ésta, que era un matrimonio prohibido” según Lev. 18:16.
Juan se horrorizó ante el hecho de que un gobernante de Israel cometiera semejante pecado de manera tan descarada por lo que reprochó a Herodes severamente. El propósito de Juan no era calumniar a Herodes o chismear acerca de él, sino que él estaba llamando al tetrarca al arrepentimiento. Juan tenía un corazón pastoral para su pueblo, incluyendo a Herodes. Su misión era volver el corazón del pueblo a Dios y llevarlos a encontrarse con el Mesías. Pero Herodes no aceptó el llamado al arrepentimiento de Juan y lo encarceló en Maqueronte, una famosa fortaleza en Perea.
Siempre es peligroso enfrentarse con un déspota, y Juan prácticamente firmó su propia sentencia de muerte cuando decidió denunciar públicamente el pecado de Herodes y Herodías. Pero Juan era un hombre que denunciaba valientemente el mal cuando lo veía sin importar quién lo cometiera. Aunque algunos podrían decir que Juan fue imprudente al hacer esto, la verdad es que él fue un predicador temeroso de Dios. Él sabía que Jehová le había dado la responsabilidad de llamar al pueblo al arrepentimiento, y que Dios le demandaría la sangre de aquellos que él hubiese fallado en advertir. Así que Juan temía más a Dios que a los hombres. Hoy en día muchos predicadores temen más a que las ovejas se les vayan de la iglesia que a Dios. Por eso no predican en contra del pecado. Prefieren que la gente venga a entretenerse en su iglesia con su mensaje, a que la gente se sienta incómoda con su pecado en la iglesia. Esa es la razón por la que casi no se escuchan mensajes de arrepentimiento en el púlpito de las grandes iglesias, sino más bien mensajes de ánimo y prosperidad.
Pero en UBF debemos tener la valentía e integridad de Juan y denunciar públicamente el pecado. Si estás en adulterio, estás en pecado, y tienes que arrepentirte. Si te gusta una persona de tu mismo sexo, es pecado de homosexualidad, y tienes que arrepentirte. Si convives con una persona sin casarte, es pecado de fornicación y tienes que arrepentirte. Si vives en chismes y contiendas, es pecado y tienes que arrepentirte. Si pones cualquier cosa antes que a Dios, es pecado de idolatría y tienes que arrepentirte. Y si no amas a tu prójimo, perdonas a tu ofensor, o predicas el evangelio, también tienes que arrepentirte porque “al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado.” (Stg. 4:17). Así que vivamos en constante arrepentimiento, obedeciendo la Palabra de Dios, y seamos predicadores valientes como Juan el Bautista que denuncian el pecado sin importar quien lo cometa, pero hagámoslo con un corazón amoroso y compasivo, recordando que nosotros también somos pecadores. Amén.
Leamos juntos el v.5. Quizás en un principio Herodes quería asesinar a Juan para acabar con sus acusaciones y complacer a su mujer, pues Herodías quería matar a Juan desde hacía rato (Mar. 6:19). Pero Herodes sabía que el pueblo le tenía por profeta y si él lo mataba, entonces el pueblo podría sublevarse y él perdería su posición. Sin embargo, uno puede decir que Herodes parecía temer a Herodías más de lo que temía al pueblo, porque encarceló a Juan, de todos modos, “por causa de Herodías” (v.3). Guzik cita nuevamente a Trapp diciendo: “Ella lo gobernaba a su gusto, como Jezabel hizo con Acab… Pero nunca sale bien cuando la gallina cacarea”. Esto último quiere decir que cuando la mujer gobierna al hombre las cosas no salen bien, porque ese no es el orden divino.
Herodes evitaba que Herodías matase a Juan según nos dice Mar. 6:20. De hecho, allí podemos leer que Él empezó a escuchar las enseñanzas de Juan de buena gana y las meditaba profundamente. Pareciese que Herodes empezó a escuchar la voz de Dios llamándole al arrepentimiento. Sin embargo, él no quería dejar su pecado con Herodías. Dios nos guarde de tener un corazón tan duro como el de Herodes y dejar que nuestro pecado y nuestro orgullo nos impidan arrepentirnos y confesar nuestros pecados ante el Señor. Dios nos ayude a escuchar Su amoroso llamado de arrepentimiento y que confesemos nuestros pecados y recibamos siempre Su perdón. Amén.
II.- Muerte de Juan el Bautista (6-12)
Leamos juntos los vv. 6-7 por favor. Herodías aguardó su tiempo. Esperaba y acechaba la ocasión para llevar a cabo sus criminales designios contra Juan el Bautista. Y por fin llegó el momento, en el cumpleaños de Herodes. Con toda la artimaña y malicia de las cuales era capaz una sagaz mujer, tramó su complot. Estaba tan desesperada por lograr sus atroces propósitos que estuvo dispuesta a la deshonra de su hija, Salomé, al exponerla a una danza sensual ante un grupo de borrachos. William Barclay comenta que “Los bailes que estas muchachas danzaban eran insinuantes e inmorales. El simple hecho de que una princesa real bailara en público era una cosa sorprendente”. Pero la muchacha danzó, y de tal manera que agradó a Herodes, quien ebrio y dejándose llevar por sus pasiones, le prometió con juramento darle todo lo que pidiese. Veamos a continuación qué pidió la muchacha.
Leamos juntos el v.8. Herodías sabía que esto sucedería. Su astucia venció. Ella instruyó previamente a Salomé para pedir la cabeza de Juan el Bautista en un plato. Herodías fue lo suficientemente astuta para exigir que se hiciera de inmediato, mientras que los invitados aún estaban en la fiesta. Guzik citando a Bruce nos dice: “Esa fue una parte esencial de la petición. No se debe dejar tiempo para el arrepentimiento. Si no se hace de inmediato bajo la influencia del vino y la gratificación momentánea dada por la danza voluptuosa, tal vez nunca se haga en absoluto”. También nos dice el Dr. Barclay acerca de esta acción de Herodías: “Hubiera sido suficientemente malo si ella misma hubiera buscado una manera de vengarse del hombre de Dios quien la confrontó con su vergüenza. Fue infinitamente peor que usara a su hija para sus propósitos nefastos y la hiciera igual de pecadora como ella misma”.
Leamos juntos ahora el v.9 por favor. Mateo nos dice que Herodes se entristeció con la petición de Salomé. Esto concuerda con el cuadro que Marcos presenta del tetrarca, quien tal vez se sentía al mismo tiempo atraído y atemorizado por Juan. Pero, por causa de sus comensales, Herodes mantuvo su juramento y ordenó la ejecución de Juan. Con respecto a esto nos dice Charles Spurgeon: “Las promesas precipitadas, e incluso los juramentos, no son excusa para hacer el mal. La promesa en sí misma era nula y sin valor, porque ningún hombre tiene derecho a prometer hacer algo malo”. Herodes pudo haberse negado a cumplir la petición de la muchacha. Pudo haberle prometido algo que ella apreciara más. Pero no lo hizo porque no quería quedar mal con sus invitados. Como la mayoría de los hombres débiles, Herodes temía de ser visto como un débil.
Esto nos muestra, pues, que Herodes era realmente un hombre muy débil de carácter. No pudo resistir la tentación de quitarle la mujer a su hermano aunque sabía que eso estaba mal. Después, no pudo arrepentirse del pecado cometido cuando Juan le amonestó. Luego, no pudo matar a Juan, aunque quería, por temor al pueblo. Después dejó encarcelado a Juan para no quedar mal con su mujer. Y ahora accede a ejecutar a Juan para no quedar mal frente a sus invitados. Herodes actuaba siempre bajo presión social.
A veces nosotros somos también tentados a actuar bajo presión social. Cuando estamos con un grupo de compañeros de clases o de trabajo, o con un grupo de amigos que no conoce a Cristo, podemos sentirnos tentados a actuar y hablar como ellos. Incluso ellos pueden incitarnos a hablar o actuar de forma pecaminosa. Pero no debemos mostrar un carácter débil en esos momentos. No importa cuán fuerte sea la presión, debemos mantenernos firmes en nuestros principios y ser íntegros y valientes como Juan. Y si ellos no pueden aceptar nuestras palabras e insisten en invitarnos a pecar, debemos alejarnos y orar por ellos para que el Señor les conceda el arrepentimiento. No se dejen influenciar por el mundo. Sean ustedes una buena influencia en donde quiera que estén. Sean luz y sal en todo lugar y en todo tiempo. Amén.
Leamos juntos los vv. 10-11. Finalmente Juan fue ejecutado. La venganza de Herodías fue concretada. Si Herodes hubiese querido, hubiese mandado a traer a Juan y lo hubiese decapitado allí en la fiesta como parte del entretenimiento para sus invitados. Pero él realmente no quería hacer aquello y por eso mandó a que decapitasen a Juan en la cárcel y trajeran la cabeza en un plato como pidió la muchacha. Y Salomé fue y se la presentó a su madre. Adam Clarke cuenta que “La cabeza estaba en posesión de Herodías, quien, probablemente, tomó un placer diabólico al ver esa boca sin palabras que a menudo había sido la causa de plantar espinas en su cama criminal; y en ofrecer indignidades a esa lengua de la cual ya no podía temer reprensión”. ¡Qué decoración más tétrica tener una cabeza humana exhibida en alguna parte! ¡Qué final tan triste el del heraldo del Mesías!
Pero no crean que solo Juan tuvo un final triste, Herodes y Herodías también. Herodías fue la causa de la ruina de Herodes. Como les mencioné al principio, Herodes tuvo que repudiar a su mujer, la hija del rey de los nabateos, para casarse con Herodías. El rey naturalmente se sintió muy ofendido por esto y le hizo la guerra a Herodes y le infligió una gran derrota. El historiador judío Flavio Josefo comenta que “Algunos de los judíos creyeron que la destrucción del ejército de Herodes había sido cosa de Dios, y muy justa, en castigo por lo que había hecho con Juan, llamado el Bautista”. Herodes tuvo que ser rescatado por los romanos, a los que apeló para que le ayudaran.
Después de unos años murió Herodes Felipe, tetrarca de Traconite e Iturea, y el emperador Calígula nombró a Herodes Agripa rey de esa provincia. El hecho de que Agripa fuera rey llenó de envidia a Herodías. Flavio Josefo dice que: “Ella no podía ocultar lo desgraciada que se sentía por la envidia que le tenía”. Ella incitó a Herodes a ir a Roma para pedirle a Calígula que le concediera también a él el título de rey, porque ella quería ser reina. Ante la insistencia de Herodías, Herodes fue a Roma; pero Agripa mandó mensajeros para advertir a Calígula que Herodes estaba preparándose para rebelarse contra Roma. Calígula dio crédito a las acusaciones de Agripa, despojó a Herodes de su posición y de su dinero y le desterró a la lejana Galia (actualmente Francia). Herodías luego le siguió también, y ambos murieron sin títulos y sin dinero en el exilio. Si ha habido alguna vez una prueba de que el pecado atrae su propio castigo, esa prueba es evidente en la historia de Herodes. Fue un día aciago cuando Herodes sedujo a Herodías. A aquel acto de infidelidad siguió el asesinato de Juan, y por último el desastre en el que lo perdió todo excepto la mujer que le amó y le arruinó.
Leamos ahora el v.12. Juan el Bautista tenía discípulos que le servían aun en la cárcel. Éstos tomaron su cuerpo sin cabeza, le dieron la apropiada sepultura y luego fueron e informaron a Jesús de lo acontecido. Seguramente esto discípulos estarían muy tristes por la muerte de su maestro. Seguramente tendrían quejas contra Jesús porque no ayudó a Juan mientras estaba en la cárcel. Sin embargo, Juan muchas veces les habrá dicho que él no era el Cristo y que tenían que seguir a Jesús. Ya al principio del ministerio de Jesús Juan les había dicho: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe.” (Jua. 3:30). Y también vimos en Mat. 11:2-3 que los envió a preguntarle “¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro?” Quizás para que ellos se convencieran de que Jesús es el Cristo y le siguieran. Pero ellos siguieron fieles a Juan. Ahora, ante su trágica muerte, ellos quizás no tuvieron otra alternativa que seguir a Jesús. Así que la muerte de Juan el Bautista habría servido para que algunos de los discípulos de Juan, si no todos, se convirtieran ahora en discípulos de Jesús.
¿Por qué Dios permitió que Juan muriese tan trágicamente? ¿Por qué Dios permite que sucedan tantas tragedias en el mundo, incluso a personas buenas que le están sirviendo? La verdad es que no hay una respuesta del todo satisfactoria para esto. Lo más que les puedo decir al respecto es lo que escribió el apóstol Pablo en Rom. 8:28: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.” Dios no es el autor del mal que hay en el mundo, pero Él puede usar hasta nuestros pecados o las consecuencias de los pecados de los otros sobre nosotros para nuestro bien.
Había un hermano en UBF Caracas que antes de llegar a Cristo sufrió una depresión muy grande porque su padre fue brutalmente asesinado. Toda su familia estaba consternada. Este hermano no quería salir ya de su casa. Pero un pastor de UBF Caracas lo empezó a ayudar con la Palabra. Le empezó a dar estudio bíblico y a ayudarlo a superar esta tragedia tan grande. Un tiempo después, no solamente este hermano, sino toda su familia, aceptó a Cristo como su Salvador en una convivencia y después se levantaron como discípulos de Jesús, incluyendo a su madre, la viuda. Aunque pasaron por una tragedia muy grande, esto les permitió conocer a Jesús y ser salvos. Aunque Dios no propició esta tragedia, ciertamente la usó para el bien de ellos.
Aunque la vida de Juan terminó trágicamente, él cumplió su propósito en este mundo y seguramente le veremos en el reino de Dios. No importa qué tragedia pueda ocurrir en nuestras vidas, si amamos a Dios y confiamos en Él como lo hizo Juan, podremos glorificarle y alcanzaremos el reino de Dios. Amemos, pues, a Dios por sobre todas las cosas, y obedezcamos cada día Su Palabra para que Él pueda usarnos para cumplir nuestros propósito en este mundo y para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para la gloria de Su nombre. Amén.
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M. Esteban Cho (BO)
( 18 de diciembre de 2020 )
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