Mateo 6:1-18
6:1 Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.6:2 Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa.
6:3 Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha,
6:4 para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.
6:5 Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa.
6:6 Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.
6:7 Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.
6:8 No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.
6:9 Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
6:10 Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.
6:11 El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.
6:12 Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.
6:13 Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.
6:14 Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial;
6:15 mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.
6:16 Cuando ayunéis, no seáis austeros, como los hipócritas; porque ellos demudan sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan; de cierto os digo que ya tienen su recompensa.
6:17 Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro,
6:18 para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.
TU PADRE VE EN LO SECRETO Y RECOMPENSA
Buenos días. Jesús inició este Sermón del Monte retratando en las bienaventuranzas los elementos esenciales del carácter cristiano, y continuó indicando con sus metáforas de sal y luz la influencia para bien que los cristianos ejercen en la comunidad si exhiben este carácter. Luego describió la justicia cristiana, que debe exceder a la justicia de los escribas y fariseos al obedecer profunda y verdaderamente la ley moral de Dios sin evitar nada ni colocar límites artificiales. La justicia cristiana es una justicia ilimitada. Debemos permitir que ella penetre más allá de nuestras acciones y palabras hasta nuestro corazón, nuestra mente y motivaciones, y que nos domine incluso en aquellos rincones secretos más recónditos.
En este capítulo comienza una nueva serie de sermones de Jesús acerca de la justicia. Sin embargo el enfoque de justicia aquí es diferente al del capítulo cinco. En el capítulo anterior aprendíamos acerca de la justicia moral, pero aquí Jesús está enseñando acerca de la justicia religiosa, es decir esa justicia moral expresada a través de las llamadas obras religiosas u obras de justicia. Es importante reconocer que, según Jesús, la justicia cristiana tiene estas dos dimensiones: moral y religiosa. Algunos hablan y se conducen como si imaginaran que su deber principal como cristianos se encuentra solo en la esfera de la actividad religiosa, sea en público (ir a la iglesia) o en privado (devoción personal). Otros han reaccionado en forma tan fuerte contra el énfasis excesivo en la piedad que hablan de cristianismo sin religión. Estos consideran a la ciudad como su iglesia, y las obras sociales como la expresión de su fe. Pero no hay necesidad de escoger entre piedad y moralidad, entre devoción religiosa en la iglesia y servicio activo en el mundo, o entre servir a Dios y servir al prójimo, puesto que Jesús enseñó que la justicia cristiana auténtica los incluye a ambos. Son necesarias las obras religiosas y es necesario el servicio social.
Quizás una pregunta fundamental que podemos hacernos con respecto a esto es: ¿Para qué hacemos lo que hacemos? ¿Por qué venimos a la iglesia cada domingo? ¿Qué nos mueve a servir a los demás? ¿Para qué preparar y dar estudio bíblico? ¿Para qué levantarnos temprano a comer Pan Diario cada día? ¿Por qué diezmamos y damos nuestras ofrendas? ¿Es para mi relación con Dios o para ser vistos por los hombres? De eso va a hablar Jesús en este pasaje bíblico de hoy.
Yo oro para que a través de este mensaje podamos aprender bien la piedad que Jesús espera de sus discípulos y que podamos realizar nuestras obras religiosas y sociales con un corazón sincero delante de Dios y no para ser vistos por los hombres como lo hacían los escribas y fariseos. Que cada área de nuestra vida glorifique a Dios. Amén.
I.- Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres (1)
Leamos juntos el v.1 por favor. Jesús comienza este capítulo advirtiendo a sus discípulos de no hacer sus obras de justicia u obras religiosas delante de la gente para llamar la atención. A primera vista estas palabras parecen contradecir su mandato anterior en el 5:16: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras”. En ambos versículos habla de hacer buenas obras “delante de los hombres”, y en ambos se enuncia el objetivo de ser “vistos por ellos”. Pero en el capítulo cinco lo ordena y aquí lo prohíbe. ¿Por qué? La clave se halla en el hecho de que Jesús habla contra pecados diferentes.
Es nuestra cobardía humana la que lo hace decir: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres”, y es nuestra vanidad humana la que lo hace decir: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos”. El teólogo escocés A. B. Bruce resume bien esto cuando escribe que debemos: “mostrar cuando somos tentados a esconder y esconder cuando somos tentados a mostrar”. Debemos vivir como buenos cristianos públicamente para que nuestra luz alumbre; pero nuestras devociones religiosas tienen que ser secretas, no sea que nos jactemos de ellas. Además, el fin de ambas instrucciones de Jesús es el mismo: la gloria de Dios. ¿Por qué debemos guardar en secreto nuestra piedad? Es para que la gloria sea dada a Dios, y no a los hombres. ¿Por qué debemos dejar que nuestra luz alumbre y hacer abiertamente buenas obras? Para que la gente glorifique a nuestro Padre celestial (no a nosotros).
Los tres ejemplos de justicia religiosa que da Jesús: la limosna, la oración y el ayuno, aparecen de algún modo en todas las religiones. Se esperaba que todos los judíos dieran al pobre, oraran y ayunaran, y todos los judíos devotos lo hicieron. Evidentemente Jesús esperaba que sus discípulos hicieran lo mismo. Porque no comenzó cada párrafo diciendo: “Si das, oras, ayunas, entonces deberías hacerlo de este modo”, sino diciendo: “cuando” hagas tal o cual (2, 5, 16). Dio por sentado que lo harían. De hecho, este trío de obligaciones religiosas expresa en algún grado nuestro deber hacia Dios, hacia los demás y hacia nosotros mismos. Ya que dar limosna es procurar servir a nuestro prójimo, especialmente al necesitado. Orar es buscar el rostro de Dios y reconocer nuestra dependencia de él. Ayunar tiene como propósito, al menos en parte, ser una forma de negarse a sí mismo y de esa manera disciplinarse. Jesús no pregunta si sus seguidores se comprometerán en estas cosas, más bien, asumiendo que lo harán, les enseña por qué y cómo hacerlo.
Los tres párrafos de este pasaje bíblico siguen un modelo idéntico. En imágenes vívidas y deliberadamente humorísticas Jesús pinta un cuadro del modo de ser religioso del hipócrita: la ostentación. Ellos reciben la recompensa que desean: el aplauso de los hombres. Jesús luego pone en contraste el estilo cristiano, que es secreto, y la única recompensa que los cristianos deben desear: la bendición de Dios. Veamos esto a continuación.
II.- La limosna cristiana (2-4)
Leamos ahora juntos el v.2. La limosna se refiere a la ayuda material a los pobres. Dios manda en el Antiguo Testamento a tener compasión hacia el pobre y ayudarle, por ejemplo en Deu. 15:11: “Porque no faltarán menesterosos en medio de la tierra; por eso yo te mando, diciendo: Abrirás tu mano a tu hermano, al pobre y al menesteroso en tu tierra.” Los judíos tenían este mandamiento arraigado en su mente, para ellos dar limosna era el más sagrado de todos los deberes religiosos. Era tan sagrado que los judíos usaban la misma palabra tsedaqá tanto para justicia como para limosna. El dar limosna y el ser justo eran la misma cosa. No se podía ser justo si no se daba limosna a los pobres. Así que los judíos solían ser muy generosos y practicaban frecuentemente la limosna.
Sin embargo, no basta la generosidad. A lo largo de este Sermón, nuestro Señor está interesado en la motivación, en los pensamientos ocultos del corazón. Y en el asunto de dar, Jesús tiene el mismo interés en los pensamientos secretos. La pregunta no se refiere tanto a qué hace la mano (cuánto da) sino a qué piensa el corazón mientras la mano hace aquello. Existen tres posibilidades: buscamos la alabanza de los hombres, mantenemos nuestro anonimato pero calladamente nos felicitamos a nosotros mismos, o estamos deseosos solamente de la aprobación de nuestro Padre Celestial.
Los fariseos tenían un hambre voraz por recibir alabanza de los hombres. Jesús les acusó diciendo que recibían la gloria los unos de los otros y no buscaban la gloria del Dios único (Jua. 5:44). De manera similar el apóstol Juan comenta: “Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios.” (Jua. 12:43). Tan insaciable era su apetito de reconocimiento humano que echaba a perder su generosidad. Y aquí en el v.2 Jesús ridiculiza la manera en que ellos hacían su espectáculo. Retrata a un pomposo fariseo con su estilo de llevar su caridad a los pobres. Frente a él marchan los trompetistas, tocando una fanfarria mientras caminan, y atrayendo rápidamente a una multitud. Calvino comenta: “Sin duda ellos fingían que esto se hacía para llamar a los pobres, porque las excusas nunca faltan; pero era perfectamente obvio que buscaban el aplauso y el elogio”.
Jesús llama hipócritas a lo que hacen esta ostentación. La palabra griega aquí es hypokrités que designa a un actor que interpreta un personaje. Así, en forma figurada, la palabra llegó a aplicarse a alguien que trata al mundo como un escenario en el cual desempeña un papel. Hace a un lado su verdadera identidad y asume una falsa. Ya no es él mismo sino un disfraz; personifica a alguien distinto. Lleva una máscara. El hipócrita religioso deliberadamente se propone engañar a las personas haciendo alguna práctica religiosa para hacer creer a los demás que es una persona piadosa, cuando en realidad es un pecador hipócrita que solo tiene apariencia de piedad.
Es fácil burlarse de aquellos fariseos judíos del primer siglo. Nuestro fariseísmo cristiano no es tan entretenido. No contratamos trompetistas para que toquen cuando ofrendamos en una iglesia o ayudamos a alguien en necesidad. Pero, para modernizar esta ilustración de Jesús, tomamos fotos y publicamos en nuestras redes sociales cuando hacemos alguna obra de caridad. O andamos contándoles a todos lo que hemos hecho por otros. Caemos en la mismísima tentación que los fariseos: dirigir la atención hacia nuestra acción de dar para ser alabados por los hombres.
Jesús enfatiza que los que hacen estas cosas para recibir la alabanza de los hombres, “ya tienen su recompensa”. El verbo griego que aparece aquí es apéjo, que en esa época era un término técnico que se usaba para las transacciones comerciales. Quería decir “recibir la suma en su totalidad”. Entonces, los hipócritas que buscaban el aplauso y la admiración de los hombres, al conseguirlo, ya habían recibido la totalidad de su recompensa. Nada más se les debía. Aunque Dios había prometido bendición al que ayudara al pobre, puesto que ellos no estaban buscando la bendición ni la gloria de Dios, habían conseguido lo que buscaban, así que Dios no les debía nada.
Así Jesús, después de advertir a sus discípulos en cuanto al estilo ostentoso de dar al necesitado de los fariseos, les enseña ahora cuál es el estilo cristiano. Leamos juntos los vv.3-4. Jesús enseña aquí que la forma cristiana de dar es secreta: “no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha”. La mano derecha es generalmente la mano activa. Jesús supone que la usaremos al entregar algún donativo. Luego añade que nuestra izquierda no debe enterarse. Esto quiere decir que, no solamente no debemos contarles a otras personas acerca de nuestra generosidad, sino que ni siquiera debemos contarnos a nosotros mismos. No debemos regodearnos en nuestro dar, porque podemos caer fácilmente en justicia propia.
Tan sutil es la pecaminosidad del corazón que es posible dar pasos deliberados para mantener en secreto ante los hombres nuestro dar y simultáneamente regodearnos de ello en nuestra propia mente con espíritu de autofelicitación. Esto es algo muy perverso. Dar es una actividad real que involucra a gente real con necesidades reales. El propósito es aliviar la aflicción del necesitado, no sentirnos bien con nosotros mismos. Pero es posible convertir una obra de misericordia en un acto de vanidad, de modo que nuestra motivación principal al dar sea no el beneficio de la persona que recibe el donativo sino nuestro propio beneficio. Así pues, para hacer morir nuestra vanidad pecadora, Jesús nos enseña a mantener nuestra ofrenda en secreto, tanto de los demás como de nosotros mismos.
Por supuesto, no es posible obedecer este mandato de Jesús con un literalismo exacto. Si llevamos nuestras cuentas y planificamos nuestras ofrendas como deben hacerlo los cristianos responsables, tendremos que saber cuánto damos. ¡No sería viable cerrar los ojos mientras andamos repartiendo nuestro dinero por allí! Sin embargo, para estar en armonía con la enseñanza de Jesús, tan pronto como se decide y efectúa una donación, debemos olvidarla. No debemos mantenernos recordándola para mirarla con satisfacción maligna, o relamernos pensando en cuán generosos, disciplinados o conscientes de nuestro dar hemos sido. La caridad cristiana debe estar marcada por el sacrificio de sí mismo y el olvido de sí mismo, no por la autofelicitación.
Lo que deberíamos buscar al ayudar al necesitado no es la alabanza de los hombres, ni una base para recomendarnos a nosotros mismos, sino más bien la gloria de Dios. Aunque podamos mantener nuestra ofrenda en secreto de los demás, y hasta cierto punto incluso de nosotros mismos, no podemos mantenerla en secreto de Dios. Ningún secreto se oculta de Él. Por eso tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará.
Algunas personas se rebelan ante esta enseñanza de Jesús. Dicen que no desean ni esperan recompensa de ninguna clase ni de nadie. Más todavía, ven una incongruencia en la promesa de nuestro Señor en cuanto a recompensa. ¿Cómo puede prohibir el deseo de recibir alabanza de los demás o de nosotros mismos y luego mandar que lo busquemos de Dios? Dicen que esto solo cambia una forma de vanidad por otra. ¿No deberíamos más bien dar simplemente por amor a dar?
La primera razón por la cual ese argumento está equivocado tiene que ver con la naturaleza de las recompensas. Cuando las personas dicen que la idea de recompensas les desagrada, creo que la imagen que tienen en su mente es la de los premios que otorgan los hombres, con trofeos y medallas que brillan y son exhibidos y toda la gente aplaudiendo. La evocación de esta clase de escena quizás se deba a las palabras de la RVR60: “te recompensará en público”. Pero en realidad, “en público” debería omitirse como lo hacen las versiones modernas como la NVI. El contraste que hace Jesús no es entre un donativo secreto y una recompensa pública, sino entre hombres que no ven ni recompensan un donativo, y Dios, que sí lo hace.
El gran apologista cristiano, C. S. Lewis, escribió sabiamente en un ensayo intitulado “El peso de la gloria”: “No deben inquietarnos los no cristianos que dicen que esta promesa de recompensa convierte la vida cristiana en una empresa mercenaria. Hay diferentes clases de recompensa. Existe la recompensa que no tiene conexión natural con las cosas que haces para ganarla, y es ajena a los deseos que tienen que acompañar a esas cosas. El dinero no es la recompensa natural del amor; por eso llamamos a un hombre mercenario si se casa con una mujer por su dinero. Pero el matrimonio es la recompensa cabal para el amante verdadero, y él no es mercenario por desearla”. De manera similar podemos decir que un trofeo o medalla no es una recompensa muy apropiada para un estudiante que trabaja duro, mientras que una beca en la universidad sí lo sería. C. S. Lewis concluye su argumento: “Las recompensas apropiadas no se hilvanan simplemente con la actividad por la cual se dan, sino que son la consumación de la actividad misma”.
¿Cuál es, entonces, la “recompensa” que el Padre celestial da al dador secreto? No es pública ni necesariamente futura. Es probablemente la única recompensa que el amor genuino desea cuando entrega un donativo al necesitado: ver aliviada la necesidad. Cuando a través de nuestras ofrendas se alimenta al hambriento, se viste al desnudo, se sana al enfermo, se libera al oprimido y se salva al perdido, el amor que inspiró el donativo queda satisfecho. Tal amor (que es el amor de Dios a través de nosotros) trae consigo sus propios gozos secretos, y no desea otra recompensa. Aunque sin duda alguna Dios pueda dar otras bendiciones como recompensa.
Para resumir, nuestra caridad cristiana no debe ser hecha delante de los hombres (esperando el aplauso), ni siquiera delante de nosotros mismos (autofelicitándonos) sino “delante de Dios”, que ve lo secreto de nuestro corazón y nos recompensa con el descubrimiento de que, como dijo Jesús, “Más bienaventurado es dar que recibir.” (Hch. 20:35).
Prácticamente hemos abarcado todos los puntos básicos de la enseñanza de Jesús en este pasaje bíblico con su primer ejemplo. Sin embargo, vamos a ver qué otras enseñanzas podemos encontrar en los otros dos párrafos.
III.- La oración y el ayuno cristianos (5-6,16-18)
Leamos juntos los vv. 5-6. En su segundo ejemplo de justicia religiosa, Jesús se refiere a la oración. Él tiene mucho más que decir acerca de esto y yo también, y por eso aprenderemos los vv. 7-15 la próxima semana. Pero en este párrafo hace un contraste entre la forma de oración hipócrita y la cristiana. Lo que dice de los hipócritas suena bien al principio: “ellos aman el orar”, pero vemos luego que desgraciadamente no es orar lo que ellos aman, sino el orar para ser vistos por lo demás. Ellos se aman a sí mismos que a Dios y disfrutan de la oportunidad de ostentación que les da la oración en público.
Por supuesto que la disciplina de la oración habitual es buena, pero el asunto fundamental es la forma de la oración y su motivación. Hoy vamos a hablar de la motivación, de la forma hablaremos la próxima semana. Jesús descubrió que la verdadera motivación de los judíos al ponerse en pie en la sinagoga o en la esquinas, era para que la gente los viese. Tras su piedad acechaba su orgullo. Lo que realmente deseaban era el aplauso, y lo consiguieron, “ya tienen su recompensa”.
El fariseísmo religioso aún no ha muerto. Todavía hay muchos hipócritas en la iglesia hoy en día. Es posible ir a la iglesia por la misma razón perversamente equivocada que tuvieron los fariseos para ir a la sinagoga: no para adorar a Dios, sino para ser considerados como piadosos o como buenas personas. De la misma forma, es posible jactarnos de nuestras devociones privadas. Lo que Jesús destaca es la perversidad de cualquier práctica hipócrita. Orar, como dar limosna a los hombres, son verdaderas obras de justicia. Pero un motivo encubierto destruye a ambos. ¿Cómo podemos fingir que alabamos a Dios cuando en realidad nos interesa que los hombres nos alaben? ¿Ven la perversidad que hay en esto?
¿Cómo, entonces, deberían orar los cristianos? Jesús dice: “Entra en tu cuarto y cierra la puerta”. Debemos cerrar la puerta para evitar molestias y distracción pero también para eludir los ojos inquisitivos de los demás. Solo entonces podremos obedecer el siguiente mandato del Señor: ora a tu Padre, que está en lo secreto. Nuestro Padre está ahí, esperando para darnos la bienvenida. La esencia de la oración cristiana es buscar a Dios.
La oración debe ser para conversar con Dios y conocerlo mejor. Debe haber en nosotros un deseo de reunirnos con Él en el lugar secreto para postrarnos en confianza, amor y adoración humilde. Luego, Jesús continuó, tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará. En realidad las recompensas ocultas en la oración son demasiadas para enumerarlas. Refresca nuestra alma, satisface nuestra hambre, apaga nuestra sed. Llena de amor, paz y gracia nuestros corazones, quitando toda ansiedad. Nos ayuda a confiar más en Él, en su amor y en su gracia para nosotros. Nos permite conocerle mejor y nos ayuda a escuchar Su voz a través de la Palabra. La oración cambia completamente nuestro ser. Así como el aliento delata si nos hemos cepillado o no, nuestras palabras y actitudes delatan si tenemos una vida de oración o no.
Ahora bien, el énfasis de nuestro Señor en la necesidad de orar en lo secreto no debería llevarse a los extremos. Interpretarlo con literalismo rígido sería caer en el mismo fariseísmo contra el cual Jesús nos advierte. Si toda nuestra oración debiera guardarse en secreto, tendríamos que dejar de asistir a la iglesia, abandonar las oraciones en familia y los grupos de oración. Jesús no está condenando la oración pública, sino que hace referencia aquí a la oración privada. Cada oración debe tener su lugar y propósito. Además, el asunto no es si la oración se hace en público o privado, sino la motivación con que se hace. Que todas nuestras oraciones tengan el propósito de glorificar a Dios, y no de mostrar una apariencia de piedad. Mantengamos privada nuestra comunión con Dios, y dejemos que se haga evidente en la forma en la que hablamos y nos comportamos con los demás.
Leamos finalmente los vv. 16-18. El ayuno es la privación de alimentos con el propósito de mortificar los deseos de la carne y alimentar el espíritu. Los fariseos ayunaban “dos veces a la semana” (Luc. 18:12), lunes y jueves. Y cuando lo hacían se vestían de harapos y se echaban cenizas en su cabeza en señal de contrición. Pero al salir a la calle de esta manera, andaban anunciando que estaban de ayuno y la gente los admiraba por su piedad de practicar el ayuno de forma tan frecuente. No obstante, Jesús advierte a sus discípulos que no ayunen para ser vistos por los demás, sino que cuando ayunasen se vistieran bien y se aseasen para no demostrar a los demás que estaban ayunando. Entonces una vez más tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará. Porque el propósito del ayuno no es hacernos propaganda sino disciplinarnos, no se trata de obtener reputación para nosotros mismos, sino de expresar nuestra humildad delante de Dios y nuestro interés por otros que sufren necesidad. Si estos propósitos se cumplen, será suficiente recompensa.
Considerando estos versículos, es evidente que de principio a fin Jesús ha estado poniendo en contraste dos alternativas de piedad: la de los fariseos, y la cristiana. La piedad farisaica es ostentosa, motivada por la vanidad y recompensada por los hombres. La piedad cristiana es secreta, motivada por la humildad y recompensada por Dios. ¿Cuál tipo de piedad llevas en tu vida? ¿Eres un cristiano hipócrita cuya intención es tener apariencia de piedad pero sigues viviendo una vida pecaminosa secreta? ¿O eres un verdadero cristiano que vive ante los ojos de Dios y busca Su gloria en todo lo que haces?
Dios nos ayude a ser cristianos verdaderamente piadosos que vienen a la iglesia cada domingo no para ser vistos por los demás, sino para adorar a Dios y escuchar Su voz para acomodar nuestras vidas a Su voluntad. Que seamos cristianos verdaderamente piadosos que oran profundamente en sus habitaciones, que comen Pan Diario cada día procurando escuchar la voz de Dios. Que seamos cristianos verdaderamente piadosos que tienen sus estudios bíblicos y escriben sus testimonios bíblicos no para ser vistos por el pastor, sino para tener una comunión cada vez más personal con Dios y para crecer en santidad para Su gloria. Que seamos cristianos verdaderamente piadosos que van a la universidad a pescar, que preparan y dan estudios bíblicos no para ser vistos por el pastor o para competir con otros por el número de ovejas que tenemos, sino con amor por las ovejas perdidas para que puedan ser salvas. Que seamos cristianos verdaderamente piadosos que todo lo que hagamos sea para la gloria de Dios, de modo que nuestra luz alumbre y que Panamá se convierta en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Amén.
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[5.Jun.2022]_Dominical-UBF-Panamá_(MAT_6..1-18)-Mensaje.pdf
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