Jueces 6:1-24
6:1 Los hijos de Israel hicieron lo malo ante los ojos de Jehová; y Jehová los entregó en mano de Madián por siete años.6:2 Y la mano de Madián prevaleció contra Israel. Y los hijos de Israel, por causa de los madianitas, se hicieron cuevas en los montes, y cavernas, y lugares fortificados.
6:3 Pues sucedía que cuando Israel había sembrado, subían los madianitas y amalecitas y los hijos del oriente contra ellos; subían y los atacaban.
6:4 Y acampando contra ellos destruían los frutos de la tierra, hasta llegar a Gaza; y no dejaban qué comer en Israel, ni ovejas, ni bueyes, ni asnos.
6:5 Porque subían ellos y sus ganados, y venían con sus tiendas en grande multitud como langostas; ellos y sus camellos eran innumerables; así venían a la tierra para devastarla.
6:6 De este modo empobrecía Israel en gran manera por causa de Madián; y los hijos de Israel clamaron a Jehová.
6:7 Y cuando los hijos de Israel clamaron a Jehová, a causa de los madianitas,
6:8 Jehová envió a los hijos de Israel un varón profeta, el cual les dijo: Así ha dicho Jehová Dios de Israel: Yo os hice salir de Egipto, y os saqué de la casa de servidumbre.
6:9 Os libré de mano de los egipcios, y de mano de todos los que os afligieron, a los cuales eché de delante de vosotros, y os di su tierra;
6:10 y os dije: Yo soy Jehová vuestro Dios; no temáis a los dioses de los amorreos, en cuya tierra habitáis; pero no habéis obedecido a mi voz.
6:11 Y vino el ángel de Jehová, y se sentó debajo de la encina que está en Ofra, la cual era de Joás abiezerita; y su hijo Gedeón estaba sacudiendo el trigo en el lagar, para esconderlo de los madianitas.
6:12 Y el ángel de Jehová se le apareció, y le dijo: Jehová está contigo, varón esforzado y valiente.
6:13 Y Gedeón le respondió: Ah, señor mío, si Jehová está con nosotros, ¿por qué nos ha sobrevenido todo esto? ¿Y dónde están todas sus maravillas, que nuestros padres nos han contado, diciendo: ¿No nos sacó Jehová de Egipto? Y ahora Jehová nos ha desamparado, y nos ha entregado en mano de los madianitas.
6:14 Y mirándole Jehová, le dijo: Ve con esta tu fuerza, y salvarás a Israel de la mano de los madianitas. ¿No te envío yo?
6:15 Entonces le respondió: Ah, señor mío, ¿con qué salvaré yo a Israel? He aquí que mi familia es pobre en Manasés, y yo el menor en la casa de mi padre.
6:16 Jehová le dijo: Ciertamente yo estaré contigo, y derrotarás a los madianitas como a un solo hombre.
6:17 Y él respondió: Yo te ruego que si he hallado gracia delante de ti, me des señal de que tú has hablado conmigo.
6:18 Te ruego que no te vayas de aquí hasta que vuelva a ti, y saque mi ofrenda y la ponga delante de ti. Y él respondió: Yo esperaré hasta que vuelvas.
6:19 Y entrando Gedeón, preparó un cabrito, y panes sin levadura de un efa de harina; y puso la carne en un canastillo, y el caldo en una olla, y sacándolo se lo presentó debajo de aquella encina.
6:20 Entonces el ángel de Dios le dijo: Toma la carne y los panes sin levadura, y ponlos sobre esta peña, y vierte el caldo. Y él lo hizo así.
6:21 Y extendiendo el ángel de Jehová el báculo que tenía en su mano, tocó con la punta la carne y los panes sin levadura; y subió fuego de la peña, el cual consumió la carne y los panes sin levadura. Y el ángel de Jehová desapareció de su vista.
6:22 Viendo entonces Gedeón que era el ángel de Jehová, dijo: Ah, Señor Jehová, que he visto al ángel de Jehová cara a cara.
6:23 Pero Jehová le dijo: Paz a ti; no tengas temor, no morirás.
6:24 Y edificó allí Gedeón altar a Jehová, y lo llamó Jehová-salom; el cual permanece hasta hoy en Ofra de los abiezeritas.
JEHOVÁ LLAMA A GEDEÓN
Buenos días. En el mensaje de hoy comenzaremos a profundizar en la historia del llamado del quinto juez de Israel: Gedeón. Él era un hombre debilitado por el temor y aparentemente insignificante ante la gran crisis que vivía Israel; pero, a pesar de sus profundas inseguridades y dudas, fue elegido por Dios para liberar a Su pueblo. A través de este pasaje bíblico, aprenderemos que la verdadera fortaleza jamás residirá en nuestras capacidades humanas, sino en el poder del llamado de Dios y la magnífica promesa de Su presencia. Comprenderemos también que antes de darnos la victoria, el Señor nos llama a una transformación interna por medio de la obediencia y el arrepentimiento. El llamamiento de Gedeón nos recuerda que Dios no llama a los fuertes o valientes, sino que Su gracia capacita y transforma a los que deciden rendirse a Él.
Yo oro para que, a través de este mensaje, cada uno de nosotros sea confrontado por la Palabra de Dios y que, con genuino arrepentimiento, escuchemos el llamado de Jehová. Que con la fuerza que el Señor inspira en nosotros nos levantemos para hacer Su voluntad. Así, fortalecidos por la promesa de Su presencia, vayamos con valentía a predicar el evangelio a los estudiantes de la Universidad de Panamá. Al obedecer fielmente este llamado, tengo la certeza de que el Señor nos usará para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.
I.- La devastadora opresión de Madián (1-6a)
Leamos juntos el v.1. Nuevamente presenciamos el doloroso patrón del libro de Jueces: “Los hijos de Israel hicieron lo malo ante los ojos de Jehová”. Después de cuarenta años de paz y fidelidad bajo el liderazgo de la profetisa y jueza Débora —muy probablemente tras su muerte—, el pueblo volvió a descarriarse y a adorar a los dioses de los amorreos. ¡Qué corta es la memoria humana! Fácilmente nos olvidamos de la gracia y de la Palabra de Dios; por eso es vital recordarlas cada día. Ahí radica el valor de las disciplinas espirituales como el Pan Diario. El hábito de escudriñar las Escrituras al comenzar el día y orar antes de salir de casa, nos fortalece espiritualmente para superar las tentaciones en medio de nuestra sociedad pecaminosa. De igual manera, apartar y santificar el Día del Señor cada semana coloca a Dios en el centro de nuestras prioridades, nos renueva a través de la adoración comunitaria y nos sostiene mediante la mutua edificación. Estas son las sendas que nos protegen de resbalar o desviarnos del Camino.
Lamentablemente, los hijos de Israel abandonaron sus disciplinas espirituales, olvidaron la gracia de Dios y terminaron asimilándose a la cultura que los rodeaba, adorando los dioses de los amorreos. Al desobedecer así la Palabra de Dios, cosecharon las consecuencias: Jehová los entregó en manos de Madián, un pueblo nómada del desierto al otro lado del Jordán que tenía una enemistad histórica con Israel desde los días del Éxodo. Madián los oprimió durante siete años; un período más corto que los yugos anteriores, pero incomparablemente más cruel y devastador, tal como veremos en los siguientes versículos.
Leamos juntos los vv. 2-6a. Esta es la primera vez en todo el libro de Jueces que se nos describe con tanto detalle la crueldad de la opresión que sufrió Israel. Durante siete largos años, los israelitas vivieron bajo un absoluto estado de terror y humillación. A diferencia de las opresiones anteriores, los madianitas no buscaban gobernarlos ni establecerse permanentemente en la tierra; su estrategia era el saqueo masivo. Subían en hordas con sus camellos y ganados, “en grande multitud como langostas” (v.5), justamente en la época de la siega.
Tras meses de extenuante labor bajo el sol para arar, sembrar y cuidar los campos, en el momento preciso en que los israelitas se disponían a cosechar, eran vilmente asaltados. Los invasores devoraban los sembrados, alimentaban a sus ganados con ellos y destruían con saña lo que no alcanzaban a llevarse ante la mirada impotente de sus dueños. La agricultura y la ganadería pasaron a ser inútiles, sumiéndolos en la pobreza y el hambre. Este asalto sistemático y anual era un castigo directo a su idolatría, pues se les arrebataba la prosperidad que tanto anhelaban y por la cual habían decidido arrodillarse ante los ídolos amorreos.
Esta opresión madianita se parece mucho a la del pecado en nuestras vidas. El pecado viene a robar, matar y destruir todo a su paso. Nos roba la paz y el gozo, destruye nuestras relaciones con Dios y con el prójimo, y nos arrastra hacia una inminente muerte espiritual y, en ocasiones, también a la muerte física. Nuestra sociedad actual gime bajo este yugo despiadado. Lamentablemente, la mayoría no lo percibe porque el pecado es un maestro del disfraz: en su primera etapa se presenta como algo placentero, liberador y moderno. Sin embargo, una vez que muerden el anzuelo, el enemigo muestra su verdadero rostro y les destruye por completo la vida.
Amados hermanos, por la pura gracia de Dios, nosotros hemos sido rescatados por Jesucristo de esa terrible esclavitud. Sin embargo, allá fuera muchos sufren todavía bajo este yugo devastador. Es nuestra responsabilidad ineludible ante el Señor salir de nuestra comodidad e ir a proclamar el mensaje de liberación para que ellos también disfruten de la vida abundante que Jesús ofrece.
Yo oro al Señor para que ponga en nosotros una compasión entrañable por los miles de jóvenes en la Universidad de Panamá que hoy viven oprimidos por el pecado, las adicciones, el vacío y las falsas ideologías. Que nos levantemos con valentía para llevarles el mensaje del evangelio, invitándolos a estudiar la Biblia. Que el Señor nos use para levantar discípulos suyos en las universidades y así convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.
II.- Jehová escucha el clamor de Israel y comienza a ayudarlos (6b-10)
Leamos juntos los vv. 6b-8a. Después de siete años de cruel opresión, finalmente los hijos de Israel clamaron nuevamente a Jehová, y Él, en Su gracia, los oyó. Pero, antes de activar el patrón del libro y levantar de inmediato un juez para librarles, Jehová les envió un profeta. Interesantemente, el texto omite su nombre; esta es la primera vez en las Escrituras que aparece un profeta anónimo. No obstante, este varón sin nombre es la prueba viviente de que, a pesar de la profunda decadencia moral, espiritual y material de Israel, todavía quedaba un remanente fiel que servía al Señor en medio de este pueblo rebelde. Amados hermanos, seamos esos “profetas anónimos” que llevan el mensaje del Señor a los jóvenes estudiantes de las universidades de Panamá.
¿Cuál fue el mensaje de este profeta? Leamos juntos los vv. 8b-10. Les recordó Su gracia al sacarlos de Egipto y establecerlos en la Tierra Prometida; les recordó el mandamiento directo de no adorar a los dioses amorreos, y finalmente, desnudó la terca desobediencia del pueblo al decirles: “pero no habéis obedecido a mi voz”. En resumen: les dio una amorosa pero firme reprensión. ¿Por qué hizo esto Dios? Porque necesitaban limpiar su corazón por medio del arrepentimiento.
Los mensajes que hemos recibido a lo largo de esta serie de Jueces han sido profundamente confrontadores. Han sido un grito de alerta del Espíritu Santo para despertarnos y sacudirnos la apatía. Al igual que este profeta anónimo, yo no he hecho otra cosa desde este púlpito que exponer la Palabra viva de Dios, con la única intención de moverlos al arrepentimiento y a la acción. Cuando somos confrontados así por la Palabra del Señor, solo existen dos caminos: O nos arrepentimos y respondemos a Su llamado, o endurecemos nuestro corazón, nos ofendemos y hacemos lo que nuestro propio pensamiento y emociones nos dicten.
Esto evoca los eventos de Jua. 6. Tras alimentar milagrosamente a la multitud, Jesús confrontó las verdaderas intenciones de la gente diciéndoles: “De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis.” (Jua. 6:26). Cuando el Señor elevó el costo del discipulado y se declaró a sí mismo como el Pan vivo que descendió del cielo en Jua. 6:41,58, la verdad golpeó el orgullo de sus oyentes. El texto bíblico registra que muchos de sus propios discípulos se ofendieron y exclamaron: “Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?” (Jua. 6:60) Y, el v.66 añade un dato trágico: “Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.” Ante la confrontación amorosa de Jesús, algunos discípulos prefirieron la ofensa antes que el cambio. Pero cuando Cristo miró a los doce y les preguntó si ellos también querían irse, Pedro pronunció una verdad eterna: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.” (Jua 6:68).
Hoy, cada uno de nosotros está parado exactamente ante la misma encrucijada: O nos arrepentimos y recibimos la corrección del Señor, o nos ofendemos como algunos de los discípulos de Jesús y nos vamos. Les confieso, hermanos, que a través de estos mensajes de Jueces, yo también he sido confrontado por el Señor por mi falta de intencionalidad y fidelidad para ir a la Universidad de Panamá a invitar a los jóvenes a estudiar la Biblia. Tuve que arrepentirme ante Dios, y por Su gracia, he comenzado a ir con mayor frecuencia en estos últimos meses.
Mi oración es que cada uno de ustedes reciba de igual manera la reprensión amorosa del Señor. Que no nos ofrendamos, sino que nos arrepintamos y nos levantemos a actuar en lo que el Señor nos está llamando. Solo así creceremos como verdaderos discípulos y seremos la iglesia que Dios use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Amén.
III.- El llamado de Gedeón (11-24)
Leamos juntos el v.11, por favor. Una vez confrontado el pueblo con su pecado, la gracia divina se pone en movimiento: el Ángel de Jehová vino y se sentó debajo de una encina en Ofra, propiedad de Joás abiezerita en el territorio de Manasés Occidental. Bajo la sombra de este árbol se encontraba Gedeón, el hijo menor de Joás, sacudiendo el trigo dentro de un lagar para esconderlo de los madianitas. Este “Ángel de Jehová” era sin duda una Cristofanía: una manifestación preencarnada de Cristo. Se presentó allí adoptando una apariencia humana ordinaria, pues el texto no da ningún indicio de que Gedeón fuera consciente, al principio, de estar conversando con un ser celestial. El Creador del universo descendió a ese lugar específico para llamar al próximo juez de Israel que los libraría de la cruel opresión madianita.
Gedeón estaba oculto en el fondo de un lagar —un foso circular o cuadrado excavado directamente en la roca—, diseñado para pisar las uvas y extraer el mosto y el jugo, pero que él utilizaba de manera improvisada para sacudir el trigo. Generalmente, el trigo se aventaba en espacios amplios para que el viento se llevara los cascajos, mientras el grano caía en la tierra. Estos lugares, conocidos como eras, se construían estratégicamente en las cumbres de las colinas para aprovechar las fuertes corrientes de aire de la tarde. Allí, el agricultor lanzaba la mezcla al cielo con una pala o aventador, permitiendo que el viento arrastrara el tamo ligero y dejara el grano limpio y pesado en el suelo. Sin embargo, en el fondo de un lagar, el aventamiento tradicional era imposible. Al trillar allí abajo, Gedeón no solo realizaba un trabajo lento y asfixiante, respirando el polvo que no podía disiparse, sino que sacrificaba voluntariamente toda la eficiencia agrícola con tal de salvaguardar el sustento de su familia de las garras de Madián. Esta escena retrata una cruda realidad: el miedo al enemigo había reducido las expectativas de Gedeón a una pequeña cantidad de grano golpeado a escondidas, limitando su provisión al tamaño de su escondite.
Estando Gedeón en esa penosa condición de encierro y temor, leamos lo que sucede en el v.12. ¡Se le apareció el Ángel de Jehová y le aseguró que Dios estaba con él, llamándolo “varón esforzado y valiente”! Humanamente hablando, Gedeón no tenía absolutamente nada de esforzado ni de valiente en ese instante. Estaba metido en un foso, asfixiado por el polvo, temblando de miedo y conformándose con salvar un puñado de trigo para su familia. Sin embargo, nuestro Dios “llama las cosas que no son, como si fuesen” (Rom. 4:17). Donde nosotros vemos a un cobarde y débil Gedeón, el Señor ve a un varón esforzado y valiente. Donde nosotros vemos una pequeña y frágil semilla, Dios mira el bosque entero que nacerá de ella. Donde nosotros vemos una pequeña, débil e insignificante iglesia, el Señor contempla un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Él ve y llama el futuro estado de las cosas. ¿Creen esto?
Pero escuchen con atención: ese futuro glorioso solo es posible si Jehová está con nosotros. La verdadera fuerza de Gedeón jamás residió en sus músculos, en su linaje o en su valentía; residía exclusivamente en el Dios que lo llamaba. De la misma manera, nuestra verdadera fuerza no se encuentra en nuestras estrategias humanas, en nuestros talentos o en nuestros recursos; se encuentra en el poder del Espíritu Santo que Dios ha derramado en nuestras vidas. Gedeón solo podía vencer si se atrevía a obedecer, creyendo firmemente que Jehová marchaba a su lado. Nosotros solo podremos conquistar las universidades de Panamá si respondemos al llamado del Señor, descansando en la certeza de que Él está con nosotros. Amén.
Leamos ahora juntos el v.13, por favor. A pesar de la gloriosa declaración del Ángel de Jehová, Gedeón no lograba asimilar aquellas palabras. El trauma de la crisis menoscababa su fe. Si Jehová estaba con ellos, ¿por qué sufrían aquella terrible opresión? ¿Dónde estaba el despliegue de aquel poder sobrenatural que sus padres le habían contado, el mismo que los sacó de la esclavitud en Egipto? En su mente nublada, Gedeón llegó a la conclusión de que Dios los había abandonado con total indolencia. Sin embargo, nosotros sabemos el trasfondo de la historia: aquel sufrimiento no venía del abandono de un Dios indiferente, sino de la disciplina firme y amorosa del Padre Celestial para que Su pueblo reaccionara, se arrepintiera y volviera a Él.
¡Qué fácil es identificarnos con Gedeón! Nosotros también somos propensos a cuestionar la presencia de Dios cuando las tormentas de la vida arrecian. Quizás has clamado en la intimidad: ‘Si Dios está conmigo, ¿por qué me está pasando esto?’ O a nivel comunitario nos preguntamos: ‘Si Dios está con nuestra iglesia, ¿por qué estamos en esta condición?’ Pero seamos honestos: el problema jamás ha sido Dios. El problema radica en nosotros. Nuestra crisis actual no vino como consecuencia del desamparo divino, sino el fruto de nuestras malas decisiones, de la negligencia en nuestras disciplinas espirituales y de una profunda apatía en el corazón. Por lo tanto, el dilema nunca ha sido si Dios está con nosotros; la verdadera pregunta es: ¿estamos nosotros con Dios? ¿Cuál es la prioridad real de tu vida diaria? ¿A qué o a quién le estás entregando tus horas y energías? ¿Cómo se muestra tu fe en tu compromiso con la misión de Dios?
Gedeón había llegado a conclusiones completamente erróneas basadas en su dolor, pero el Ángel de Jehová no lo va a desechar; al contrario, lo va a corregir y a impulsar en nuestro versículo clave. Leamos juntos el v.14, por favor. Noten el orden del texto. Primero, Jehová lo miró. No fue una mirada de juicio, desprecio o impaciencia; fue una mirada directa a su corazón, que comprendió su trauma y tuvo una profunda compasión por él. Gedeón estaba drenando su temor y confusión, emociones que le impedían responder con fe. Dios entendía esto perfectamente. Por eso, ignorando sus quejas, le reitera con autoridad Su llamado: “Ve con esta tu fuerza”. Es como si el Señor le dijera: «Gedeón, tú eres fuerte, pero todavía no lo sabes. Reúne las pocas fuerzas que creas tener en ese foso y ve. Empieza a obedecer hoy mismo con ese pequeño ápice de disciplina y vigor que te queda, y Yo me encargaré de multiplicarlo». Si te levantas y avanzas, salvarás a Israel. ¿Cómo es eso posible? Porque el secreto no radica en la capacidad del enviado, sino en el poder del llamado: “¿No te envío yo?”.
Hermanos, si el Dios Todopoderoso es Quien nos envía, ¿cómo podemos dudar? Cuando Jesús Resucitado les dio la Gran Comisión a Sus discípulos les dijo: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.” (Mat. 28:19-20). Él no los mandó solos. Estaría con ellos todos los días hasta el fin del mundo. ¿Y cómo se manifestaría esa compañía? A través de la presencia soberana y el poder del Espíritu Santo, tal como lo prometió en Hch. 1:8: “pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.”
Amados hermanos, la presencia y el poder del Espíritu Santo están con nosotros hoy. Aunque ante los ojos del mundo parezcamos un remanente débil y sin influencia, la Palabra nos recuerda que el poder de Dios “se perfecciona en nuestra debilidad” (2Co. 12:9). ¡Así que sacúdete el polvo del lagar! Toma cualquier resto de ánimo, cualquier pequeña chispa de fuerza espiritual que tengas hoy y úsala para dar el primer paso hacia la voluntad de Dios. En el instante en que decidas levantarte a cumplir Su voluntad, tus fuerzas se multiplicarán de forma sobrenatural por el poder del Señor operando en ti, y verás la victoria que Él ya ha decretado. ¡Ve con esta tu fuerza!
Sé que esto parece difícil de creer. Al propio Gedeón le costó asimilarlo. Leamos cómo respondió a las palabras del Ángel de Jehová en el v.15. “¿Con qué salvaré yo a Israel?” Él era el menor de sus hermanos en una de las familias más pobres de Manasés. Se sentía demasiado insignificante para semejante hazaña. Y si somos honestos, hermanos, nosotros podríamos hacernos las mismas preguntas: ¿Cómo convertiremos a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa? Somos una de las iglesias más pequeñas e insignificantes de Panamá. El pastor ni siquiera tiene mucho tiempo para visitar la universidad y dar estudio bíblico a los estudiantes. ¿Cómo levantaremos discípulos de Jesús en la Universidad de Panamá? ¿Cómo nos levantaremos nosotros mismos como verdaderos discípulos en medio de nuestras debilidades?
Escuchemos con atención la respuesta que el Señor tiene para Gedeón y para cada uno de nosotros hoy. Leamos juntos el v.16. “Ciertamente yo estaré contigo”. Déjame preguntarte esta mañana: ¿Crees verdaderamente que Dios está contigo? ¿Crees que el Todopoderoso está con nuestra iglesia? Si tu respuesta es afirmativa, entonces la matemática humana queda anulada. “¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Rom. 8:31-32) ¡El Señor quiere y puede hacerlo! Nosotros solamente debemos creer y obedecer. Debemos ir a obedecer Su voluntad con las fuerzas que Él nos da. A Gedeón le prometió que derrotaría aquel inmenso enjambre de madianitas como si fuese un solo hombre. A nosotros nos promete los campus universitarios de Panamá como herencia si nos atrevemos a sembrar Su Palabra. ¡No mires tu pequeñez, mira la grandeza de Quien te respalda! ¡Solamente hay que creer y obedecer!
En los vv. 17-24, Gedeón le pide a aquel varón una señal que le confirme que la promesa verdaderamente se cumpliría: le ruega que espere a que él presente una ofrenda. El Ángel de Jehová, con infinita paciencia, aceptó su petición. Con profunda diligencia, Gedeón fue y preparó un banquete para aquel misterioso visitante. Mató y coció uno de sus cabritos, tomó de su escaso recipiente de harina y horneó panes sin levadura, y finalmente colocó el caldo en una olla. Hermanos, dimensionemos esto: Gedeón era pobre y lo que estaba entregando era parte del sustento que le quedaba para sobrevivir hasta la próxima cosecha. Sin embargo, impulsado por un corazón servicial y reverente, decidió rendir esa ofrenda de amor.
El Ángel de Jehová no solo aceptó la pureza de su intención, sino que decidió otorgarle una señal infinitamente más poderosa de lo que Gedeón había imaginado. Le ordenó colocar la carne y los panes sobre una peña, y derramar el caldo sobre ellos. Acto seguido, el Ángel tocó la ofrenda con la punta de su bastón; de inmediato, brotó fuego milagroso directamente de la roca y consumió por completo la ofrenda. En ese mismo instante, el Ángel desapareció de su presencia. A través de este despliegue sobrenatural, Gedeón finalmente comprendió que no había estado hablando con un hombre común, sino con el Ángel de Jehová y construyó un altar ahí para el Señor.
¡Qué lección tan profunda para nosotros hoy! Tal vez pienses que tienes muy poco que ofrecerle al Señor. Quizás sientas que tus talentos son escasos, que tu tiempo es limitado o que tus recursos financieros no marcan la diferencia. Pero la verdad es que cuando le entregamos a Dios lo poco que poseemos con un corazón rendido, Él lo recibe con agrado, lo multiplica milagrosamente y lo utiliza de forma preciosa para Su obra. Sigamos el ejemplo de Gedeón. Presentemos ante el Señor nuestras vidas, nuestro tiempo y nuestros recursos como un testimonio vivo de fe y un reflejo de nuestro anhelo por obedecer Su Palabra. Si lo hacemos, seremos testigos del poder de Dios obrando de forma magnífica y poderosa con nuestra pequeña ofrenda. Amén.
En conclusión, la historia del llamamiento de Gedeón nos deja lecciones valiosísimas. Primero, hemos visto cómo el pecado de la asimilación cultural y el descuido de nuestras disciplinas espirituales traen una devastadora opresión y miseria a nuestras vidas. Segundo, aprendimos que la verdadera ayuda de Dios no siempre comienza quitando el problema, sino confrontando amorosamente nuestro corazón para movernos a un genuino arrepentimiento. Y tercero, comprendimos que el Señor no nos define por nuestros temores actuales, sino por el potencial que Su presencia activa en nosotros cuando decidimos creer y obedecer Sus promesas.
Hermanos, no miremos más nuestra pequeñez ni nuestras limitaciones; vayamos con la fuerza que hoy tenemos para cumplir con la voluntad de Dios, con la certeza de que Quien nos envía multiplicará nuestra humilde ofrenda y nos usará con poder para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. ¡Amén!
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