Jueces 7:1-25
7:1 Levantándose, pues, de mañana Jerobaal, el cual es Gedeón, y todo el pueblo que estaba con él, acamparon junto a la fuente de Harod; y tenía el campamento de los madianitas al norte, más allá del collado de More, en el valle.7:2 Y Jehová dijo a Gedeón: El pueblo que está contigo es mucho para que yo entregue a los madianitas en su mano, no sea que se alabe Israel contra mí, diciendo: Mi mano me ha salvado.
7:3 Ahora, pues, haz pregonar en oídos del pueblo, diciendo: Quien tema y se estremezca, madrugue y devuélvase desde el monte de Galaad. Y se devolvieron de los del pueblo veintidós mil, y quedaron diez mil.
7:4 Y Jehová dijo a Gedeón: Aún es mucho el pueblo; llévalos a las aguas, y allí te los probaré; y del que yo te diga: Vaya éste contigo, irá contigo; mas de cualquiera que yo te diga: Este no vaya contigo, el tal no irá.
7:5 Entonces llevó el pueblo a las aguas; y Jehová dijo a Gedeón: Cualquiera que lamiere las aguas con su lengua como lame el perro, a aquél pondrás aparte; asimismo a cualquiera que se doblare sobre sus rodillas para beber.
7:6 Y fue el número de los que lamieron llevando el agua con la mano a su boca, trescientos hombres; y todo el resto del pueblo se dobló sobre sus rodillas para beber las aguas.
7:7 Entonces Jehová dijo a Gedeón: Con estos trescientos hombres que lamieron el agua os salvaré, y entregaré a los madianitas en tus manos; y váyase toda la demás gente cada uno a su lugar.
7:8 Y habiendo tomado provisiones para el pueblo, y sus trompetas, envió a todos los israelitas cada uno a su tienda, y retuvo a aquellos trescientos hombres; y tenía el campamento de Madián abajo en el valle.
7:9 Aconteció que aquella noche Jehová le dijo: Levántate, y desciende al campamento; porque yo lo he entregado en tus manos.
7:10 Y si tienes temor de descender, baja tú con Fura tu criado al campamento,
7:11 y oirás lo que hablan; y entonces tus manos se esforzarán, y descenderás al campamento. Y él descendió con Fura su criado hasta los puestos avanzados de la gente armada que estaba en el campamento.
7:12 Y los madianitas, los amalecitas y los hijos del oriente estaban tendidos en el valle como langostas en multitud, y sus camellos eran innumerables como la arena que está a la ribera del mar en multitud.
7:13 Cuando llegó Gedeón, he aquí que un hombre estaba contando a su compañero un sueño, diciendo: He aquí yo soñé un sueño: Veía un pan de cebada que rodaba hasta el campamento de Madián, y llegó a la tienda, y la golpeó de tal manera que cayó, y la trastornó de arriba abajo, y la tienda cayó.
7:14 Y su compañero respondió y dijo: Esto no es otra cosa sino la espada de Gedeón hijo de Joás, varón de Israel. Dios ha entregado en sus manos a los madianitas con todo el campamento.
7:15 Cuando Gedeón oyó el relato del sueño y su interpretación, adoró; y vuelto al campamento de Israel, dijo: Levantaos, porque Jehová ha entregado el campamento de Madián en vuestras manos.
7:16 Y repartiendo los trescientos hombres en tres escuadrones, dio a todos ellos trompetas en sus manos, y cántaros vacíos con teas ardiendo dentro de los cántaros.
7:17 Y les dijo: Miradme a mí, y haced como hago yo; he aquí que cuando yo llegue al extremo del campamento, haréis vosotros como hago yo.
7:18 Yo tocaré la trompeta, y todos los que estarán conmigo; y vosotros tocaréis entonces las trompetas alrededor de todo el campamento, y diréis: ¡Por Jehová y por Gedeón!
7:19 Llegaron, pues, Gedeón y los cien hombres que llevaba consigo, al extremo del campamento, al principio de la guardia de la medianoche, cuando acababan de renovar los centinelas; y tocaron las trompetas, y quebraron los cántaros que llevaban en sus manos.
7:20 Y los tres escuadrones tocaron las trompetas, y quebrando los cántaros tomaron en la mano izquierda las teas, y en la derecha las trompetas con que tocaban, y gritaron: ¡Por la espada de Jehová y de Gedeón!
7:21 Y se estuvieron firmes cada uno en su puesto en derredor del campamento; entonces todo el ejército echó a correr dando gritos y huyendo.
7:22 Y los trescientos tocaban las trompetas; y Jehová puso la espada de cada uno contra su compañero en todo el campamento. Y el ejército huyó hasta Bet-sita, en dirección de Zerera, y hasta la frontera de Abel-mehola en Tabat.
7:23 Y juntándose los de Israel, de Neftalí, de Aser y de todo Manasés, siguieron a los madianitas.
7:24 Gedeón también envió mensajeros por todo el monte de Efraín, diciendo: Descended al encuentro de los madianitas, y tomad los vados de Bet-bara y del Jordán antes que ellos lleguen. Y juntos todos los hombres de Efraín, tomaron los vados de Bet-bara y del Jordán.
7:25 Y tomaron a dos príncipes de los madianitas, Oreb y Zeeb; y mataron a Oreb en la peña de Oreb, y a Zeeb lo mataron en el lagar de Zeeb; y después que siguieron a los madianitas, trajeron las cabezas de Oreb y de Zeeb a Gedeón al otro lado del Jordán.
JEHOVÁ ENTREGA A MADIÁN EN MANOS DE GEDEÓN
Buenos días. Esta es, definitivamente, la historia más conocida de la vida de Gedeón y una de las más famosas de la Biblia. Tanto así que sirvió de inspiración al ejército israelí durante la guerra para el establecimiento del Estado de Israel en 1948. En su guerra contra la liga árabe conformada por Egipto, Jordania, Siria, Irak y Líbano, las fuerzas judías se encontraban rodeadas, superadas en número y carentes de artillería real. Para enfrentar esta crisis, un ingeniero diseñó el Davidka: un mortero tosco e inestable del cual solo se fabricaron solo seis unidades. Aunque militarmente causaban muy poco daño real y carecían de precisión, estos morteros generaban un estruendo ensordecedor y apocalíptico que resonaba a kilómetros de distancia.
Para maximizar el impacto de estas seis piezas, los israelíes aplicaron la estrategia de Gedeón: Movían estos pocos morteros de un sector a otro a toda prisa a lo largo del frente. Disparaban desde una posición, desmantelaban el mortero, lo subían a un camión, lo llevaban a otra colina y volvían a disparar. Al escuchar los estruendos brutales desde múltiples puntos en un lapso tan corto, las fuerzas enemigas pensaban que Israel había recibido un cargamento masivo de artillería pesada de última generación.
El punto cumbre de esta estrategia ocurrió en la batalla por la ciudad de Safed, en Galilea, donde, a pesar de estar completamente rodeados y superados militarmente, el uso de un solo mortero en la noche —sumado a rumores de un arma secreta— desató el pánico en los enemigos y provocó su huida. De esta manera, el estruendo y la confusión psicológica permitieron que el pequeño ejército israelí lograra una victoria que parecía imposible y estableciese su estado independiente.
A través del pasaje bíblico de hoy, veremos cómo Jehová redujo deliberadamente el ejército de Gedeón de 32,000 hombres a solo 300 para que el pueblo no se vanagloriara, sino que reconocieran que la victoria pertenecía únicamente a Dios. Asimismo, aprenderemos cómo el Señor afirmó la fe de un Gedeón temeroso y le dio una estrategia inusual para derrotar al numeroso campamento madianita.
Yo oro para que, a través de este mensaje, cada uno de nosotros sea animado a creer que Jehová nos dará la victoria con el pequeño pueblo dispuesto y alerta que tiene aquí, ayudándonos a conquistar la Universidad de Panamá. Que podamos levantarnos e ir a hacer discípulos de Jesús en el campus, y que el Señor nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.
I.- Jehová reduce el ejército para que no se vanaglorie (1-8)
Leamos juntos el v.1, por favor. Después de haber recibido la confirmación de Dios a través de las pruebas del vellón que aprendimos la semana pasada, Gedeón se levantó convencido de que Jehová salvaría a Israel por su mano. Avanzó con el ejército que había reunido de las tribus de Manasés, Aser, Zabulón y Neftalí hacia el valle de Jezreel, dispuesto a hacer frente a sus enemigos en el nombre del Señor. Acamparon junto a la fuente de Harod, en la falda del monte Gilboa, teniendo el campamento madianita al norte, en el valle, prácticamente en su campo de visión. Curiosamente, el nombre “Harod” significa literalmente «temblor» o «miedo», lo cual anticipa de forma poética la prueba que vendría más adelante.
Con 32,000 hombres reunidos, Gedeón y los israelitas habrán sentido cierta seguridad para ir a la batalla. Aunque seguían siendo superados en número por la multitud madianita, ese ejército les daba la sensación de tener una fuerza suficiente para pelear. Entonces, el Señor conociendo la inclinación del corazón humano: sabía que, con esa cantidad de soldados, el pueblo atribuiría el triunfo a su propio esfuerzo y no a la gracia divina. Además, entre la multitud, muchos estaban allí más por presión social o compromiso externo que por un deseo genuino de confiar en Jehová, albergando ese temblor en sus corazones mientras contemplaban al enemigo desde la colina.
Veamos qué le ordena el Señor a Gedeón. Leamos juntos los vv. 2-3, por favor. Jehová no quería el pueblo se vanagloriase. Aunque la victoria seguía siendo humanamente casi imposible con 32,000 hombres, Israel podía llegar a pensar que su fuerza y su número habían sido suficientes para vencer. El problema de fondo era que confiaban más en su propia cantidad y unidad que en el poder del Señor; muchos estaban allí por presión social o compromiso con sus hermanos, no por una entrega genuina a Dios. Por tal razón, respondiendo a lo establecido en la Ley sobre la guerra en Deu. 20:8, Jehová mandó a Gedeón a pregonar al pueblo: “Quien tema y se estremezca, madrugue y devuélvase”. En otras palabras, les quitó la presión del compromiso externo para que saliera a la luz lo que realmente había en sus corazones. Solo aquellos que voluntariamente deseaban confiar en el Señor debían quedarse.
Aquella mañana se regresaron veintidós mil hombres del pueblo. Más de dos tercios del ejército decidió volver a casa porque el temor pesaba más que su fe y compromiso con la misión. El campamento quedó reducido a solo diez mil soldados que voluntariamente manifestaban su decisión de creer en la promesa del Señor y su compromiso a pesar de la dramática reducción del ejército.
Amados hermanos, esta es la triste realidad de la Iglesia hoy en día: hay muy poco compromiso genuino con la congregación local. En nuestra sociedad individualista posmoderna, muchos han concluido que solo necesitan una “relación personal con Dios” y que la iglesia es prescindible. Bajo esa premisa, ante el primer desacuerdo, una decisión mal manejada, una enseñanza que nos incomoda o simplemente una emoción pasajera, reaccionamos como esos veintidós mil: nos vamos. En el mejor de los casos, buscamos una iglesia donde nos sintamos más cómodos.
No me malinterpreten. Es verdad que la salvación es personal y que la iglesia no salva a nadie; pero la iglesia es absolutamente necesaria para nuestro crecimiento espiritual. Es el entorno donde aprendemos a amar, ejercitamos nuestros dones mediante el servicio y discernimos la obra del Espíritu en y a través de otros hermanos. Eso no significa tampoco que debamos estar incómodos en una iglesia. No tenemos que tolerar abusos o falsas doctrinas. Si no es una iglesia sana y, tras intentar dialogar con los pastores o ancianos no somos escuchados, es comprensible que no podamos permanecer allí. Pero si estamos en una iglesia sana, si reconocemos que la mano del Señor nos guio a este lugar y la incomodidad proviene de nuestra propia percepción o de ser confrontados por la Palabra, no debemos marcharnos de buenas a primeras. Nuestro compromiso debe ser mayor. Debemos acercarnos a nuestros líderes a conversar, examinar con arrepentimiento nuestra propia responsabilidad, corregir lo que nos corresponde y orar fervientemente por la congregación.
Eso sí, el compromiso no puede ser una carga impuesta. No podemos pasar años obligándonos a nosotros mismos a levantarnos temprano para comer Pan Diario, a apartar un tiempo de oración o a escribir testimonio bíblico con pesadez, solo por temor a un llamado de atención. No deberíamos levantarnos los domingos suspirando: ‘Ugh... tengo que ir otra vez al Centro Bíblico’. Si vivimos así, algo anda definitivamente no anda bien.
Cuando la gracia y el amor de Dios llenan de verdad nuestras vidas, las disciplinas espirituales fluyen de forma natural y con gozo. Despertamos con el deseo vivo de buscar al Señor en la Palabra y la oración. Anhelamos escudriñar las Escrituras cada semana en el estudio bíblico con nuestro pastor y meditar con arrepentimiento al escribir nuestro testimonio bíblico. El sábado por la noche se convierte en la víspera del mejor día de la semana: preparamos la ropa, alistamos nuestras ofrendas y diezmos, nos acostamos temprano para levantarnos descansados y llegar a tiempo para la adoración, y no estar durmiéndonos durante el mensaje. Oramos por el pastor para que el Señor hable Su Palabra por medio de él, y que no meta nada de su propio pensamiento.
Pero si esta no es nuestra actitud, tarde o temprano terminaremos como aquellos veintidós mil: marchándonos sin importar cuál sea la voluntad del Señor. Yo oro para que la gracia y el amor de Dios inunde nuestros corazones y nos ayude a tener una relación personal ferviente con el Señor. Que esa misma gracia nos fortalezca para practicar con gozo las disciplinas espirituales y se manifieste en nuestro compromiso con la iglesia y con la misión, como el que demostraron los diez mil que permanecieron en el campamento. Amén.
Leamos ahora juntos los vv. 4-7. A pesar de la drástica reducción, diez mil hombres todavía eran demasiados para la obra que el Señor iba a hacer. Aún existía el riesgo de que Israel se vanagloriase, atribuyendo la victoria a la valentía de esos diez mil que decidieron quedarse. Por eso, Jehová aplicó un segundo filtro. Mandó a Gedeón a llevarlos a las aguas, donde Él mismo los probaría. Aquellos que se arrodillaron para beber directamente del arroyo fueron descartados; mientras que los que llevaron el agua a la boca con la mano fueron los seleccionados por Dios para entregar a Madián: tan solo trescientos hombres. Este filtro fue estratégico-militar. Los que se arrodillaron por completo para beber descuidaron su retaguardia y su entorno; esa no era la postura de un soldado alerta en territorio enemigo, pues quedaban en una posición sumamente vulnerable. En cambio, los trescientos que llevaron el agua a la boca con la mano permanecieron vigilantes, con las armas listas y la mirada atenta a cualquier movimiento del adversario. A estos trescientos usaría el Señor.
Al igual que ellos, nosotros estamos llamados a vivir vigilantes. El apóstol Pedro nos advierte: “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1Pe. 5:8). De igual manera, Jesús exhortó a Sus discípulos: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.” (Mat. 26:41). En nuestra batalla espiritual contra el pecado y por las almas, debemos permanecer en oración continua y alerta constante por nosotros mismos y por los que pastoreamos. Si nos descuidamos, podemos caer en la tentación y pueden perderse aquellos que estamos apacentando. ¡Permanezcamos vigilantes como estos trescientos! Amén.
Leamos ahora juntos el v.8. Antes de despedir al resto del ejército, Gedeón tomó las provisiones necesarias para él y sus trescientos hombres, así como las trompetas de quienes lideraban aquellas tropas. De esta manera, obedeció fielmente la Palabra del Señor y se quedó con solo trescientos soldados para hacer frente al colosal campamento madianita. De esto aprendemos una lección fundamental: no siempre entenderemos de inmediato la lógica o la estrategia detrás de la voluntad del Señor, pero nuestro deber es permanecer obedientes a Su palabra. Cuando obedecemos aun sin comprender todo el panorama, Dios se glorifica de manera poderosa a través de nuestras vidas. Amén.
II.- Jehová anima a Gedeón y le da la victoria (9-25)
Leamos juntos los vv. 9-11a. Una vez que Jehová hubo seleccionado a su ejército, esa misma noche le ordenó a Gedeón a ir contra el campamento de los madianitas con Su palabra de promesa: “Levántate, y desciende al campamento; porque yo lo he entregado en tus manos.” Sin embargo, el Señor sabía que aquella drástica reducción del ejército había sembrado dudas y temor el corazón de Gedeón. No es fácil ver cómo el número de personas que batallan a nuestro lado disminuye ― se los digo por experiencia propia. Pero la voluntad de Dios era clara para Gedeón: “Con estos trescientos hombres que lamieron el agua os salvaré, y entregaré a los madianitas en tus manos” (v.7). Así que no debía haber dudas ni temor en el corazón del juez.
No obstante, Dios conoce las limitaciones de nuestro corazón y comprende nuestra fragilidad. Por eso, con un cuidado paternal, le dijo a Gedeón: “Y si tienes temor de descender, baja tú con Fura tu criado al campamento, y oirás lo que hablan; y entonces tus manos se esforzarán, y descenderás al campamento.” (vv. 10-11a). Dios no lo desechó por sentir temor, sino que le proveyó el medio para confirmar su fe.
Veamos qué hizo Gedeón y cómo Jehová lo fortaleció a través de esto. Leamos juntos los vv. 11b-14. Por supuesto que Gedeón tenía temor de ir contra el campamento madianita con solo estos trescientos soldados; así que, tomando la palabra del Señor, descendió con Fura hasta los límites del campamento enemigo. Al llegar, escuchó a uno de los soldados contándole un sueño a su compañero: “Veía un pan de cebada que rodaba hasta el campamento de Madián, y llegó a la tienda, y la golpeó de tal manera que cayó, y la trastornó de arriba abajo, y la tienda cayó.” Pero lo más sorprendente fue la interpretación del sueño del compañero: “Esto no es otra cosa sino la espada de Gedeón hijo de Joás, varón de Israel. Dios ha entregado en sus manos a los madianitas con todo el campamento.” ¡La misma promesa que Jehová le había dado a Gedeón! ¡Escuchó de boca del enemigo que Jehová había entregado en sus manos el campamento de Madián! El terror de Jehová iba delante de él.
Amados hermanos, no hay mejor remedio contra las dudas y el desaliento que la Palabra del Señor. Aunque a veces he sentido desmayar en este ministerio, semana tras semana Dios me habla, me sostiene y me fortalece con Su Palabra. Y a medida que avanzamos en obediencia, podemos contemplar Su mano obrando en nuestras vidas y en la congregación. Si nos mantenemos atentos a la voz del Señor por medio de la Escritura, la oración constante y el consejo sabio de hermanos maduros, seremos fortalecidos para seguir sirviéndole. ¡Obedezcamos, pues, con fe la Palabra del Señor! Amén.
Leamos ahora juntos el v.15, por favor. Cuando Gedeón escuchó aquella conversación, adoró a Jehová. Sabía que el Señor estaba confirmando su promesa, ¡aun por boca de sus propios enemigos! Es impresionante cómo el Señor nos habla y nos guía a través de Su Palabra, de la oración, del consejo de nuestros hermanos e incluso mediante las circunstancias. Si somos sensibles a la voz de Dios, podremos percibir la confirmación de Su Palabra y Su promesa para nosotros. ¿Estás atento a la voz de Dios? ¿Sabes cuál es Su voluntad para tu vida? ¿La estás obedeciendo? ¡Adoremos al Señor! Yo oro para que cada uno de nosotros escuche y obedezca la voluntad de Dios para su vida, glorificándole en todo lo que hace. Amén.
Veamos qué hizo Gedeón a continuación. Leamos juntos nuevamente el v.15b. Tras adorar a Jehová por manifestarse de forma tan clara, Gedeón regresó al campamento de Israel, despertó a los suyos y los animó diciendo: “Levantaos, porque Jehová ha entregado el campamento de Madián en vuestras manos.” La duda se había disipado por completo en su corazón; ahora comunicaba con firmeza y fe la promesa del Señor a su pequeño ejército.
Leamos ahora juntos los vv. 16-18. Aunque el texto no lo declara de forma explícita, sin duda el Espíritu Santo inspiró en Gedeón esta inusual estrategia. Dividió a los trescientos hombres en tres escuadrones de cien para rodear el campamento por tres flancos distintos. A cada uno le entregó un shofar (una trompeta de cuerno de carnero), una antorcha y un cántaro, o vasija de barro, para cubrir la luz de la antorcha. En lugar de estar armados con espadas, lanzas o escudos, los trescientos tenían sus manos ocupadas con utensilios que normalmente portaban solo líderes, oficiales o un grupo muy reducido de señalización.
En la antigüedad, solía haber un trompetero por cada compañía o batallón de cientos o miles de soldados, pues la trompeta era el principal medio táctico para transmitir órdenes a distancia en medio del bullicio del combate. Asimismo, en los ataques nocturnos, las antorchas eran llevadas únicamente por los jefes de vanguardia para guiar a las tropas, manteniéndose ocultas dentro de vasijas para no delatar la posición antes de la emboscada. Por lo tanto, al escuchar todas aquellas trompetas y ver tantas antorchas encendidas simultáneamente, el enemigo asumiría que detrás de cada uno de esos líderes había un regimiento entero.
Gedeón los instruyó a todos a estar atentos a sus movimientos e imitarle en todo. Aquí resalta nuevamente la sabiduría de Dios al haber seleccionado a los hombres más alerta y vigilantes en la prueba del agua. Cuando Gedeón tocase el shofar, todos debían tocar el suyo al unísono y gritar: “¡Por Jehová y por Gedeón!”
Veamos cómo implementaron la estrategia. Leamos juntos los vv. 19-21. Fortalecidos con la promesa del Señor, Gedeón y su escuadrón de cien se ubicaron en un flanco, mientras los otros dos grupos ocupaban sus respectivas posiciones, rodeando al enemigo justo al principio de la guardia de la medianoche, en el momento exacto en que se renovaban los centinelas. Los guardias salientes estaban fatigados y dispuestos a descansar; los entrantes, recién espabilados, apenas se acomodaban en sus puestos, mientras el resto del ejército dormía profundamente.
En ese momento, Gedeón y sus trescientos tocaron las trompetas y quebraron los cántaros que traían en sus manos, dejando al descubierto el resplandor de las antorchas. Tomando la trompeta en la mano derecha y la antorcha en la izquierda, proclamaron a gran voz: “¡Por la espada de Jehová y de Gedeón!”, permaneciendo firmes en su posición alrededor del campamento. Aquel estruendo repentino desató el caos. Al ver el perímetro rodeado de luces y trompetas, los madianitas asumieron que una fuerza militar inmensa los atacaba. Presos del pánico y la confusión, todo aquel multitudinario ejército echó a correr hacia el único flanco despejado, gritando y huyendo despavoridos.
Leamos ahora juntos los vv. 22-25. Aquellos trescientos hombres no tuvieron que desenvainar sus espadas ni avanzar a ciegas en la penumbra; solo tuvieron que sostener la luz, hacer sonar las trompetas de manera continua y permanecer firmes en sus puestos mientras Dios peleaba por ellos. Los madianitas, somnolientos, aturdidos y aterrorizados en medio de la confusión, comenzaron a matarse entre sí mientras intentaban escapar. Sin lugar a dudas, fue la espada de Jehová que les dio la victoria.
Aunque la ubicación exacta de algunos de los lugares mencionados en el texto es incierta, es evidente que huían hacia el este de Jezreel, rumbo al valle del Jordán para cruzar al desierto de donde venían. Al ver la retirada, los hombres de Neftalí, Aser y Manasés se sumaron a la persecución. Además, Gedeón envió mensajeros a Efraín para que tomasen los vados del Jordán, evitando que los madianitas cruzaran el río. Así Jehová les dio la victoria contra el ejército madianita usando solo trescientos hombres.
Al mirar a nuestra iglesia, es fácil identificarnos con Gedeón y sus trescientos. A los ojos humanos, parecemos un grupo pequeño e insignificante como para pensar en impactar las universidades del país, ni siquiera nuestro campo de misión en la Universidad de Panamá. Sin embargo, Dios también nos ha dado Su palabra de promesa. Nosotros solo debemos permanecer firmes, brillando con la luz del Señor y como trompetas anunciar el mensaje del evangelio en medio de los estudiantes. Levantémonos y avancemos hacia el campus con fe, sabiendo que Jehová nos da la victoria. Si obedecemos fielmente Su Palabra, Él nos usará para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. ¡Amén!
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