Jueces 8:1-35

8:1 Pero los hombres de Efraín le dijeron: ¿Qué es esto que has hecho con nosotros, no llamándonos cuando ibas a la guerra contra Madián? Y le reconvinieron fuertemente.
8:2 A los cuales él respondió: ¿Qué he hecho yo ahora comparado con vosotros? ¿No es el rebusco de Efraín mejor que la vendimia de Abiezer?
8:3 Dios ha entregado en vuestras manos a Oreb y a Zeeb, príncipes de Madián; ¿y qué he podido yo hacer comparado con vosotros? Entonces el enojo de ellos contra él se aplacó, luego que él habló esta palabra.
8:4 Y vino Gedeón al Jordán, y pasó él y los trescientos hombres que traía consigo, cansados, mas todavía persiguiendo.
8:5 Y dijo a los de Sucot: Yo os ruego que deis a la gente que me sigue algunos bocados de pan; porque están cansados, y yo persigo a Zeba y Zalmuna, reyes de Madián.
8:6 Y los principales de Sucot respondieron: ¿Están ya Zeba y Zalmuna en tu mano, para que demos pan a tu ejército?
8:7 Y Gedeón dijo: Cuando Jehová haya entregado en mi mano a Zeba y a Zalmuna, yo trillaré vuestra carne con espinos y abrojos del desierto.
8:8 De allí subió a Peniel, y les dijo las mismas palabras. Y los de Peniel le respondieron como habían respondido los de Sucot.
8:9 Y él habló también a los de Peniel, diciendo: Cuando yo vuelva en paz, derribaré esta torre.
8:10 Y Zeba y Zalmuna estaban en Carcor, y con ellos su ejército como de quince mil hombres, todos los que habían quedado de todo el ejército de los hijos del oriente; pues habían caído ciento veinte mil hombres que sacaban espada.
8:11 Subiendo, pues, Gedeón por el camino de los que habitaban en tiendas al oriente de Noba y de Jogbeha, atacó el campamento, porque el ejército no estaba en guardia.
8:12 Y huyendo Zeba y Zalmuna, él los siguió; y prendió a los dos reyes de Madián, Zeba y Zalmuna, y llenó de espanto a todo el ejército.
8:13 Entonces Gedeón hijo de Joás volvió de la batalla antes que el sol subiese,
8:14 y tomó a un joven de los hombres de Sucot, y le preguntó; y él le dio por escrito los nombres de los principales y de los ancianos de Sucot, setenta y siete varones.
8:15 Y entrando a los hombres de Sucot, dijo: He aquí a Zeba y a Zalmuna, acerca de los cuales me zaheristeis, diciendo: ¿Están ya en tu mano Zeba y Zalmuna, para que demos nosotros pan a tus hombres cansados?
8:16 Y tomó a los ancianos de la ciudad, y espinos y abrojos del desierto, y castigó con ellos a los de Sucot.
8:17 Asimismo derribó la torre de Peniel, y mató a los de la ciudad.
8:18 Luego dijo a Zeba y a Zalmuna: ¿Qué aspecto tenían aquellos hombres que matasteis en Tabor? Y ellos respondieron: Como tú, así eran ellos; cada uno parecía hijo de rey.
8:19 Y él dijo: Mis hermanos eran, hijos de mi madre. ¡Vive Jehová, que si les hubierais conservado la vida, yo no os mataría!
8:20 Y dijo a Jeter su primogénito: Levántate, y mátalos. Pero el joven no desenvainó su espada, porque tenía temor, pues era aún muchacho.
8:21 Entonces dijeron Zeba y Zalmuna: Levántate tú, y mátanos; porque como es el varón, tal es su valentía. Y Gedeón se levantó, y mató a Zeba y a Zalmuna; y tomó los adornos de lunetas que sus camellos traían al cuello.
8:22 Y los israelitas dijeron a Gedeón: Sé nuestro señor, tú, y tu hijo, y tu nieto; pues que nos has librado de mano de Madián.
8:23 Mas Gedeón respondió: No seré señor sobre vosotros, ni mi hijo os señoreará: Jehová señoreará sobre vosotros.
8:24 Y les dijo Gedeón: Quiero haceros una petición; que cada uno me dé los zarcillos de su botín (pues traían zarcillos de oro, porque eran ismaelitas).
8:25 Ellos respondieron: De buena gana te los daremos. Y tendiendo un manto, echó allí cada uno los zarcillos de su botín.
8:26 Y fue el peso de los zarcillos de oro que él pidió, mil setecientos siclos de oro, sin las planchas y joyeles y vestidos de púrpura que traían los reyes de Madián, y sin los collares que traían sus camellos al cuello.
8:27 Y Gedeón hizo de ellos un efod, el cual hizo guardar en su ciudad de Ofra; y todo Israel se prostituyó tras de ese efod en aquel lugar; y fue tropezadero a Gedeón y a su casa.
8:28 Así fue subyugado Madián delante de los hijos de Israel, y nunca más volvió a levantar cabeza. Y reposó la tierra cuarenta años en los días de Gedeón.
8:29 Luego Jerobaal hijo de Joás fue y habitó en su casa.
8:30 Y tuvo Gedeón setenta hijos que constituyeron su descendencia, porque tuvo muchas mujeres.
8:31 También su concubina que estaba en Siquem le dio un hijo, y le puso por nombre Abimelec.
8:32 Y murió Gedeón hijo de Joás en buena vejez, y fue sepultado en el sepulcro de su padre Joás, en Ofra de los abiezeritas.
8:33 Pero aconteció que cuando murió Gedeón, los hijos de Israel volvieron a prostituirse yendo tras los baales, y escogieron por dios a Baal-berit.
8:34 Y no se acordaron los hijos de Israel de Jehová su Dios, que los había librado de todos sus enemigos en derredor;
8:35 ni se mostraron agradecidos con la casa de Jerobaal, el cual es Gedeón, conforme a todo el bien que él había hecho a Israel.

GEDEÓN: EL PELIGRO DEL LIDERAZGO SIN INTEGRIDAD


Buenos días. Hoy aprenderemos el capítulo final de la vida del juez Gedeón. Este es la parte menos conocida —y la más triste— de su historia, la cual nos advierte sobre el grave peligro del liderazgo sin integridad. El verdadero carácter de Gedeón se manifestó al enfrentar oposición, al gestionar la victoria contra los madianitas, al asumir autoridad entre el pueblo de Israel y en el seno de su vida familiar. Lamentablemente, en todas estas situaciones demostró ser un líder falto de integridad y una mala influencia para su nación. 

La integridad es la cualidad de actuar con rectitud, honestidad y coherencia ética de manera constante, especialmente cuando nadie está mirando o cuando hacerlo representa un costo personal. En términos prácticos, una persona íntegra no tiene una doble vida —una fachada pública y otra privada— ni acomoda sus principios según la conveniencia del momento. 

Para que exista verdadera integridad, deben alinearse tres elementos fundamentales: Coherencia interna: Lo que piensas, lo que dices y lo que haces están en sintonía. No hay contradicción entre tus valores declarados y tus acciones. Firmeza moral: Adhesión a principios éticos y piadosos, incluso bajo intensa presión, tentación o amenaza. Invariabilidad: Mantenimiento de la misma conducta recta en cualquier entorno, ya sea frente a una figura de autoridad, a solas o frente a personas de quienes nada se espera a cambio.

En el pasaje bíblico de hoy, veremos cómo Gedeón falló en sostener estos pilares en su liderazgo, lo que terminó arrastrando al pecado tanto a su propia familia como a la nación entera. A través de este mensaje, aprenderemos que, como cristianos, estamos llamados a ser personas íntegras que reflejen el carácter de Cristo en todo momento, especialmente si ejercemos posiciones de liderazgo en la iglesia.

Yo oro para que en esta mañana cada uno de nosotros pueda examinar su propio corazón y evaluar si estamos caminando en integridad. Que si descubrimos fallas en nuestro andar, seamos confrontados por la Palabra de Dios y movidos a un arrepentimiento genuino. Que seamos verdaderos cristianos en todas las áreas de la vida, viviendo en santidad delante del Señor, para que Él pueda usarnos para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.

I.- Gedeón busca la venganza personal en lugar de la gloria de Dios (1-21)

Leamos juntos los vv. 1-3, por favor. Este capítulo parece comenzar con una visión positiva de Gedeón, mostrando gran sabiduría al resolver un conflicto con la tribu de Efraín. Los efraimitas lo confrontaron fuertemente por no haberlos convocado al inicio de la batalla contra los madianitas, sino hasta el final, solo para tomar los vados del Jordán y evitar que el enemigo escapara. Estaban resentidos por lo que consideraban un papel secundario en la victoria; probablemente querían compartir no solo la gloria, sino también el botín de guerra.

La respuesta de Gedeón muestra una gran diplomacia: “¿Qué he hecho yo ahora comparado con vosotros? ¿No es el rebusco de Efraín mejor que la vendimia de Abiezer?” (v.2). El “rebusco” es el fruto que cae al suelo durante la cosecha, las sobras que generalmente se dejaban en el campo para el beneficio de las viudas, los huérfanos y los extranjeros. La “vendimia”, por su parte, es la cosecha principal. Lo que Gedeón les está diciendo es que las sobras de la tribu de Efraín son mejores que la cosecha entera de su propia familia, el clan de Abiezer. En apariencia, se está humillando y reconociéndolos como superiores. 

Además, les recuerda que Dios entregó en las manos de ellos a dos de los príncipes de Madián: Oreb y Zeeb. Según la cultura de la época, ejecutar a los líderes enemigos otorgaba mucha más gloria militar que la que el propio Gedeón había logrado al simplemente hacer huir al ejército.

Con estas palabras, Gedeón aplacó la ira de Efraín. A simple vista, aplicó el principio que años después el Señor nos dejaría en Pro. 15:1: “La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor.” Parece un gran acto de humildad. Sin embargo, cuando observamos las acciones posteriores de Gedeón en este mismo capítulo, descubrimos que sus palabras no nacieron de un corazón verdaderamente humilde. Fueron una astuta estrategia diplomática; actuó por conveniencia y por temor a ganarse como enemiga a una tribu tan poderosa como Efraín.

Aquí encontramos una advertencia y una enseñanza vital para nosotros. La verdadera integridad significa que nuestras palabras amables deben reflejar un corazón transformado, no ser solo una fachada o una táctica para salir del paso. Cuando surja un conflicto y alguien nos hable con aspereza, no seamos como el Gedeón de este capítulo, que usó la diplomacia por mera conveniencia. Más bien, oremos por sabiduría para dar una blanda respuesta que nazca de una humildad real. Que nuestra forma de apaciguar los conflictos sea el reflejo del carácter de Cristo en nosotros.

Leamos ahora juntos los vv. 4-7. Gedeón y sus hombres cruzaron el Jordán en persecución de los dos reyes de Madián: Zeba y Zalmuna. Cansados y hambrientos, llegaron a la pequeña aldea de Sucot, ubicada a unos 5 km al este del río Jordán, donde rogaron a sus hermanos israelitas que les dieran alimentos para poder continuar la batalla. Sin embargo, la respuesta de los líderes de Sucot fue fría y burlona: “¿Están ya Zeba y Zalmuna en tu mano, para que demos pan a tu ejército?” (v.6). 

En la cultura del Antiguo Oriente, la hospitalidad era un deber sagrado, y mucho más hacia un ejército de sus propios hermanos que arriesgaba la vida por libertarlos. La negativa de Sucot no solo fue una falta ética grave, sino un insulto. La ira de Gedeón se encendió y los amenazó diciendo: “Cuando Jehová haya entregado en mi mano a Zeba y a Zalmuna, yo trillaré vuestra carne con espinos y abrojos del desierto.” (v.7). Fíjense cómo Gedeón confiaba en que el Señor le daría la victoria sobre Madián conforme a Su promesa; sin embargo, no confió en que Dios se encargaría de la ofensa de Sucot. Decidió tomar la venganza en sus propias manos, prometiendo azotarlos con plantas espinosas. Esto contrasta dramáticamente con la paciencia diplomática que mostró ante Efraín, muy probablemente porque a Efraín le temía, pero a esta pequeña aldea se sentía totalmente capaz de aplastarla.

Leamos juntos los vv. 8-9. Gedeón avanzó hasta Peniel y solicitó la misma ayuda: la hospitalidad esperada para un ejército aliado exhausto. Pero recibió exactamente la misma negativa. La amargura y el deseo de venganza seguían creciendo en su corazón, por lo que juró destruir la torre de Peniel —su principal fortaleza defensiva— dejando a sus habitantes expuestos e indefensos.

En realidad Sucot y Peniel tenían una razón para su negativa: desde su punto de vista humano, ayudar a este pequeño ejército de 300 hombres era un riesgo enorme. Si Gedeón fracasaba, los poderosos reyes madianitas regresarían a destruirlos por haber colaborado con el enemigo. Prefirieron la neutralidad y la autoconservación. No fueron capaces de discernir que la victoria era segura porque Dios estaba peleando por Israel. Estaban tan enfocados en protegerse a sí mismos que ignoraron la voluntad del Dios Todopoderoso.

Aquí hay un examen profundo para nosotros hoy. A veces, por temor, comodidad o simple preocupación por nuestros propios intereses, no logramos discernir la obra y la voluntad de Dios. No apoyamos la labor de nuestra propia iglesia y, por ende, nos perdemos la bendición de ser parte de las victorias del Señor. No olvidemos esto: la obra de Dios prevalecerá, con o sin nosotros. Por eso, lo más sabio es sumarnos con gozo a lo que Dios está haciendo, apoyando Su obra mediante nuestro tiempo, recursos, talentos y oración. Amén.

Leamos juntos los vv. 10-12. El aterrado ejército de quince mil madianitas, liderado por Zeba y Zalmuna, había acampado en Carcor para descansar tras su huida. Según el relato bíblico, esto era todo lo que quedaba del temible ejército de 135 mil hijos del oriente que originalmente ocupaba el valle de Jezreel cuando Gedeón y sus trescientos los emboscaron, pues los otros 120 mil ya habían caído en batalla. 

Gedeón avanzó por la “ruta de los nómadas”, a unos 36 km al sur de Peniel. Los madianitas descansaban confiados, pues jamás imaginaron que Gedeón los perseguiría hasta un punto tan adentrado en el desierto. Sin embargo, el juez aprovechó ese descuido y lanzó un ataque sorpresa, sembrando de nuevo el pánico en el campamento opresor. El ejército enemigo volvió a huir, pero en Su soberanía, el Señor le concedió la victoria a Gedeón, permitiéndole capturar vivos a sus dos reyes: Zeba y Zalmuna.

Leamos ahora juntos los vv. 13-17. Gedeón regresó por el camino de Heres hacia Sucot. Antes de llegar allí, atrapó e interrogó a un joven de la localidad, quien le dio por escrito los nombres de los 77 líderes de la ciudad. Así, Gedeón se presentó ante la ciudad con sus prisioneros y les dijo con sarcasmo: “He aquí a Zeba y a Zalmuna, acerca de los cuales me zaheristeis, diciendo: ¿Están ya en tu mano Zeba y Zalmuna, para que demos nosotros pan a tus hombres cansados?” Acto seguido, tomó a los 77 líderes, recogió espinos y abrojos del desierto, y los azotó salvajemente delante del pueblo, cumpliendo así su promesa de venganza. Inmediatamente después, marchó hacia Peniel, derribó la torre defensiva como había amenazado y, en un acto de extrema crueldad, mató a todos los hombres de la ciudad.

Presten mucha atención a esto: en ninguna parte de la Biblia leemos que Dios le haya ordenado a Gedeón semejante barbarie. Él no volvió a Sucot y Peniel para dar testimonio del poder de Dios ni para glorificar al Señor por la victoria. Fue a desahogar su rabia y a cobrar una afrenta personal. El castigo que infligió fue ruin, vil y totalmente desproporcionado, dejando al descubierto un corazón dominado por la amargura y la venganza. Aquí vemos confirmada con claridad la verdad de Stg. 1:20: “porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.”

Amados hermanos, no dejemos que la ira nos ciegue. Cuando actuamos bajo el impulso del enojo o la venganza, no se manifiesta la justicia de Dios. La ira desenfrenada nos lleva a decir palabras crueles y a tomar decisiones de las que más tarde nos arrepentiremos profundamente, haciendo que el nombre de Dios sea deshonrado por causa nuestra. Oremos al Señor pidiéndole la gracia de tener dominio propio en toda circunstancia. Que ante la ofensa, la crítica o el rechazo, no reaccionemos carnalmente, sino con el fruto del Espíritu Santo, para que el carácter de Cristo crezca en nosotros y Dios sea glorificado en nuestras vidas. Amén.

Leamos juntos los vv. 18-21. Aquí se nos revela finalmente la motivación que impulsaba a Gedeón a perseguir con tanta ferocidad a estos dos reyes: ellos habían asesinado a sus hermanos en el monte Tabor. Según Núm. 35, Gedeón tenía el derecho legal como vengador de la sangre de ejecutar a los asesinos de sus parientes. Sin embargo, Gedeón convirtió la batalla de liberación nacional ordenada por Dios en una vendetta personal. Se dejó consumir por la ira y la venganza. 

Al escuchar la confesión de los reyes, Gedeón quiso infligirles una última humillación pública: ordenó a su joven hijo primogénito, Jeter, que los ejecutara. Pero el joven, lleno de pánico, no pudo desenfundar su espada porque era apenas un muchacho y nunca había matado a nadie. ¡Miren qué escena tan trágica! El hombre que había sido llamado por Dios para ser el libertador y guía espiritual de Israel estaba tan enceguecido por la ira que traumatizó a su propio hijo con tal de saciar su deseo de venganza.

Zeba y Zalmuna, queriendo evitar la vergüenza de morir a manos de un muchacho, desafiaron a Gedeón diciendo: “Levántate tú, y mátanos; porque como es el varón, tal es su valentía.” (v.21). En otras palabras: ‘Si te consideras un verdadero guerrero, ven y mátanos tú mismo’. Llevado por el orgullo y la rabia, Gedeón los ejecutó de inmediato y tomó los adornos de oro de los cuellos de sus camellos como botín. 

Así concluyó la gran campaña militar contra Madián. Lo que debió haber sido un día de fiesta, gratitud y alabanza a Dios por una liberación milagrosa, terminó convertido en una oscura y trágica historia de venganza personal.

Amados hermanos, esto nos deja una advertencia solemne: No permitamos que la ira, la amargura o el deseo de desquite arruinen la obra que Dios está haciendo en nosotros y a través de nosotros. ¡Cuántos ministerios, familias y creyentes han echado a perder años de servicio piadoso por un momento de ceguera emocional o resentimiento! No tomemos decisiones apresuradas ni digamos palabras hirientes en el calor de la emoción. Entreguemos al Señor cada ofensa, cada herida y también cada victoria. Que nuestra vida no sea recordada por la amargura que destruyó nuestro testimonio, sino por la integridad que glorificó a Dios en todo tiempo. Amén.

II.- Gedeón rechaza el título de rey, pero abraza sus privilegios (22-35)

Leamos juntos los vv. 22-23. Agradecidos con Gedeón por librarlos de la terrible opresión madianita, los hijos de Israel le piden que sea su rey y que sus generaciones los gobiernen. Gedeón rechaza el ofrecimiento diciendo: “No seré señor sobre vosotros, ni mi hijo os señoreará: Jehová señoreará sobre vosotros.” Esto parece en verdad muy piadoso. Pareciese que Gedeón realmente está exhortando al pueblo a aceptar sobre sí el señorío de Jehová. Sin embargo, sus acciones posteriores revelan que esto no fue más que una apariencia de piedad, y que al final va a vivir con los privilegios de un rey.

Leamos ahora juntos los vv. 24-27. A pesar de haber rechazado verbalmente la corona, Gedeón inmediatamente les solicitó un tributo del botín de guerra: los zarcillos de oro que habían tomado de los madianitas. El pueblo, lleno de entusiasmo y profundo agradecimiento hacia él, accedió de buena gana. Extendieron un manto y cada hombre arrojó allí los zarcillos de su botín, recolectando casi 20 kg de oro. Y esto sin contar los adornos, los collares de los camellos ni las vestiduras de púrpura real que usaban los reyes de Madián. Así, Gedeón acumuló una fortuna digna de un rey. 

Con el oro de los zarcillos, Gedeón mandó a confeccionar un efod y lo colocó en su ciudad natal, Ofra. Recordemos que el efod era la vestidura sagrada que portaba el Sumo Sacerdote sobre su túnica; una prenda de obra primorosa tejida con hilos de oro, azul, púrpura y lino. A través del efod del Sumo Sacerdote y del Urim y Tumim, se consultaba la voluntad del Señor en el Tabernáculo. Es muy probable que Gedeón, buscando perpetuar su estatus espiritual, haya querido hacer su propio efod como un monumento de gratitud o como un medio privado para consultar a Dios sin tener que acudir al Tabernáculo en Silo. 

Sin embargo, en ningún momento Dios le ordenó a Gedeón hacer ese efod. Lo que comenzó como una iniciativa aparentemente piadosa de ‘buscar a Dios’ o ‘recordar la victoria’, se convirtió en una trampa mortal. El texto bíblico nos dice que todo Israel comenzó a rendirle culto a este objeto, “prostituyéndose” espiritualmente tras él. Aquel efod se transformó en un culto idólatra y fue causa de tropiezo para Gedeón y toda su familia.

Amados hermanos, este es un aviso solemne para la iglesia hoy: No todo lo que tiene apariencia de espiritualidad agrada a Dios. Existen prácticas, tradiciones y costumbres que pueden parecer muy piadosas por fuera, pero si no están normadas por la Palabra de Dios o si desvían nuestro corazón de la suficiencia de la gracia de Dios y del único Mediador que es Cristo, terminarán convirtiéndose en ídolos disimulados que arruinarán nuestra fe y la de nuestras familias. 

No caigamos en estas trampas. Aferrémonos con fidelidad a los medios de gracia que Dios sí ha establecido: la oración humilde y el estudio diligente de la Biblia. Confirmemos siempre nuestro entendimiento bajo el consejo de creyentes maduros y dentro de la interpretación sana de la iglesia. Examinemos hoy la intención de nuestro corazón para que nuestra adoración sea siempre en espíritu y en verdad. Amén.

Leamos ahora juntos el v.28. A pesar de la falta de integridad de Gedeón, Jehová lo usó para subyugar a los madianitas y concederle a Israel cuarenta años de reposo. Esta es una advertencia solemne: la paz temporal, la prosperidad o el éxito en el servicio no son evidencias irrefutables de estar en una correcta relación con Dios. El hecho de que Dios nos haya usado para llevar a cabo una obra en el pasado no garantiza que nuestro corazón esté firme en el presente ni es excusa para relajarnos en nuestra lucha espiritual. Dios puede cumplir sus propósitos soberanos a pesar de nuestras imperfecciones, pero eso no significa que apruebe el pecado en nuestra vida. 

Por esta razón, el apóstol Pablo —a pesar de todos sus logros ministeriales— mantenía una actitud de humilde perseverancia cuando escribía: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús.” (Flp. 3:12). Si el apóstol Pablo velaba continuamente sobre su corazón para no caer en la complacencia, ¿cuánto más debemos velar nosotros? La vida cristiana es una carrera diaria de santificación y fidelidad. No nos confiemos por las victorias del pasado. ¡Oremos para que el Señor continúe puliendo, corrigiendo y perfeccionando Su buena obra en cada uno de nosotros todos los días! 

Leamos juntos los vv. 29-31. Aquí encontramos nuestros versículos claves que dejan al descubierto la falta de integridad de Gedeón. Aunque públicamente rechazó la corona, en la intimidad vivía como un verdadero monarca oriental. Mantuvo un harén de mujeres con las cuales engendró 70 hijos, e incluso tuvo una concubina en la ciudad de Siquem que le dio un hijo, al cual llamó Abimelec. ¿Saben qué significa Abimelec en hebreo? ‘Mi padre es rey’. ¡Qué paradoja tan reveladora y triste! Con sus labios, Gedeón dijo solemnemente ante Israel que él no sería rey; pero en la intimidad de su hogar, confesó a través del nombre de su propio hijo que en su corazón se consideraba un rey. Tenía un discurso piadoso en público, pero un estilo de vida pagano en lo privado. 

¡Que el Señor nos libre de semejante hipocresía! Que Dios nos ayude a llevar una vida íntegra delante de Él, donde nuestras acciones privadas sean cónsonas con nuestra confesión pública. Que vivamos piadosamente en todo lugar: en la iglesia, en nuestros hogares, en el trabajo, en la universidad y en la escuela, para que el nombre de Cristo sea glorificado a través de nosotros. Amén. 

Leamos ahora juntos los vv. 32-35. Nuevamente contemplamos el amor fiel de Dios: a pesar de las fallas de Gedeón, el Señor le concedió una larga vida y la honra de ser sepultado en el sepulcro de su familia. Sin embargo, su falta de integridad y su mala influencia dejaron un rastro devastador: tan pronto como murió Gedeón, los hijos de Israel volvieron a la prostitución espiritual. Ya no solo consultaban el efod, sino que adoptaron a Baal-berit como su dios, erigiéndole un templo en Siquem. Además, la nación olvidó la misericordia de Dios y mostró una ingratitud absoluta hacia la casa de Jerobaal. Así, el legado espiritual de Gedeón se disipó por completo y la nación se hundió aún más en la corrupción.

Amados hermanos, esta es la advertencia final de este pasaje: Si no vivimos como cristianos íntegros, puede que por la gracia de Dios permanezcamos en la iglesia o que incluso se nos permita ejercer un liderazgo. Pero tarde o temprano, la falta de integridad pasa factura. Las consecuencias del pecado no confesado y de la doble vida nos alcanzarán, y la ruina en nuestras vidas, en nuestras familias y en nuestros ministerios será grande.

Antes de llegar a UBF, yo servía en una pequeña iglesia pentecostal. Allí acepté a Jesús como mi Señor y Salvador, y comenzó mi crecimiento espiritual. Sin embargo, aunque muchas áreas de mi vida fueron transformadas por el Señor, había otras en las que todavía pecaba en secreto, particularmente en la lucha con la lujuria. 

A pesar de esa doble vida, siendo muy joven fui nombrado pastor de aquella congregación. Aunque me esforzaba en mis propias fuerzas por no caer, terminaba cediendo continuamente al pecado. Eventualmente, mi absoluta falta de integridad me llevó a renunciar al pastorado y a salir de la iglesia, dejando mi vida personal y a aquella congregación sumidas en una profunda ruina espiritual.

Pero por la infinita gracia de Dios, el Señor me trajo al ministerio de UBF. Aquí pude arrepentirme genuinamente de mi falta de integridad y comenzar a crecer en la gracia de Dios a través de las disciplinas espirituales. Al practicarlas con sinceridad y fidelidad, el Señor ha ido transformando progresivamente mi corazón y me ha ayudado a caminar como un hombre más íntegro. Esto no significa que sea perfecto o que ya no falle. Pero hoy sí puedo decir con convicción, junto al apóstol Pablo: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús.” (Flp. 3:12). Reconozco que aún estoy lejos de lo que debería ser, pero gracias a Dios, ¡ya no soy el hombre que solía ser! Y mi oración diaria es que el Señor me ayude a crecer cada día en gracia e integridad para que Su nombre sea glorificado en mi vida. 

Hermanos, este es también mi ferviente tópico de oración por cada uno de ustedes: que todos nosotros crezcamos como cristianos íntegros, transparentes y santos, que glorifiquen a Dios en cada área de sus vidas. Y que, al caminar en esa integridad, Dios nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. ¡Amén!

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