Jueces 9:22-57

9:22 Después que Abimelec hubo dominado sobre Israel tres años,
9:23 envió Dios un mal espíritu entre Abimelec y los hombres de Siquem, y los de Siquem se levantaron contra Abimelec;
9:24 para que la violencia hecha a los setenta hijos de Jerobaal, y la sangre de ellos, recayera sobre Abimelec su hermano que los mató, y sobre los hombres de Siquem que fortalecieron las manos de él para matar a sus hermanos.
9:25 Y los de Siquem pusieron en las cumbres de los montes asechadores que robaban a todos los que pasaban junto a ellos por el camino; de lo cual fue dado aviso a Abimelec.
9:26 Y Gaal hijo de Ebed vino con sus hermanos y se pasaron a Siquem, y los de Siquem pusieron en él su confianza.
9:27 Y saliendo al campo, vendimiaron sus viñedos, y pisaron la uva e hicieron fiesta; y entrando en el templo de sus dioses, comieron y bebieron, y maldijeron a Abimelec.
9:28 Y Gaal hijo de Ebed dijo: ¿Quién es Abimelec, y qué es Siquem, para que nosotros le sirvamos? ¿No es hijo de Jerobaal, y no es Zebul ayudante suyo? Servid a los varones de Hamor padre de Siquem; pero ¿por qué le hemos de servir a él?
9:29 Ojalá estuviera este pueblo bajo mi mano, pues yo arrojaría luego a Abimelec, y diría a Abimelec: Aumenta tus ejércitos, y sal.
9:30 Cuando Zebul gobernador de la ciudad oyó las palabras de Gaal hijo de Ebed, se encendió en ira,
9:31 y envió secretamente mensajeros a Abimelec, diciendo: He aquí que Gaal hijo de Ebed y sus hermanos han venido a Siquem, y he aquí que están sublevando la ciudad contra ti.
9:32 Levántate, pues, ahora de noche, tú y el pueblo que está contigo, y pon emboscadas en el campo.
9:33 Y por la mañana al salir el sol madruga y cae sobre la ciudad; y cuando él y el pueblo que está con él salgan contra ti, tú harás con él según se presente la ocasión.
9:34 Levantándose, pues, de noche Abimelec y todo el pueblo que con él estaba, pusieron emboscada contra Siquem con cuatro compañías.
9:35 Y Gaal hijo de Ebed salió, y se puso a la entrada de la puerta de la ciudad; y Abimelec y todo el pueblo que con él estaba, se levantaron de la emboscada.
9:36 Y viendo Gaal al pueblo, dijo a Zebul: He allí gente que desciende de las cumbres de los montes. Y Zebul le respondió: Tú ves la sombra de los montes como si fueran hombres.
9:37 Volvió Gaal a hablar, y dijo: He allí gente que desciende de en medio de la tierra, y una tropa viene por el camino de la encina de los adivinos.
9:38 Y Zebul le respondió: ¿Dónde está ahora tu boca con que decías: ¿Quién es Abimelec para que le sirvamos? ¿No es este el pueblo que tenías en poco? Sal pues, ahora, y pelea con él.
9:39 Y Gaal salió delante de los de Siquem, y peleó contra Abimelec.
9:40 Mas lo persiguió Abimelec, y Gaal huyó delante de él; y cayeron heridos muchos hasta la entrada de la puerta.
9:41 Y Abimelec se quedó en Aruma; y Zebul echó fuera a Gaal y a sus hermanos, para que no morasen en Siquem.
9:42 Aconteció el siguiente día, que el pueblo salió al campo; y fue dado aviso a Abimelec,
9:43 el cual, tomando gente, la repartió en tres compañías, y puso emboscadas en el campo; y cuando miró, he aquí el pueblo que salía de la ciudad; y se levantó contra ellos y los atacó.
9:44 Porque Abimelec y la compañía que estaba con él acometieron con ímpetu, y se detuvieron a la entrada de la puerta de la ciudad, y las otras dos compañías acometieron a todos los que estaban en el campo, y los mataron.
9:45 Y Abimelec peleó contra la ciudad todo aquel día, y tomó la ciudad, y mató al pueblo que en ella estaba; y asoló la ciudad, y la sembró de sal.
9:46 Cuando oyeron esto todos los que estaban en la torre de Siquem, se metieron en la fortaleza del templo del dios Berit.
9:47 Y fue dado aviso a Abimelec, de que estaban reunidos todos los hombres de la torre de Siquem.
9:48 Entonces subió Abimelec al monte de Salmón, él y toda la gente que con él estaba; y tomó Abimelec un hacha en su mano, y cortó una rama de los árboles, y levantándola se la puso sobre sus hombros, diciendo al pueblo que estaba con él: Lo que me habéis visto hacer, apresuraos a hacerlo como yo.
9:49 Y todo el pueblo cortó también cada uno su rama, y siguieron a Abimelec, y las pusieron junto a la fortaleza, y prendieron fuego con ellas a la fortaleza, de modo que todos los de la torre de Siquem murieron, como unos mil hombres y mujeres.
9:50 Después Abimelec se fue a Tebes, y puso sitio a Tebes, y la tomó.
9:51 En medio de aquella ciudad había una torre fortificada, a la cual se retiraron todos los hombres y las mujeres, y todos los señores de la ciudad; y cerrando tras sí las puertas, se subieron al techo de la torre.
9:52 Y vino Abimelec a la torre, y combatiéndola, llegó hasta la puerta de la torre para prenderle fuego.
9:53 Mas una mujer dejó caer un pedazo de una rueda de molino sobre la cabeza de Abimelec, y le rompió el cráneo.
9:54 Entonces llamó apresuradamente a su escudero, y le dijo: Saca tu espada y mátame, para que no se diga de mí: Una mujer lo mató. Y su escudero le atravesó, y murió.
9:55 Y cuando los israelitas vieron muerto a Abimelec, se fueron cada uno a su casa.
9:56 Así pagó Dios a Abimelec el mal que hizo contra su padre, matando a sus setenta hermanos.
9:57 Y todo el mal de los hombres de Siquem lo hizo Dios volver sobre sus cabezas, y vino sobre ellos la maldición de Jotam hijo de Jerobaal.

PROFECÍA DE JOTAM CUMPLIDA: ABIMELEC Y SIQUEM SE DESTRUYEN MUTUAMENTE


Buenos días. En el pasaje bíblico de hoy veremos el cumplimiento literal de la profecía de Jotam en la parábola de los árboles que aprendimos la semana pasada: saldrá fuego de Abimelec y consumirá a Siquem, y el fuego interno generado por la sublevación de Siquem lo destruirá a él también. Todo esto ocurre como castigo divino para ambos por el asesinato de los setenta hijos de Gedeón. Sin embargo, la justicia retributiva de Dios no fue aplicada mediante una intervención milagrosa directa, sino como consecuencia del propio pecado de Abimelec y Siquem, sobre el cual el Señor actuó soberanamente.

Así, hoy aprenderemos que la soberanía de Dios actúa aun en medio del pecado humano. Nada en este mundo sucede fuera de Su control. Esto no implica que el Señor promueva el mal, sino que permite que las consecuencias de nuestras decisiones nos alcancen para cumplir Su santa voluntad.  

Esta realidad cobra un matiz muy cercano hoy. Como muchos de ustedes saben, el pasado lunes 10 de agosto un terremoto de 7.4 grados sacudió la hermana República de Colombia, percibiéndose incluso aquí en Panamá. Lamentablemente, hasta ahora se contabilizan alrededor de 300 fallecidos, cerca de 4,000 lesionados, y todavía hay unas 300 personas desaparecidas. Las zonas más golpeadas son Pereira, Cali y diversos municipios del Valle del Cauca, así como Quibdó y San José del Palmar en el Chocó. 

Ante tragedias como esta, algunos suelen atribuir rápidamente cada desastre natural a un “castigo divino” por pecados específicos de una nación. Sin embargo, debemos ser cuidadosos. A diferencia del relato bíblico de Jueces —donde el texto inspirado nos revela directamente el juicio de Dios sobre Abimelec y Siquem—, las Escrituras nos enseñan que los terremotos y catástrofes de hoy responden a la condición de un mundo caído y a las señales que anticipan los últimos tiempos: “Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será principio de dolores.” (Mat. 24:6-8). Estos desastres naturales, más que señales de condenación, son un llamado a la sobriedad y al arrepentimiento ante el inminente regreso de Cristo. 

Mi oración sincera es que, en medio de estas catástrofes, nuestros hermanos en Colombia y Venezuela hallen consuelo en Dios, y que la iglesia sea un instrumento visible de Su amor mediante la ayuda material y el mensaje del Evangelio. También, que en esta mañana seamos advertidos por el trágico ejemplo de Siquem y Abimelec. Que, en lugar de dejarnos llevar por el orgullo o la ira, busquemos la voluntad de Dios, descansemos en Su soberanía y vivamos de tal manera que el Señor nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria.

I.- Sale fuego de Abimelec y destruye a Siquem (22-49)

Leamos juntos los vv. 22-24, por favor. Después de que Jotam pronunció su parábola y huyó, Abimelec gobernó durante tres años sobre una débil coalición regional entre israelitas y cananeos. Al cabo de este tiempo, el texto nos dice que “envió Dios un mal espíritu entre Abimelec y los hombres de Siquem”. Algunos comentaristas —como en la Biblia del Diario Vivir— interpretan que este “espíritu” se refiere a un demonio enviado por Dios para sembrar discordia. Otros —como el Dr. John MacArthur o el Comentario Beacon— entienden esta expresión como un espíritu o actitud de desavenencia, celos y desconfianza mutua que el Señor permitió para juzgar la idolatría y la masacre de los hijos de Gedeón. 

Sea cual fuere el mecanismo, la verdad central es clara: la soberanía de Dios actúa aun a través de las consecuencias del pecado humano. La voluntad del Señor se cumple incluso en medio de circunstancias que parecen injustas o caóticas. El ejemplo supremo de esto es la cruz de Cristo. El arresto y la crucifixión de Jesús estuvieron motivados por la envidia, los celos y el odio de los líderes religiosos; sin embargo, la soberanía de Dios permitió esa terrible injusticia para redimirnos y salvarnos. Del mismo modo, podemos confiar en que, en medio de un mundo caído e injusto, Dios sigue obrando para cumplir Su perfecto propósito en nosotros.

Leamos ahora juntos el v.25. Los mismos hombres de Siquem que habían financiado y elevado al poder a Abimelec, ahora tramaban su derrocamiento. De los vv. 30 y 41 se deduce que Abimelec no residía en Siquem, sino que había establecido su sede en Aruma, dejando a Zebul como su gobernador o delegado en la ciudad. Esto probablemente hizo que los siquemitas se sintieran humillados y usados. En represalia, apostaron emboscadas en la cumbre de los montes para asaltar a las caravanas de comerciantes que transitaban con el salvoconducto de Abimelec. Con este bandidaje no solo intentaban recuperar el dinero que le tributaban, sino que minaban su autoridad, saboteaban su comercio y le creaban un grave problema de seguridad pública. Así se demostraba que Abimelec no era más que esa zarza de la parábola, sin capacidad alguna para dar sombra al pueblo, los árboles del bosque.

Pero, evidentemente, esta no era la forma correcta de abordar el descontento. A lo largo de este capítulo vemos cómo los siquemitas, con el entendimiento entenebrecido por el pecado, tomaban una decisión nefasta tras otra. Lo correcto hubiese sido buscar una audiencia formal con Abimelec, expresarle con honestidad su inconformidad y recordarle el pacto inicial. Es muy probable que Abimelec, siendo un tirano, no hubiera entrado en razones; pero ese era la forma correcta de proceder.

Hermanos, nosotros no debemos actuar como los siquemitas en el manejo de las ofensas. Cuando surja una inconformidad en nuestro corazón o nos sintamos agraviados por un hermano, no debemos acudir a la murmuración, la queja, la conspiración ni el sabotaje. El Señor Jesús nos dejó un principio claro de resolución de conflictos como parte de la disciplina de la iglesia: “Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.” (Mat. 18:15-17). 

El orden bíblico es transparente: primero conversamos a solas con la persona. Si el conflicto no se resuelve, buscamos uno o dos mediadores maduros que ayuden a conciliar. Y si la dureza persiste, se escala el asunto al liderazgo de la iglesia para que intervenga con la autoridad delegada de Dios y la sabiduría del Espíritu.

Amados hermanos, no dejemos que crezcan en nuestros corazones raíces de amargura por conflictos no resueltos, no sea que tomemos decisiones impulsivas que acarreen males mayores o nos desvíen de la fe. Que el Señor nos llene de amor y nos dé sabiduría para actuar con madurez, siendo “solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Efe. 4:3). Amén.

Leamos ahora juntos los vv. 26-29. La llegada a Siquem de un hombre conocido como Gaal hijo de Ebed, vino a avivar las llamas de la rebelión. Gaal y sus hombres se ganaron rápidamente la confianza de los siquemitas al compartir el mismo desprecio hacia Abimelec. Por sus palabras más adelante —donde apela a “los varones de Hamor, padre de Siquem”—, todo indica que Gaal era cananeo. De hecho, es muy probable que “Gaal hijo de Ebed” no fuese su nombre real, sino un apodo irónico dado por el escritor bíblico o por sus contemporáneos, ya que en hebreo Gaal significa «desprecio» o «abominación», y Ebed significa «siervo» o «esclavo». Así, este nombre significa ‘Desprecio hijo del esclavo”. Era, en efecto, un hombre mezquino que se ganó este apelativo por incitar una rebelión necia que terminaría llevando a Siquem a la destrucción. 

Durante la vendimia, que normalmente era una fiesta de gran alegría, se comenzó a fraguar la rebelión contra Abimelec. La cosecha del vino, que debía ser una ocasión para dar gracias al Señor por Sus bendiciones, se convirtió en una bacanal pagana. Los siquemitas se reunieron a festejar en el templo de su ídolo, Baal-berit, y bajo los efectos del vino comenzaron a maldecir a Abimelec. Gaal aprovechó la embriaguez y el descontento general para postularse como el nuevo caudillo. Cuestionó con arrogancia la autoridad del rey y de su delegado diciendo: “¿Quién es Abimelec, y qué es Siquem, para que nosotros le sirvamos? ¿No es hijo de Jerobaal, y no es Zebul ayudante suyo?” Gaal apeló al orgullo étnico de los cananeos locales, invitándolos a independizarse de Israel y volver a las raíces de la ciudad: “Servid a los varones de Hamor padre de Siquem”. Finalmente, lleno de soberbia por el alcohol, lanzó un desafío abierto: “Ojalá estuviera este pueblo bajo mi mano, pues yo arrojaría luego a Abimelec, y diría a Abimelec: Aumenta tus ejércitos, y sal.”

Leamos juntos los vv. 30-33. Cuando Zebul, el gobernador de la ciudad delegado por Abimelec, oyó las palabras de Gaal en medio del festival, se encendió en ira por su menosprecio. Pero en lugar de levantarse súbitamente y tratar de ahogar la rebelión con sus hombres en ese momento —seguramente estaba en desventaja— sin perder tiempo, envió mensajeros en secreto a Aruma para advertir a Abimelec sobre la sublevación. Además, le propuso un astuto plan: “Levántate, pues, ahora de noche, tú y el pueblo que está contigo, y pon emboscadas en el campo. Y por la mañana al salir el sol madruga y cae sobre la ciudad; y cuando él y el pueblo que está con él salgan contra ti, tú harás con él según se presente la ocasión.” (vv. 32-33).

Leamos ahora juntos el v.34. Abimelec aceptó el consejo de Zebul y ejecutó la emboscada esa misma noche. Como Aruma estaba a solo 8 km al sudeste de Siquem —una caminata de apenas unas dos horas—, Abimelec pudo marchar con su ejército en la oscuridad y tomar a Gaal y a los siquemitas por sorpresa al amanecer. Además, utilizó una táctica muy similar a la de su padre Gedeón: dividió a sus tropas en cuatro compañías para rodear la ciudad de manera coordinada e implacable.

Leamos juntos los vv. 35-38. Por la mañana, Gaal salió y se sentó a la entrada de la puerta de la ciudad, donde se reunían los ancianos y líderes para administrar justicia, discutir asuntos públicos y vigilar el tránsito. Esto demuestra que Gaal ya actuaba como caudillo de Siquem. Mientras estaba allí, Abimelec y sus hombres comenzaron a levantarse de sus emboscadas. En un momento dado, Gaal miró hacia el horizonte, notó un movimiento extraño en la ladera del monte y le dijo a Zebul (que estaba a su lado como gobernador): “He allí gente que desciende de las cumbres de los montes.” Pero Zebul, para ganarle tiempo a Abimelec y evitar que cerraran las puertas, lo hizo dudar diciéndole con astucia: “Tú ves la sombra de los montes como si fueran hombres.” 

Sin embargo, al acercarse aún más el ejército, Gaal insistió: “He allí gente que desciende de en medio de la tierra, y una tropa viene por el camino de la encina de los adivinos.” Para ese momento el ataque era inminente, y Zebul desenmascaró su juego confrontándolo con ironía: “¿Dónde está ahora tu boca con que decías: ¿Quién es Abimelec para que le sirvamos? ¿No es este el pueblo que tenías en poco? Sal pues, ahora, y pelea con él.” Sin margen para la evasión, Gaal se vio obligado a mantener su palabra, reunir a sus hombres y salir a combatir.

Leamos ahora juntos los vv. 39-41. Gaal lideró a los hombres de Siquem en la batalla contra Abimelec. Pero su tropa era menor y carecía de la preparación del ejército de Abimelec, por lo que terminaron huyendo delante del rey. Los siquemitas corrían de regreso a la ciudad, pero Abimelec los persiguió e hirió de muerte hasta la misma entrada de la puerta, la cual probablemente ya habían cerrado para impedir el ingreso de los atacantes. Así, la arrogancia de Gaal resultó en una vergonzosa derrota y en la muerte de muchos de sus seguidores. 

Amados hermanos, no seamos como Gaal en nuestra lucha espiritual. Cuando nos sentimos fuertes y autosuficientes, corremos el peligro de confiarnos y aflojar en las disciplinas espirituales, abandonando la oración y el estudio de la Palabra. Aun así, podemos autoengañarnos pensando que estamos listos para resistir cualquier tentación. Pero la advertencia del Señor es categórica: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.” (Mat. 26:41). Si descuidamos nuestra comunión con Dios, la debilidad de la carne nos hará caer presa fácil del enemigo. Como advierte también el apóstol Pedro: “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1Pe. 5:8). Mantengámonos en alerta constante y en oración, porque no sabemos en qué momento el enemigo lanzará sus dardos. Si no estamos fortalecidos en el Señor y en el poder de Su fuerza, nuestra caída puede ser fatal.

Leamos juntos los vv. 42-45. Al día siguiente, los habitantes de Siquem se aventuraron a salir al campo, probablemente para reanudar sus labores agrícolas cotidianas. Pero el orgullo de Abimelec había sido profundamente herido por la rebelión. Al recibir el aviso de que las puertas de la ciudad se habían abierto, Abimelec empleó nuevamente la estrategia de su padre y dividió sus fuerzas en tres compañías. La liderada por él se puso en la puerta de la ciudad para cortar la retirada y evitar que la cerraran, mientras las otras dos cayeron sobre los trabajadores en los campos y los masacraron. Posteriormente, concentró todo su ejército contra la ciudad, la cual resistió encarnizadamente hasta el final del día. Pero al tomarla, Abimelec ejecutó a sus pobladores, la demolió por completo y esparció sal sobre sus ruinas como símbolo de desolación y esterilidad perpetua.

Leamos ahora juntos los vv. 46-49. Al enterarse de la masacre que arrasaba la ciudad, los líderes y supervivientes que se encontraban en la torre de Siquem buscaron resguardo en la fortaleza del templo de su dios pagano, Baal-berit. Sin embargo, Abimelec estaba resuelto a no dejar a nadie con vida. Subió al monte Salmón, cortó ramas de los árboles con un hacha e instruyó a sus hombres a hacer lo mismo. Colocaron  la leña junto a la fortaleza y le prendieron fuego, matando sofocadas y quemadas a unas mil personas, entre hombres y mujeres. De esta manera trágica se cumplió al pie de la letra la profecía de Jotam en el v.20: “Y si no, fuego salga de Abimelec, que consuma a los de Siquem y a la casa de Milo”. Fuego literal salió de Abimelec y consumió a los siquemitas.

Cuando Jotam les advirtió mediante su parábola, los siquemitas debieron haber buscado refugio en Jehová, arrepintiéndose de su pecado y volviéndose al Señor. En lugar de eso, prefirieron resguardarse en la alianza con un hombre impío como Abimelec. Y cuando ese amparo falló, corrieron a refugiarse en la fortaleza de sus falsos dioses, pero terminando consumidos por las consecuencias de sus propias decisiones pecaminosas. 

Esto nos da una solemne advertencia a nosotros hoy: jamás busquemos refugio fuera del Señor. Mucha gente en el mundo busca seguridad en su estabilidad laboral, su posición financiera, su círculo familiar, su pareja o su propio razonamiento, pensando que estas cosas pueden sostener firmes sus vidas. Pero tan pronto como las pruebas irrumpen y arrebatan esos apoyos, se hace evidente su absoluta fragilidad. En cambio, si nuestra confianza descansa verdaderamente en el Señor y nos refugiamos en Su gracia, no importa con cuanta violencia golpea la tempestad: en Él estamos seguros, y nada ni nadie podrá arrebatarnos de Su mano, pues en Él tenemos la promesa firme de la vida eterna. Amén.

II.- El fuego de Siquem destruye a Abimelec (50-57)

         Leamos juntos los vv. 50-51, por favor. Con el fuego de su ira contra Siquem todavía ardiendo en su corazón, Abimelec fue y atacó a Tebes, a unos 14 km al noroeste. Probablemente, esta ciudad apoyó la sublevación siquemita o la aprovechó para rebelarse también, y por esta razón el rey fue con la firme intención de destruirla. Todo parecía indicar que sería otra contundente victoria, pues Abimelec logró tomar la ciudad, de modo que todos sus habitantes terminaron resguardándose en una torre fortificada en medio de ella. Parecía que terminarían como Siquem. Pero veamos lo que sucedió allí.

Leamos juntos los vv. 52-54. Abimelec intentó repetir la estrategia de Siquem y quemar la puerta de la torre para derribarla. Pero para hacer esto debía acercarse a ella, lo cual no era una técnica de asedio convencional. Los ejércitos solían mantener distancia de los muros y fortificaciones para evitar que los defensores les arrojaran objetos para repeler los ataques. Sin embargo, cegado por el furor y la adrenalina de la victoria anterior, el rey se acercó descuidadamente a la puerta de la torre. En ese momento, una sagaz mujer dejó caer un pedazo de rueda de molino, el cual impactó directamente a Abimelec en la cabeza y le fracturó el cráneo. En un acto final de orgullo desesperado, le pidió a su escudero que lo rematara para evitar la vergüenza de que se dijera que “una mujer lo mató”. El juicio de Dios se cumplió con una impresionante justicia poética: el hombre que ejecutó a sus setenta hermanos sobre una piedra, murió por causa de una piedra. Y no solo esto, sino que murió consumido por el fuego de su propia ira contra los siquemitas, cumpliéndose así, de forma figurada, las palabras de Jotam en el v.20: “y fuego salga de los de Siquem y de la casa de Milo, que consuma a Abimelec”. 

Leamos juntos el v.55. Cuando los hombres de Israel vieron que su caudillo yacía muerto, levantaron el sitio y regresaron a sus hogares. Nadie buscó venganza por él, nadie reclamó el derecho al trono, ni lloró su partida. Todos simplemente regresaron para continuar con sus vidas. Esto demostró la absoluta vanidad de un liderazgo cimentado en la violencia, el orgullo y el interés personal: cuando la zarza cayó, no quedó lealtad, no quedó herencia y no quedó nadie dispuesto a mover un dedo por su memoria.

Leamos finalmente los vv. 56-57. El autor de Jueces concluye en nuestros versículos clave demostrando que la historia de Abimelec y Siquem no terminó en un accidente fortuito de guerra, sino en un acto solemne de justicia divina. Dios no puede ser burlado: el mal que sembraron volvió irremisiblemente sobre sus propias cabezas. Esto nos recuerda que el pecado tiene consecuencias inevitables y que el Señor es el Juez supremo sobre toda la tierra, Quien gobierna soberanamente.

La historia de Abimelec es una de las más oscuras y moralmente complejas en el libro de los Jueces. Refleja el profundo deterioro espiritual de Israel después del fracaso de Gedeón. El reinado de Abimelec —el primer intento de monarquía en Israel— fue un experimento trágico que expuso las devastadoras consecuencias de la ambición desmedida. Su vida fue un ciclo de violencia, manipulación y juicio, culminando en una humillante muerte. La profecía de Jotam se erige como una advertencia eterna: el orgullo y la maldad, aunque parezcan prevalecer por un tiempo, jamás triunfarán sobre la justicia de Dios. Jehová es el Dios soberano que actúa aun en medio del pecado humano, y cuya voluntad se cumplirá cabalmente.

Yo oro para que meditemos con verdadero arrepentimiento en el trágico ejemplo de Siquem y Abimelec. Que no permitamos que haya ninguna raíz de amargura en nuestros corazones, sino que procuremos resolver nuestros conflictos con amor, humildad y paciencia, solícitos en guardar la unidad del Espíritu. Que, en lugar de dejarnos llevar por la ira o el orgullo, busquemos la buena voluntad de Dios para nuestras vidas. Que, en lugar de buscar refugio en las cosas de este mundo, nos refugiemos únicamente en el Señor y descansemos en Su soberanía. Y que, al vivir de esta manera, el Señor nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.

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