Jueces 10:1-18

10:1 Después de Abimelec, se levantó para librar a Israel Tola hijo de Fúa, hijo de Dodo, varón de Isacar, el cual habitaba en Samir en el monte de Efraín.
10:2 Y juzgó a Israel veintitrés años; y murió, y fue sepultado en Samir.
10:3 Tras él se levantó Jair galaadita, el cual juzgó a Israel veintidós años.
10:4 Este tuvo treinta hijos, que cabalgaban sobre treinta asnos; y tenían treinta ciudades, que se llaman las ciudades de Jair hasta hoy, las cuales están en la tierra de Galaad.
10:5 Y murió Jair, y fue sepultado en Camón.
10:6 Pero los hijos de Israel volvieron a hacer lo malo ante los ojos de Jehová, y sirvieron a los baales y a Astarot, a los dioses de Siria, a los dioses de Sidón, a los dioses de Moab, a los dioses de los hijos de Amón y a los dioses de los filisteos; y dejaron a Jehová, y no le sirvieron.
10:7 Y se encendió la ira de Jehová contra Israel, y los entregó en mano de los filisteos, y en mano de los hijos de Amón;
10:8 los cuales oprimieron y quebrantaron a los hijos de Israel en aquel tiempo dieciocho años, a todos los hijos de Israel que estaban al otro lado del Jordán en la tierra del amorreo, que está en Galaad.
10:9 Y los hijos de Amón pasaron el Jordán para hacer también guerra contra Judá y contra Benjamín y la casa de Efraín, y fue afligido Israel en gran manera.
10:10 Entonces los hijos de Israel clamaron a Jehová, diciendo: Nosotros hemos pecado contra ti; porque hemos dejado a nuestro Dios, y servido a los baales.
10:11 Y Jehová respondió a los hijos de Israel: ¿No habéis sido oprimidos de Egipto, de los amorreos, de los amonitas, de los filisteos,
10:12 de los de Sidón, de Amalec y de Maón, y clamando a mí no os libré de sus manos?
10:13 Mas vosotros me habéis dejado, y habéis servido a dioses ajenos; por tanto, yo no os libraré más.
10:14 Andad y clamad a los dioses que os habéis elegido; que os libren ellos en el tiempo de vuestra aflicción.
10:15 Y los hijos de Israel respondieron a Jehová: Hemos pecado; haz tú con nosotros como bien te parezca; sólo te rogamos que nos libres en este día.
10:16 Y quitaron de entre sí los dioses ajenos, y sirvieron a Jehová; y él fue angustiado a causa de la aflicción de Israel.
10:17 Entonces se juntaron los hijos de Amón, y acamparon en Galaad; se juntaron asimismo los hijos de Israel, y acamparon en Mizpa.
10:18 Y los príncipes y el pueblo de Galaad dijeron el uno al otro: ¿Quién comenzará la batalla contra los hijos de Amón? Será caudillo sobre todos los que habitan en Galaad.

TOLA, JAIR Y LA COMPASIÓN DE DIOS EN LA DISCIPLINA


Buenos días. Uno de los mayores deseos en el corazón humano es la trascendencia: ¿Cómo seré recordado cuando ya no esté en este mundo? Con el anhelo de proyectar su nombre hacia la posteridad, muchos aspiran a ser grandes científicos, inventores, escritores, artistas, músicos y, en esta era digital, influencers. Todos buscan dejar un legado para ser recordados por las siguientes generaciones.

Alfred Nobel, el brillante científico que inventó la dinamita, enfrentó una profunda encrucijada respecto a su propio legado. Su invención revolucionó el mundo al facilitar el trabajo en la minería, la construcción de carreteras, túneles y puentes, así como la demolición de viejas estructuras. Sin embargo, su principal aplicación terminó dándose en el ámbito militar, donde facilitaba el bombardeo de ciudades enteras durante las guerras. Por esta razón, Alfred Nobel hizo una fortuna inconmensurable. Aunque se consideraba a sí mismo un hombre pacifista y creía que la destructividad de su invento disuadiría a las naciones de ir a la guerra, el mundo lo veía simplemente como un magnate del armamento. 

Cuenta la leyenda que, en 1888, falleció Ludvig Nobel, uno de los hermanos mayores de Alfred. Sin embargo, un periódico francés confundió las identidades y publicó el obituario de Alfred por error. El titular fue despiadado: “El mercader de la muerte ha muerto”. La nota luctuosa continuaba describiéndolo como alguien que “se hizo millonario encontrando formas de matar a más personas y más rápido que nunca”. Alfred quedó impactado. Se vio confrontado de golpe con la aterradora certeza de cómo lo recordaría la humanidad una vez que realmente falleciera. 

Conmovido por esta experiencia y decidido a reescribir su destino, redactó un nuevo testamento. Para consternación de sus familiares, destinó el 94% de su inmensa fortuna (unos 31 millones de coronas suecas de la época) a la creación de un fondo de inversión cuyos intereses financiarían premios anuales para reconocer a aquellas personas que hubieran aportado el mayor beneficio a la humanidad en cinco campos: Física, Química, Medicina, Literatura y Paz. Así, gracias a aquel error periodístico y al deseo de Nobel de dejar un legado positivo, nacieron los premios Nobel. Pasó a la historia no como el inventor de la destrucción, sino como uno de los mayores benefactores de la ciencia y la cultura universal.

En el pasaje bíblico de hoy veremos la brevedad con la que se describe el paso de dos jueces de Israel: Tola y Jair. Aunque el texto sagrado no registra grandes hazañas o actos extraordinarios de fe que nos inspiren de forma directa, su sobrio paso por la historia bíblica nos invita a reflexionar, tal como lo hizo Alfred Nobel: ¿cómo queremos ser recordados?, ¿qué legado estamos dejando en este mundo?, y ¿qué pasos concretos estamos dando hoy para construirlo?

Asimismo, en este capítulo, contemplaremos la compasión de Dios obrando en medio de la disciplina a Su pueblo. Mi oración sincera es que cada uno de nosotros reflexione esta mañana en la compasión y la gracia de Dios para su vida también, y que esto nos conmueva a vivir con profunda gratitud, sirviéndole fielmente con nuestros dones, de modo que Él nos use para dejar un verdadero legado espiritual en nuestra sociedad y convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.

I.- Tola y Jair: Paz y prosperidad temporales (1-5)

Leamos juntos el v.1, por favor. Tras el caótico y trágico gobierno de Abimelec, se levantó para librar a Israel un hombre llamado Tola. El texto no especifica de qué enemigo los libró ni qué batallas peleó; por ello, es muy probable que su labor haya sido pacificar la nación internamente. Como señala el comentario de la Biblia Plenitud: “Las acciones libertadoras de Tola deben haberse limitado a solucionar las luchas internas y las secuelas de las prácticas idólatras que surgieron en el reinado de Abimelec.” 

Los únicos datos precisos que el texto bíblico nos brinda sobre este sexto juez son su nombre y su linaje: “Tola hijo de Fúa, hijo de Dodo, varón de Isacar”. Este hombre era tocayo de uno de sus antepasados, pues Isacar tuvo un hijo con ese nombre (Gén. 46:13). Curiosamente, el nombre Tola significa literalmente ‘gusano’ —haciendo referencia al gusano escarlata utilizado en la antigüedad para elaborar tintes de color carmesí—. Este detalle evoca una imagen de profunda humillación o de un origen modesto.

La tradición judía, recogida en los escritos del Midrash, también explora el significado de esta genealogía: vincula el nombre de su padre, Fúa, con el acto de teñir o clamar en medio del dolor. Si bien Tola fue un hombre común usado para traer estabilidad temporal a su pueblo, la fragilidad implícita en su nombre apunta preciosamente a nuestro Señor Jesucristo, quien, como anuncia el Salmo 22:6: “Mas yo soy gusano, y no hombre”, descendió a la mayor humillación y derramó Su sangre carmesí en la cruz para otorgarnos, no una paz pasajera como la que Tola dio a Israel, sino la salvación eterna. 

Por otro lado, la tribu de Isacar no era conocida por sus hazañas militares, sino por su discernimiento de los tiempos y su inclinación a la sabiduría (1Cr. 12:32). A partir de esto, podemos comprender que Dios usó a Tola para traer paz judicial y moderación restauradora. De hecho, la tradición judía sostiene que fue un líder prudente que gobernó con justicia, devolviendo al pueblo la observancia de la Ley de Moisés tras la turbulencia dejada por Abimelec. Razón por la cual disfrutó de un extenso y pacífico gobierno de veintitrés años, muriendo a edad avanzada y siendo sepultado en Samir, como leeremos a continuación. 

Leamos juntos el v.2. Es verdaderamente notable que no se registre ningún detalle de lo que hizo Tola durante esos veintitrés años. Sin embargo, en la narrativa de Jueces, el silencio suele ser una señal de paz y estabilidad institucional. A diferencia del estruendo y la destrucción que caracterizaron a Abimelec, el liderazgo de Tola brindó más de dos décadas de calma. Esto nos enseña que el servicio fiel a Dios no siempre requiere titulares ni espectáculos; la fidelidad constante y silenciosa en la rutina cotidiana tiene un gran valor para el Reino. 

Sin embargo, debemos velar para que ese silencio no sea el resultado de un acomodamiento, donde nos enfoquemos más en nuestro propio bienestar que en la misión de Dios. Lo podemos ver en el caso de Abraham: después del nacimiento de Ismael, el texto bíblico registra un silencio de trece años (Gén. 16:16 – 17:1), pues en ellos, el patriarca se enfocó más en ser el padre de Ismael que en la misión del Señor. Al cabo de esos años, Jehová se le apareció nuevamente para renovar Su pacto con él.

Esto me hace reflexionar acerca de nuestra misión. Mi familia y yo hemos estado sirviendo la obra universitaria en Panamá durante quince años ya. Sin embargo, cuando vamos a la universidad la gente no nos conoce. Antes de la Pandemia, tuvimos un estudio bíblico grupal pequeño y fugaz en Arquitectura, y uno más consolidado en Medicina. Pero, después de la Pandemia, nuestra presencia en el campus disminuyó notablemente. Agradezco a Dios porque al menos hemos sido fieles en el servicio del Señor aquí en la iglesia y en nuestra vida diaria. Pero también es necesario ser fieles en la misión. No seamos como Tola; no dejemos que nuestro servicio caiga en el olvido en nuestro campo de misión. Oro para que el Señor nos ayude a regresar con constancia a la Universidad de Panamá en este nuevo semestre, y que el ministerio de UBF Panamá sea reconocido por predicar con fidelidad la Palabra de Dios en el campus. ¡Amén!

Leamos ahora juntos los vv. 3-5. El séptimo juez de Israel fue Jair galaadita, quien juzgó a Israel durante veintidós años. Él también era tocayo de uno de sus antepasados, precisamente uno de los hijos del patriarca Manasés que tomó posesión de varias aldeas de Galaad antes de la conquista de Canaán (Núm. 32:41). El único detalle que el texto bíblico nos brinda sobre su vida y su gestión es que “tuvo treinta hijos, que cabalgaban sobre treinta asnos; y tenían treinta ciudades, que se llaman las ciudades de Jair hasta hoy, las cuales están en la tierra de Galaad.” (v.4). 

En la cultura del Antiguo Cercano Oriente, montar asnos no era señal de pobreza, sino de alta nobleza. Aunque Jair no se autoproclamó rey, el estilo de vida de su familia reflejaba las dinámicas de una monarquía. La tradición rabínica señala que Jair distribuyó la administración de esas treinta ciudades entre sus treinta hijos para preservar la paz y la justicia civil en toda Transjordania.

Sin embargo, aunque se le reconoce como un juez legítimo, diversos comentaristas destacan con preocupación la acumulación de riqueza y el estatus casi monárquico de su dinastía. Se observa que, tras su muerte y sepultura en Camón, la ausencia de una profunda reforma espiritual institucional propició la apostasía subsiguiente.

Amados hermanos, esto nos obliga a preguntarnos: ¿qué legado estamos construyendo? ¿Nos estamos enfocando en las riquezas y en el estatus social como Jair y su familia? El crecimiento profesional y la estabilidad económica no son malos en sí mismos; el peligro real surge cuando buscamos esas cosas descuidando nuestro servicio al Señor. Por esa razón, Jesús nos amonestó: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.” (Mat. 6:33). 

No descuidemos nuestra comunión con Dios ni la misión por enredarnos en las aspiraciones de este mundo. Oremos fervientemente para que el Señor nos conceda dejar un legado espiritual perdurable. Que Dios use a UBF para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa, comenzando por la Universidad de Panamá y extendiéndonos a cada campus universitario de nuestra nación, para que nuestras vidas queden registradas como protagonistas de esta historia para la gloria de Dios. ¡Amén!

II.- La disciplina de Dios y Su compasión ante el arrepentimiento (6-18)

Leamos juntos el v.6. El ciclo de apostasía y opresión, interrumpido durante los relatos de los jueces menores, recomienza aquí con una intensidad alarmante. Después de 45 años de paz acumulada bajo Tola y Jair, los hijos de Israel volvieron a hacer lo malo ante los ojos de Jehová. La prosperidad material y la falta de un liderazgo piadoso llevó al pueblo a la complacencia y a la idolatría. Comenzaron a servir a los dioses de siete naciones: “a los baales y a Astarot, a los dioses de Siria, a los dioses de Sidón, a los dioses de Moab, a los dioses de los hijos de Amón y a los dioses de los filisteos”. Esta lista no pretende ser exhaustiva, sino una forma bíblica de mostrar que Israel terminó rindiendo culto a prácticamente todas las deidades de los pueblos circundantes.

El texto añade una frase categórica: “dejaron a Jehová, y no le sirvieron.” Israel parecía dispuesto a adorar cualquier cosa, excepto al Dios verdadero. Aunque en la antigüedad el culto pagano solía ser incluyente, aquí el pueblo abandonó por completo el servicio a Jehová. Esto evidencia que la corrupción moral y espiritual de Israel se agravaba con cada generación. Era la manifestación de un pueblo que no se conforma con nada. A pesar de que Jehová los había rescatado de la esclavitud en Egipto, les había entregado la Tierra Prometida, los había librado de sus enemigos y los había prosperado, ellos rehusaron confiar en Él. Buscaron en otros dioses un “seguro adicional” para sus cosechas y un pretexto para deleitarse en los placeres inmorales de sus cultos. 

Israel se sintió atraído hacia esas deidades por lo que representaban. Baal, el dios de la tormenta y el clima, estaba asociado con el éxito agrícola y la prosperidad económica. Astarot, la diosa de la fertilidad, prometía el amor y el sexo. Y el culto a las demás naciones no era más que un deseo de conformarse a la cultura popular, de encajar y hacer lo que todos los demás hacían. Al final, la adoración a múltiples dioses revelaba el deseo de agradar a todo el mundo menos al Creador, siendo el reflejo de un corazón que se había apartado por completo del Dios vivo.

Nosotros corremos exactamente el mismo peligro. Aunque el Señor nos ha salvado, rescatándonos de nuestra vana manera de vivir, podemos llegar a alejarnos de Él al ceder ante los ídolos de nuestra sociedad. Es muy fácil olvidar la fuente de toda bendición y volvernos complacientes en nuestra vida cristiana. Corremos el riesgo de descuidar las disciplinas espirituales por perseguir los placeres o las comodidades de este mundo; por buscar afanosamente la prosperidad económica o la estabilidad familiar, colocando estas cosas por encima de Dios y convirtiéndolas, sutilmente, en nuestros ídolos.

Amados hermanos, no caigamos en tal ejemplo de desobediencia. No descuidemos nuestra comunión diaria con el Señor por nada de lo que este mundo nos ofrezca. Sigamos practicando con fidelidad nuestras disciplinas espirituales: la oración, el estudio y meditación de la Palabra, y la comunión constante en la iglesia. Mantengamos un corazón ferviente hacia el Señor y la misión, adorándole como Él merece y requiere ser adorado: De todo corazón y en espíritu y en verdad. Amén. 

Leamos ahora juntos los vv. 7-9. El resultado de esta apostasía fue la derrota y la opresión a manos de los amonitas desde el sureste y de los filisteos desde el suroeste. La narrativa se concentra especialmente en la opresión amonita sobre Transjordania (Galaad), donde durante 18 años los israelitas fueron afligidos. Pero los amonitas no se detuvieron allí; también cruzaron el río Jordán para atacar a Judá, Benjamín y Efraín, trayendo angustia sobre toda la nación. Esta es la opresión más extensa en tiempo y cobertura geográfica descrita hasta este momento en el libro de Jueces. El pueblo, que había buscado la prosperidad rindiendo culto a los dioses paganos, se encontró de golpe con la más profunda miseria y sufrimiento. Israel nunca fue bendecido y prosperado al adorar a otros dioses.

Leamos juntos el v.10. La severidad de la aflicción por parte de los amonitas y filisteos llevó finalmente a los hijos de Israel a clamar a Jehová: “Nosotros hemos pecado contra ti; porque hemos dejado a nuestro Dios, y servido a los baales.” Aunque a primera vista pueda parecer una sincera confesión de pecados, la posterior respuesta de Jehová revela que se trataba de un lamento superficial. Probablemente recordaron cómo habían sido librados en crisis pasadas al clamar al Señor, usando el clamor como una fórmula de emergencia cuando el agua les llegó al cuello. Sin embargo, Dios no puede ser burlado; Él conocía los corazones de ellos y les dio una respuesta confrontadora.

Leamos juntos los vv. 11-14. Al escuchar su confesión superficial, el Señor comienza recordándoles las opresiones que antes habían sufrido y de las cuales Él les había librado, para traerles a la memoria que Él siempre ha sido su único Libertador. Sin embargo, les señala la bajeza de su traición: “Mas vosotros me habéis dejado, y habéis servido a dioses ajenos”. Si Jehová se había mostrado infinitamente fiel, librándolos de todos estos pueblos, ¿por qué lo abandonaban para servir a otros dioses? Eso es lo que Él quiere que reflexionen.

Luego, pronuncia una declaración lapidaria: “por tanto, yo no os libraré más.” ¡Qué palabras tan estremecedoras! ¿Habría agotado Israel la paciencia del Creador? ¿Había desechado Jehová a Su pueblo para siempre? ¿Se imaginan escuchar estas palabras del Señor: “por tanto, yo no os libraré más”? ¡El Señor tenga misericordia de nosotros! Luego, añade con santa ironía: “Andad y clamad a los dioses que os habéis elegido; que os libren ellos en el tiempo de vuestra aflicción.” Era una sentencia justa: si habían preferido a otros dioses en los tiempos de abundancia, que fueran esos mismos ídolos los que vinieran a salvarlos en la desgracia.

No obstante, estas palabras del Señor no implicaban que Su paciencia se hubiese agotado, o que hubiese desechado ya por completo a Israel; tampoco fueron producto de los celos o el rencor por la traición; Dios quería probar la autenticidad del arrepentimiento de Su pueblo. No quería un simple remordimiento por las consecuencias, sino una rendición total. Él ya sabía que era una confesión superficial e inaceptable. Así que quería que el pueblo reflexionara profundamente en esto y volviese con un arrepentimiento genuino.

La paciencia de Dios nunca se agotará para nosotros. Su gracia no tiene límites. Cuando salí de mi iglesia anterior, pensaba que todo había terminado para mí; sentía que había traicionado a Dios y no quedaba más gracia para mí. Sin embargo, al llegar a UBF, el Señor me abrazó con una gracia que jamás había experimentado de esa manera. Y a lo largo de mi vida de fe he estado experimentando gracia sobre gracia a pesar de mis fallas y pecados.

 Lo único que Dios espera de nosotros es un arrepentimiento genuino. No un mero pesar por haber sido descubiertos, ni por sufrir las consecuencias del pecado, ni un reconocimiento intelectual de nuestra culpabilidad, sino un entendimiento profundo de la gravedad de ofender a un Dios tan Santo y, al mismo tiempo, tan lleno de gracia. Cuando comprendemos el valor de ese perdón, nuestro corazón cambia, y ante la tentación podemos declarar junto con José, el hijo de Jacob: “¿cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?” (Gén. 39:9). ¡Amén!

Leamos ahora juntos los vv. 15-16. Al escuchar las contundentes palabras de Dios, el pueblo de Israel se compungió de corazón. Comprendieron la grave ofensa que habían cometido al abandonar al Dios vivo y reconocieron que ya no les quedaba ninguna otra esperanza fuera de Jehová, así que se rindieron por completo ante Él. Aceptaron sin reservas su culpabilidad diciendo: “Hemos pecado”; se pusieron humildemente bajo la soberanía divina para que Él los disciplinase como estimara conveniente: “haz tú con nosotros como bien te parezca”; y clamaron por Su gracia: “sólo te rogamos que nos libres en este día”. 

Pero el punto de inflexión —lo que realmente demuestra su arrepentimiento genuino— es que “quitaron de entre sí los dioses ajenos, y sirvieron a Jehová”. No se quedaron en un lamento verbal; desecharon físicamente los ídolos a los que habían rendido culto hasta ese momento y comenzaron a servir a Jehová conforme Él lo había ordenado. Trajeron sus ofrendas, afligieron sus corazones delante del Señor y volvieron a caminar en obediencia a Sus mandamientos. 

La señal inequívoca del arrepentimiento genuino es lo que Juan el Bautista llamó: Hacer frutos dignos de arrepentimiento (Mat. 3:8). Consiste en cambiar por completo el rumbo de nuestra vida; dejar de pecar y comenzar a practicar activamente lo opuesto. El apóstol Pablo lo ilustra con claridad en Efesios 4: “Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo” (v.25); “El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad.” (v.28); “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes.” (v.29); y “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.” (vv. 31-32).

Considerando esto, te invito a reflexionar en esta mañana: ¿Ha sido genuino tu arrepentimiento? ¿Estás dando frutos que lo demuestren? ¿En qué aspectos concretos ha cambiado tu vida para reflejar la gloria del Señor? Mi oración sincera es que cada uno de nosotros exhiba esos frutos dignos de arrepentimiento, de manera que quienes nos conocieron antes de entregar nuestra vida a Cristo reconozcan la obra transformadora de Dios en nosotros y se sientan atraídos a buscar también de Su salvación. Amén.

Leamos juntos nuevamente el v.16b. Lo más conmovedor de este pasaje bíblico es el corazón de Dios ante el arrepentimiento genuino de Su pueblo: “y él fue angustiado a causa de la aflicción de Israel.” Esto no significa que Jehová hubiera sido indiferente al sufrimiento de Su pueblo durante los dieciocho años anteriores; Él los amaba profundamente y le dolía verlos extraviados. Sin embargo, como el padre amoroso que contempla con dolor la disciplina necesaria de su hijo, así miraba Dios a Israel. 

Pero en el instante en que Su pueblo se arrepiente y abandona sus ídolos, la actitud de Dios cambia de la vara disciplinaria a los brazos de la compasión. Ante su quebrantamiento, Su corazón se angustia al verlos sufrir las consecuencias de sus propias rebeldías. Esta hermosa frase revela la naturaleza entrañable de nuestro Dios, siempre dispuesto a perdonar y a intervenir. De hecho, toda esta escena sirve como preámbulo para la historia del próximo juez de Israel: Jefté, cuyo liderazgo aprenderemos la próxima semana.

Por lo pronto, me gustaría concluir este mensaje recordando las verdades esenciales que el Señor nos ha ministrado hoy: Primero, Tola y Jair nos recuerdan que la vida es breve y nos invita a examinar qué clase de legado espiritual estamos construyendo, instándonos a no descuidar la misión ni a conformarnos con las comodidades de este mundo. Segundo, el trágico colapso del v.6 nos advierte sobre el peligro sutil de la complacencia, cuando permitimos que las bendiciones de Dios ocupen el lugar de Dios mismo. Y tercero, ante el pecado y la disciplina, la compasión del Señor siempre está lista para recibir al pecador que se arrepiente de corazón. Dios no busca palabras vacías ni lamentos superficiales, sino frutos genuinos de obediencia y una rendición absoluta a Su señorío.

Amados hermanos, si hoy el Espíritu Santo está redarguyendo tu corazón por alguna área de complacencia o idolatría en tu vida, no corras lejos de Dios; corre hacia Él. Acerquémonos al Trono de la Gracia con un arrepentimiento sincero, sabiendo que Su corazón se conmueve ante nuestra debilidad y que Su gracia es infinitamente mayor que nuestros fracasos. Oro para que el Señor nos use para dejar un legado perdurable en nuestra nación y convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.

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