Jueces 11:1-28
11:1 Jefté galaadita era esforzado y valeroso; era hijo de una mujer ramera, y el padre de Jefté era Galaad.11:2 Pero la mujer de Galaad le dio hijos, los cuales, cuando crecieron, echaron fuera a Jefté, diciéndole: No heredarás en la casa de nuestro padre, porque eres hijo de otra mujer.
11:3 Huyó, pues, Jefté de sus hermanos, y habitó en tierra de Tob; y se juntaron con él hombres ociosos, los cuales salían con él.
11:4 Aconteció andando el tiempo, que los hijos de Amón hicieron guerra contra Israel.
11:5 Y cuando los hijos de Amón hicieron guerra contra Israel, los ancianos de Galaad fueron a traer a Jefté de la tierra de Tob;
11:6 y dijeron a Jefté: Ven, y serás nuestro jefe, para que peleemos contra los hijos de Amón.
11:7 Jefté respondió a los ancianos de Galaad: ¿No me aborrecisteis vosotros, y me echasteis de la casa de mi padre? ¿Por qué, pues, venís ahora a mí cuando estáis en aflicción?
11:8 Y los ancianos de Galaad respondieron a Jefté: Por esta misma causa volvemos ahora a ti, para que vengas con nosotros y pelees contra los hijos de Amón, y seas caudillo de todos los que moramos en Galaad.
11:9 Jefté entonces dijo a los ancianos de Galaad: Si me hacéis volver para que pelee contra los hijos de Amón, y Jehová los entregare delante de mí, ¿seré yo vuestro caudillo?
11:10 Y los ancianos de Galaad respondieron a Jefté: Jehová sea testigo entre nosotros, si no hiciéremos como tú dices.
11:11 Entonces Jefté vino con los ancianos de Galaad, y el pueblo lo eligió por su caudillo y jefe; y Jefté habló todas sus palabras delante de Jehová en Mizpa.
11:12 Y envió Jefté mensajeros al rey de los amonitas, diciendo: ¿Qué tienes tú conmigo, que has venido a mí para hacer guerra contra mi tierra?
11:13 El rey de los amonitas respondió a los mensajeros de Jefté: Por cuanto Israel tomó mi tierra, cuando subió de Egipto, desde Arnón hasta Jaboc y el Jordán; ahora, pues, devuélvela en paz.
11:14 Y Jefté volvió a enviar otros mensajeros al rey de los amonitas,
11:15 para decirle: Jefté ha dicho así: Israel no tomó tierra de Moab, ni tierra de los hijos de Amón.
11:16 Porque cuando Israel subió de Egipto, anduvo por el desierto hasta el Mar Rojo, y llegó a Cades.
11:17 Entonces Israel envió mensajeros al rey de Edom, diciendo: Yo te ruego que me dejes pasar por tu tierra; pero el rey de Edom no los escuchó. Envió también al rey de Moab, el cual tampoco quiso; se quedó, por tanto, Israel en Cades.
11:18 Después, yendo por el desierto, rodeó la tierra de Edom y la tierra de Moab, y viniendo por el lado oriental de la tierra de Moab, acampó al otro lado de Arnón, y no entró en territorio de Moab; porque Arnón es territorio de Moab.
11:19 Y envió Israel mensajeros a Sehón rey de los amorreos, rey de Hesbón, diciéndole: Te ruego que me dejes pasar por tu tierra hasta mi lugar.
11:20 Mas Sehón no se fio de Israel para darle paso por su territorio, sino que reuniendo Sehón toda su gente, acampó en Jahaza, y peleó contra Israel.
11:21 Pero Jehová Dios de Israel entregó a Sehón y a todo su pueblo en mano de Israel, y los derrotó; y se apoderó Israel de toda la tierra de los amorreos que habitaban en aquel país.
11:22 Se apoderaron también de todo el territorio del amorreo desde Arnón hasta Jaboc, y desde el desierto hasta el Jordán.
11:23 Así que, lo que Jehová Dios de Israel desposeyó al amorreo delante de su pueblo Israel, ¿pretendes tú apoderarte de él?
11:24 Lo que te hiciere poseer Quemos tu dios, ¿no lo poseerías tú? Así, todo lo que desposeyó Jehová nuestro Dios delante de nosotros, nosotros lo poseeremos.
11:25 ¿Eres tú ahora mejor en algo que Balac hijo de Zipor, rey de Moab? ¿Tuvo él cuestión contra Israel, o hizo guerra contra ellos?
11:26 Cuando Israel ha estado habitando por trescientos años a Hesbón y sus aldeas, a Aroer y sus aldeas, y todas las ciudades que están en el territorio de Arnón, ¿por qué no las habéis recobrado en ese tiempo?
11:27 Así que, yo nada he pecado contra ti, mas tú haces mal conmigo peleando contra mí. Jehová, que es el juez, juzgue hoy entre los hijos de Israel y los hijos de Amón.
11:28 Mas el rey de los hijos de Amón no atendió a las razones que Jefté le envió.
JEHOVÁ LEVANTA A JEFTÉ COMO JUEZ DE ISRAEL
Buenos días. ¿Han visto la película o leído el libro: “La Cruz y el Puñal”? En ellos se cuenta la historia de Nicky Cruz, un joven puertorriqueño que creció marcado por el rechazo, llegando a ser calificado por su propia madre como “hijo del diablo”. Con apenas quince años fue enviado a Nueva York, donde volcó todo su resentimiento en la vida callejera. Rápidamente escaló dentro de la pandilla de los Mau Mau, una de las más violentas y temidas de la ciudad, hasta convertirse en su líder, gobernando los barrios de Brooklyn y Harlem mediante el terror, las armas y las drogas.
El punto de inflexión de su vida ocurrió con la llegada del pastor David Wilkerson, quien se adentró en su territorio para llevar el evangelio a los pandilleros. A pesar de las constantes amenazas de muerte, las burlas y el desprecio con los que Nicky y su pandilla lo recibieron, la persistencia y el servicio de amor del pastor terminaron quebrando su coraza de odio. Al experimentar por primera vez un amor incondicional y el perdón, Nicky decidió entregar las armas y abandonar la vida delictiva.
Tras su conversión, la vida de Nicky Cruz dio un giro radical: junto a otros expandilleros, colaboró en el nacimiento del programa de rehabilitación Teen Challenge y dedicó el resto de su vida a viajar por el mundo como evangelista y conferencista. Uno de los frutos de este trabajo fue Sonny Arguinzoni, un joven neoyorquino también de origen puertorriqueño atrapado en las adicciones, que se convirtió al cristianismo tras escuchar el testimonio de Nicky. Impactado por este mensaje de redención, Arguinzoni fundó en 1967 Victory Outreach (Alcance Victoria), aplicando la misma visión de ir directamente a los barrios marginales, pandillas y adictos. Nicky Cruz ha mantenido una alianza cercana con este ministerio, participando con frecuencia como conferencista e invitado de honor en sus convenciones internacionales, utilizando su testimonio como el estándar de lo que Alcance Victoria busca lograr en las calles.
La historia de Nicky Cruz se parece a la del personaje principal de nuestro pasaje bíblico de hoy: Jefté, el octavo juez de Israel. Jefté también fue rechazado por su familia y marginado por la sociedad. Sin embargo, cuando la crisis amenazó a su nación, Dios no buscó al más honorable a los ojos de los hombres, sino que levantó a este marginado para manifestar Su poder y traer liberación a Israel.
Así, a través del mensaje de hoy aprenderemos que el Señor no nos condiciona por nuestro pasado. Sin importar quiénes hayamos sido ni lo que hayamos hecho antes de conocer a Jesús, si entregamos nuestras vidas en Sus manos, Él puede transformarnos y usarnos poderosamente para Su obra.
Yo oro para que cada uno de nosotros confíe en el poder y la gracia de Dios para nuestras vidas. Que seamos transformados por el poder de Dios para ser verdaderos pastores de las ovejas universitarias panameñas. Y que el Señor nos llene de sabiduría y humildad para servir diligentemente Su misión, de manera que Él pueda transformarnos y usarnos poderosamente para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.
I.- Jefté: De marginado a juez de Israel (1-11)
Leamos juntos el v.1a, por favor. El pasaje bíblico comienza presentando a Jefté como un varón “esforzado y valeroso”. Este es un hebraísmo que significa que “Jefté era un gran guerrero de la región de Galaad.” (Jue. 11:1a, NTV). En otras palabras, era muy diestro para la batalla. Esta es una habilidad deseable en el ámbito militar y, como veremos más adelante, parecía ser escasa en Israel en aquel momento. Por esta razón, es la cualidad que se destaca de él en el principio mismo de su historia.
Hoy en día, el Señor también está buscando personas esforzadas y valientes, aunque no en aquel sentido bélico, sino gente que sea hábil para usar la Palabra de verdad y valiente para servir con amor, como el pastor Wilkerson que le predicó a Nicky Cruz. El llamado de Dios para nosotros no es ir a los pandilleros, sino a los jóvenes universitarios; pero esto también requiere la valentía de salir de nuestra comodidad, de superar nuestra vergüenza y miedo al rechazo, e ir a predicarles las Buenas Nuevas de salvación. Yo oro para que el Señor levante entre nosotros guerreros de oración, esforzados y valientes, que vayan a la Universidad de Panamá y establezcan estudios bíblicos con los estudiantes, levantando discípulos de Jesús. Amén.
¿Cómo llegó Jefté a ser tan hábil para la guerra? Leamos juntos los vv. 1b-2. En realidad, sus orígenes son muy tristes y su historia muy turbia. Jefté era hijo de una ramera y de un hombre llamado Galaad, de la tribu de Manasés Oriental. Su padre lo llevó a vivir con él y tiempo después, la esposa legítima de Galaad le dio hijos. Éstos, al crecer, no querían compartir la herencia de su padre con un hijo ilegítimo, así que lo expulsaron de la casa. Nada de esto era culpa de Jefté: él no eligió nacer de una ramera, ni el texto sugiere que hubiese agraviado a sus hermanos de alguna manera como para merecer el exilio. Sin embargo, fue rechazado y obligado a huir lejos de su tierra y su parentela.
Leamos juntos el v.3, por favor. Los hermanos de Jefté lo obligaron a huir de su casa a la tierra de Tob. Esta era una zona fronteriza y hostil, un refugio para desterrados. Allí, el texto nos dice que se juntaron con él “hombres ociosos”. Este es un hebraísmo para designar a hombres desposeídos, rebeldes o desempleados que andaban sin rumbo. Jefté no simplemente se unió a ellos, sino que el texto aclara que “se juntaron con él” y “salían con él.” Esto significa que él se convirtió en su líder. Este pasado rudo y violento, fue el que hizo de Jefté un varón “esforzado y valeroso”, un gran guerrero. Muy probablemente la banda de Jefté realizaba incursiones contra los amonitas que oprimían a Israel, cobrando fama por su destreza militar, una reputación que no pasaría desapercibida para los ancianos de Galaad.
Aunque no se puede responsabilizar a Jefté por sus orígenes ni por la expulsión sufrida, sus heridas y su rencor lo llevaron por un camino áspero. Con todo, en Su Santa Providencia, el Señor usó estas dificultades para desarrollar en Jefté la capacidad de liderazgo y las habilidades bélicas que más adelante servirían para liberar a su pueblo de la larga y extensa opresión amonita que aprendimos en el capítulo anterior.
Si hemos sido heridos por nuestra crianza o hemos experimentado un rechazo injusto, no vivamos culpando a los demás, ni nos llenemos de rencor o desaliento. Como vemos aquí en el ejemplo de Jefté, Dios puede tomar incluso nuestras experiencias más dolorosas para moldearnos y desarrollar talentos que luego usará poderosamente en su obra. Saquemos de nuestro corazón todo rencor; perdonemos y dejemos que el Señor sane nuestras heridas y nos use como instrumentos de bendición para otros. Amén.
Leamos ahora juntos los vv. 4-6. Estos versículos conectan la historia de Jefté con la opresión amonita que aprendimos en el capítulo anterior. En Jue. 10:17-18 leímos: “Entonces se juntaron los hijos de Amón, y acamparon en Galaad; se juntaron asimismo los hijos de Israel, y acamparon en Mizpa. Y los príncipes y el pueblo de Galaad dijeron el uno al otro: ¿Quién comenzará la batalla contra los hijos de Amón? Será caudillo sobre todos los que habitan en Galaad.” Cuando los amonitas se juntaron para pelear con Israel, los israelitas también se reunieron en Mizpa de Galaad dispuestos a hacerles frente. Pero al preguntar: “¿Quién comenzará la batalla contra los hijos de Amón?” ¿Quién los lideraría en el combate? El silencio se hizo ensordecedor.
Así que, reuniéndose los ancianos de Galaad, acordaron ir a buscar a Jefté, quien tenía fama de ser un varón “esforzado y valeroso”. Les tocó tragarse su orgullo e ir a buscar al marginado porque los ‘hombres honorables’ de Galaad no estuvieron dispuestos a comandar el ejército de Jehová. Aquí hay una gran ironía: tuvieron que ofrecerle el liderazgo de la nación a aquel a quien se le había negado la herencia en su propia familia. Así actúa el Señor: “sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia.” (1Co. 1:27-29).
Leamos juntos el v.7. La respuesta de Jefté es la esperada desde el punto de vista humano: ‘¿Por qué me vienen a buscar a mí ahora cuando están en problemas si ustedes me aborrecieron y me echaron de la casa de mi padre? ¡Púdranse!’ Es evidente el rencor en su corazón, y no era para menos. Sin embargo, esto proviene de un corazón herido que necesita ser sanado por el Señor; el curso de la conversación y el acto posterior ayudarán a Jefté a dejar atrás este amargo dolor y a aceptar el llamado de Dios.
Leamos ahora juntos los vv. 8-11. A pesar del desplante, los ancianos de Galaad respondieron con humildad a Jefté. Precisamente la razón por la que acudían a él era porque se avecinaba una guerra y necesitaban a un valiente guerrero como él que los liderara en la batalla contra los amonitas. Si él aceptaba la misión, sería caudillo o gobernante de todos los habitantes de Galaad, es decir, de las tribus transjordanas: Manases Oriental, Gad y Rubén. ¡Vaya ofrecimiento! ¡Qué gran oportunidad se presentaba delante de Jefté! Llegaría a ser el líder de aquellos que antes lo despreciaron.
Sin embargo, con una mezcla de fe y cautela, les pide un voto solemne: “ Si me hacéis volver para que pelee contra los hijos de Amón, y Jehová los entregare delante de mí, ¿seré yo vuestro caudillo?” (v.9). Es bastante notable que, a pesar de su estilo de vida, Jefté todavía reconociera a Jehová como su Dios y como la fuente de sus bendiciones. Él entendía que, si llegaba a vencer a los poderosos amonitas, no sería por sus habilidades de guerra, sino por la mano de Jehová que lo ayudaba.
Amados hermanos, muchas veces nosotros fallamos en reconocer esto. Pareciese que llegamos a pensar que nuestros logros y victorias fuesen el resultado exclusivo de nuestra capacidad, talentos o dones. Pero, aunque nuestras capacidades y talentos contribuyan, en última instancia es Dios quien nos los ha dado para usarlos para Su gloria. Por eso, deberíamos vivir reconociendo, como Jefté, que todos nuestros logros y victorias provienen de la mano del Señor. Amén.
Por otro lado, no se fía de la palabra de los ancianos de Galaad y por eso les pide confirmar el voto solemne, lo cual hacen en el v.10:“ Jehová sea testigo entre nosotros, si no hiciéremos como tú dices.” Una vez confirmado el acuerdo, Jefté aceptó ir con ellos hasta Mizpa de Galaad. Allí fue nombrado oficialmente por todo el pueblo como su caudillo, asumiendo él el cargo solemnemente delante de Jehová. Esto muestra que, si bien pudo haber sido impulsado inicialmente por el deseo de ser reconocido por su gente, también había en él una disposición genuina de servir a Dios como juez de Israel.
Aunque no podemos leer explícitamente en el texto que la gracia de Dios haya levantado a Jefté como juez de Israel, podemos reconocer la mano soberana del Señor obrando a través de toda aquella situación. No es fortuito que ningún israelita se haya ofrecido como caudillo cuando todo el pueblo se reunió en Mizpa; tampoco que los ancianos hayan pensado en Jefté en ese momento por su fama, ni mucho menos que estuvieran dispuestos a humillarse delante del marginado para ofrecerle el liderazgo. Indudablemente, Jehová estaba dirigiendo los acontecimientos en Su providencia para redimir a Jefté de su pasado y levantarlo como el octavo juez de Israel.
Esta obra soberana se confirma más adelante cuando el Espíritu de Jehová viene sobre él (v.29). Sin duda alguna, era el Señor quien lo estaba levantando para esta misión. Y el clímax de este llamamiento se ve en el v.11, cuando “Jefté habló todas sus palabras delante de Jehová en Mizpa.” Esto no fue un simple formalismo político; fue un acto de rendición y fe. Jefté llevó sus pasado, sus temores, su dolor y su futuro a la presencia de Jehová, reconociendo que su victoria y su nuevo cargo no dependían de los ancianos de Galaad ni de su propia fuerza militar, sino del Dios que lo había redimido. Cuando rendimos nuestras vidas y planes delante del Señor, Él toma nuestro pasado quebrantado y lo transforma en un instrumento para Su gloria.
¿Estás dispuesto a escuchar el llamado del Señor y traer tus heridas, dolores, rencores, y tu vida toda delante de Él para que te transforme y use para Su gloria? ¡Amén!
II.- Jefté inicia con sabiduría su ministerio (12-28)
Leamos juntos el v.12. Sorprendentemente, a pesar de su vida violenta, Jefté no se precipitó a atacar a los amonitas, sino que inició su liderazgo utilizando la vía diplomática. Envió mensajeros para preguntarle al rey amonita la razón por la cual se disponía a entrar en guerra con Israel. Otro detalle notable es cómo Jefté asumió con total responsabilidad la representación de la nación, hablando en primera persona al rey amonita: “¿Qué tienes tú conmigo, que has venido a mí para hacer guerra contra mi tierra?” Toma la amenaza como una afrenta personal y reconoce la tierra de Israel como suya.
Veamos la respuesta del rey amonita. Leamos juntos el v.13. La causa que esgrime el rey amonita para la guerra es que Israel supuestamente le despojó de sus tierras cuando subió de Egipto, desde el río Arnón hasta el Jaboc y el Jordán. Esto abarcaba el territorio asignado a las tribus de Rubén y Gad. Para evitar el conflicto, el rey exige la devolución de dicho territorio. Más que la causa inmediata de esta batalla, esto revela la raíz del resentimiento histórico que los amonitas guardaban contra Israel. Sin embargo, en la réplica de Jefté veremos que este reclamo era totalmente infundado.
En los vv. 14-22, Jefté envía una segunda embajada al rey amonita explicando de forma magistral que Israel no les quitó tierras a ellos, sino a los amorreos. Jefté resume con precisión los acontecimientos de Núm. 20–21, demostrando un profundo conocimiento de la Palabra de Dios y de la historia de Israel. Jehová le había prohibido estrictamente a Israel atacar o despojar a Edom, Moab y Amón, por cuanto eran pueblos emparentados (descendientes de Esaú y de Lot). Por esa razón, cuando Edom y Moab negaron el paso a los israelitas, estos rodearon sus fronteras sin atacarlos.
Sin embargo, cuando Sehón, rey amorreo de Hesbón, no solo les negó el paso, sino que salió a combatirlos, Israel peleó contra él. Jehová les concedió la victoria y les entregó todo su territorio. El punto clave que plantea Jefté es que Sehón ya le había arrebatado previamente esas tierras a los pueblos de la zona. Por lo tanto, Israel no se las quitó a Amón, sino a los amorreos que los atacaron.
En los vv. 23-27, Jefté continúa con argumentos teológicos e históricos para demostrar que el reclamo amonita no tenía fundamento. Como argumento teológico, declara que fue Jehová Quien le entregó la tierra a Israel, y le lanza una pregunta incisiva “Lo que te hiciere poseer Quemos tu dios, ¿no lo poseerías tú? Así, todo lo que desposeyó Jehová nuestro Dios delante de nosotros, nosotros lo poseeremos.” En otras palabras, Israel no cedería su derecho concedido por Dios; la única forma en que los amonitas podían tomar esas tierras era si su dios prevalecía sobre Jehová en batalla.
Como argumento histórico, en el v.26 Jefté señala que Israel llevaba ya trescientos años habitando aquella tierra, por lo que le cuestiona por qué no la había reclamado en todo ese tiempo. Claramente, el rey amonita pretendía aprovechar un momento de debilidad de Israel para arrebatar lo que había perdido hacía siglos. Por eso Jefté concluye apelando al tribunal divino en el v.27: “Así que, yo nada he pecado contra ti, mas tú haces mal conmigo peleando contra mí. Jehová, que es el juez, juzgue hoy entre los hijos de Israel y los hijos de Amón.”
Los argumentos de Jefté eran imbatibles y debieron haber evitado la guerra. Pero veamos lo que dice el v.28. Leámoslo juntos, por favor. El rey amonita simplemente no atendió a las razones de Jefté y decidió proseguir con el ataque, buscando quizás demostrar que su deidad era superior a Jehová. Es notable cómo esto se asemeja a la actitud de muchas personas hoy en día. Muchos recurren a diversos argumentos para rechazar a Dios, afirmando que la fe es irracional. Sin embargo, aun cuando creyentes bien preparados desmantelan esas objeciones presentando evidencias lógicas, históricas y teológicas de la existencia de Dios, la veracidad de la Biblia y de la necesidad del hombre por salvación, simplemente se niegan a atender razones.
Amados hermanos, no endurezcamos nuestros corazones a la Palabra de Dios al punto de volvernos incapaces de discernir Su voluntad en nuestras decisiones. Tampoco nos enfrasquemos en discusiones necias y dañosas con quienes no están dispuestos a creer. Se los digo desde la dolorosa experiencia personal: de nada sirve discutir; pues, aunque alguno ceda intelectualmente, si no media la obra transformadora del Espíritu Santo en el corazón, no perseverará. Cuando nos encontremos con personas así, no continuemos la disputa; más bien oremos y dejemos que nuestro testimonio y servicio de amor, trabajando conjuntamente con la gracia soberana del Señor, transformen sus corazones. Amén.
La historia de Jefté en estos primeros 28 versículos nos recuerda que el Dios al que servimos no mide nuestro potencial por las heridas del pasado, ni por las etiquetas que el mundo o la familia nos hayan impuesto. Si fuiste rechazado o herido, recuerda que Dios se especializa en restaurar lo que el mundo desestimó, capacitándonos por Su gracia para Su obra. También aprendemos hoy que la verdadera victoria empieza cuando actuamos con la sabiduría que proviene de conocer a Dios y Su Palabra, buscando la paz, la verdad y rindiendo cada paso delante de Él. No permitamos que el rencor nos impida escuchar nuestro llamado, ni que la necedad del mundo detenga nuestro servicio. Entreguemos hoy nuestras vidas y talentos al Señor, confiando en que Él puede transformarnos y usarnos como pastores de las ovejas universitarias, y que en Su gracia nos usará para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.
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