Marcos 16:1-14

16:1 Cuando pasó el día de reposo, María Magdalena, María la madre de Jacobo, y Salomé, compraron especias aromáticas para ir a ungirle.
16:2 Y muy de mañana, el primer día de la semana, vinieron al sepulcro, ya salido el sol.
16:3 Pero decían entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?
16:4 Pero cuando miraron, vieron removida la piedra, que era muy grande.
16:5 Y cuando entraron en el sepulcro, vieron a un joven sentado al lado derecho, cubierto de una larga ropa blanca; y se espantaron.
16:6 Mas él les dijo: No os asustéis; buscáis a Jesús nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar en donde le pusieron.
16:7 Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo.
16:8 Y ellas se fueron huyendo del sepulcro, porque les había tomado temblor y espanto; ni decían nada a nadie, porque tenían miedo.
16:9 Habiendo, pues, resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios.
16:10 Yendo ella, lo hizo saber a los que habían estado con él, que estaban tristes y llorando.
16:11 Ellos, cuando oyeron que vivía, y que había sido visto por ella, no lo creyeron.
16:12 Pero después apareció en otra forma a dos de ellos que iban de camino, yendo al campo.
16:13 Ellos fueron y lo hicieron saber a los otros; y ni aun a ellos creyeron.
16:14 Finalmente se apareció a los once mismos, estando ellos sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado.

¡JESÚS HA RESUCITADO!


Buenos días. ¡Feliz Pascua de Resurrección! Tal día como hoy, hace más de dos mil años, nuestro Señor Jesucristo dejó vacía Su tumba, venciendo al pecado y la muerte, e inaugurando una nueva era en la historia de la humanidad: la era de la iglesia. Por eso concluimos hoy nuestra Convivencia Bíblica de Panamá 2026 con este mensaje de victoria y esperanza: ¡Jesús Ha Resucitado! Donde exploraremos juntos los detalles de esta gloriosa resurrección según nos los narra el Evangelio de Marcos. 

A lo largo de nuestra Convivencia hemos meditado profundamente en el juicio injusto, el sufrimiento atroz y la muerte vergonzosa de Jesús en la cruz. ¡Qué amor tan inmenso! Él lo hizo todo por nosotros: para perdonar nuestros pecados, reconciliarnos con el Padre y abrirnos de par en par las puertas del Reino de Dios. La muerte de Jesús en la cruz fue el clímax del Plan de Salvación de Dios: como el Cordero de Dios perfecto y sin mancha, cargó sobre Sí mismo el peso de los pecados de toda la humanidad. Dios le hizo pecado por nosotros, “para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él” (2Co. 5:21). Jesús, el único hombre que nunca pecó, se ofreció voluntariamente como el sacrificio suficiente y definitivo.

Pero la historia no termina en la cruz. La resurrección es la prueba irrefutable de que Su muerte no fue en vano, ni por Sus propios pecados, sino por los nuestros. Es la declaración de que Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios con poder (Rom. 1:4).

A través de este mensaje, veremos cómo las mujeres y los discípulos de Jesús recibieron esta gran noticia de Su resurrección: Con temor e incredulidad. También, descubriremos qué significa esta resurrección para nosotros hoy. Escucharemos la mejor noticia que se haya dado jamás: “¡Jesús ha resucitado!” Y aprenderemos cómo debemos reaccionar y qué debemos hacer ante tan grandiosa noticia. 

Oro para que la recibamos con gran gozo, fe y obediencia. Que el Espíritu que levantó a Jesús de entre los muertos transforme nuestras vidas para convertirnos en poderosos testigos de la resurrección, anunciando el evangelio de muerte y resurrección, especialmente en nuestro campo de misión: la Universidad de Panamá. Y que, así, el Señor nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.

I.- La tumba vacía y la gran noticia (1-8)

Leamos juntos el v.1. Para los judíos el día comienza al atardecer y termina al atardecer del día siguiente. Es decir, el día de reposo, el sábado, comenzó al atardecer del día viernes y finalizó al atardecer del día sábado. Jesús había muerto alrededor de las tres de la tarde aquel viernes (Mar. 15:33; Mat. 27:46). José de Arimatea apenas tuvo tiempo de solicitar el cuerpo a Pilato, bajarlo de la cruz y colocarlo en la tumba antes de que comenzara el sábado. Por eso, el cuerpo de Jesús no pudo ser ungido adecuadamente según la costumbre judía.

Los judíos sepultaban a sus muertos envolviéndolos en sábanas de lino y colocando entre los pliegues especias aromáticas, como mirra y áloes, para perfumar el cuerpo y mitigar el olor de la descomposición. Las tumbas solían ser cuevas excavadas en la roca, cerradas con una gran piedra circular que se deslizaba por un surco en el suelo. Esa piedra no solo protegía la entrada, sino que también ayudaba a contener el olor. 

Pero debido a la inminencia del día de reposo, el cuerpo de Jesús no pudo ser ungido apropiadamente. José de Arimatea y Nicodemo lograron hacer una preparación inicial con algunas especias, pero no fue completa (Jua. 19:39-40). Por eso, estas mujeres sentían que algo faltaba. El ungimiento no era solo una costumbre; era el último servicio de amor y devoción que se podía rendir a un ser querido. Estas fieles seguidoras de Jesús no habían podido expresarle plenamente su gratitud y amor al cuerpo de su Señor.

Marcos menciona aquí solo a tres mujeres: María Magdalena, María la madre de Jacobo, y Salomé. Estas mismas tres mujeres son mencionadas como testigos de la muerte de Jesús en la cruz en el 15:40, sin embargo, un versículo más adelante se aclara que había también otras muchas que habían subido con él a Jerusalén. Según Lucas fueron varias las mujeres que vinieron al sepulcro (Luc. 24:1), pero Marcos ha decidido destacar a estas tres desde la cruz hasta la tumba, mostrando su fidelidad constante. 

María Magdalena, natural de Magdala en Galilea, tenía una enorme deuda de gratitud con Jesús: Él la había librado de siete demonios (v.9; Luc. 8:2). María la madre de Jacobo, es probablemente la mujer de Cleofas, madre de Jacobo el menor y de José, quienes serían discípulos de Jesús. Y Salomé era la esposa de Zebedeo, madre de los apóstoles Jacobo y Juan. Todas ellas amaron tanto a Jesús que le sirvieron con sus bienes durante su ministerio público (Luc. 8:2-3), estuvieron con Él durante su crucifixión (15:40) y ahora se apresuran para darle la adecuada sepultura con el corazón lleno de amor y dolor.  

Su amor por Jesús y su deseo de servirle hasta el final eran tan grandes que apenas terminó el día de reposo (al atardecer del día sábado), salieron a comprar especias aromáticas adicionales para ungir el cuerpo de Jesús lo más pronto posible. Sabían que no podrían ir esa misma noche, porque aún estaba oscuro y era peligroso. Su plan era ir muy temprano la mañana siguiente, al despuntar el alba del primer día de la semana, para completar este acto final de amor y evitar, en la medida de lo posible, una rápida descomposición del cuerpo. ¡Qué hermoso ejemplo de lealtad! Mientras los apóstoles estaban escondidos y llenos de temor, estas mujeres se movían con valentía y amor.

Leamos juntos el v.2 por favor. Como no habían podido ungir el cuerpo de Jesús la noche anterior, estas mujeres se levantaron muy de madrugada, cuando todavía estaba oscuro. Probablemente apenas pudieron dormir, preocupadas por el cuerpo de su Señor, pensando que se estaba descomponiendo sin haber recibido la adecuada honra en la sepultura. Recorrieron unos tres kilómetros desde el lugar donde se encontraban hasta el sepulcro. Marcos nos dice que salieron “muy de mañana” y que llegaron “ya salido el sol”. Lo más probable es que iniciaran el camino antes del amanecer y que el sol estuviera saliendo justo cuando llegaron a la tumba. Y además los cuatro evangelios coinciden en que fue el primer día de la semana, nuestro domingo por la mañana, cuando las mujeres vinieron al sepulcro. ¡El día que cambiaría la historia para siempre!

Leamos ahora juntos el v.3. En su urgencia por ir a despedir definitivamente a su Señor, a las mujeres se les había olvidado un detalle importante: El sepulcro tenía una gran piedra en la entrada que requería la fuerza de varios hombres para rodarla. Ellas sabían que no podrían removerla por sí mismas, así que se preguntaban cómo harían para ingresar al sepulcro a ungir el cuerpo de su Señor. Dado que la última vez que habían visitado la tumba era el viernes por la tarde, no sabían que el sábado había sido sellado el sepulcro y se había colocado una guardia a la entrada que quizás podría ayudarles (Mat. 27:62-66).

Leamos ahora el v.4. Mientras se acercaban y miraban alrededor buscando a alguien que pudiera ayudarlas, de pronto notaron algo sorprendente: ¡la gran piedra ya había sido removida! Esto les produjo un doble sentimiento: por un lado, alivio, porque ahora podrían entrar al sepulcro y terminar su tarea de ungir el cuerpo de Jesús. Pero, por otro lado, preocupación y desconcierto: “¿Quién había movido esa piedra tan pesada? ¿Y con qué propósito? Tal vez pensaron en ladrones de tumbas, en las autoridades o en algún discípulo que se hubiera adelantado. Pero jamás se imaginarían lo que estaban a punto de encontrar.

Leamos el v.5. Las mujeres entraron en el sepulcro para dar su último servicio de amor al Señor. Pero esperando encontrar el cuerpo de Jesús, y quizás a alguien que se les había adelantado, hallaron a un joven cubierto de una larga ropa blanca sentado al lado derecho del lugar donde habían puesto el cuerpo del Señor. Aunque Marcos nunca menciona que fuese un ángel, la descripción de la larga ropa blanca es característica de los ángeles, y además el espanto de las mujeres sugiere que ellas entendieron que era un ángel el que les hablaba. 

Leamos juntos el v.6. El ángel, percibiendo su espanto, les dice: “No os asustéis”. Luego les da la noticia más gloriosa y sorprendente que jamás podrían haber imaginado: “buscáis a Jesús nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar en donde le pusieron.” Fíjense en los detalles precisos que el ángel menciona: “Jesús nazareno, el que fue crucificado”. No deja lugar a dudas. Es el mismo Jesús que conocían, el que realmente murió en la cruz y fue colocado en esa tumba. Pero ahora, a primeras horas de la mañana del domingo, ¡Su cuerpo ya no estaba allí! ¿Qué había pasado? El ángel lo anunció claramente: “ha resucitado, no está aquí”. ¡Jesús ha resucitado!

La muerte es el enemigo que ningún ser humano puede vencer. Solamente hay una cosa segura en esta vida para todos: vamos a morir. Cuando una persona muere, su cuerpo se descompone y regresa al polvo de la tierra. No le veremos ya nunca más en este mundo. Pero Jesús venció el poder del pecado y la muerte en la cruz de El Calvario. Y según Su promesa resucitó al tercer día. Jesús venció a la muerte regresando a la vida aquel glorioso domingo. “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? “(1Co. 15:55). Jesús ha resucitado mostrando que tiene el poder para librarnos del pecado y de la muerte. 

Los discípulos de Jesús y las mujeres que le servían estaban sumidos en una profunda tristeza y sin esperanza. Creían que todo había terminado en una muerte trágica e injusta. Pensaban que nunca más volverían a ver a su Maestro. Pero la vida de Jesús no terminó en aquella cruz, ni quedó Su cuerpo en aquella tumba, ¡Jesús ha resucitado! La principal diferencia entre el cristianismo y cualquier otra religión es que la tumba de nuestro Señor está vacía. Buda, Mahoma, Zoroastro, y todos los líderes o fundadores de las religiones siguen en sus tumbas. Solo Jesús, el Hijo de Dios con poder, venció la muerte, apareció a más de quinientos testigos durante cuarenta días, ascendió al cielo y se sentó a la diestra del Padre. Desde allí volverá pronto a buscar a Su pueblo y a establecer plenamente Su Reino. 

La resurrección de Jesús es la garantía de que Él es quien decía ser, el Hijo de Dios con poder. Él prometió que resucitaría al tercer día (Mar. 8:31) y cumplió Su palabra. Esto nos asegura que también cumplirá todas las promesas que nos ha hecho a nosotros. Además, nos garantiza que el Rey del Reino eterno es un Cristo vivo, no una idea, un recuerdo o un símbolo, sino Cristo en persona. 

Al levantarse de la muerte, Cristo nos garantiza que también nosotros resucitaremos. Y más aún: el Espíritu que levantó el cuerpo de Cristo de la muerte es el mismo Espíritu Santo que ahora habita en nosotros. Ese Espíritu trae vida a nuestra moralidad y espiritualidad muertas, nos transforma y nos convierte en poderosos testigos de la resurrección. De hecho, este es el llamado de Dios para nosotros: que seamos testigos de Su resurrección, anunciando el evangelio de muerte y resurrección a todo el mundo. Esta es parte esencial del testimonio de la Iglesia ante el mundo. Nosotros no solo contamos lecciones de vida de un gran maestro moral, sino que proclamamos con autoridad el perdón de pecados, la vida eterna y el poder transformador de la muerte y resurrección de Cristo Jesús.

Y esta fue, precisamente, la misión que se les dio a las mujeres. Leamos juntos el v.7 por favor. Después de darles la maravillosa noticia de la resurrección de Jesús, el ángel comisiona a las mujeres para que vayan y les digan a los discípulos y a Pedro que Jesús iba a Galilea para reunirse con ellos allá como les había dicho en Mar. 14:28. Fíjense en este detalle de amor de Jesús, le manda un mensaje especial a Pedro que a pesar de haberle negado tres veces, igual se reuniría con él en Galilea. Jesús no lo había desechado como discípulo por su error, al contrario, estaba preocupado por él, sabiendo cómo se sentía y quería restaurarlo. Por eso envía este mensaje mencionándolo especialmente. Era una palabra de esperanza y restauración. Pedro todavía era amado y seguía siendo parte del plan de Jesús. 

Leamos ahora el v.8. A pesar de haber recibido la más gloriosa noticia de toda la historia —“¡Ha resucitado! ¡No está aquí!”—, las mujeres parecen no haber captado todavía el verdadero significado del mensaje del ángel. En lugar de salir llenas de gozo y corriendo a dar la noticia, salieron huyendo del sepulcro, dominadas por un temblor y un espanto abrumadores. Quizá todavía se preguntaban con desconcierto: ‘¿Quién se habrá llevado el cuerpo del Señor? ¿A dónde lo habrán puesto?’ Ellas estarían ansiosas todavía por ver el cuerpo de su amado Señor y estaban aterradas por el ángel y por la idea de que, quizás, ya no volverían a ver al Maestro. Pero eso estaba muy lejos de la realidad.

II.- Las primeras apariciones de Jesús resucitado (9-14)

Leamos juntos el v.9. Jesús se apareció a María Magdalena y el detalle de esta aparición se puede leer en Jua. 20:14-18. Ella fue la primera persona en ver a Jesús resucitado. Pensemos en esto un momento: las mujeres fueron las primeras en oír la maravillosa noticia de la resurrección a través del ángel, y ahora una de ellas —María Magdalena— se convierte en la primera testigo ocular de Jesús Resucitado. ¿Por qué se les concedió este gran privilegio a estas mujeres? Porque ellas fueron las primeras en buscarlo con amor y devoción. Mientras los discípulos estaban escondidos por miedo, estas mujeres se levantaron muy de madrugada para ir a la tumba. Se mantuvieron fieles a Jesús incluso en los momentos más oscuros: al pie de la cruz, durante la sepultura y ahora en la mañana de la resurrección. Jesús recompensó el amor y la devoción de ellas convirtiéndolas en las primeras testigos de la resurrección. Esto nos enseña una hermosa verdad: Cuando buscamos y servimos al Señor con todo nuestro corazón, Él premia nuestra fidelidad mostrándonos Su gloria. ¡Seamos, pues, siervos fieles de Jesús!

Leamos juntos ahora los vv. 10-11. La aparición de Jesús a María Magdalena la fortaleció para cumplir la misión que les había dado el ángel. Ella fue y dio aviso a los once de que Jesús vivía y que ella lo había visto. Los discípulos se encontraban tristes y llorando. Ellos pensaron que habían perdido para siempre a su Señor y su propósito de vida. Se encontraban abrumados por la repentina y violenta muerte de Jesús y seguramente temían sufrir un destino similar. Estaban tan ensimismados en su tristeza, dolor y sentido de pérdida que no podían recibir con gozo la noticia de la resurrección de Jesús. Simplemente no la creyeron. A veces estamos tan abrumados por nuestros propios sentimientos que se nos hace difícil creer lo que Dios nos habla a través de la Biblia o de Sus siervos. Simplemente nos negamos a creer. Pero no seamos incrédulos, recibamos siempre con gozo la Palabra y las promesas del Señor. 

Leamos juntos los vv.12-13. Como los apóstoles no creyeron al testimonio de María Magdalena, Jesús se les apareció a dos de sus discípulos que iban de camino al campo. El detalle de esta aparición aparece en Luc. 24:13-32. Al principio ellos no supieron que hablaban con Jesús porque no le reconocieron. Quizá la apariencia de Jesús era otra o simplemente ellos no esperaban encontrarse con el Maestro, y por eso no le reconocían. Lo cierto es que finalmente lo reconocieron y fueron y lo hicieron saber a los once también, pero tampoco creyeron. Aunque habían recibido el testimonio de tres testigos, que según la Ley de Moisés eran suficientes para tener cualquier cosa por cierta, ellos todavía no podían creer. ¿Por qué? Bueno, la resurrección de los muertos es un hecho increíble y además ellos estaban cegados por sus sentimientos.

Leamos juntos ahora el v.14. Como los discípulos insistían en su incredulidad, Jesús decidió aparecérseles a ellos mismos, mientras estaban sentados a la mesa, para que no hubiese duda de que Él había resucitado. Al aparecerles les reprochó su incredulidad a los testigos que Él había enviado. Esto fortaleció a los alicaídos discípulos y les dio la valentía para convertirse en fervientes testigos de la resurrección. El testimonio de ellos y la expansión de la iglesia de Cristo por todo el mundo son la mayor evidencia de la resurrección de Jesús.

Si Jesús no hubiese resucitado, nosotros nunca habríamos oído nada acerca de Él. La actitud de las mujeres había sido la de ofrecer el último tributo a un cuerpo muerto. La actitud de los discípulos era que todo había acabado en tragedia. Así que la mejor prueba de la Resurrección es el cambio de actitud y de vida de las mujeres y de los discípulos. Ninguna otra cosa podría haber cambiado a aquellos hombres y mujeres tristes y desesperados en personas llenas de gozo y valentía, dispuestas a morir para dar testimonio de la muerte y resurrección de Jesús. La Resurrección es el hecho central de toda la fe cristiana. Y nuestro llamado como iglesia es ser testigos de la resurrección.

¿Crees tú en la resurrección de Cristo? ¿Has experimentado el poder transformador del Cristo resucitado en tu vida? Si la respuesta es negativa, te invito a que te acerques y mires a la cruz y a la tumba vacía, y toda sombra de duda se disipará. Si la respuesta es positiva, te invito a testificar acerca del poder de la resurrección porque justamente esta fue la comisión de Jesús para sus discípulos en Mar. 16:15: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.” ¡Vayamos y testifiquemos acerca de la muerte y resurrección de Cristo! Pero no solamente con palabras, sino con nuestras vidas transformadas, mostrando cada día en nuestra conducta y estilo de vida el poder transformador del Espíritu que resucitó a Cristo de los muertos. ¡Que el Espíritu Santo transforme nuestras vidas y nos convierta en poderosos testigos de la resurrección de Jesús! ¡Proclamemos a toda voz y con nuestras vidas: Jesús ha resucitado! Amén.

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