Josué 24:16-33

24:16 Entonces el pueblo respondió y dijo: Nunca tal acontezca, que dejemos a Jehová para servir a otros dioses;
24:17 porque Jehová nuestro Dios es el que nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre; el que ha hecho estas grandes señales, y nos ha guardado por todo el camino por donde hemos andado, y en todos los pueblos por entre los cuales pasamos.
24:18 Y Jehová arrojó de delante de nosotros a todos los pueblos, y al amorreo que habitaba en la tierra; nosotros, pues, también serviremos a Jehová, porque él es nuestro Dios.
24:19 Entonces Josué dijo al pueblo: No podréis servir a Jehová, porque él es Dios santo, y Dios celoso; no sufrirá vuestras rebeliones y vuestros pecados.
24:20 Si dejareis a Jehová y sirviereis a dioses ajenos, él se volverá y os hará mal, y os consumirá, después que os ha hecho bien.
24:21 El pueblo entonces dijo a Josué: No, sino que a Jehová serviremos.
24:22 Y Josué respondió al pueblo: Vosotros sois testigos contra vosotros mismos, de que habéis elegido a Jehová para servirle. Y ellos respondieron: Testigos somos.
24:23 Quitad, pues, ahora los dioses ajenos que están entre vosotros, e inclinad vuestro corazón a Jehová Dios de Israel.
24:24 Y el pueblo respondió a Josué: A Jehová nuestro Dios serviremos, y a su voz obedeceremos.
24:25 Entonces Josué hizo pacto con el pueblo el mismo día, y les dio estatutos y leyes en Siquem.
24:26 Y escribió Josué estas palabras en el libro de la ley de Dios; y tomando una gran piedra, la levantó allí debajo de la encina que estaba junto al santuario de Jehová.
24:27 Y dijo Josué a todo el pueblo: He aquí esta piedra nos servirá de testigo, porque ella ha oído todas las palabras que Jehová nos ha hablado; será, pues, testigo contra vosotros, para que no mintáis contra vuestro Dios.
24:28 Y envió Josué al pueblo, cada uno a su posesión.
24:29 Después de estas cosas murió Josué hijo de Nun, siervo de Jehová, siendo de ciento diez años.
24:30 Y le sepultaron en su heredad en Timnat-sera, que está en el monte de Efraín, al norte del monte de Gaas.
24:31 Y sirvió Israel a Jehová todo el tiempo de Josué, y todo el tiempo de los ancianos que sobrevivieron a Josué y que sabían todas las obras que Jehová había hecho por Israel.
24:32 Y enterraron en Siquem los huesos de José, que los hijos de Israel habían traído de Egipto, en la parte del campo que Jacob compró de los hijos de Hamor padre de Siquem, por cien piezas de dinero; y fue posesión de los hijos de José.
24:33 También murió Eleazar hijo de Aarón, y lo enterraron en el collado de Finees su hijo, que le fue dado en el monte de Efraín.

A JEHOVÁ NUESTRO DIOS SERVIREMOS


Buenos días. La semana pasada vimos cómo Josué reunió a todas las tribus de Israel en Siquem y les recordó la gran gracia que habían recibido hasta ahora: Cómo Jehová había llamado a Abraham en Mesopotamia, cómo lo había guiado a esta fértil tierra de Canaán, cómo había multiplicado su descendencia, cómo había preservado sus vidas al llevarlos a Egipto para que no muriesen de hambre, cómo los sacó de allí con mano poderosa y los sustentó cuarenta años en el desierto, cómo les dio la victoria contra todos sus enemigos y los estableció en esta buena tierra que ahora habitaban.

Sobre esa base de gracia, Josué los desafió con palabras solemnes: “Ahora, pues, temed a Jehová, y servidle con integridad y en verdad” (v.14a). Servir al Señor demandaba una vida íntegra, sincera y exclusiva. Esto no era fácil. Por eso añadió: “Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis” (v.15a). Así que ellos debían tomar una decisión. Sin embargo, independientemente de lo que ellos escogieran, Josué lo tenía claro: “pero yo y mi casa serviremos a Jehová.” (15b). Sin importar lo desafiante que pudiese ser servir a Jehová, él eligió valiente y ejemplarmente el camino de la fidelidad radical. Y espero, que durante esta semana ustedes hayan podido tomar la misma decisión de fe y hayan confesado también: “yo y mi casa serviremos a Jehová.” Amén.

En el mensaje de hoy, veremos la respuesta del pueblo a este serio desafío: “A Jehová nuestro Dios serviremos, y a su voz obedeceremos.” (v.24). Observaremos cómo Josué, como sabio líder, no se conforma con una decisión superficial o emocional, sino que los confronta con la santidad de Dios y los lleva a ratificar su compromiso mediante un pacto (vv. 16-28). Finalmente, veremos cómo el libro cierra con el legado de Josué y los hechos que marcan el final de esa generación (vv. 29-33).

Yo oro para que el Espíritu Santo nos hable hoy con poder, y que cada uno de nosotros pueda responder con sinceridad de la manera que lo hizo el pueblo de Israel en aquel día: “A Jehová nuestro Dios serviremos, y a su voz obedeceremos”. Pero, que no solo lo digamos solo de labios, sino que en verdad sirvamos y obedezcamos al Señor cada día de nuestras vidas. Y que, al vivir de esta manera, el Señor nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.

I.- El pacto del pueblo para servir a Jehová (16-28)

Leamos juntos los vv. 16-18, por favor. Ante el serio desafío de Josué, el pueblo respondió con una declaración firme y apasionada: “Nunca tal acontezca, que dejemos a Jehová para servir a otros dioses” (v.16). Ellos en verdad deseaban ser fieles al Señor. Reconocieron con gratitud que fue Jehová Quien los sacó de Egipto, hizo grandes maravillas en el desierto y arrojó delante de ellos a todos aquellos pueblos. Por eso concluyeron con convicción: “nosotros, pues, también serviremos a Jehová, porque él es nuestro Dios.” (v.18b). Su lógica es impecable: si Jehová es el Dios que ha hecho todas estas cosas por ellos, entonces no servirle sería una absoluta locura. No había otra opción razonable: debían temer y servir solo a Jehová. No podían tener otros dioses delante de ellos. 

Nosotros nos encontramos en una situación semejante. Si Jesucristo es verdaderamente el Señor, entonces debemos servirle con toda nuestra vida. Un dicho cristiano muy conocido lo expresa con claridad: “Si Jesucristo no es Señor de todo en tu vida, entonces no es Señor de tu vida en absoluto”. No hay negociación posible en cuanto a una lealtad dividida. Jesús mismo lo enseñó con estas contundentes palabras: “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.” (Mat. 6:24). En lugar de “riquezas” podríamos sustituirlo fácilmente por cualquier cosa o persona que esté tomando el lugar de Dios en nuestros corazones. Debemos quitar cualquier ídolo, pues dice: “Ninguno puede servir a dos señores”. No dice “debería”, sino “puede”; es una imposibilidad lógica: O sirves a uno o al otro. No hay punto medio.

Podríamos pensar que Josué se sentiría complacido con esta respuesta entusiasta del pueblo: ‘¡Amén! ¡Aleluya! ¡Sirvan a Jehová conmigo!’ Pero los cuarenta años en el desierto y la dureza de la conquista habían hecho que este anciano guerrero curtido fuese profundamente realista. Por eso les respondió como leemos en los vv. 19-20, leámoslo juntos por favor. Josué no estaba dudando de la sinceridad del pueblo. Este cap. 24 es la celebración de un pacto solemne, y este tipo de advertencias eran comunes en los tratados del Antiguo Oriente. Lo que Josué hace es enfatizar la seriedad y la dificultad de este compromiso. Servir a Jehová no es algo liviano. Él es un Dios Santo y Celoso, que no tolera el pecado ni la idolatría. Si ellos se apartaban de Él para servir a otros dioses, les vendrían las maldiciones de la Ley. El favor de Jehová se apartaría de ellos y quedarían expuestos a las consecuencias de sus propios pecados. Así que Josué los está llamando a considerar muy bien su decisión, sopesando las graves consecuencias de no cumplir lo que estaban prometiendo. 

Leamos ahora juntos el v.21, por favor. Aun después de escuchar las serias advertencias de Josué sobre las consecuencias de servir al Dios Santo y Celoso, el pueblo ratificó con firmeza su decisión: “No, sino que a Jehová serviremos.” En nuestros estudios bíblicos durante la semana menospreciamos la decisión de ellos porque sabemos lo que acontecerá en el futuro. Sin embargo, no debimos haber hecho eso. En realidad, deberíamos olvidarnos de lo que sucederá después y concentrarnos en el corazón sincero con el que el pueblo está haciendo este compromiso delante del Señor. Ellos no lo están haciendo con ligereza ni hipocresía. Realmente deseaban servir a Jehová.

Su situación nos recuerda las palabras de nuestro Señor Jesucristo: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.” (Mat. 26:41). Sus espíritus en verdad estaban dispuestos, pero por la debilidad de su carne debían velar y orar para no fallar. De la misma manera, yo oro para que cada uno de nosotros tome hoy esta misma decisión con sinceridad de corazón: “A Jehová serviremos”, velando en las disciplinas espirituales y orando continuamente para servirle con integridad y en verdad. Amén.

Leamos juntos los vv. 22-23, por favor. Una vez que los ha alentado a considerar el precio y a entrar en este pacto renovado con toda seriedad y meditación, conscientes de su propia debilidad e incapacidad, Josué acepta la elección de ellos y les llama a ser testigos contra sí mismos de esta resolución solemne a la que han llegado. Esto implica que todos ellos podían testificar los unos contra los otros en caso de que alguno faltase. Nadie podría alegar ignorancia si más tarde faltaba a su palabra porque había gran cantidad de testigos del compromiso adquirido. 

Para poner esta decisión en acción, Josué les insta nuevamente a deshacerse de los ídolos, los dioses ajenos que estaban entre ellos, de una vez por todas. Aquí vemos la esencia del arrepentimiento verdadero: no es solo sentir tristeza por el pecado, sino tomar acciones concretas para apartarlo de nuestra vida. Ellos debían inclinar su corazón a Jehová (v.23b), esto habla de una vida de buscar la voluntad de Dios; es la evidencia de una fe genuina que se manifiesta en la vida diaria.

¿Cómo respondió el pueblo a este santo llamado? Leamos juntos el v.24, por favor. Ratificaron una vez más su decisión con estas palabras claras y comprometedoras: “A Jehová nuestro Dios serviremos, y a su voz obedeceremos.” Aceptaron las condiciones: desechar los ídolos, temer a Jehová, servirle de todo corazón y obedecer Su Palabra. Se comprometieron a cumplir con todo ello.

Hoy el Señor nos hace el mismo llamado: ¿A quién vas a servir? ¿Quitarás los ídolos de tu corazón? ¿Vivirás cada día conforme a Su voluntad, obedeciendo Su voz? Digamos, entonces, como el pueblo de Israel en aquel día: “A Jehová nuestro Dios serviremos, y a su voz obedeceremos.” Amén. 

Leamos ahora juntos el v.25, por favor. Aunque el pueblo ya había declarado su intención de servir a Jehová varias veces, Josué no se conformó con una decisión verbal repetida. Quiso que ese compromiso quedara formalizado y sellado. Por eso, “hizo pacto con el pueblo el mismo día, y les dio estatutos y leyes en Siquem.” En el lenguaje veterotestamentario, ‘hacer pacto’ significa establecer un acuerdo solemne y vinculante. En este caso, no fue un pacto negociado entre iguales, sino la renovación del pacto que Dios había hecho con Israel desde el Sinaí. Dios ya había cumplido Su parte con inmensa gracia; ahora el pueblo ratificaba solemnemente su parte: servirle solo a Él, con integridad y en verdad.

Josué no dejó el compromiso en lo abstracto. Les dio estatutos y leyes, recordándoles claramente las implicaciones prácticas de servir a Jehová: una vida de obediencia exclusiva, de santidad y de fidelidad a la Palabra de Dios. Además, como fiel líder, no quería que este fuera un momento pasajero, sino un hito espiritual que ellos recordaran por generaciones. Por eso utilizó medios visibles y duraderos para que este compromiso quedara profundamente grabado en el corazón y la memoria del pueblo. Veámoslos a continuación.

Leamos juntos los vv. 26-27. Josué escribió todas estas palabras en el libro de la ley de Dios. De esta manera dejó un testimonio escrito del pacto para que pudiera ser leído y recordado por las generaciones futuras. Además, tomó una gran piedra y la levantó allí, debajo de la encina que estaba junto al santuario de Jehová, como testigo de aquel pacto. Esta piedra sería un recordatorio silencioso pero permanente. Cada vez que el pueblo pasara por aquel lugar, la piedra les recordaría el solemne compromiso que habían adquirido delante de Dios.

Con estas palabras y acciones, Josué dio por terminada la asamblea y envió a todo el pueblo, cada uno a su posesión (v.28). Ahora debían regresar a sus hogares recién recibidos en la Tierra Prometida y vivir lo que habían escogido solemnemente: temer a Jehová y servirle con integridad y en verdad. La misma gracia que les había dado una herencia propia sería suficiente para enfrentar todas las pruebas del futuro, siempre y cuando siguieran confiando y obedeciendo. 

De la misma manera, una vez que termine hoy nuestra reunión, cada uno de ustedes regresará a su hogar. Lleven en su corazón este mismo compromiso solemne: servir a Jehová con integridad y en verdad. Yo oro para que el Espíritu Santo testifique diariamente en sus vidas las verdades que hemos escuchado aquí, y les dé la fuerza necesaria para cumplir este pacto con el Señor. Que a través de sus disciplinas espirituales puedan velar cada día y orar para ser fortalecidos en la batalla espiritual y permanecer fieles al Señor, obedeciendo Su Palabra y voluntad. Y que, al vivir de esta manera, el Señor pueda usarnos para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.

II.- El legado de Josué (29-33)

Leamos juntos los vv. 29-30. La historia está completa. La tarea de este líder fiel y valiente ha acabado y la narrativa llega a su conclusión. A Josué hijo de Nun se le concede el supremo elogio de recibir el mismo título con el cual se exaltó a Moisés desde el principio del libro: “siervo de Jehová”. Josué se ganó este título porque cumplió fielmente la misión que Dios le encomendó. A la edad de 110 años, murió y fue sepultado en su propia heredad, en Timnat-sera, en el monte de Efraín, al norte del monte de Gaas. 

Leamos ahora juntos el v.31. Aquí encontramos un hermoso epitafio que resume el legado espiritual de Josué. Este versículo nos muestra el impacto poderoso y perdurable de su liderazgo. Durante toda su vida y la de los ancianos que lo conocieron personalmente y habían visto las grandes obras de Dios, Israel permaneció fiel al Señor. No fue un logro pequeño mantener a la nación en el camino de la obediencia por tanto tiempo. Sin embargo, este fruto se debió exclusivamente a la gracia y al poder de Dios, obrando a través de Su Palabra y del liderazgo fiel de Josué.

¿Qué legado quisieras dejar tú en este mundo? ¿Qué te gustaría que dijese tu epitafio? ¿No te gustaría que dijese que serviste fielmente al Señor? ¿Que fuiste un ejemplo de fe para tu familia? ¿Que influiste en tu generación para que sirviera a Jehová? Mi oración es que yo pueda influir espiritualmente en esta generación. Que el Señor me ayude a ser un ejemplo fiel para ustedes y los levante como líderes espirituales para Panamá, y pastores de las ovejas universitarias. Sé que todavía me falta mucho para ello. Quizá no he sido el líder espiritual y pastor que ustedes merecen. Pero oro para que Dios me siga moldeando, y que en los años venideros se pueda decir que, mientras estuvimos entre ustedes, servimos al Señor con integridad y en verdad. Y que, por Su gracia, se levantaron muchos líderes espirituales y pastores que impactaron a las universidades y ayudaron a transformar a Panamá para la gloria de Dios. Amén.  

Leamos juntos el v.32, por favor. Aquí se nos da una breve pero significativa nota: los huesos de José, que los hijos de Israel habían traído desde Egipto a través de todo el desierto y durante la conquista, fueron finalmente enterrados en Siquem, en la porción del campo que Jacob había comprado de los hijos de Hamor. De esta manera, se cumplió la promesa que José había hecho jurar a sus hermanos siglos antes: “Dios ciertamente os visitará, y haréis llevar de aquí mis huesos.” (Gén. 50:25). Este entierro es un hermoso testimonio de la fidelidad de Dios a sus promesas a lo largo de muchas generaciones. Dios ciertamente los visitó y José llegó a reposar en la tierra que el Señor juró a sus padres.

Leamos ahora juntos el v.33. Finalmente, el libro concluye con la muerte de Eleazar hijo de Aarón, el sumo sacerdote que había servido junto a Josué durante toda la conquista. Fue sepultado en el collado de Finees su hijo, que le había sido dado en el monte de Efraín. Con estos tres entierros —el de Josué, el de José y el de Eleazar— se cierra solemnemente una era en la historia de Israel: la generación del éxodo, la conquista y la repartición de la tierra. Aunque los líderes humanos vienen y van, la obra de Dios continúa. La mención de Finees y de los ancianos que sobrevivieron a Josué nos recuerda que la siguiente generación ya estaba en su puesto, con el privilegio de haber visto con sus propios ojos las grandes obras que Jehová había hecho por Israel.

La pregunta de este último capítulo ha sido: ¿Qué hará el pueblo de Israel con estas bendiciones presentes de Dios y Sus grandes expectativas para ellos? Esta era la preocupación de Josué cuando comenzó este discurso. Y el pueblo dio una resonante respuesta afirmativa: “A Jehová nuestro Dios serviremos, y a su voz obedeceremos.” 

Cuando mi tiempo de pastorearlos termine, ¿qué será del ministerio de UBF Panamá? ¿Qué harán ustedes? Mi oración sincera es que, desde hoy, cada uno de ustedes pueda hacer suya esta misma confesión firme y sincera: “A Jehová nuestro Dios serviremos, y a su voz obedeceremos.” Que no solo lo digan con los labios, sino que lo vivan con integridad cada día. Que sirvan al Señor fielmente aun después de que yo ya no esté entre ustedes. Y que, por la gracia de Dios, se levanten muchos líderes espirituales que el Señor pueda usar para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para la gloria de Dios, empezando desde la Universidad de Panamá. Amén.

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