Josué 24:1-15

24:1 Reunió Josué a todas las tribus de Israel en Siquem, y llamó a los ancianos de Israel, sus príncipes, sus jueces y sus oficiales; y se presentaron delante de Dios.
24:2 Y dijo Josué a todo el pueblo: Así dice Jehová, Dios de Israel: Vuestros padres habitaron antiguamente al otro lado del río, esto es, Taré, padre de Abraham y de Nacor; y servían a dioses extraños.
24:3 Y yo tomé a vuestro padre Abraham del otro lado del río, y lo traje por toda la tierra de Canaán, y aumenté su descendencia, y le di Isaac.
24:4 A Isaac di Jacob y Esaú. Y a Esaú di el monte de Seir, para que lo poseyese; pero Jacob y sus hijos descendieron a Egipto.
24:5 Y yo envié a Moisés y a Aarón, y herí a Egipto, conforme a lo que hice en medio de él, y después os saqué.
24:6 Saqué a vuestros padres de Egipto; y cuando llegaron al mar, los egipcios siguieron a vuestros padres hasta el Mar Rojo con carros y caballería.
24:7 Y cuando ellos clamaron a Jehová, él puso oscuridad entre vosotros y los egipcios, e hizo venir sobre ellos el mar, el cual los cubrió; y vuestros ojos vieron lo que hice en Egipto. Después estuvisteis muchos días en el desierto.
24:8 Yo os introduje en la tierra de los amorreos, que habitaban al otro lado del Jordán, los cuales pelearon contra vosotros; mas yo los entregué en vuestras manos, y poseísteis su tierra, y los destruí de delante de vosotros.
24:9 Después se levantó Balac hijo de Zipor, rey de los moabitas, y peleó contra Israel; y envió a llamar a Balaam hijo de Beor, para que os maldijese.
24:10 Mas yo no quise escuchar a Balaam, por lo cual os bendijo repetidamente, y os libré de sus manos.
24:11 Pasasteis el Jordán, y vinisteis a Jericó, y los moradores de Jericó pelearon contra vosotros: los amorreos, ferezeos, cananeos, heteos, gergeseos, heveos y jebuseos, y yo los entregué en vuestras manos.
24:12 Y envié delante de vosotros tábanos, los cuales los arrojaron de delante de vosotros, esto es, a los dos reyes de los amorreos; no con tu espada, ni con tu arco.
24:13 Y os di la tierra por la cual nada trabajasteis, y las ciudades que no edificasteis, en las cuales moráis; y de las viñas y olivares que no plantasteis, coméis.
24:14 Ahora, pues, temed a Jehová, y servidle con integridad y en verdad; y quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en Egipto; y servid a Jehová.
24:15 Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová.

YO Y MI CASA SERVIREMOS A JEHOVÁ


Buenos días. En el mensaje de hoy aprenderemos la primera parte del discurso de despedida de Josué para todo el pueblo. He decidido separar este capítulo en dos mensajes para poder profundizar adecuadamente en el poderoso desafío que Josué lanza al pueblo. La próxima semana veremos la respuesta del pueblo, la seria advertencia de Josué y su legado fiel. 

Hoy nos centraremos en cómo él reunió a todas las tribus en el histórico lugar de Siquem para darles sus últimas palabras: recordarles la inmensa gracia de Dios hacia ellos, desafiarlos a dejar todo ídolo y llamarlos a tomar una decisión clara y definitiva con respecto a Jehová. Esa decisión se expresa de manera inolvidable en los vv. 14-15, nuestros versículos claves: “Ahora, pues, temed a Jehová, y servidle con integridad y en verdad; y quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en Egipto; y servid a Jehová. Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová.”

Yo oro para que, a través de este mensaje, cada uno de nosotros pueda recordar hoy también la maravillosa gracia de Dios en su vida. Que recibamos con seriedad el desafío de Josué, y tomemos la decisión de temer a Jehová y servirle con integridad y en verdad. Que esa decisión sea tan firme y valiente como la de Josué y declaremos junto con él: “yo y mi casa serviremos a Jehová.” Y que, al servir al Señor así, Él nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Una nación que tema a Jehová y le sirve con integridad y en verdad. Amén.

Leamos juntos el v.1, por favor. En el capítulo anterior vimos cómo Josué llamó a los líderes del pueblo para darles un discurso de despedida, muy probablemente en Silo, donde estaba el Tabernáculo. Pero ahora, reúne a todo el pueblo de Israel en Siquem con la misma intención: pronunciar sus últimas palabras al pueblo que había liderado fielmente durante décadas. Y todo ellos vinieron y se presentaron delante de Dios. Fíjense bien: no se presentaron delante de Josué, sino delante de Dios. De igual manera, cuando venimos los domingos a este lugar, ustedes no vienen a presentarse delante de mí o a escucharme a mí, sino delante de Dios para escuchar Su Santa Palabra. Este es el lugar que hemos escogido para congregarnos delante del Señor.

Siquem era también un lugar de enorme significado en la historia de Israel. Fue allí, junto al encino de More, donde Dios se apareció a Abraham y prometió darle esta tierra a sus descendientes (Gén. 12:6-7); y Abraham, creyendo esa promesa, edificó allí un altar a Jehová. Fue también allí donde Jacob compró una porción de terreno a los hijos de Hamor, levantó su tienda y edificó un altar al Dios verdadero, creyendo Su promesa (Gén. 33:18–20). Y fue allí, a la sombra de los montes Ebal y Gerizim, donde el pueblo renovó el pacto con Jehová según lo ordenado por Moisés: proclamando las bendiciones y las maldiciones de la ley (Jos. 8:30-35). 

Por eso, esta nueva reunión en Siquem no es casual. Tiene un propósito profundo: reconocer que el ciclo se ha completado. Las promesas de Dios a Abraham se han cumplido plenamente: levantó una gran nación de su descendencia y les entregó la tierra que les juró dar. ¡Jehová es un Dios fiel que cumple lo que promete! 

Además, en el mensaje del cap. 8 vimos que la elección de este lugar tenía también motivos prácticos: su topografía —el valle entre los montes Ebal y Gerizim— facilitaba la congregación de grandes multitudes y ofrecía una excelente acústica natural, como un anfiteatro, para que todos pudieran oír claramente el discurso. Y las palabras que oyen no son solo de Josué: son las palabras de Jehová mismo, como vemos en el v.2a. Leámoslo juntos por favor. 

Josué comienza su discurso hablando en el nombre de Jehová y, en los versículos 2b-13, les recuerda la gran gracia que el Señor les había concedido: cómo tomó a Abraham del otro lado del río, lo guio por Canaán, multiplicó su descendencia, permitió que Jacob y sus hijos fuesen a Egipto, los sacó de allí con mano poderosa, los sostuvo en el desierto, les dio victoria sobre sus enemigos ― tanto del otro lado del Jordán, como en la tierra misma de Canaán― y, finalmente, les entregó una tierra que no habían labrado y ciudades que no habían edificado. Levantando así una verdadera nación de la descendencia de Abraham, con la herencia propia que le juró y bajo el gobierno y la bendición de Dios.

¿Por qué les recordó esta maravillosa gracia de Dios? Leamos juntos nuestros versículos clave, los vv. 14-15, por favor. Ahora ellos tenían que tomar una decisión. Después de recordar la inmensa gracia recibida y Quién los sacó de Egipto, les dio la victoria sobre sus enemigos, los constituyó como pueblo y los trajo a Su reposo, ¿cómo iban a responder? ¿A quién iban a servir? ¿A Jehová, o a los dioses que sus padres Taré y Abraham sirvieron en Mesopotamia, o a los dioses de los egipcios, o a los dioses de los cananeos cuya tierra ahora habitaban?

Leamos nuevamente el v.14, por favor. Si ellos reconocían que había sido Jehová Quien había hecho todas estas cosas con ellos, ¿cómo debían responder? Debían temer a Jehová y servirle con integridad y en verdad. ¿Qué significa temer a Dios? No es tenerle miedo, aunque ciertamente Él ha demostrado ser un Dios grande y terrible que hace maravillas entre su pueblo. Temer a Jehová significa tenerle un respeto reverente profundo. Implica reconocer Quién es Él: el Dios Creador, Soberano, Santo y Todopoderoso; y quiénes somos nosotros: Sus criaturas, débiles, pecadores y absolutamente dependientes de Su gracia y misericordia cada día.

En una ocasión le preguntaron al Dr. R.C. Sproul: “Si Dios es lento para la ira y paciente, ¿por qué, cuando el hombre pecó la primera vez, Su ira y castigo fueron tan severos y duraderos?”. Él respondió con incredulidad y pasión: “¿Que el castigo de Dios a Adán fue tan severo? Este ser de polvo desafió al Dios eterno y santo. Dios había dicho: ‘El día que de él comieres, ciertamente morirás’. Y en lugar de morir ese día (thanatos), vivió otro día más, fue cubierto en su desnudez por pura gracia, y las consecuencias de la maldición se aplicaron por un tiempo considerable. Pero la peor maldición cayó sobre el que lo sedujo, cuya cabeza sería aplastada por la simiente de la mujer. ¿Y el castigo fue demasiado severo? ¡¿Qué tienen en la cabeza?! ¡Estoy hablando en serio! Quiero decir, esto es lo que está mal con la iglesia cristiana hoy: no conocemos Quién es Dios, y no conocemos quiénes somos nosotros. La pregunta real es: ¿por qué no fue infinitamente más severo? Si tuviéramos algún entendimiento de nuestro pecado y algún entendimiento de Quién es Dios. ¡Esa sería la pregunta, ¿no es así?!” 

El problema de nuestra sociedad ― y de muchos cristianos hoy en día― es que parece que se nos ha olvidado Quién es Dios y ya no le respetamos como se debe. Pecamos muy ligeramente porque no tememos a Jehová. Pensamos que en Su gracia Él siempre nos va a perdonar así sin más. Pero quien vive así no conoce realmente a Dios. El que sabe que Dios es Santo, y lo que el pecado le hizo a nuestro Señor Jesucristo —fue humillado, golpeado y sufrió una muerte tan terrible en la cruz para perdonarnos—, no puede pecar tranquilamente. Si usted peca con ligereza y después viene a darse golpes de pecho con un supuesto arrepentimiento, simplemente no conoce a Dios. El que conoce a Dios diría como José, el hijo de Jacob, cuando fue tentado: “¿cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?” (Gén. 39:9b). ¡Temed a Jehová!

¿Qué más debían hacer según el v.14a? “Servidle con integridad y en verdad”. ¿Cómo podían servir a Jehová con integridad y en verdad? Debían adorarle y obedecer sus mandamientos de todo corazón. No de forma superficial o solo para cumplir, sino con un corazón profundamente agradecido por la gracia recibida. 

Ese fue precisamente el problema de los israelitas: empezaron a obedecer los mandamientos del Señor como si siguieran las instrucciones de una receta de cocina. Simplemente hacían lo que decía el texto, pero sin integridad ni en verdad. Parecían obedecer externamente, pero su corazón estaba lejos. Por eso Jehová les reprendió por medio del profeta Isaías: “Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado” (Isa. 29:13). Y el mismo Jesús les citó este versículo a los escribas y fariseos: “Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo: Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres.” (Mat. 15:7-9).

El Señor no quiere que le sirvamos de manera superficial o solo por cumplir. Él desea que le sirvamos con integridad y en verdad. “Con integridad” significa que toda nuestra vida sirva al Señor, no solo los domingos aquí en la iglesia. Debemos adorar al Señor el miércoles en nuestras casas de la misma manera fervorosa que lo hacemos el domingo en la congregación. Y “en verdad” significa hacerlo con deseo sincero y autenticidad. No debemos practicar nuestras disciplinas espirituales como meros actos ritualistas para cumplir un deber religioso. No debemos despertarnos en la mañana y abrir con pesadez el pasaje bíblico del Pan Diario, leerlo apresuradamente, medio hojear la explicación del libro, y hacer una oración rápida allí para cumplir. Debemos despertarnos con un deseo genuino de venir delante del Señor, escuchar lo que Él nos quiere decir a través de ese pasaje y tener un tiempo de comunión de calidad con Él (aunque sea breve). Debemos meditar bien el pasaje bíblico y aplicarlo a nuestras vidas con arrepentimiento sincero cada día. 

¿Cómo nos preparamos para guardar el Día del Señor en la iglesia? Deberíamos estar emocionados desde el sábado porque vamos a venir a adorar al Señor con nuestros hermanos y a escuchar Su voz a través del mensaje. Deberíamos desde el sábado estar orando por el pastor, para que el Señor lo llene de Su Espíritu y Palabra para escribir el mensaje y predicarlo con poder. Deberíamos levantarnos temprano el domingo para alistarnos y llegar a la iglesia unos 10 o 15 minutos antes del culto para orar y preparar nuestros corazones. Estar presentes desde el inicio de la adoración, cantar juntos y buscar un encuentro personal con Dios que disponga nuestro corazón para recibir la Palabra. Especialmente quienes sirven en el culto: Presidiendo, realizando la oración representativa, leyendo el pasaje bíblico. Deberían estar aquí temprano preparando su corazón para ese privilegio de servir así al Señor. 

Cuando yo comencé a asistir a UBF en el 2004, vivía bastante lejos del Centro Bíblico. Me tomaba unos 45 minutos llegar, aunque iba en metro. Así que los domingos me levantaba entre las 6 y 7 de la mañana: Comía Pan Diario mientras me tomaba mi café, desayunaba con mi mamá, y me preparaba para salir por lo menos a las 9 am para llegar temprano a la iglesia y orar mientras escuchaba a los hermanos preparando la adoración. Más adelante, cuando me tocaba presidir, procuraba llegar aún más temprano para orar con las siervas de la oración representativa y revisar cualquier detalle del culto con el M. Juan Seo. Y lo hacía todo con gozo y un corazón fervoroso, recordando siempre la gracia preciosa que el Señor tuvo conmigo. Siempre he sentido que es un gran privilegio tener una iglesia donde servir, y todavía más que nos dé la oportunidad de hacer cualquier cosa —aunque sea limpiar u ordenar—, porque no somos dignos ni siquiera de eso. ¿Consideran ustedes esto un privilegio también? ¿Temen a Jehová? ¿Le sirven con integridad y en verdad?

¿Qué impide que temamos a Jehová y le sirvamos con integridad y en verdad? Leamos nuevamente el v.14b. ¡Quiten los ídolos de en medio de ustedes! Increíblemente, ¡los hijos de Israel tenían ídolos en medio de ellos! Aunque Jehová los había sacado de Egipto, les había dado la victoria contra sus enemigos y les había entregado sus heredades, ¡ellos seguían sirviendo a otros dioses también! Esto demostraba que no tenían verdadero temor de Dios ni le servían con integridad y en verdad, porque estaban violando el primer mandamiento que Él les había dado: “Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. No tendrás dioses ajenos delante de mí.” (Éxo. 20:2-3). 

Jehová es un Dios celoso que demanda lealtad absoluta. Él no comparte Su gloria con nada ni nadie. No puedes adorar a Jehová y a otro dios al mismo tiempo. Si lo haces, simplemente no estás adorando a Jehová de verdad. Por esa razón, Josué les manda con urgencia: “quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en Egipto; y servid a Jehová.” (v.14b).

Puede que pensemos que esto ya no aplica para nosotros hoy. Creo que ninguno de nosotros tiene estatuas o imágenes de otros dioses para adorar. Pero los ídolos no siempre son tangibles. Muchas veces los tenemos en nuestro corazón, aunque no los tengamos físicamente delante de nosotros. Cualquier cosa que compita con Dios por el primer lugar en nuestro afecto, tiempo o decisiones es un ídolo. Los ídolos modernos suelen ser el dinero, el placer, el orgullo, el éxito, la familia, la pareja, el trabajo, el entretenimiento, etc. Muchos tienden a poner estas cosas por encima de Dios sin darse cuenta. 

¿Cómo podemos saber si tenemos estos ídolos en nuestras vidas? Es muy sencillo: en el momento en que debemos tomar una decisión entre eso y Dios, y terminamos eligiendo aquello en lugar del Señor, entonces muy probablemente eso es nuestro ídolo. Algunos sirven al dios del dinero: pasan todo el tiempo trabajando para acumular más, y no apartan tiempo para Dios, para Su Palabra ni para Su obra. Otros sirven al dios del placer: buscan satisfacer sus deseos carnales, priorizan su propia comodidad y tranquilidad en este mundo, y evitan cualquier sufrimiento o sacrificio, aunque sea por la obra de Dios. Para otros, su pareja, sus amigos o su familia se convierten en su dios: no hay tiempo para servir a Jehová porque el tiempo libre lo dedican a estar con su pareja, con sus amigos o con su familia. O cuando les piden que no vengan a la iglesia, lo hacen.

Jesús mismo advirtió con claridad: “Ningún siervo puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.” (Luc. 16:13). Cuando pecamos o no cumplimos nuestros compromisos con el Señor, estamos estimando más aquel pecado o asunto, y menospreciando al Señor. Así que aquello se convierte en un ídolo para nosotros, porque lo valoramos más que a Dios.

Entonces, ellos debían tomar una decisión. Leamos nuevamente el v.15, por favor. Servir a Jehová no era fácil. Demandaba una lealtad absoluta, un gran esfuerzo consciente para guardar Sus mandamientos y muchos sacrificios. Por eso Josué les plantea: “Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis”. ‘Si les parece difícil servir a Jehová, escojan otro dios para servir’. No había espacio de negociación con el Señor. O le servías como Él demandaba, o simplemente no le servías. 

Muchos hoy en día creen que pueden adorar a Dios a su manera o conveniencia: Si hoy quiero disfrutar de un pecado, lo hago, y Él después me perdona; si hoy no voy a la iglesia por la razón que sea, Dios no está pasando asistencia, y Él conoce mi corazón. Pero esta última frase, en lugar de ser un consuelo, debería ser una advertencia para nosotros: Dios conoce nuestros corazones. Él sabe verdaderamente lo que hay dentro de nosotros. Si tenemos una lealtad absoluta hacia Él, o si —como los fariseos y escribas— le honramos solo de labios, pero nuestro corazón está lejos de Él.

Por su parte, Josué ya tenía su decisión tomada. Aunque servir a Jehová no era fácil, él declara contundentemente: “pero yo y mi casa serviremos a Jehová.” Él está poniendo la decisión delante de los israelitas: ‘Escojan a quién van a servir’. Pero, independientemente de la elección de ustedes, yo lo tengo claro: “Yo y mi casa serviremos a Jehová”.

Servir a Jehová en verdad no es fácil. Jesús mismo enseñó lo que se requería para ser Su discípulo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.” (Luc. 9:23). Negarse a sí mismo no es fácil: implica renunciar a nuestros deseos, a nuestros planes, a lo que queremos hacer, para hacer en su lugar la voluntad de Dios (y aquí podemos ver claramente el papel que juega guardar el Día del Señor). Tomar la cruz implica sacrificio y servir en la misión de Dios. Y seguir a Jesús significa imitar Su ejemplo, Su estilo de vida, vivir como Él vivió para servir a otros.

Sin embargo, esta es la única vida que merece la pena vivir. Aunque haya mucha autonegación y sacrificio, conlleva también mucho gozo y paz. Por eso dijo Jesús: “yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.” (Jua. 10:10b). Cuando vivimos en el temor de Jehová y sirviéndole con integridad y en verdad, podemos sentir un profundo gozo y un sentido de propósito que nada en este mundo puede dar. Además, estamos llenos de la esperanza bienaventurada del reino de Dios. No hay temor en nosotros de que esta vida se acabe o de que regrese Jesús, porque anhelamos Su reino. Por esta razón, declaro como Josué: “Yo y mi casa serviremos a Jehová”.

El desafío de Josué resuena también para nosotros hoy: ¿A quién vas a servir? Mi oración es que cada uno de nosotros pueda responder con sinceridad y con un compromiso auténtico y solemne delante de Dios: “Yo y mi casa serviremos a Jehová”. Que temamos a Dios, viviendo en santidad con un respeto reverente a Su Palabra y Su Presencia; y que le sirvamos con integridad y en verdad, de todo corazón para Su gloria. Y que, al amarle y servirle de esta manera, Él nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.

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