Josué 19:49 - 21:45

19:49 Y después que acabaron de repartir la tierra en heredad por sus territorios, dieron los hijos de Israel heredad a Josué hijo de Nun en medio de ellos;
19:50 según la palabra de Jehová, le dieron la ciudad que él pidió, Timnat-sera, en el monte de Efraín; y él reedificó la ciudad y habitó en ella.
19:51 Estas son las heredades que el sacerdote Eleazar, y Josué hijo de Nun, y los cabezas de los padres, entregaron por suerte en posesión a las tribus de los hijos de Israel en Silo, delante de Jehová, a la entrada del tabernáculo de reunión; y acabaron de repartir la tierra.
20:1 Habló Jehová a Josué, diciendo:
20:2 Habla a los hijos de Israel y diles: Señalaos las ciudades de refugio, de las cuales yo os hablé por medio de Moisés,
20:3 para que se acoja allí el homicida que matare a alguno por accidente y no a sabiendas; y os servirán de refugio contra el vengador de la sangre.
20:4 Y el que se acogiere a alguna de aquellas ciudades, se presentará a la puerta de la ciudad, y expondrá sus razones en oídos de los ancianos de aquella ciudad; y ellos le recibirán consigo dentro de la ciudad, y le darán lugar para que habite con ellos.
20:5 Si el vengador de la sangre le siguiere, no entregarán en su mano al homicida, por cuanto hirió a su prójimo por accidente, y no tuvo con él ninguna enemistad antes.
20:6 Y quedará en aquella ciudad hasta que comparezca en juicio delante de la congregación, y hasta la muerte del que fuere sumo sacerdote en aquel tiempo; entonces el homicida podrá volver a su ciudad y a su casa y a la ciudad de donde huyó.
20:7 Entonces señalaron a Cedes en Galilea, en el monte de Neftalí, Siquem en el monte de Efraín, y Quiriat-arba (que es Hebrón) en el monte de Judá.
20:8 Y al otro lado del Jordán al oriente de Jericó, señalaron a Beser en el desierto, en la llanura de la tribu de Rubén, Ramot en Galaad de la tribu de Gad, y Golán en Basán de la tribu de Manasés.
20:9 Estas fueron las ciudades señaladas para todos los hijos de Israel, y para el extranjero que morase entre ellos, para que se acogiese a ellas cualquiera que hiriese a alguno por accidente, a fin de que no muriese por mano del vengador de la sangre, hasta que compareciese delante de la congregación.
21:1 Los jefes de los padres de los levitas vinieron al sacerdote Eleazar, a Josué hijo de Nun y a los cabezas de los padres de las tribus de los hijos de Israel,
21:2 y les hablaron en Silo en la tierra de Canaán, diciendo: Jehová mandó por medio de Moisés que nos fuesen dadas ciudades donde habitar, con sus ejidos para nuestros ganados.
21:3 Entonces los hijos de Israel dieron de su propia herencia a los levitas, conforme al mandato de Jehová, estas ciudades con sus ejidos.
21:4 Y la suerte cayó sobre las familias de los coatitas; y los hijos de Aarón el sacerdote, que eran de los levitas, obtuvieron por suerte de la tribu de Judá, de la tribu de Simeón y de la tribu de Benjamín, trece ciudades.
21:5 Y los otros hijos de Coat obtuvieron por suerte diez ciudades de las familias de la tribu de Efraín, de la tribu de Dan y de la media tribu de Manasés.
21:6 Los hijos de Gersón obtuvieron por suerte, de las familias de la tribu de Isacar, de la tribu de Aser, de la tribu de Neftalí y de la media tribu de Manasés en Basán, trece ciudades.
21:7 Los hijos de Merari según sus familias obtuvieron de la tribu de Rubén, de la tribu de Gad y de la tribu de Zabulón, doce ciudades.
21:8 Dieron, pues, los hijos de Israel a los levitas estas ciudades con sus ejidos, por suertes, como había mandado Jehová por conducto de Moisés.
21:9 De la tribu de los hijos de Judá, y de la tribu de los hijos de Simeón, dieron estas ciudades que fueron nombradas,
21:10 las cuales obtuvieron los hijos de Aarón de las familias de Coat, de los hijos de Leví; porque para ellos fue la suerte en primer lugar.
21:11 Les dieron Quiriat-arba del padre de Anac, la cual es Hebrón, en el monte de Judá, con sus ejidos en sus contornos.
21:12 Mas el campo de la ciudad y sus aldeas dieron a Caleb hijo de Jefone, por posesión suya.
21:13 Y a los hijos del sacerdote Aarón dieron Hebrón con sus ejidos como ciudad de refugio para los homicidas; además, Libna con sus ejidos,
21:14 Jatir con sus ejidos, Estemoa con sus ejidos,
21:15 Holón con sus ejidos, Debir con sus ejidos,
21:16 Aín con sus ejidos, Juta con sus ejidos y Bet-semes con sus ejidos; nueve ciudades de estas dos tribus;
21:17 y de la tribu de Benjamín, Gabaón con sus ejidos, Geba con sus ejidos,
21:18 Anatot con sus ejidos, Almón con sus ejidos; cuatro ciudades.
21:19 Todas las ciudades de los sacerdotes hijos de Aarón son trece con sus ejidos.
21:20 Mas las familias de los hijos de Coat, levitas, los que quedaban de los hijos de Coat, recibieron por suerte ciudades de la tribu de Efraín.
21:21 Les dieron Siquem con sus ejidos, en el monte de Efraín, como ciudad de refugio para los homicidas; además, Gezer con su ejidos,
21:22 Kibsaim con sus ejidos y Bet-horón con sus ejidos; cuatro ciudades.
21:23 De la tribu de Dan, Elteque con sus ejidos, Gibetón con sus ejidos,
21:24 Ajalón con sus ejidos y Gat-rimón con sus ejidos; cuatro ciudades.
21:25 Y de la media tribu de Manasés, Taanac con sus ejidos y Gat-rimón con sus ejidos; dos ciudades.
21:26 Todas las ciudades para el resto de las familias de los hijos de Coat fueron diez con sus ejidos.
21:27 A los hijos de Gersón de las familias de los levitas, dieron de la media tribu de Manasés a Golán en Basán con sus ejidos como ciudad de refugio para los homicidas, y además, Beestera con sus ejidos; dos ciudades.
21:28 De la tribu de Isacar, Cisón con sus ejidos, Daberat con sus ejidos,
21:29 Jarmut con sus ejidos y En-ganim con sus ejidos; cuatro ciudades.
21:30 De la tribu de Aser, Miseal con sus ejidos, Abdón con sus ejidos,
21:31 Helcat con sus ejidos y Rehob con sus ejidos; cuatro ciudades.
21:32 Y de la tribu de Neftalí, Cedes en Galilea con sus ejidos como ciudad de refugio para los homicidas, y además, Hamot-dor con sus ejidos y Cartán con sus ejidos; tres ciudades.
21:33 Todas las ciudades de los gersonitas por sus familias fueron trece ciudades con sus ejidos.
21:34 Y a las familias de los hijos de Merari, levitas que quedaban, se les dio de la tribu de Zabulón, Jocneam con sus ejidos, Carta con sus ejidos,
21:35 Dimna con sus ejidos y Naalal con sus ejidos; cuatro ciudades.
21:36 Y de la tribu de Rubén, Beser con sus ejidos, Jahaza con sus ejidos,
21:37 Cademot con sus ejidos y Mefaat con sus ejidos; cuatro ciudades.
21:38 De la tribu de Gad, Ramot de Galaad con sus ejidos como ciudad de refugio para los homicidas; además, Mahanaim con sus ejidos,
21:39 Hesbón con sus ejidos y Jazer con sus ejidos; cuatro ciudades.
21:40 Todas las ciudades de los hijos de Merari por sus familias, que restaban de las familias de los levitas, fueron por sus suertes doce ciudades.
21:41 Y todas las ciudades de los levitas en medio de la posesión de los hijos de Israel, fueron cuarenta y ocho ciudades con sus ejidos.
21:42 Y estas ciudades estaban apartadas la una de la otra, cada cual con sus ejidos alrededor de ella; así fue con todas estas ciudades.
21:43 De esta manera dio Jehová a Israel toda la tierra que había jurado dar a sus padres, y la poseyeron y habitaron en ella.
21:44 Y Jehová les dio reposo alrededor, conforme a todo lo que había jurado a sus padres; y ninguno de todos sus enemigos pudo hacerles frente, porque Jehová entregó en sus manos a todos sus enemigos.
21:45 No faltó palabra de todas las buenas promesas que Jehová había hecho a la casa de Israel; todo se cumplió.

HEREDADES DE JOSUÉ Y LOS LEVITAS: JEHOVÁ CUMPLIÓ TODAS SUS PROMESAS


Buenos días. En nuestro pasaje bíblico de hoy culmina el reparto de la tierra de Canaán entre los hijos de Israel, que hemos estado aprendiendo durante meses desde el cap. 13. Los vv. 19:49-51 concluyen la distribución de todo el territorio entre las tribus, con la asignación de la heredad personal a Josué hijo de Nun, marcando el cierre de esa sección principal. Sin embargo, aún quedaba por completarse la provisión especial para los levitas: las ciudades de refugio (cap. 20) y las ciudades levíticas (cap. 21). Todo esto culmina en nuestros versículos claves, 21:43-45, donde se proclama contundentemente que Jehová cumplió absolutamente todas las promesas hechas a los patriarcas respecto a la herencia terrenal: les dio la tierra, reposo alrededor, victoria sobre los enemigos y no faltó ni una palabra de todo lo bueno que había prometido.    

Mi oración es que, a través de este mensaje, podamos contemplar la perfecta fidelidad de Dios y creer de todo corazón que Él cumplirá también Sus promesas en nuestras vidas. Que esa fe nos impulse a obedecer Su Palabra, vivir conforme a Su voluntad y ser instrumentos para que Él cumpla Su propósito de convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Amén. 

I.- La heredad de Josué (19:49-51) 

Leamos juntos el v.19:49, por favor. Después que acabaron de repartir toda la tierra de Canaán entre las tribus de Israel, ellos le dieron su heredad personal a Josué hijo de Nun. Noten cómo este pasaje bíblico presenta un paralelo en contraste a la adjudicación de la heredad a Caleb, que fue la primera. Caleb vino y reclamó la heredad que Jehová le había prometido. Josué, en cambio, esperó hasta el final para que los hijos de Israel le dieran una heredad en medio de su tribu. El paralelismo es claro e intencional.

Sin embargo, lo que más destaca aquí es que Josué esperó a que toda la tierra fuese repartida antes de recibir su propia heredad. Tuvo que esperar incluso por aquellas siete tribus negligentes que no habían venido a reclamar su heredad ― quizá, también por eso mismo las reprendió para que viniesen pronto a hacerlo. Como sea, esto muestra su humildad y su liderazgo de servicio, tal como el de nuestro Señor Jesucristo, de quien Josué sirve como tipo veterotestamentario. 

Josué pudo haber escogido una heredad al principio, al dar la suya a Caleb ― después de todo, ellos fueron los únicos dos de aquella generación a los que Jehová les prometió entrar en la tierra y poseerla (Núm. 14:24,30). O pudo haberla recibido con su tribu Efraín, cuando les tocó la suerte. Sin embargo, no fue así. Esperó hasta que todos tuviesen su herencia, y recién entonces recibió la suya. Veamos qué heredad recibió.

Leamos juntos el v.19:50, por favor. “Según la palabra de Jehová, le dieron la ciudad que él pidió, Timnat-sera”. En ninguna parte del Pentateuco leemos que Jehová haya prometido a Josué específicamente esta ciudad, ni que haya ordenado a los hijos de Israel darle la ciudad que él pidiese. Puede que esto se refiera simplemente a las palabras de Jehová que acabamos de leer en Núm. 14:24,30 donde promete que él y Caleb entrarían y heredarían la tierra. Lo cierto es que aquí se destaca que los hijos de Israel están obedeciendo la voluntad de Dios al darle a Josué la ciudad que él escogió como herencia entre sus hermanos efraimitas. 

Resulta interesante el nombre de la ciudad que Josué escogió: Timnat-sera, que significa “porción restante”. Él escogió una ciudad que quedaba disponible en medio de la heredad de sus hermanos. Además, es destacable el estado de la ciudad: estaba en ruinas, ya que él “reedificó la ciudad y habitó en ella.” (v.19:50b). Entonces, Josué no escogió la mejor ciudad en su tribu, quitándosela a alguno de sus parientes, sino que eligió una ciudad en ruinas que no había sido asignada a nadie, para reconstruirla y habitarla. Por otro lado, esta ciudad estaba cerca del Tabernáculo en Silo, a menos de 20 km, así que Josué en unas cinco horas podía hacer el viaje para servir allí.

¡Que el Señor nos ayude a tener un corazón humilde y servicial como el de Josué! Que no busquemos lo mejor para nosotros primero, ni anhelemos ser servidos, sino que, como amonesta el apóstol Pablo: “Ninguno busque su propio bien, sino el del otro.” (1Co. 10:24). Que podamos servirnos con amor los unos a los otros. Y que, al vivir de esta manera, el Señor pueda usarnos para servir con amor y sacrificio a nuestra nación y convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Amén.

Leamos ahora juntos el v. 19:51. Esta sección de la repartición del territorio de Canaán concluye con los encargados de la distribución: El sumo sacerdote Eleazar hijo de Aarón, Josué hijo de Nun y los líderes de cada tribu. El trabajo de repartir la tierra no fue individual de Josué, sino corporativo. Probablemente Eleazar echaba la suerte, Josué la asignaba y los líderes de las tribus certificaban que todo se hacía conforme a la voluntad de Jehová, todo esto frente a la puerta del Tabernáculo, delante de la presencia del Señor. 

De la misma manera, la obra de Dios en UBF Panamá no es un trabajo individual mío ni de mi familia, sino corporativo de cada uno de nosotros. Dios los ha llamado a este ministerio no solo para que reciban la Palabra, sino para que participen activamente de la misión universitaria. Medita esto: ¿Es la voluntad de Dios que estés aquí? ¿Para qué te trajo aquí? ¿Por qué no te llamó a una iglesia local cerca de tu casa? Porque Él quiere que tú participes de la misión de esta iglesia. No seamos, pues, negligentes en cumplir la voluntad de Dios y vayamos a predicar el evangelio entre los estudiantes de la Universidad de Panamá. Amén. 

II.- Las ciudades de refugio (20:1-9)

Leamos juntos los vv. 20:1-3. Después de que terminaron de repartir toda la tierra, Jehová habló a Josué, recordándole que debía señalar las ciudades de refugio que él había requerido por medio de Moisés. Estas ciudades eran una provisión misericordiosa de Dios para la vida en la Tierra Prometida, que combina Su justicia perfecta con Su gracia abundante. El derramamiento de sangre de una persona (es decir, el homicidio) clamaba por satisfacción, tal como lo estableció el Señor en el Pacto Noéico: “El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre.” (Gén. 9:6).

Así, el homicidio intencional fue claramente prohibido con el sexto mandamiento: “No matarás.” (Éxo. 20:13). El castigo también fue establecido sin ambigüedades: “El que hiriere a alguno, haciéndole así morir, él morirá.” (Éxo. 21:12). El homicida debía ser ejecutado por el vengador de la sangre, el pariente más cercano del occiso (Núm. 35:19). Pero, ¿y si el homicidio fuese involuntario? Dios también contempló esto en Éxo. 21:13: “Mas el que no pretendía herirlo, sino que Dios lo puso en sus manos, entonces yo te señalaré lugar al cual ha de huir.” Jehová prometió señalar un lugar de refugio, y lo concretó en Núm. 35:6a: “Y de las ciudades que daréis a los levitas, seis ciudades serán de refugio, las cuales daréis para que el homicida se refugie allá”. Entre las ciudades de los levitas se establecerían seis para que el homicida involuntario se refugiase allí y escapase del vengador de la sangre.

Pero, ¿cómo saber si el homicidio era involuntario? Moisés lo establece en Deu. 19:4: “Y este es el caso del homicida que huirá allí, y vivirá: aquel que hiriere a su prójimo sin intención y sin haber tenido enemistad con él anteriormente”. Entonces, el homicida involuntario era “aquel que hiriere a su prójimo sin intención y sin haber tenido enemistad con él anteriormente”. Y en Deu. 19:5 da un ejemplo de un hacha que salta accidentalmente y mata a una persona. Para estos homicidas eran las ciudades de refugio.

Leamos ahora juntos los vv. 20:4-6. Cuando alguno matare a su hermano sin intención, debía huir inmediatamente a la ciudad de refugio más cercana, antes de que el vengador de la sangre lo alcanzase y ejecutase venganza. Al llegar a la puerta de la ciudad, se presentaría ante los ancianos para exponer su caso. Si ellos determinaban que la muerte había sido accidental, lo acogían en la ciudad y le daban un lugar para vivir. Si el vengador llegaba persiguiéndolo, los ancianos debían protegerlo y no entregarlo, y el perseguidor debía regresar a su ciudad. Sin embargo, el homicida involuntario no podía salir de la ciudad sino hasta que el sumo sacerdote de ese tiempo muriese. La muerte del sumo sacerdote funcionaba como una amnistía general para todos los homicidas involuntarios quienes podrían regresar a sus ciudades, y ya el vengador de la sangre no podía matarle legítimamente sin incurrir en homicidio.

Leamos juntos los vv. 20:7-8. Las ciudades de refugio señaladas fueron: Cedes en Galilea, en el monte de Neftalí; Siquem en el monte de Efraín; y Hebrón en el monte de Judá; y al oriente del Jordán: Beser en el desierto, en la llanura de la tribu de Rubén; Ramot en Galaad de la tribu de Gad; y Golán en Basán de la tribu de Manasés. Éstas estaban ubicadas estratégicamente para que hubiese una cerca en caso de necesitarse.

Leamos ahora juntos el v.20:9, por favor. El capítulo concluye declarando que esta provisión misericordiosa era para todos sin distinciones: “para todos los hijos de Israel, y para el extranjero que morase entre ellos”. Cualquiera —israelita o forastero— podía acudir a la seguridad de las ciudades de refugio en caso de homicidio involuntario, y el vengador de la sangre debía respetar el estatus protector de la ciudad y la decisión de los ancianos. ¡Cuán sabio y lleno de gracia es nuestro Dios! ¡Aleluya!

Toda esta provisión de las ciudades de refugio y del procesamiento del homicida no intencional es un símbolo poderoso de Jesucristo. Todo pecador puede correr a Jesús para hallar refugio seguro en Él: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.” (Rom. 8:1). Así como el homicida involuntario podía confiar que su sentencia no sería ejecutada dentro de los muros de la ciudad de refugio, nosotros también estamos exentos del juicio de Dios cuando estamos en Cristo, pues, “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.” (Rom. 8:33-34). De igual manera, la amnistía por la muerte del sumo sacerdote prefigura cómo la muerte de nuestro Sumo Sacerdote eterno, Jesucristo, trae liberación total del pecado y la culpa para todo aquel que se refugia en Él. ¡Cuán magnífica es la sabiduría de nuestro maravilloso Dios!

Aunque somos culpables delante de Jehová por nuestro pecado, cuando aceptamos a Jesús como Señor y Salvador, Él nos justifica por Su muerte en la cruz. Y luego se mantiene intercediendo por nosotros delante del Padre para que se nos perdone cada vez que nos arrepentimos. Así que, te invito hoy: ven a Jesús, confiésale como Señor y Salvador. Confiesa tus pecados delante de Él con genuino arrepentimiento, y Él te perdonará, te justificará, y te dará entrada en Su reino eterno. Amén. 

III.- Las ciudades de los levitas (21:1-42) 

Leamos juntos los vv. 21:1-3, por favor. Como leímos en Núm. 35:6, las ciudades de refugio eran parte de la heredad que los hijos de Israel debían ceder a sus hermanos levitas para habitar en medio de ellos. Así que, una vez señaladas, solo faltaba asignarles las ciudades restantes. Entonces, los jefes de las familias levitas vinieron al comité de repartición de la tierra —el sumo sacerdote Eleazar, Josué y los líderes de cada tribu—para pedir que se les diese ciudades para habitar, con sus respectivos ejidos para el ganado, según lo había mandado Moisés. Si bien ya hemos aprendido que Jehová es la heredad de los levitas (Jos. 13:33), aún así, necesitaban algún lugar para vivir y criar sus familias, y pastos para su ganado. Así que los hijos de Israel cedieron voluntariamente ciudades de sus territorios para que sus hermanos levitas habitasen en medio de ellos, conforme al mandamiento de Jehová en Núm. 35:2: “Manda a los hijos de Israel que den a los levitas, de la posesión de su heredad, ciudades en que habiten; también daréis a los levitas los ejidos de esas ciudades alrededor de ellas.” 

Leamos ahora juntos los vv. 21:4-8, por favor. La asignación de las ciudades de los levitas se hace por suertes, al igual que la de los territorios de todos sus hermanos. El propósito sigue siendo subrayar que las ciudades son otorgadas según la soberana voluntad del Señor (Pro. 16:33). Leví tuvo tres hijos: Gersón, Coat y Merari. Por la divina providencia, la primera suerte cayó sobre el segundo hijo, Coat, cuya herencia se divide en dos partes: la de los hijos de Aaron (los sacerdotes) y la del resto de los coatitas. Los hijos de Aarón recibieron trece ciudades de las tribus de Judá, Simeón y Benjamín (21:4); mientras que el resto de los coatitas recibieron otras diez ciudades de las tribus de Efraín, Dan y Manasés Occidental (21:5). Esto tiene mucho sentido, porque las ciudades que recibieron estaban más cerca del santuario en Silo ― y posteriormente en Jerusalén ― y los sacerdotes hacían todo el servicio del santuario, mientras que el resto de los coatitas estaban a cargo del transporte y cuidado de los objetos más sagrados: el arca del pacto, la mesa de los panes de la proposición, el candelero, los altares, etc. (Núm. 4:4-20). 

La segunda suerte cayó sobre los gersonitas, quienes recibieron trece ciudades de las tribus de Isacar, Aser, Neftalí y Manasés Oriental (21:6). La última suerte correspondió a los meraritas que recibieron doce ciudades en los territorios de las tribus de Rubén, Gad y Zabulón (21:7). Así se completaron 48 ciudades, que incluían las seis ciudades de refugio ya descritas en el capítulo anterior y que serían la heredad terrenal de los levitas en medio de sus hermanos, según lo que mandó Jehová en Núm. 35:6-7.

Las 48 ciudades se mencionan detalladamente en el mismo orden de asignación en los vv. 21:9–41. Allí podemos notar cómo algunas tribus dieron más ciudades —como Judá con seis más las tres de Simeón dentro de su territorio— y otras dieron menos, como Neftalí que solo aportó tres. Esto cumple con la Palabra de Jehová en Núm. 35:8: “Y en cuanto a las ciudades que diereis de la heredad de los hijos de Israel, del que tiene mucho tomaréis mucho, y del que tiene poco tomaréis poco; cada uno dará de sus ciudades a los levitas según la posesión que heredará.” Y de aquí podemos extraer una preciosa lección para nosotros también: Aquel a quien el Señor le ha bendecido mucho, debe aportar o servir más. Y no estoy hablando solamente de la bendición material y de las ofrendas y diezmos, sino también de los dones y talentos que el Señor nos ha dado. El que tiene más dones y/o talentos, debe servir más con ellos, pues el Jesús mismo dijo: “porque a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá.” (Luc. 12:48). Así que, amado hermano, no seas negligente para servir con los dones y talentos que el Señor te ha dado, ya que Él te los has dado para que lo uses para Su gloria. Amén.

Por otro lado, podemos ver un interesante comentario en medio de la mención de las ciudades. Leamos juntos los vv. 21:11-12. La ciudad de Quiriat-arba (Hebrón), que Caleb había pedido y por la cual había peleado y conquistado, fue dada a los hijos de Aarón como heredad. Así, Caleb quedó solo con “el campo de la ciudad y sus aldeas” (v.12). Podríamos pensar que esto parece injusto, ya que Caleb había expulsado a los anaceos y se había ganado su derecho por promesa divina, sin embargo, este es un claro ejemplo de cómo un hombre de Dios acepta la voluntad del Señor, aunque no le sea cómoda o agradable. Oro para que en nuestra iglesia se levanten muchos Calebs que con fe sirvan la misión de Dios, y que acepten siempre con humildad la voluntad de Dios para sus vidas, aunque vaya en contra de sus planes y expectativas. Amén.

Leamos ahora juntos el v.21:42. La herencia de los levitas concluye con una característica única de ella: “Y estas ciudades estaban apartadas la una de la otra”. A diferencia de sus hermanos que tenían sus ciudades juntas, agrupadas dentro de sus territorios, las ciudades de los levitas estaban esparcidas a lo largo y ancho de todo Israel. Esto tenía un doble propósito: Primero, el cumplimiento de la profecía de Jacob en Gén. 49:5-7, donde los maldice a ser esparcidos en Israel a causa de su venganza desmedida contra los siquemitas. Y segundo, parte de las funciones de los levitas era enseñar la Ley al pueblo, así que, estando así esparcidos, cada ciudad funcionaba como un centro de educación y servicio espiritual para sus hermanos alrededor. Así Dios usó esta maldición para bendecir a Su pueblo también. 

Esparzámonos nosotros también a lo largo y ancho de la Universidad de Panamá, estableciendo estudio bíblico en Arquitectura, Ciencias, Derecho, Economía, Medicina, y aún en la sede de Llanos de Curundú. Incluso, podemos expandirnos e ir a otras universidades para llevar el mensaje del evangelio y servir con amor, de modo que el Señor nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Amén.

IV.- Jehová cumplió todas sus promesas (21:43-45) 

Leamos ahora juntos el v.21:43, por favor. Así culmina el reparto de las heredades a todos los hijos de Israel. Ahora todos tenían sus territorios y ciudades para habitar. Jehová les dio la tierra que había jurado a sus padres, tierra que fluye leche y miel, y ellos la poseyeron y habitaron en ella. Esto resume el cumplimiento de la promesa del pacto a Abraham de darle la tierra en posesión a su descendencia (Gén. 12:7). A pesar de la incredulidad, infidelidad y desobediencia del pueblo a lo largo de generaciones, Jehová cumplió Su promesa a Abraham, y poseyeron la tierra donde él, Isaac y Jacob anduvieron como peregrinos.

A lo largo del libro de Josué hemos visto cómo la conquista de la tierra y la adjudicación de los territorios no vino por la pericia militar o el ingenio de los israelitas, sino por el poder de Dios que los ayudó en cada paso. Sin la ayuda del Señor, jamás habrían llegado a conquistar la tierra de Canaán. Y Jehová no hizo esto como premio por la obediencia y fidelidad de ellos, sino por Su propia fidelidad al pacto con Abraham. De la misma manera, nuestra salvación y el cumplimiento de nuestra misión, no dependen de nuestra pericia, ingenio o disciplina espiritual, sino de la gracia soberana de Dios actuando en nuestras vidas y los méritos de Cristo. Obviamente, que nuestra obediencia, disciplina espiritual y santidad nos ayudarán a experimentar más poderosamente la presencia de Dios en nuestras vidas. Así que esto no puede ser una excusa para ser negligentes, sino que debe ser un recordatorio para humillarnos y mantenernos dependientes del Señor en todo momento, mientras ejercitamos nuestras disciplinas espirituales fielmente. Amén.

Leamos ahora juntos el v. 21:44. Dios también guardó Su Palabra de promesa al darle al pueblo reposo (Deu. 12:9-10). Si bien los cananeos no habían sido expulsados del todo, en un sentido real estaban bajo el control divino: Jehová impedía que atacaran y expulsaran a los israelitas de los territorios que les había concedido en gracia, sin representar una amenaza inmediata. Por supuesto que estos enclaves cananeos serían luego un serio problema para el pueblo, pero no porque Jehová fallara en Su promesa, sino porque el pueblo no cumplió con su responsabilidad de expulsarlos completamente.

De la misma manera, Dios nos ha hecho reposar del pecado en Cristo, pero muchas veces volvemos a caer delante de Él. No porque Jesús no nos haya perdonado ni nos haya hecho nuevas criaturas, sino porque hemos fallado en dejar que el Espíritu Santo tome el control total de nuestras vidas y en expulsar todos los hábitos pecaminosos por medio de la práctica fiel de nuestras disciplinas espirituales. Amados hermanos, sometámonos al Señor y a Su buena voluntad, y reposemos en Él. Amén.

Leamos ahora el v.21:45. ¡Qué cierre tan poderoso! ¡Jehová cumplió completamente Sus promesas para el pueblo de Israel, a pesar de la desobediencia e infidelidad de ellos! Como escribió el apóstol Pablo: “Si fuéremos infieles, él permanece fiel; Él no puede negarse a sí mismo.” (2Ti. 2:13). Nuestro Dios cumplirá fielmente Sus promesas en nuestras vidas, incluso a pesar de nosotros porque no puede negar Su propia naturaleza fiel. Esta es la confianza con la que continúo sirviendo al Señor, esperando que, a pesar de mis fallas, mi pecado, mi infidelidad para servir a las ovejas y mi negligencia para hacer Su obra, Él pueda convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. ¡Amén!

En Resumen: ¡Jehová es fiel y cumplirá Sus promesas y Su voluntad en mi vida y en nuestro ministerio! ¡Amén!

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