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Mateo 17:1-13
17:1 Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto;17:2 y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz.
17:3 Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él.
17:4 Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías.
17:5 Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd.
17:6 Al oír esto los discípulos, se postraron sobre sus rostros, y tuvieron gran temor.
17:7 Entonces Jesús se acercó y los tocó, y dijo: Levantaos, y no temáis.
17:8 Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús solo.
17:9 Cuando descendieron del monte, Jesús les mandó, diciendo: No digáis a nadie la visión, hasta que el Hijo del Hombre resucite de los muertos.
17:10 Entonces sus discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Por qué, pues, dicen los escribas que es necesario que Elías venga primero?
17:11 Respondiendo Jesús, les dijo: A la verdad, Elías viene primero, y restaurará todas las cosas.
17:12 Mas os digo que Elías ya vino, y no le conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron; así también el Hijo del Hombre padecerá de ellos.
17:13 Entonces los discípulos comprendieron que les había hablado de Juan el Bautista.
A ÉL OÍD
A ÉL OÍD
Palabra: San Mateo 17:1-13
V, Clave 17:5 “Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió y se oyó una voz desde la nube, que decía: Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd.”
La palabra de hoy es de la continuación del discipulado de Jesús. Jesús se los había llevado a Cesárea de Filipo para declararles de lo que el Cristo iba a hacer. Jesús pasaba un tiempo considerable para disciplinarlos según su propósito. En ese proceso, a Jesús le pareció que era necesario mostrarles algo de su esencia.
Con su propósito divino, tal como la palabra de hoy Jesús se los lleva a sus discípulos a un monte alto. ¿Qué sucedió allí y qué significa ese hecho tanto para los discípulos como para nosotros que vivimos hoy? Oro que Dios nos ayude a subir a ese monte para encontrarnos con Jesús.
Primero, Jesús transfigurado (1-3). Jesús les había declarado que el Cristo iba a padecer y morir en la cruz y resucitar al tercer día. Pero Pedro resistió la palabra de Jesús de la muerte. Y Jesús otra vez recalcó a todos sus discípulos que quienes quieran venir en pos de él deben negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirle a él (16:24). Jesús no se comprometió con nada en cargar su cruz. Esta declaración Jesús les habría parecido dura y difícil de comprender y recibirla por su inmadurez y debilidad espirituales. Después de todo, ¿Qué hizo Jesús con sus discípulos?
Observemos el verso 1. Seis días después de su declaración sobre su muerte y resurrección, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a su hermano Juan y los llevó aparte a un monte alto. Notamos que la Biblia menciona precisamente de ‘Seis días’ (Mr. 9:2). Esto quiere decir que este suceso quedó marcado profundamente en los corazones de los discípulos como un evento más relevante que nunca. Jesús se los llevó a un monte alto a tres discípulos; Pedro, Jacobo y Juan.
Se supone que este monte alto era el monte Hermón que estaba cerca a cesárea de Filipo (16:13). El monte Hermón es la montaña más alta de Israel, con más de 2.700 metros de altura. Sus tres picos son claramente visibles desde el Mar de Galilea, a casi 100 kilómetros de distancia. Esta montaña cubierta de nieve es también el lugar donde nace el río Jordán y su nacimiento fluye hasta el mar de Galilea.
¿Qué sucedió en ese monte alto? Vamos a leer el verso 2. “Allí se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz” Jesús se transfiguró delante de ellos; su rostro como el sol y sus vestidos hechos blancos como la luz. La gloria de Jesús como el creador fue revelada. La figura sufrida de Jesús no se podía ver más en ese momento. Su rostro manchado resplandeció como el sol y sus vestidos desgastados se hicieron blancos como la luz. La gloria de Jesús se dejó ver físicamente. Jesús como el creador del sol y la luz reveló su gloria al alcance de visión de sus discípulos con un mínimo reflejo de su gloria original. Los tres discípulos pudieron ver la gloria de Dios y la del Hijo unigénito de Dios (Jn.1:14).
Esta transfiguración no era irreal o como un sueño. En medio de su transfiguración se les aparecieron Moisés y Elías. Y hablaban con Jesús. Moisés era quien sirvió al pueblo Israel para sacarlo de la esclavitud de Egipto y conducirlos a la tierra de Canaán. Elías era un profeta que tenía un celo vivo por Dios (1R.19:10,14) quien sacó a su pueblo de Idolatría, peleando contra 850 profetas de ídolos solo. Nuestra pregunta es ¿Qué significan sus apariciones?
Moisés representa la ley de Dios (Pentateuco) y Elías los profetas. Moisés y Elías estos dos siervos de Dios son los representantes de toda Escritura. Ellos testifican que Jesús es el Cristo prometido de toda Escritura; la ley y los profetas. Jesús es el cumplimiento de todas las promesas de Dios. “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir.” (Mt. 5:17). Jesús es conclusión de ley y profecías.
Al mismo momento, significa que toda ley y todos los profetas deben traspasar su papel al camino nuevo que se construye por Jesús en Jerusalén. Jesús es quien redimirá a su pueblo de toda esclavitud del pecado y los guiará al Padre Dios una vez para siempre. La ley y los profetas aparecieron para entregar su autoridad en las manos de la autoridad verdadera y final. Así la gloria de Jesús no solo se encuentra en su divinidad física, sino también en su cumplimiento perfecta de toda la escritura.
Sobre todo, Moisés y Elías eran los siervos más sufridos entre todos los siervos de Dios. Alguna vez Moisés reclamó a Dios por su carga pesada por su pueblo rebelde y malagradecido, diciéndole. “¿Por qué has hecho mal a tu siervo? ¿y por qué no he hallado gracia en tus ojos, que has puesto la carga de todo este pueblo sobre mí? / ¿Concebí yo a todo este pueblo?” (Num. 11:11-12a) Elías decía algo parecido a la de Moisés. “Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres.” (1R.19:4).
Ellos eran los siervos tan sufridos, pero ahora estaban junto con Jesús en gloria. Según San Lucas 9:31, ellos hablaban de su partida. “quienes aparecieron rodeados de gloria, y hablaban de su partida, que iba Jesús a cumplir en Jerusalén”. Moisés y Elías hablaban, de su padecimiento y muerte en Jerusalén. Ellos presenciarían allí para consolar, animar y fortalecer el corazón de Jesús no comprendido por nadie. Tal como ellos entraron en la gloria a través de una vida sufrida por amar a Dios, Jesús también entrarían en su gloria original a través de su partida. Y los que siguen a Jesús también entrarán en la gloria de Jesús a través de una vida obediente a Dios. Para enseñar esta verdad, Jesús trajo a sus discípulos a este monte alto.
Jesús también nos lleva al monte alto para mostrarnos su divinidad. Cada conferencia y encuentro bíblico nos trasmiten su gloria viva y directa. Tal vez no podemos ver esa gloria física que se vio en el monte Hermón. Pero a través de su palabra podemos ver su gloria magnifica en vivo y directo. Esa gloria nos alienta, consuela, sana, fortalece y transforma en los hombres y las mujeres de Dios. cuando yo era un estudiante del primer año de Universidad, en nuestra iglesia había 5 conferencias significativas al año y las conferencias principales duraban hasta 5 días. La parte importante de mi transformación espiritual fue hecha de esos montes altos de la presencia de Dios.
El monte alto se establece no solo en conferencias, sino en encuentro a solas con Dios también. Cada Pan Diario, cada tiempo de oración, cada estudio bíblico uno a uno y grupal y cada pequeña reunión de iglesia también pueden convertirse en un monte alto dónde el Cristo se deja ver su gloria.
Jesús nos lleva al monte alto que cada vez que nos debilitamos, andamos caídos y frustrados por nuestros problemas personales o con algún pecado oculto. Cuando andamos perdidos sin saber qué hacer y estancados con algún problema físico o emocional o espiritual, Jesús nos lleva al monte alto para mostrarnos su gloria. Y nos manifiesta su voluntad tan divina claramente. El monte alto es dónde debemos anhelar a encontrarnos con Jesús. Ese encuentro con el Cristo nos irá cambiando poco a poco hasta llegar a la imagen gloriosa de Jesucristo. Oro que el monte alto del Cristo sea la fuente de nuestro gozo para el diario vivir.
Segundo, A él Oíd (4-13). Ante esta transfiguración de Jesús y la aparición de Moisés y Elías, ¿Cómo reaccionó Pedro? Vamos a ver el verso 4. “Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, haremos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. A Pedro le gustó el lugar de gloria y quiso establecer su morada allí. Al parecer Pedro entendió el significado de lo sucedido, ni fijo lo que hablaba Jesús con Moisés y Elías. Sin darse cuenta fue revelado el deseo profundo del corazón de Pedro; quedarse en el monte de gloria, no bajarse del monte a dónde hay las ovejas.
El corazón de Pedro es el corazón de mucho creyentes. “bueno es para nosotros que estemos aquí”. Los creyentes quieren quedarse solo en el lugar de gloria y gracia, no dónde hay las ovejas y cosas de servir. Honestamente diciendo, mi corazón es igual al de Pedro muchas veces.
¿Cuál voz se oyó a este Pedro? Leamos el verso 5. “Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió y se oyó una voz desde la nube, que decía: Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd.” Dios el Padre desde la nube decía. “Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd.” Esta palabra nos hace recordar la voz del cielo cuando Jesús fue bautizado por Juan en el Jordán. “Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.” (Mt. 3:17; Mr.1:9; Lc3:22) Las voces de ambas ocasiones son lo igual excepto la palabra “A él oíd”.
“A él Oíd”. “Oíd” ( ἀκούω(akouete) en griego) significa ‘atender, considerar, comprender, obedecer’. Dios el Padre quiere que los discípulos oyeran a Jesús; en especial lo que habló Jesús de su cruz (16:21). Jesús es el Hijo del Dios en gloria de Dios. Jesús es el Hijo amado de Dios quien complace en él en obediencia a toda escritura. Jesús hace la voluntad de Dios. A oír a este Jesús es igual al oír al Dios Padre.
Pedro, cuando había experimentado la gloria del Cristo a lo largo de su vida, recordaba su trasfiguración ocurrido en el monte alto. “Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad. / Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia. / Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo.” (1P. 1:16-18)
Nuestro deseo humano es quedarnos en el monte de gloria permanentemente. Nos hacemos otro Pedro, diciendo “Bueno es aquí, hagamos enramadas uno para ti, otro para mí”. Todo el día queremos disfrutar solo la dulzura de su gracia y hermandad relacional en iglesia. Pero una voz del cielo nos dice “a él oíd”. Dios quiere que oigamos a Jesús; le atendamos, comprendamos y obedezcamos. Especialmente que le oigamos no solamente a las palabras fáciles de oír, sino también las no tan fáciles como ‘tome su cruz y sígame’. Los que solo parecen oír no pueden llevar la gloria verdadera. Solo oír a Jesús es el camino único y seguro que uno llega a la gloria verdadera y al Padre Dios.
Toda gloria verdadera de peso tiene la marca de la cruz. Mra Sarah Berry ya tiene más de 90 años. La gloria de su juventud se le fue. Su condición física no se deja ver gloria humana. Pero cuando veo su hablar y escribir, veo esa gloria preciosa que hubo en el monte alto donde Jesús se encontraba. Ella ha venido llevando una vida de oír la voz del Cristo en la fidelidad y la gloria del Cristo se deja ver en su vida. Esta gloria vemos en todos los siervos de Dios que aman la cruz del Cristo.
Personalmente mi vida era una vida sin cruz. Mi infancia fue siempre servida por mis padres sin falta alguna. Vivía como un príncipe de ellos. Por este motivo, no había conocido de cosas de cruz y sacrificar por los demás. Mi vida era lejos de una madurez en carácter. Por no entender las heridas de otros, hablaba cosas indebidas sin darse cuenta. Esto a veces se convertía en cuestión de tristeza y angustia tanto para mí como para los demás. Ante los ojos de Dios mi vida era no tenía peso alguno. Pero cuando llegue a conocer a Jesús, él inició su obra en mí y me daba el camino de madurez verdadera mediante la cruz. Paso a paso se me dejó ver su gloria verdadera en oírle. Con tiempo, Jesús me venía ayudando a salir de esa ligereza de carácter y transformándome a ser un varón de fe en gloria suya. Gloria a Dios quien me ayudó a oír la voz de mi salvador Jesús. Oro que mi corazón siempre oiga a Jesús en gusto y obediencia, sea el camino fácil o difícil en todo momento para poder llegar esa gloria del monte alto. Amén
¿A quién oye usted para su decisión final? ¿A la voz de alguna persona cercana?
O solo ¿A la voz de su propio corazón? Los consejos de los seres queridos y amigos son necesarios para nuestros oídos. Pero para nuestra decisión final, tenemos que ir a nuestro monte alto en oración y la palabra del Cristo. Dios, desde la nube de gloria, nos manda “A él oíd”. Cuando buscamos desesperadamente una dirección correcta y socorro oportuno, nuestro Padre Dios nos dice con toda ternura y autoridad “A él Oíd”. Jesús oyó la voz del Padre hasta dar su vida en la cruz y entró en su gloria eterna. Asimismo al oír la voz del Cristo, con toda seguridad entraremos en gloria eterna día a día y por la eternidad. Amén.
En conclusión, Jesús es el Dios de gloria en su esencia y en obediencia a toda Escritura. Este Jesús nos va invitando al monte alto cada día y en cada ocasión que nos proporciona. Solo Jesús puede transformarnos al oír su voz. Oro que Dios nos dé un corazón blando y los oídos inclinados hacia su voz para que lleguemos a la gloria del monte alto dónde Jesús se transfiguró en gloria. Amén. Leamos el verso 5.
“Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió y se oyó una voz desde la nube, que decía: Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd.”
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