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Mateo 6:9-15
6:9 Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.6:10 Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.
6:11 El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.
6:12 Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.
6:13 Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.
6:14 Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial;
6:15 mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.
ORARÉIS ASÍ
ORARÉIS ASÍ
Palabra: San Mateo 6:9-15
V, clave: 6:9 “Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.”
La semana pasada aprendimos que los que oran deben orar ante Dios que ve en lo secreto, teniendo un lugar secreto y personal en su corazón (6:5-8). Y ahora Jesús enseña de qué se debe orar de lo cual llamamos ‘la Oración del Señor’ hoy en día. Para comprender mejor de esta Oración, debemos tener en cuenta de que Jesús vino a esta tierra a morir por nosotros, siendo el Rey.
La Oración del Señor nos fue dada como una mapa o un modelo para nuestra oración. Cuando oran ustedes, ¿De qué cosa están orando? ¿Cuál es su tópico de oración principal? La oración poderosa es la oración atendida y respondida por el Dios Padre. Oro que la oración del Señor sea una guía para nuestras oraciones diarias.
Primero, a quien oramos (9a). En el verso 7, Jesús había dicho así. “Y al orar no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.” Jesús enseñó que solo vanas repeticiones no tienen poder para ser oídas por Dios y que no todas las oraciones serán oídas por Dios. Jesús nos da amablemente una guía para la oración del pueblo de Dios. Vamos a leer el verso 9. “Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.” ‘Vosotros. Pues, oraréis así’. Nosotros que no somos gentiles, debemos orar como su pueblo y sus hijos. Primero Jesús invoca el nombre de quien oirá nuestra oración, es decir enseña a quien oramos.
Cuando oramos, se dirige nuestra oración no a algún ídolo inventado, ni a un ser incierto, sino un Dios real, único y verdadero. Jesús le invoca así “Padre nuestro”. El Dios a quien oramos es nuestro Padre. En el capítulo anterior, Jesús venia llamándole a Dios como ‘vuestro Padre (5:45,48; 6:1)’ y ‘tu Padre (6:4,6,18)’. Antes de venir Jesús a este mundo, En caso de salmos del antiguo Testamento, ningún salmista invocaba el nombre de Dios como el Padre, excepto un verso. “Padre de huérfanos y defensor de viudas es Dios en su santa morada.” (Salmos 68:5). Esto quiere decir que invocar el nombre de Dios como ‘Padre’ no era común o natural.
Pero Jesús nos enseña a llamar a Dios como ‘Padre nuestro’. Cuando invocamos a Dios con el nombre ‘Padre’, esto se refiere a que el Dios es el origen de nuestra vida, el cuidador, el protector, el proveedor con el amor profundo hacia nosotros. Este Padre Dios es quien nos escucha nuestra oración con los oídos atentos.
Además nuestro Dios es quien está en los cielos como “Padre celestial”. Si bien nuestro padre carnal nos ama, él es terrenal y un ser finito. Envejece, se debilita y finalmente fallece. Durante mi niñez mi padre era como un superhéroe en mi corazón. Pero en el abril pasado, pude ver mi padre acostado en cama por cáncer. Él ya no era fuerte como era antes. Solo era un padre envejecido y enfermo que necesitaba mi asistencia.
Pero nuestro Padre celestial es totalmente diferente a nuestro padre terrenal. Nuestro Dios Padre no es un ser finito, no envejece, ni se debilita, sino un Dios infinito, omnisciente y todopoderoso. Él es quien sin cambio nos ama ayer, hoy y para siempre. Siendo nuestro Padre celestial, él ve y sabe toda nuestra necesidad sin ninguna cosa que se le escape. Cuando oramos, oramos a este Padre celestial. ¿Estamos orando en esta confianza realmente?
Por esa naturaleza tan divina del Padre Dios, iniciamos bendiciéndole “santificado sea tu nombre”. La palabra ‘Santo’ (hebr. Qádós; kados) significa ‘separado, diferenciado, distinguido de lo impuro y profano’. Así iniciamos nuestra oración con confesión, bendición y toda alabanza. Cuando le llamamos y alabamos, inicia abrirse el cielo hacia nuestro orar.
Segundo, Venga su Reino (9b). Vamos a leer el verso 10. “Venga tu Reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.” Oramos a nuestro Padre celestial quien reina todo universo. No solo los cielos, sino también la tierra. “Ahora, pues, si dais oído a mi voz y guardáis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra.” (Éxodo 19:5).
Cuando Dios creó los cielos y la tierra, su reinado permanecía sobre todo. El Reino de Dios sobre la tierra era perfecto y los hombres pudieron gozarse en el huerto de Edén de su reinado perfecto. Pero su Reino y su voluntad fueron dañados por la desobediencia de la humanidad. La humanidad perdió el Reino de Dios y llegaron a construir su propio reino en la tierra desde el torre Babel y hasta ahora. Los imperios se levantaron y perecieron. Los hombres construyen constantemente su propio reino en su corazón, rebelando contra Dios y su voluntad. Perdido el Reino de Dios, todos perdieron el reinado del Padre celestial. Como su resultado, el pecado y la muerte habían reinado la humanidad y todo espíritu malo atormentaba a todos los que vivían bajo el poder del pecado. La Biblia denomina el reino del mundo como ‘las tinieblas’ (Jn 1:5).
Los hijos de Dios y toda naturaleza gimen por esperar la restauración del Reino de Dios y de cumplirse su voluntad (Rom 8:22-23). Sin la restauración del reino de Dios, no podemos encontrar la salvación verdadera en ninguna parte. Por lo tanto, debemos orar por la restauración de su Reino en la tierra y en nuestros corazones en primer lugar. “Venga tu Reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.”
Cuando Jesús dice del Reino de Dios, ya él sabía cómo venir su reino a esta tierra. Para esto Jesús vino a esta tierra. Desde el inicio de su ministerio mesiánico, su predicación fue así. “Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: «¡Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado!” (Mt 4:17) Jesús era el Dios encarnado. Su venida era la venida del Reino de Dios. cuando él echaba fuera los demonios, Jesús manifestó la venida del Reino de Dios. “Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios” (Mt 12:28).
Jesús sabía que él tendría que derramar su sangre en la cruz para restaurar el reino de Dios. Cuando enseñaba orar ‘que venga su Reino y hágase su voluntad’, netamente esta oración era dirigida para su muerte. Ahora cuando oramos así, el reino de Dios viene en nuestro corazón por medio de Jesucristo y el reino de las tinieblas se acaba. Su Reino inicia a instalar con poder en toda área de nuestra vida. En el final veremos la venida del Rey y su Reino en resplandor (Apoc 1:7). ¡¡Venga su Reino y hágase su voluntad!!
Tercero, su Reino en nuestra vida diaria (11-15). Ahora Jesús enseña cómo puede venir el Reino en la vida diaria de su pueblo.
En primer lugar, el pan de cada día. El pueblo de Dios debe ser alimentado por su Reino. Aquellos días la mayoría del pueblo eran pobres. Dia a día tenían que buscar el pan para sobrevivir, Jesús no ignoró esta realidad y alimentaba a la multitud físicamente en varias ocasiones. (Mc 6:30-44; 8:1-10).
Pero cuando Jesús enseña a orar ‘el pan de cada día’, tiene significado más profundo, real y espiritual. Aquí ‘el pan de cada día’ se refiere al pan espiritual es decir, la palabra de Dios. En esta línea, cuando Dios sacó al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto, les alimentaba con ‘Maná’ cada día en el desierto. “Jehová dijo a Moisés: —Mira, yo os haré llover pan del cielo. El pueblo saldrá y recogerá diariamente la porción de un día, para que yo lo pruebe si anda en mi ley, o no.” (Ex 16:4) “Él respondió y dijo: —Escrito está: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” (Mt 4:4) Por medio de la palabra, el pueblo de Israel pudo ser el pueblo del Reino de Dios y su presencia estaba entre ellos. Y mediante palabra, fueron cuidados y guiados hacia la tierra prometida.
Jesús vino a este mundo como el pan de vida. “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguien come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo.” (Jn 6:51) cuando comemos este pan, llegamos a Dios y su reinado. Y el reino de Dios viene en nuestro corazón por medio de Jesús y su palabra. Cada vez que oramos y vivimos su palabra en Jesús, su Reino se expande desde nuestra vida hacia nuestro alrededor.
En segundo lugar, perdonar a nuestros deudores. El reino de Dios viene por el perdón del pecado. Dios da el perdón por quien enseña esta oración. Su gracia y misericordia son grandes cada día. El perdón incondicional es el carácter de su Reino. Pero aquí, Jesús enfatiza ‘perdonar a nuestros deudores’. Vamos a leer el verso 12. “Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.” Jesús dijo que orara para que nosotros perdonamos a nuestros deudores. Jesús lo dice porque la naturaleza de los hombres tiende a no perdonar. Y hay un costo y sacrificio en perdonar. El corazón que no perdona resiste contra su Reino.
Y Jesús lo enfatiza en los versos 14 y 15. “Por tanto, si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; / pero si no perdonáis sus ofensas a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.” Queremos que Dios nos ame y nos perdone nuestro pecado incondicionalmente. Pero no hacemos lo mismo con otros. Así impedimos la llegada del Reino nosotros. Somos tan corruptos y egoístas que nos cuesta tanto en perdonar como ya sabemos. Jesús lo entiende muy bien, pero lo ve con mucha seriedad.
Al corazón que no perdona a sus ofensores, el poder y el gozo del perdón de Dios no obra en fuerza. Tampoco hay sanación sus enfermedades interiores así como físicas en tales. Solo y cuando perdonamos a nuestros deudores sin calcular, el reino de Dios llega con bendiciones prometidas.
En tercer lugar, los enemigos del Reino. últimamente debemos orar que Dios nos guarde de toda tentación y el mal. Los enemigos de Dios odian que venga el reino de Dios. Ellos realmente intentan a impedir y obstruir la venida de su Reino cuantos puedan. Aún el Hijo de Dios Jesucristo fue tentado por el Diablo, pero la venció. En verdad la tentación y el mal no tienen el poder de destruir el Reino de Dios, ni de quitar la salvación de sus hijos. Pero tienen el poder de destruir toda influencia buena de un creyente y hacerle impotente.
Siendo tan débil nosotros ante toda tentación y el mal, debemos orar que Dios nos guarde de todo aquello. Permanecidos en esta oración, el Espíritu Santo nos guarda de todo ataque del Diablo. “De igual manera, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad, pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.” (Rom 8:26) Y acabada toda batalla espiritual, en triunfo llegaremos a glorificar a Dios, “porque tuyo es el Reino, el poder y la gloria de Dios por todos los siglos”
Conclusión, Nuestro Padre celestial escucha atento a nuestra oración. Cuando oramos, debemos orar que venga su Reino y hágase su voluntad según su enseñanza. Su Reino viene en nuestra vida a través de su palabra, su perdón y su espíritu en Jesucristo. Oro que su Reino venga en nuestro corazón cada día que oramos así tal como el Señor nos enseña. Amén. Vamos a leer el verso 9.
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