Mateo 26:47-75
26:47 Mientras todavía hablaba, vino Judas, uno de los doce, y con él mucha gente con espadas y palos, de parte de los principales sacerdotes y de los ancianos del pueblo.26:48 Y el que le entregaba les había dado señal, diciendo: Al que yo besare, ése es; prendedle.
26:49 Y en seguida se acercó a Jesús y dijo: ¡Salve, Maestro! Y le besó.
26:50 Y Jesús le dijo: Amigo, ¿a qué vienes? Entonces se acercaron y echaron mano a Jesús, y le prendieron.
26:51 Pero uno de los que estaban con Jesús, extendiendo la mano, sacó su espada, e hiriendo a un siervo del sumo sacerdote, le quitó la oreja.
26:52 Entonces Jesús le dijo: Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán.
26:53 ¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?
26:54 ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?
26:55 En aquella hora dijo Jesús a la gente: ¿Como contra un ladrón habéis salido con espadas y con palos para prenderme? Cada día me sentaba con vosotros enseñando en el templo, y no me prendisteis.
26:56 Mas todo esto sucede, para que se cumplan las Escrituras de los profetas. Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron.
26:57 Los que prendieron a Jesús le llevaron al sumo sacerdote Caifás, adonde estaban reunidos los escribas y los ancianos.
26:58 Mas Pedro le seguía de lejos hasta el patio del sumo sacerdote; y entrando, se sentó con los alguaciles, para ver el fin.
26:59 Y los principales sacerdotes y los ancianos y todo el concilio, buscaban falso testimonio contra Jesús, para entregarle a la muerte,
26:60 y no lo hallaron, aunque muchos testigos falsos se presentaban. Pero al fin vinieron dos testigos falsos,
26:61 que dijeron: Este dijo: Puedo derribar el templo de Dios, y en tres días reedificarlo.
26:62 Y levantándose el sumo sacerdote, le dijo: ¿No respondes nada? ¿Qué testifican éstos contra ti?
26:63 Mas Jesús callaba. Entonces el sumo sacerdote le dijo: Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios.
26:64 Jesús le dijo: Tú lo has dicho; y además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo.
26:65 Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? He aquí, ahora mismo habéis oído su blasfemia.
26:66 ¿Qué os parece? Y respondiendo ellos, dijeron: ¡Es reo de muerte!
26:67 Entonces le escupieron en el rostro, y le dieron de puñetazos, y otros le abofeteaban,
26:68 diciendo: Profetízanos, Cristo, quién es el que te golpeó.
26:69 Pedro estaba sentado fuera en el patio; y se le acercó una criada, diciendo: Tú también estabas con Jesús el galileo.
26:70 Mas él negó delante de todos, diciendo: No sé lo que dices.
26:71 Saliendo él a la puerta, le vio otra, y dijo a los que estaban allí: También éste estaba con Jesús el nazareno.
26:72 Pero él negó otra vez con juramento: No conozco al hombre.
26:73 Un poco después, acercándose los que por allí estaban, dijeron a Pedro: Verdaderamente también tú eres de ellos, porque aun tu manera de hablar te descubre.
26:74 Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco al hombre. Y en seguida cantó el gallo.
26:75 Entonces Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había dicho: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente.
ARRESTO Y JUICIO DE JESÚS ANTE EL CONCILIO
Buenos días. Hoy comenzaremos propiamente con lo que se conoce como la Pasión de Cristo, que es la denominación convencional utilizada para englobar lo sufrimientos de Jesucristo entre la última cena y Su resurrección. En castellano moderno tendemos a usar la palabra “pasión” de forma diferente, pero según el DLE la palabra “pasión” proviene de la latina passĭo, -ōnis, siendo esta un calco de la griega πάθος, páthos, cuyo significado primario es: “padecer”. Entonces, la Pasión de Cristo hace referencia a los sufrimientos de Cristo, entre los que se incluyen: la oración en el Huerto de Getsemaní, que aprendimos la semana pasada; la traición de Judas Iscariote, Su arresto, la negación de Pedro, y Su juicio ante el concilio, que aprenderemos hoy; y lo que aprenderemos en las próximas semanas: el juicio ante Poncio Pilato y Herodes, las burlas y torturas de los soldados romanos, la presentación a la multitud y la elección de Barrabás en su lugar, Su condena a muerte, el Via Crucis, y Su crucifixión y sepultura.
Todo esto nos puede parecer un evento trágico e injusto que le ocurrió a un hombre inocente. Pero en realidad todo esto es el plan de salvación que Dios ideó desde antes de la fundación del mundo para nosotros. Puede parecernos que Dios abandonó a Jesús y dejó que le pasara esta horrible tragedia, pero ya esto había sido profetizado por Isaías: “Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.” (Isa. 53:3-5). Jesús pasó todo esto para llevar en Sí el castigo de nuestras rebeliones, para llevar nuestras enfermedades y dolores, de modo que nosotros fuésemos perdonados y sanados.
Yo oro para que podamos meditar en esto el día de hoy. Y que podamos ver el profundo significado que tienen el arresto y el juicio de Jesús ante el concilio en nuestras vidas. Y que podamos vivir con gran agradecimiento en nuestro corazón, sacrificando gozosamente nuestras vidas para servir al Señor. Y que de esta forma el Señor pueda usarnos para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación para Su gloria. Amén.
I.- Traición y arresto de Jesús (47-56)
Leamos juntos el v.47 por favor. Mientras Jesús les decía a Sus discípulos: “Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega.” (v.46), vino Judas, “uno de los doce”. La referencia de Mateo a que Judas era uno de los doce, nos habla de la gran traición que Judas estaba cometiendo. Él había sido escogido por Jesús como uno de Sus doce apóstoles entre decenas de otros discípulos. Y no solamente que lo había escogido, sino que confiaba tanto en él que le había encargado la bolsa de dinero de todos (Jua. 12:6); además, le había lavado los pies junto con los otros discípulos (Jua. 13:1-20); y comía del mismo plato que Él (vv. 23-25). Pero el amor, el servicio y las enseñanzas de Jesús no fueron suficientes para él, así que terminó traicionándolo por unas pocas monedas de plata.
Judas venía acompañado de mucha gente con espadas y palos. Los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo habían enviado con Judas a un grupo de hombres de la guardia del templo, a quienes se había unido una chusma con palos y antorchas. Aunque su propósito no era linchar a Jesús sino apresarlo, ellos estaban esperando resistencia de parte de Jesús y Sus discípulos, por eso vinieron tantos y tan armados. Con respecto a esto comenta Adam Clarke: “Ellos no venían como agentes de justicia, sino como una turba desesperada. La justicia no tenía nada que ver en este negocio. ¡El que un poco antes había sido uno de los líderes del rebaño de Cristo, ahora se ha convertido en el líder de rufianes y asesinos! ¡Qué terrible caída!”
Leamos ahora juntos los vv. 48-50. Judas acordó la señal con la cual identificaría a Jesús, un beso en la mejilla. El beso en la mejilla se consideraba un signo de afecto, amistad y cercanía. Era una manera de expresar cariño y conexión con la otra persona. Al dar un beso en la mejilla, se establecía una relación amigable y cordial. Se practicaba principalmente entre amigos cercanos o familiares. Judas podía libremente besar al Maestro por la relación tan cercana que tenía con Él. Él acordó esta señal para evitar cualquier confusión con respecto a la persona que debía ser arrestada. Imaginen la escena: en medio de la noche, en un jardín oscuro, rodeado de discípulos, parecía crítico que Judas señalara al hombre correcto. Aunque Jesús era harto conocido, si Judas no lo hubiese identificado de esa manera, podría haber cierta confusión.
Cuando llegaron a donde estaba Jesús, Judas se acercó a Él y le saludó diciendo: “¡Salve, Maestro!” Creo que no ha habido en la historia unas palabras más vacías e hipócritas que estas. Aunque era un saludo habitual entre los judíos desear salud a su interlocutor, ¡Judas finge desearle a nuestro Señor salud continua mientras lo lleva a su destrucción! Aunque, pensándolo bien, quizá sí ha habido otras palabras tan hipócritas como estas. Las de cristianos que confiesan y cantan que aman al Señor y que le obedecerán en todo, mientras están en pecado o están planeando ir a pecar después de la iglesia. ¡Dios nos libre de semejante hipocresía y traición!
Luego de sus palabras hipócritas, Judas “le besó”. Resulta interesante que la palabra que se usa para beso en el v.49 no es exactamente la misma que él dio como señal en el v.48. En el v.48 se usa la palabra griega filéo, que es la palabra común para besar. Pero en el v.49, se usa la palabra griega katafiléo que tiene un prefijo multiplicador que podría significar que le besó repetidamente o que le besó muy intensamente, ésta última parece ser la traducción más precisa. Parece ser que una vez que se acercó al Maestro y vio sus ojos de amor, Judas comenzó a sentir remordimiento por lo que estaba haciendo. Así que cuando lo besó, lo hizo con una intensidad que parecía denotar arrepentimiento. Y pareciera precisamente que la pregunta de Jesús en el v.50 era un llamado al arrepentimiento: “Amigo, ¿a qué vienes?” “Amigo, confiesa tu maldad y arrepiéntete genuinamente”. Pero Judas no hizo tal cosa. Dejó que Jesús fuese arrestado por los que venían con él. Y no fue hasta verlo condenado que se intensificó su remordimiento. Pero eso lo veremos la próxima semana.
Leamos ahora juntos los vv. 51-56. Mateo nos dice que uno de los que estaban con Jesús sacó su espada y le quitó la oreja a un siervo del sumo sacerdote. El apóstol Juan, que escribió su evangelio décadas después, nos da más detalles de este incidente: “Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó, e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Y el siervo se llamaba Malco.” (Jua. 18:10). Aquí vemos la impulsividad de Pedro en todo su esplendor, quizá no pensó que iba a tener que enfrentarse contra toda aquella turba para librar a Jesús de su destino. Además, vemos lo malo que era con la espada. Con toda seguridad él no estaba apuntando a la oreja de Malco, sino a su cabeza. Pero en lugar de cortarle la cabeza, apenas alcanzó a desprenderle la oreja derecha. Lucas nos da el detalle adicional de que Jesús sanó la oreja de Malco (Luc. 22:51). Este fue el último milagro de Jesús en vida. Aunque no sabemos más nada de Malco, aquel evento debe haber cambiado por completo su vida y debe haberlo llevado a convertirse en un seguidor de Jesús después de Su resurrección. Esa debe ser la razón por la que Juan menciona su nombre.
Luego, Jesús regaña a Pedro y le advierte contra la violencia: “todos los que tomen espada, a espada perecerán.” Debemos saber que nuestra lucha no es “contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.” (Efe. 6:12). Así que las armas y la violencia no nos ayudarán a librarnos de la persecución o la violencia de los hombres en este mundo. Solamente Dios puede librarnos si es Su voluntad. Así que, en lugar de armarnos y prepararnos para responder con violencia, armémonos con la oración y con la Palabra de Dios, y respondamos siempre con amor.
Adicionalmente, Jesús le recuerda a Pedro que Él tiene el poder para convocar a las huestes celestiales para que vengan a defenderlo, sin embargo, no lo hacía, porque era necesario que se cumpliesen las Escrituras de que Él sería entregado en manos de pecadores. Y finalmente, se dirige a la turba, quizá para apaciguar los ánimos después de aquel incidente, y les muestra la injusticia que ellos están cometiendo al venir como una chusma enardecida contra Él, en lugar de apresarle públicamente mientras enseñaba en el pueblo. No era necesario que acudiesen tantos y con espadas y palos porque Él se entregaría voluntariamente para que se cumpliesen las Escrituras. Así fue apresado Jesús. Y sus discípulos, dejándole, huyeron, tal como se los había predicho en el v.31.
No obstante, no todos ellos abandonaron por completo a Jesús. En el v.58 dice que “Pedro le seguía de lejos hasta el patio del sumo sacerdote; y entrando, se sentó con los alguaciles, para ver el fin.” Él no tuvo corazón para dejar solo a Jesús en aquella hora. Y quería saber en qué terminaría todo aquello. Pareciera que no se acordaba de las palabras de Jesús en el v.2: “y el Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado.” Todo aquello terminaría en la crucifixión de Jesús. Sin embargo, el hecho de que Pedro lo siguiese hasta allá, llevaría al cumplimiento de lo que Jesús había predicho de él. Pero eso lo veremos un poco más adelante.
II.- El juicio de Jesús ante el concilio (57-68)
Leamos juntos los vv. 57, 59. La turba que arrestó a Jesús lo llevó a la casa del sumo sacerdote Caifás. Aunque, según Jua. 18:13 pasaron primero por la casa de Anás, su suegro, el anterior sumo sacerdote. Deben haberse juntado allí algunos e irse a la casa de Caifás. Allá los estaban esperando el sumo sacerdote Caifás, los escribas, “los principales sacerdotes y los ancianos y todo el concilio” (v.59), esto sería el sanedrín. El gran sanedrín era la Corte Suprema de Israel. Estaba formado por setenta y un miembros, presidido por el sumo sacerdote. Mientras Judas lideraba la gentuza para arrestar a Jesús, ellos se reunieron en la casa del sumo sacerdote para juzgarlo aquella misma noche. El juicio debe haberse dado entre la medianoche y el primer canto del gallo, como las 3 am (v.74).
Semejante audiencia era ilegal porque los juicios criminales no debían ser tratados en la noche y los juicios de casos capitales podían ser tratados solamente en el templo y siempre en público. Pero ellos sabían que Jesús no había cometido ningún delito digno de pena de muerte, así que buscaban falso testimonio contra Él para hacerle parecer que había hecho algo que justificara la pena capital. Ellos no lo querían preso, lo querían muerto.
Leamos ahora juntos los vv. 60-63a por favor. Aunque muchos de ellos no dudaron en violar el noveno mandamiento: “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio” (Exo. 20:16), el sanedrín no pudo encontrar ningún cargo suficientemente creíble contra Jesús. Evidentemente, los “muchos testigos falsos” no pudieron ponerse de acuerdo entre sí. Los últimos dos testificaron que Jesús había dicho: “Puedo derribar el templo de Dios, y en tres días reedificarlo.” Y aunque eso podía ser una grave ofensa contra los judíos, no ameritaba la pena capital. Así que el sumo sacerdote, harto de escuchar este tipo de acusaciones por horas y de no ver ninguna respuesta de Jesús que pudiese inculparlo de alguna manera, le pregunta al Maestro: “¿No respondes nada? ¿Qué testifican éstos contra ti?” (v.62). Caifás confrontó a Jesús, actuando más como un acusador que como un juez imparcial. Y aunque el sumo sacerdote le daba la oportunidad de defenderse, “Jesús callaba” (v.63a).
Jesús sabía que todas las acusaciones eran falsas y que no valía la pena responder a ellas. Él sabía que era inocente y que los hechos le respaldaban, así que no veía la necesidad de decir nada. Conocemos la grandilocuencia de Jesús y cómo con sus palabras humillaba a todo aquel que se le enfrentara. Pero en este caso, Él no quería salir librado. Él sabía que debían cumplirse las Escritura. Y, de hecho, con esta actitud estaba cumpliendo la profecía de Isa. 53:7: “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca.”
Leamos juntos el v.63b. Exasperado por el silencio de Jesús, Caifás intenta una nueva táctica para hacerle hablar. Le dice: “Te conjuro por el Dios viviente”. Según France: “Te conjuro es una expresión rara y formal, invocando el nombre de Dios para obtener una respuesta verdadera.” MacArthur comenta: “Su propósito era obligar a Jesús, de manera legal, a responder.” Y en ese momento le hace una pregunta que Jesús no podía dejar de responder: “que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios”. Finalmente, por esta fórmula legal y por semejante pregunta, Jesús va a decir algo después de horas callado.
Leamos juntos el v.64. Jesús le respondió a Caifás “Tú lo has dicho”. Aunque no dijo directamente que Él es el Mesías, al afirmar las palabras de Caifás, lo está confirmando tácitamente. Él sabía las consecuencias que tendrían sus palabras, y quizá pudo haber hablado de forma más elocuente acerca de Su identidad, tal vez con una parábola, como solía enseñar. Pero su propósito no era defenderse ni evitar Su destino. Así que respondió lo más breve y directamente posible citando el Sal. 110:1 y Dan. 7:13, que eran claras profecías mesiánicas. Estas palabras de Jesús, además de identificarlo con el Mesías, lo igualaban a Dios al decir que lo verían “sentado a la diestra del poder de Dios”. Y les advertía también que, aunque ellos ahora se sentaban a juzgarlo, Él algún día se sentaría a juzgarlos a ellos, y con un juicio verdadero con una condena más terrible.
Además, las palabras “desde ahora” muestran que los eventos que están sucediendo aquí lo llevarán a esa posición prominente. El sufrimiento y la cruz de Jesús no fueron Su triste fin, sino Su magnífica glorificación. Del sufrimiento a la cruz, de la cruz al sepulcro, del sepulcro a la resurrección, y de la resurrección a la gloria. Sin la cruz no hubiese habido gloria. Así que la cruz fue Su glorificación. Así lo declara el apóstol Pablo: “y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.” (Flp. 2:8-11) ¡Aleluya!
Leamos ahora juntos los vv. 65-68 por favor. Al escuchar estas palabras de Jesús, “el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: ¡Ha blasfemado!” Y sería realmente una blasfemia, si no fuese verdad lo que dijo Jesús. Pero es la realidad. Ahora Él está sentado a la diestra del poder de Dios y vendrá pronto en las nubes del cielo a buscarnos. Esteban lo vio antes de su martirio: “Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios.” (Hch. 7:55-56). Pero estos hombres ciegos de celos y embriagados de codicia y de poder no lo podían ver. Todos ellos gritaron con sus alientos fétidos de mentira y arrogancia: “¡Es reo de muerte!” ¡Tú eres reo de muerte, pecador!; pero el Señor tomó tu lugar. Tú deberías ser destruido en este mismo instante por tu pecado; pero el Señor fue escupido en el rostro, apuñeteado, abofeteado y burlado, en tu lugar. ¡Bendito sea el nombre del Señor que sufrió tan terriblemente y se entregó a Sí mismo para perdonar todos nuestros pecados y darnos la vida eterna! ¡Bendito sea por siempre el amor sufrido de nuestro Señor! Amén.
III.- Pedro niega a Jesús (69-75)
Leamos juntos los vv. 69-75 por favor. Mientras Jesús era juzgado por el concilio, Pedro estaba sentado fuera en el patio, probablemente observando de alguna manera lo que ocurría. Y, mientras se calentaba al fuego en el patio, se le acercó una criada, con la acusación: “Tú también estabas con Jesús el galileo.” Seguramente por la luz del fuego, pudo ver su rostro y reconocerlo. No sabemos las intenciones de la criada. Quizá solo quería saber qué opinaba Pedro de todo lo que acontecía, o quizá buscaba congraciarse con sus amos entregándoles a uno de los seguidores de Jesús. Como sea, tampoco era que Pedro estaba bajo un juicio formal aquí. No estaba ante un tribunal hostil, ni siquiera ante una multitud enfurecida. El propio temor de Pedro hizo que unos criados en el patio fueran monstruos formidables ante sus ojos, y lo llevó a negar al Señor.
Ante la primera acusación, Pedro actuó como confuso y trató de desviar el tema: “No sé lo que dices.” (v.70). Y se escabulló hacia la puerta. Allí le vio otra criada y dijo a los que estaban allí: “También éste estaba con Jesús el nazareno.” Esta segunda vez sí negó a Jesús con juramento: “No conozco al hombre” (v.72). Aparte de que jura no conocerlo, llama a Jesús “el hombre” de forma despectiva, que podría traducirse como: “No conozco a ese tipo”. Ahora Pedro era culpable de perjurio. Uno podría pensar que después de estas dos acusaciones, Pedro haría como el resto de los discípulos e iría a esconderse. Pero él quería saber qué terminaría de suceder con Jesús, así que se queda todavía por allí.
Después de un rato, los que andaban por allí se acercaron a Pedro y le dijeron: “Verdaderamente también tú eres de ellos, porque aun tu manera de hablar te descubre”. Los galileos hablaban con acento diferente de los de Judea. Era fácil para la gente de Jerusalén reconocer cuando les hablaba un galileo. Y, entonces, al verse arrinconado y descubierto, Pedro comenzó a maldecir y a jurar: “No conozco al hombre”. Robertson dice que maldecir aquí significa que está diciendo profanidad (groserías); Sin embargo, el Comentario Beacon dice: “Esto podría interpretarse como usando palabras blasfemas. Pero lo que realmente significa es que él estaba pronunciando sobre sí las maldiciones de Dios si no les estaba diciendo la verdad. Y lanzó un juramento de que así era. Ahora se había hecho culpable de doble perjurio”. Y también coincide con esto el comentario de la Biblia del Diario Vivir: “Que Pedro haya negado a Cristo con un juramento y maldición no significa que haya empleado palabras injuriosas. Esta era la clase de juramento que uno hacía en el tribunal. Pedro juraba no conocer a Jesús y estaba invocando que se le aplicara un castigo en caso de que sus palabras fueran falsas. En otras palabras, estaba diciendo: «Que Dios me mate si no estoy diciendo la verdad».”
Como sea, vemos que la negación de Pedro iba escalando. Esto iba mostrando la depravación de su corazón. Hace unas horas, cuando Pedro afirmó tenazmente que jamás negaría a su Señor, era sincero. Pero él no conocía las profundidades de depravación de su propia alma. La experiencia de su negación a Cristo se lo reveló. Él debía prepararse a esperar, con otros, el ser llenos con el Espíritu Santo en Pentecostés para tener un corazón limpio y ser leales por completo a su Señor. Lo mismo sucede con nosotros. En los momentos de gran tentación y dificultad se revela lo que hay en nuestro corazón. Si en ese momento sale de nuestro corazón alabanza, gratitud, fe y paciencia, hemos sido claramente transformados por el poder del Espíritu Santo; pero si lo que sale es blasfemia, grosería, impaciencia y queja, entonces debemos pedir al Señor por Su Espíritu para que transforme nuestras vidas.
Después de haber traicionado a su Señor tan vilmente, el gallo cantó. Entonces Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había dicho: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente. Eran lágrimas de arrepentimiento genuino como lo demuestra lo sucesivo de su vida. Y luego Él Señor le haría resarcir el daño haciéndole confesar su amor tres veces en Jua. 21:15-17. Confesemos nuestro amor al Señor cada día. No solamente con nuestras palabras, sino particularmente con nuestras acciones; con nuestra obediencia a la Palabra de Dios. Que podamos vivir en constante arrepentimiento de nuestros pecados y amando y sirviendo a los demás por amor al Señor. Amén.
En conclusión, Jesús fue traicionado por dos de Sus discípulos, Judas que lo entregó, y Pedro que lo negó. Fue arrestado y enjuiciado frente al concilio como el peor criminal, sin haber cometido delito alguno. Y todo esto sucedió, no porque tuviese mala suerte, ni porque Dios le hubiese abandonado, sino para sufrir todas las consecuencias y el castigo de nuestros pecados en Él. ¡Por sus llagas podemos ser sanados! Yo oro para que cada uno de nosotros pueda recordar cada día esta gran gracia y amor de Jesús, y que vivamos en santidad para Dios. Cuando cometamos pecado, que nos arrepintamos genuinamente. Y que busquemos cada día obedecer la Palabra de Dios y hacer Su voluntad. Y así el Señor nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.
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P. Hugo Hurtado (VE)
( 20 de noviembre de 2020 )
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