Mateo 14:28-36

14:28 Entonces le respondió Pedro, y dijo: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.
14:29 Y él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús.
14:30 Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame!
14:31 Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?
14:32 Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento.
14:33 Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron, diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios.
14:34 Y terminada la travesía, vinieron a tierra de Genesaret.
14:35 Cuando le conocieron los hombres de aquel lugar, enviaron noticia por toda aquella tierra alrededor, y trajeron a él todos los enfermos;
14:36 y le rogaban que les dejase tocar solamente el borde de su manto; y todos los que lo tocaron, quedaron sanos.

¡HOMBRE DE POCA FE! ¿POR QUÉ DUDAS?


Buenos días. La semana pasada aprendimos que uno de los problemas de los seres humanos es la incertidumbre con la que vivimos. Esa incertidumbre hace que suframos de depresión, estrés y ansiedad. Nos gustaría saber cuáles serán exactamente las consecuencias de nuestras acciones o lo que nos depara el futuro. Pero esto es imposible para nosotros. De hecho, aunque pudiésemos tener toda la información que necesitamos para tomar una decisión, eso tampoco garantiza que vayamos a tomar la decisión correcta. Así que lo único que nos queda es actuar de la mejor manera posible con la información que tenemos y dejar el resto en las manos de Dios. Esto requiere fe.

Algunos pensamos que tenemos fe. Que confiamos realmente nuestras vidas en las manos de Dios. Pero no siempre tenemos la suficiente fe. En el mensaje de hoy veremos cómo Pedro tuvo fe para pedirle a Jesús que lo llamase a las aguas a caminar con Él y cuando Jesús lo llamó, él, de hecho, caminó sobre las aguas; pero al ver el fuerte viento dudó y se hundió. Él tuvo fe para salir de la barca, pero no tuvo suficiente fe para llegar a Jesús. Así que el Señor, después de salvarle, le regañó diciendo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?”

En contraste, también aprenderemos la fe de los hombres de Genesaret. Quienes al saber que Jesús estaba entre ellos, fueron a Él con mucha fe, creyendo que con tan solo tocar el borde del manto del Señor serían sanados. Yo oro para que nosotros tengamos una gran fe como la de ellos y que podamos venir a Jesús para ser sanados, especialmente de nuestra más terrible enfermedad, el pecado. Que tengamos la fe de Pedro para salir de la barca y caminar sobre las aguas con Jesús, pero también la de los genesarenos para llegar hasta el Señor. Amén.

I.- La poca fe de Pedro (28-33)

Leamos juntos el v.28. La semana pasada aprendimos que Jesús llegó caminando sobre las aguas del Mar de Galilea hasta cerca de la barca en la que estaban Sus discípulos, quienes habían estado remando toda la noche contra el fuerte viento y apenas habían podido cruzar la mitad del mar. Aprendimos que ellos estarían exhaustos y quizás resignados a morir en medio de aquella tempestad. Pero Jesús les dijo unas maravillosas palabras de aliento: “¡Tened ánimo; yo soy; no temáis!” Jesús quería fortalecer, consolar y animar a Sus aterrados y exhaustos discípulos para que confiaran en Él en cualquier circunstancia. Que no se enfocasen en sus problemas, por terribles que fuesen, sino que se enfocasen en Él, quien es Dios, los amaba y tenía cuidado de ellos.

Como resultado de estas grandiosas palabras de Jesús, ocurrió algo insospechado. El apóstol Pedro tuvo la osadía de decirle al Señor que si realmente era Él que le mandase a ir a Él sobre las aguas. No tenemos ni la menor idea de lo que motivó a Pedro a hacer tal petición, quizás una mezcla de cansancio, asombro e intrepidez. Pero definitivamente se requería tener fe para hacer tal petición. Guzik cita a Carson diciendo: “La prótasis de Pedro (‘si eres tú’) es una condición real, casi como ‘ya que eres tú’. La petición es audaz, pero los discípulos habían sido entrenados por un tiempo y se les había dado el poder para hacer el mismo tipo de milagros que Jesús estaba haciendo (Mat. 10:1). ¿Qué es más natural que un pescador que conocía y respetaba los peligros de Galilea quisiese seguir a Jesús en esta nueva demostración de poder sobrenatural?”. Pedro sabía que Jesús tenía el poder de hacerlo caminar sobre las aguas como Él, y quiso tener esta fantástica experiencia. 

Leamos ahora juntos el v.29. Jesús no se molestó por la osadía de Pedro, sino que entendió su corazón y lo llamó a ir a Él sobre las aguas conforme a su deseo y fe: “Ven” – Le dijo. Y lo más maravilloso fue que Pedro descendió de la barca y caminó sobre las aguas al encuentro de Su Señor. ¿Pueden imaginar esta formidable experiencia de Pedro? Me lo imagino caminando con cautela y quizás cierta torpeza, como los niños cuando están aprendiendo a caminar. Solamente hay evidencia de tres personas que caminaron sobre las aguas: Jesús, Pedro y Paco, pero solamente existe foto de Paco (chiste). En realidad, solo Jesús y Pedro han caminado sobre las aguas. Así que esta fe de Pedro es admirable. ¿Hubiesen ustedes descendido de la barca a las turbulentas aguas llenas de grandes olas por el fuerte viento? Difícilmente. Pero Pedro lo hizo. Y estuvo caminando sobre las aguas mientras tuvo puesta su mirada en Jesús. 

Sin embargo, en algún punto del trayecto quitó la mirada del Señor. Leamos juntos el v.30. Tan pronto como Pedro desvió su mirada del Señor para ver el fuerte viento que azotaba, tuvo miedo, y comenzó a hundirse porque el miedo reemplazó a la fe. ¿Cuántas veces nos hemos hundido en nuestros problemas hasta el punto de sentirnos ahogados por quitar nuestra mirada de Jesús y ponerla en nuestros problemas? La vida cristiana, al igual que andar sobre el agua, es humanamente imposible. Sólo puede vivirse mediante el poder del Espíritu Santo, puestos nuestros ojos en Jesús como nos dice Heb. 12:1-2: “corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” Entonces, esta carrera de fe debe correrse con la mirada puesta en la meta, en Jesús. Cuando desviamos la mirada, tropezamos, nos hundimos.

¿Qué hizo Pedro cuando comenzó a hundirse? Leamos nuevamente el v.30b. Oró la oración más corta que se registra en la Biblia: “¡Señor, sálvame!” Si se hubiese puesto a orar una oración más elaborada, como el Padre Nuestro, por ejemplo, se hubiese ahogado. Esta era la oración adecuada para ese momento. De la misma manera, habrá momentos en nuestras vidas en que solo podremos dar un grito de auxilio al cielo, y el Señor igualmente escuchará como lo hizo con Pedro. Pero tampoco podemos dejar que todas nuestras oraciones sean así. No debemos acudir al Señor solo en momentos desesperados con oraciones desesperadas, sino que debemos tener nuestra comunión continua con Él.  

Leamos ahora juntos el v.31 por favor. Al momento Jesús atendió a la oración de Pedro. Extendiendo la mano, le agarró y le sacó del agua. Esto sugiere que Pedro estaba al alcance de Jesús. Si hubiese tenido un poco más de fe podría haberse arrojado a los brazos del Señor en lugar de hundirse. Fíjense en la gracia y el amor del Señor. Incluso cuando Pedro falló, Jesús estaba ahí para salvarlo. Aquí aprendemos que incluso cuando fallemos al Señor, si clamamos, Él vendrá en nuestro auxilio y nos salvará. Esto me recuerda cuando me aparté de la iglesia por causa de mi pecado de deseo carnal y amor humano. Me hundí nuevamente en mi pecado, pero mientras me ahogaba, clamé nuevamente al Señor y Él acudió en mi auxilio y me condujo a UBF. Allí conocí la gracia y el amor de Dios como no lo había experimentado antes y obtuve una nueva vida en el Señor, como Pedro aquí. 

Leamos nuevamente el v.31b. Pero después de salvarle, el Señor reprendió a Pedro por su poca fe. Así es el Señor, primero nos salva y después no hace reflexionar en nuestro error. ¿Por qué Pedro dudó cuando ya estaba caminando sobre las aguas? La poca fe de Pedro lo guio a la duda y a la distracción que lo hizo hundirse. Adam Clarke comenta: “No fue la violencia de los vientos, ni el rugir de las olas, lo que puso su vida en peligro, sino su poca fe”. El problema nunca es el problema, sino que el problema es la poca fe que tenemos ante el problema. Es como si pensásemos que el problema es más grande que Dios. Charles Spurgeon escribió un hermoso enigma respecto a esto: “¿Tú sí crees, y si crees, porque dudas? ¿Si tienes fe, porque poca fe? ¿Si dudas, porque crees? ¿Y si crees, porque dudas?” Si decimos que creemos en Dios, ¿por qué dudamos de Él? Y si tenemos dudas de la identidad o del poder de Dios, ¿por qué decimos que creemos? Tengamos fe, pero no poca fe, por lo menos una fe del tamaño de un grano de mostaza que es suficiente para mover montañas (Mat. 17:20).

Honestamente, no veo razón para la duda de Pedro. Aunque generalmente decimos que la duda es racional, en realidad en el caso de Pedro, la duda es irracional. ¡Él ya estaba caminando sobre las aguas! ¡Él tenía a Jesús enfrente! ¿Por qué dudó? 
Spurgeon escribió: “Nuestras dudas son irracionales: ‘¿Por qué dudaste?’ Si hay razón para poca fe, evidentemente hay razón para una gran confianza. Si existe alguna razón para confiar en Jesús, ¿por qué no confiar en Él por completo?” Si hay alguna razón para que tengamos aunque sea poca fe, esa misma razón sirve para tener una gran fe. No confiemos solamente un poco en Dios, confiemos por completo en Él. Él tiene completo cuidado de nosotros.

Esto es mucho más fácil decirlo que hacerlo. Y yo mismo lo he experimentado en mi vida. Cuando perdí mi trabajo, yo decía que tenía fe en Dios y en Su buena voluntad para mi vida, y que mi vida está en las manos de Dios. Yo en verdad creía que tenía fe. Pero mi cuerpo me comenzó a mostrar lo contrario. La semana después de perder mi trabajo tuve varios episodios de hipertensión, un par de ellos bastante serios. Aunque yo decía que confiaba en Dios, mi cuerpo me estaba mostrando que inconscientemente estaba muy preocupado por mi futuro. ¡Qué poca fe tenemos los seres humanos! Incluso cuando decimos creer, dentro de nosotros dudamos. Lo podemos ver hasta en la vida del padre de la fe, Abraham. Él dejó su tierra y su parentela, sin saber a dónde iba, siguiendo la guía de Dios. Él le creyó al Señor y a Su promesa de que le daría un hijo. Pero después Sara y él buscaron la forma de ayudar a Dios, teniendo a Ismael, hijo Agar, sierva de Sara. Pero Dios luego le dijo que este no era el hijo de la promesa. Y en Su tiempo perfecto, cuando parecía imposible, Sara concibió de Abraham, a Isaac, el hijo de la promesa. Si tenemos fe, no tengamos poca, confiemos completamente y hasta el final, hasta llegar a Jesús.

Leamos juntos los vv. 32-33. Después de que Jesús rescató a Pedro de las aguas, caminaron juntos agarrados de la mano a la barca. Spurgeon comentó maravillado: “¡Que escena! ¡Jesús y Pedro, mano a mano, caminando sobre el mar!” Y yo pensé lo mismo al leer esto. Una vez que subieron a la barca, el viento se calmó. Ya la prueba había terminado. Los discípulos todavía necesitaban crecer en la fe. Sin embargo, toda esta experiencia les llevó a conocer a Jesús de una forma completamente nueva. Ellos confesaron que Jesús era verdaderamente el Hijo de Dios y le adoraron. Dios nos ayude también a cada uno de nosotros a reconocer a Jesús como el Hijo de Dios y adorarle. Amén.

II.- La mucha fe de los hombres de Genesaret (34-36)

Leamos juntos los vv. 34-36 por favor. Cuando el viento cesó, los discípulos pudieron finalizar la travesía con Jesús en la barca. Llegaron a un pueblo en la orilla noroccidental del Mar de Galilea, llamado Genesaret, que se encontraba en una llanura sumamente fértil que lleva el mismo nombre. Al estar cerca de Capernaum, es indudable que Jesús lo recorrió con frecuencia, así que los hombres de aquel lugar ya conocían al Señor y los milagros que hacía. Por eso cuando escucharon que Jesús andaba por allí, lo hicieron saber en toda aquella tierra alrededor. La gente entonces empezó a traer todos los enfermos a Jesús para que los sanase, pero lo curioso es que no le pidieron al Señor que pusiese sus manos sobre ellos, o que orase por ellos. Leamos nuevamente lo que hicieron.

Leamos juntos nuevamente el v.36. Los genesarenos le rogaban a Jesús que les dejase tocar solamente el borde de su manto. Los hombres judíos usaban flecos en el borde inferior de sus mantos conforme al mandato de Dios (Deu. 22:12). Entonces, lo que la gente quería tocar eran estos flecos en el manto de Jesús que se asociaban con la santidad (Mat. 23:5). Quizás ellos hacían esto de forma supersticiosa. Pensaban que los flecos del manto de Jesús tendrían poder. Pero se requiere mucha fe para llegar a pensar que por tocar el borde del manto de Jesús quedarías sano. Y efectivamente podemos leer que “todos los que lo tocaron, quedaron sanos.” Ya hemos aprendido en la historia de la mujer del flujo de sangre en Mat. 9:20-22 que es la fe la que conduce a la sanidad y no un poder místico en la ropa de Jesús. Cuando las multitudes se agolpaban alrededor de Jesús, muchos tocaban Sus ropas e incluso Su cuerpo, pero no eran sanados. La diferencia está en que tanto la mujer con el flujo de sangre como estos enfermos de Genesaret y sus alrededores tocaron el borde del manto con fe.

¿Cuánta gente asiste cada domingo a las iglesias? ¿Cuántos han escuchado el mensaje del evangelio? Pero, ¿se salvan todos? Tristemente, no. Aunque leen el mismo pasaje bíblico, aunque escuchan el mismo mensaje; algunos se salvan y otros no. ¿Por qué? Porque algunos se acercan con fe y otros no. Algunos están simplemente por curiosidad. Otros quizás con escepticismo. Otros ya con ánimos de juzgar y criticar. Acerquémonos con fe a Jesús y Él sanará todas nuestras enfermedades tanto físicas, como emocionales y espirituales, según Su santa voluntad.

Este es simplemente uno de los breves pasajes de enlace de Mateo. Son una o dos frases de la narración evangélica que se podrían pasar por alto como de poca importancia; sin embargo nos dan una gran valiosa lección. La fe de los genesarenos contrasta marcadamente con la fe de Pedro. Si bien Pedro tuvo fe para bajar de la barca y caminar algunos pasos sobre el mar, la fe no le alcanzó para llegar hasta Jesús. Por otro lado, los genesarenos tuvieron fe para rogar al Señor que les dejase tocar el borde de Su manto, y les alcanzó para obtener la sanidad que estaban buscando. 

Quizás esta gente solo veía a Jesús como un gran sanador. Pero no le reconocieron como el Hijo de Dios como hicieron los discípulos en la barca. Buscaban a Jesús para alcanzar sanidad física, pero ¿se acercaron a Él deseando la sanidad espiritual? Iban anhelando prolongar sus vidas en la tierra, pero ¿fueron también para obtener la vida eterna? La gente puede buscar a Jesús para aprender lecciones valiosas o con la esperanza de conseguir algo. Pero habremos perdido la totalidad del mensaje de Jesús si lo buscamos sólo para que cure nuestros cuerpos y no nuestras almas; si buscamos Su ayuda sólo en esta vida y pasamos por alto Su plan eterno para nosotros. Sólo cuando aceptemos a Jesús verdaderamente como el Señor de nuestras vidas, seremos realmente sanados y transformados por Su poder. Dios quiera que nos acerquemos a Jesús con fe y alcancemos la sanidad de nuestras almas, el perdón de nuestros pecados y la salvación. Amén.

Acerquémonos, pues, a Jesús con fe. Creamos realmente que Él es el Hijo de Dios con poder. Que puede hacer nuestros pies como de gacela para caminar sobre nuestros problemas y adversidades con la mirada puesta en Él. Tengamos fe en que Él puede sanarnos con Su poder al acercarnos a Él y que él puede usarnos para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y Una Nación Santa para Su gloria. Amén.

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