Mateo 13:51-58
13:51 Jesús les dijo: ¿Habéis entendido todas estas cosas? Ellos respondieron: Sí, Señor.13:52 El les dijo: Por eso todo escriba docto en el reino de los cielos es semejante a un padre de familia, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas.
13:53 Aconteció que cuando terminó Jesús estas parábolas, se fue de allí.
13:54 Y venido a su tierra, les enseñaba en la sinagoga de ellos, de tal manera que se maravillaban, y decían: ¿De dónde tiene éste esta sabiduría y estos milagros?
13:55 ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas?
13:56 ¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todas estas cosas?
13:57 Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: No hay profeta sin honra, sino en su propia tierra y en su casa.
13:58 Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad de ellos.
NO HAY PROFETA SIN HONRA SINO EN SU PROPIA TIERRA
Buenos días. Hoy aprenderemos lo que Jesús hizo cuando terminó de enseñar Sus parábolas del reino de los cielos. Primero, concluye preguntando a Sus discípulos si habían entendido Sus enseñanzas, agregando una última parábola acerca de la importancia de atesorar tanto Sus nuevas revelaciones acerca del reino de los cielos, como las que aparecen en el Antiguo Testamento. Luego, se va de allí a Nazaret para continuar con la predicación del evangelio del reino, pero allá es rechazado por Su gente quienes no pueden aceptar que Él sea el Mesías enviado por Dios porque Le conocían desde pequeño, y a Su familia también, y no les parecía que Dios pudiese usarlos de una manera tan maravillosa.
Mi oración es que a través de este mensaje nosotros podamos valorar la revelación del reino de los cielos tanto en el Nuevo como el Antiguo Testamentos, y que podamos quitar cualquier barrera que nos impida aceptar a Jesús como el Mesías, como nuestro Señor y Salvador. Además, que podamos entender el significado de las palabras del Señor cuando dijo: “No hay profeta sin honra, sino en su propia tierra y en su casa.” De modo que no nos desanimemos cuando nuestras familias no quieran aceptar el evangelio de nosotros, sino que oremos continuamente por ellos para que el Señor pueda enviar a alguien a quien sí puedan escuchar y se conviertan y se salven. Amén.
I.- Doctos en el reino de los cielos (51-52)
Leamos ahora el v.51. Según el relato de Mateo, Jesús termina Su serie de parábolas acerca del reino de los cielos preguntándoles a Sus discípulos: “¿Habéis entendido todas estas cosas?” La pregunta básicamente es si ellos habían entendido cómo es el reino de Dios. “Ellos respondieron: Sí, Señor.” Honestamente, no creo que hayan entendido completamente los misterios del reino de Dios que Jesús les reveló. Pero al menos captaron una parte y creerían haber entendido toda la enseñanza. Esto me recuerda a cuando daba clases y les preguntaba a los estudiantes si habían entendido. Ellos respondían que sí, pero luego les hacía el examen y la mayoría fracasaba. Los discípulos demostrarían una y otra vez a lo largo del ministerio de Jesús en la Tierra, que todavía no habían entendido bien el reino de Dios. Pero lo entenderían cuando recibiesen el Espíritu Santo y Éste les enseñase y recordase todas las cosas. Recién entonces empezarían a vivir como verdaderos ciudadanos del reino de Dios.
De igual manera, nosotros venimos a la iglesia y estudiamos la Biblia y creemos haberla entendido. Pero sucede muchas veces que cuando nos toca aplicar lo aprendido en nuestra vida diaria, fracasamos estrepitosamente. Esto se debe a que quizás tenemos un entendimiento intelectual de lo que la Biblia enseña, pero esto no llega a cambiar nuestra mente y corazón. Cuando estudiamos la Biblia no debemos simplemente entender intelectualmente la enseñanza, sino permitir que ésta penetre profundamente en nuestros corazones y dejar que el Espíritu Santo la haga operativa en nuestras vidas. Oremos continuamente para que la Palabra de Dios transforme nuestras mentes y corazones y que cada día podamos vivir conforme a lo que aprendemos. De manera tal que Dios sea glorificado a través de nuestras vidas. Amén.
Leamos ahora juntos el v.52. Jesús concluye estas enseñanzas con una parábola más, pero ésta ya no es una parábola acerca del reino de los cielos. En ella compara a un escriba docto en el reino de los cielos, es decir a un escriba que conoce muy bien el reino de los cielos, a un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas. Aunque en los evangelios podemos leer que los escribas estaban asociados a los fariseos para resistir a Jesús, y por eso podríamos tener una opinión negativa acerca de ellos, en realidad los escribas se encargaban de copiar y estudiar profundamente las Escrituras. Ellos eran los judíos con el conocimiento más profundo de las Escrituras. Y Jesús enseña aquí que para conocer bien el reino de los cielos, entonces hay que escudriñar en el Antiguo Testamento y en las nuevas revelaciones que Él estaba dando, estas serían las cosas viejas y las nuevas.
El problema de los escribas y fariseos es que solo interpretaban el Antiguo Testamento desde la revelación de la Ley de Moisés y desde las tradiciones de hombres que habían tergiversado el verdadero significado de las Escrituras. Pero ninguno de ellos abría su mente para recibir las enseñanzas de Jesús. Si la hubiesen abierto, verían el Antiguo Testamento desde una nueva perspectiva que les permitiría entender mejor el reino de los cielos. Podemos ver un ejemplo de esto con los judíos de la ciudad de Berea en Hch. 17:10-12: “Inmediatamente, los hermanos enviaron de noche a Pablo y a Silas hasta Berea. Y ellos, habiendo llegado, entraron en la sinagoga de los judíos. Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así. Así que creyeron muchos de ellos, y mujeres griegas de distinción, y no pocos hombres.” Los judíos en Berea recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así. Y encontraron que era verdad lo que Pablo y Silas anunciaban acerca del reino de los cielos y aceptaron a Jesús como el Mesías.
Como cristianos no debemos descartar el Antiguo Testamento. No debemos pensar que como tenemos el Nuevo Testamento, ya el otro es viejo y no sirve. Un padre de familia saca de las cosas que tiene guardadas, cosas nuevas y cosas viejas que son útiles para determinados propósitos. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento tienen enseñanzas acerca de Dios y ofrecen consejos prácticos para vivir en este mundo. Además, revelan paulatinamente el carácter de Dios y Su reino. Aunque sea más difícil de comprender, debemos continuar estudiando también el AT porque allí también tenemos instrucción y promesas de Dios para nosotros. Y para entender bien el reino de los Cielos debemos sacar enseñanzas del AT y del NT.
Por eso escribió el apóstol Pablo a Timoteo: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.” (2Ti. 3:16-17). Si queremos ser perfectos y estar enteramente preparados para toda buena obra tenemos que escudriñar toda la Escritura, desde Génesis a Apocalipsis, y ponerla en práctica en nuestras vidas. ¡Seamos como los hermanos en Berea y escudriñemos con diligencia la Palabra de Dios, escribiendo nuestro testimonio bíblico y poniendo en práctica cada día lo que aprendemos! Amén.
II.- Jesús es rechazado en Nazaret (53-58)
Leamos juntos los vv. 53-54a por favor. Jesús estaba enseñando estas cosas muy probablemente en Capernaum, y nos dice Mateo que cuando terminó de enseñar todas estas parábolas se fue de allí y vino a Su tierra. Aunque Jesús nació en Belén, Él creció en la ciudad de Sus padres, Nazaret (Mat. 2:23). Es por esto que le conocemos como Jesús Nazareno. Así que Jesús volvió a Nazaret y estaba enseñando en la sinagoga de ellos. Probablemente esta era la misma sinagoga donde había asistido para adorar y aprender las Escrituras desde muy joven hasta que se mudó de la ciudad. Así que la conocía muy bien, y los nazarenos también lo conocían a Él.
Jesús se mudó de esta ciudad cerca del inicio de Su ministerio. Lucas registra lo que sucedió allí en el capítulo 4 de su evangelio. Jesús se reveló a Sí mismo como Aquel de Quién había profetizado Isaías en Luc. 4:16-20. Y luego nos dice que: “Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira; y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle. Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue.” (Luc. 4:28-30). Ese fue el momento en el que Jesús se mudó a Capernaum y estableció allí la sede principal del Su ministerio.
Era natural que Jesús hiciera alguna visita tarde o temprano a Nazaret. Después de todo era donde se había criado. Él amaría a Su gente y querría que fuese salva también, a pesar de lo sucedido. Pero había que tener mucho valor. Probablemente ellos ya se habrían olvidado de aquel incidente, aunque no creo que Jesús lo haya olvidado. Indudablemente donde es más difícil predicar es en el lugar donde todos te conocen desde tu infancia; el lugar más difícil para que un médico ejerza su profesión es donde se le conoce desde pequeño. Es difícil que la gente confíe en tu profesionalidad, habiendo visto tus defectos desde pequeño.
Recuerdo que cuando comenzaba mi carrera como docente, fui a una entrevista en un colegio privado de Catia, la zona donde me crie. La directora de la escuela, quien me entrevistó, había sido la directora de la secundaria donde yo estudié. Fue una gran sorpresa para ambos encontrarnos en aquella entrevista. Recordarán ustedes que yo fui un joven bien rebelde, grosero y mal portado. Estuve varias veces en esa dirección siendo regañado por aquella mujer. Ella me conoció en mi peor momento. Durante la entrevista me preguntó si todavía era roquero y andaba en las mismas andanzas. Recuerdo que le contesté: “No profe. Esos eran otros tiempos. Ya he crecido y he madurado. Ahora soy cristiano y asisto a una iglesia. Y puede ver en mi currículo que incluso ya tengo experiencia como docente.” Al finalizar la entrevista, recuerdo que me dijo, en broma pero enserio: “Espero que de verdad hayas cambiado y que no te vaya a tener por aquí en la dirección como antes”. Así son las cosas con la gente que te conoce desde antes.
Pero por supuesto que Jesús no fue un adolescente problemático como yo. Él debió ser en todo tiempo una persona ejemplar. Más adelante veremos que esa no fue la crítica de los nazarenos. Pero Jesús sí que tuvo un momento muy difícil con ellos. Así que debía ser muy valiente para regresar a esta ciudad y enseñar en la sinagoga de ellos nuevamente. Quizás nosotros no lo haríamos. Pero Jesús fue a Nazaret y enseñó en la sinagoga de ellos.
Algunos de ustedes quizás se preguntarán: ¿Cómo pudo Jesús enseñar en la sinagoga? ¿Quién le autorizó para hacerlo? En el culto de la sinagoga no había una persona encargada de dar la enseñanza con carácter permanente, como lo hago yo aquí cada domingo. El encargado de la sinagoga podía pedirle que predicara a cualquier visitante distinguido que estuviera presente. E incluso cualquiera que creyera tener un mensaje se podía aventurar a darlo. Así que no había peligro de que a Jesús se Le negara el derecho de hablar. Por eso vemos que Jesús tuvo la oportunidad nuevamente de hablar a sus conciudadanos nazarenos. Veamos a continuación lo que sucedió cuando lo hizo.
Leamos juntos el v.54b. Las enseñanzas de Jesús eran tan grandiosas que todos los oyentes se maravillaban ante ellas. Ya hemos aprendido antes que “la gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.” (Mat. 7:28-29). La forma de enseñar de Jesús era muy superior a la de los escribas y fariseos porque Él enseñaba lleno del Espíritu Santo. Así que la gente se asombraba por la excelencia de Su sabiduría y por la forma en la que enseñaba. Por eso vemos aquí que se preguntaban: “¿De dónde tiene éste esta sabiduría?” La gente no podía comprender de dónde había sacado Jesús tanta sabiduría y destreza para exponer la Palabra de Dios. Ellos le conocían y sabían que Él no había ido a ninguna escuela para aprender estas cosas.
Pero no era solo la sabiduría lo que les sorprendía, sino también los milagros que Jesús estaba haciendo en medio de ellos, pues pueden ver que la pregunta completa de ellos en el v.54b es: “¿De dónde tiene éste esta sabiduría y estos milagros?” Viendo la gran sabiduría de Jesús y los milagros que Él hacía la respuesta era lógica. Nicodemo nos lo demuestra en su saludo a Jesús: “Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él.” (Jua. 3:2). La única respuesta lógica era que había venido de Dios como maestro. Pero sus coterráneos no podían creer que Jesús fuese un hombre enviado por Dios porque tenían un serio prejuicio en sus cabezas.
Leamos ahora juntos los vv. 55-56. Esta gente habría visto crecer a Jesús como una persona normal. No habrían visto en Él nada especial durante Su crecimiento. Esto nos muestra que debe haber crecido como un niño muy normal, no como en las historias ficticias dichas en libros apócrifos como “La infancia de Jesús”, por ejemplo. Además sabían que Su familia no era para nada extraordinaria. Era la familia del carpintero simplemente. Jesús debió haber crecido aprendiendo el oficio de José. Él no había ido a estudiar con ningún rabino famoso como para tener esta gran sabiduría. Su familia era completamente ordinaria: Un padre que era carpintero, José, que muy probablemente ya habría muerto; Su madre llamada María; Sus hermanos, hijos de José y María, Jacobo, José, Simón y Judas. Y tenía además varias hermanas. Era una más de la familias que habitaban aquella pequeña ciudad.
Así que la gente no podía entender, “¿De dónde, pues, tiene éste todas estas cosas?” De donde sacó esa sabiduría y el poder para hacer esos milagros. Como les dije antes, la respuesta es lógica: Tenía que ser Dios obrando a través de Él. Pero ellos no podían concebir que nadie que hubiera vivido entre ellos tuviera estas cosas. Así que veamos a continuación cómo reaccionaron.
Leamos juntos el v.57a: “Y se escandalizaban de él.” Esta palabra ya la hemos aprendido antes: skandalizo, “tropezar”. Se usa siempre metafóricamente en el NT para designar aquello que estorba al correcto proceder o pensar. A los nazarenos les estorbaba, les hacía tropezar, lo que conocían de Jesús para aceptar que Él es el Mesías. Es decir, ellos no podían aceptar que Jesús es el Mesías porque les estorbaba en sus mentes el pensamiento de que era simplemente el hijo de un carpintero. Así que no aceptaron a Jesús como el Mesías por este pensamiento. De esa manera ellos levantaron barreras que les impidieron que Jesús ejerciera ninguna influencia en ellos.
Hoy en día muchos también tienen barreras levantadas que les impiden aceptar que Jesús es el Mesías. Algunos tienen barreras religiosas, como los judíos y los musulmanes que se niegan a creer que Jesús es el Mesías. Otros tienen barreras intelectuales, pues piensan que ser cristiano es renunciar a toda lógica. Otros tienen barreras emocionales, como los que han sufrido abusos o abandono y piensan que no puede existir un Dios amoroso que permita estas cosas en el mundo. Otros tienen el orgullo como barrera, pues piensan que ellos están bien con Dios y no quieren arrepentirse de sus pecados y aceptar a Jesús. No podemos hacer más que orar por ellos y seguir dándoles la Palabra y sirviéndoles con amor hasta que el Señor algún día pueda derribar esas barreras y transformar sus vidas. Amén.
Lamentablemente, las barreras de los nazarenos eran muy altas y fuertes, y Jesús lo sabía. Leamos juntos el v.57b. “No hay profeta sin honra, sino en su propia tierra y en su casa.” Hoy en día tenemos un refrán similar que se deriva de este mismo: “Nadie es profeta en su propia tierra”. Con esto nos referimos a que tenemos muy poca o ninguna influencia sobre nuestra familia, especialmente sobre nuestros ancestros, es decir, padres, tíos, abuelos, etc. Y eso fue precisamente lo que Jesús quiso decir aquí. Él no estaba teniendo ninguna influencia sobre Sus conciudadanos nazarenos, y ni siquiera sobre Su familia, pues sus prejuicios eran demasiado fuertes. Sus hermanos no creían en Él (Jua. 7:5) y creían que se había vuelto loco (Mar. 3:21). Así que Jesús les plantea este refrán para mostrarles la razón por la que ellos no creían en Él.
¡Imagínense! Si Jesús no pudo convencer a Su propia familia y vecinos de que Él era el Mesías, ¿qué quedará para nosotros? Generalmente, es muy difícil que nuestra familia y aquellos con los que nos hemos criados acepten a Jesús como su Salvador por nuestra predicación y/o testimonio. Y esto no es necesariamente porque estemos dando mal testimonio (que si es el caso, entonces no aplica este refrán, sino que tenemos que arrepentirnos y dar buen testimonio), sino porque ellos nos conocen bien y no nos respetan lo suficiente como para considerar seriamente lo que les decimos o la forma en la que nos comportamos. Así que no se desanimen si sus padres, abuelos, tíos, primos o hermanos no aceptan su predicación y/o testimonio, recuerden que nadie es profeta en su propia tierra y oren para que el Señor envíe a alguien que ellos puedan escuchar.
A mí me pasó esto con mi mamá. Durante más de 10 años la invité a la iglesia, le hablaba la Palabra, le daba estudio bíblico. Ella pudo ver la forma maravillosa en la que Dios cambió mi vida y se alegró mucho por ello. Pero ella tenía barreras para aceptar a Jesús y acompañarme a la iglesia. Y ella misma me lo decía. Cuando me vine como misionero a Panamá, ella todavía no había aceptado a Jesús como su Salvador. Honestamente, eso me tenía un poco triste porque yo estaría lejos y no podría seguir predicándole e invitándola. Pero yo le oraba al Señor para que le diese el don del arrepentimiento y la salvación. Y estando aquí en Panamá recibí la grandiosa noticia de que mi mamá había aceptado la invitación de una amiga a la iglesia y había aceptado a Jesús como su Señor. Luego también se bautizó, y hoy continúa sirviendo en la iglesia junto con mi hermano. ¡Su vida cambió completamente! Por eso les digo que no deben desanimarse si todavía sus familias no aceptan a Jesús, sigan dando su buen testimonio, predicándoles el evangelio y orando por ellos. El Señor les salvará si está dentro de Su voluntad. Amén.
Jesús no siguió intentando convencer a los nazarenos ni a Su propia familia. Él sabía que solo Dios por medio del Espíritu Santo podría convencerles. Así que les dijo este refrán para llamarlos a la reflexión, “Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad de ellos.” (v.58) Sin embargo, después de Su muerte y resurrección, Sus hermanos también creyeron en Él como testifica Hch. 1:14: “Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos.” María y los hermanos de Jesús oraban en el aposento alto junto con los discípulos del Señor. Así que ellos estarían allí el día de Pentecostés cuando el Espíritu Santo descendió y comenzó la era de la iglesia. Jacobo, el hermano del Señor, se convertiría también en apóstol (Gal. 1:19) y sería el líder de la iglesia de Jerusalén (Hch. 12:17; 15:13; Gál. 2:9). Además, escribió la epístola de Santiago. Y Judas, hermano del Señor, escribió la epístola de Judas (Jud. 1:1). Por eso les digo que no deben desanimarse sino seguir orando por sus familias y seguir dando buen testimonio.
Amados hermanos, escudriñemos las Escrituras con diligencia y vivamos conforme a ellas cada día. Sigamos predicando el evangelio cada día a los que nos rodean, dando buen testimonio también. Y de esa manera Dios nos usará para derribar toda barrera y convertir a Panamá en un reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Y salvará también a nuestras familias según Su Divino propósito. Amén.
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P. Hugo Hurtado (VE)
( 20 de noviembre de 2020 )
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