Mateo 13:18-23

13:18 Oíd, pues, vosotros la parábola del sembrador:
13:19 Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino.
13:20 Y el que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo;
13:21 pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza.
13:22 El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa.
13:23 Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno.

LA PARÁBOLA DEL SEMBRADOR (II): BUENA TIERRA QUE DA MUCHO FRUTO


Buenos días. La semana pasada comenzamos a aprender esta preciosa Parábola del Sembrador. En ese primer mensaje comprendimos mejor el cuadro que se nos dibuja en la parábola y el significado de las palabras del v.9: “El que tiene oídos para oír, oiga.” Aprendimos que solamente los que tienen “oídos para oír”, los que tienen verdadero deseo espiritual, los que tienen hambre por comprender las Palabras de Jesús, son los que realmente reciben y obedecen la Palabra de Dios. Y que solamente a ellos les es dado conocer los misterios del reino de Dios. Aprendimos también que necesitamos tener oídos para oír como los discípulos de Jesús; que necesitamos tener verdadero deseo espiritual para poder comprender y aplicar la Palabra de Dios cada día de nuestras vidas. Y que si tenemos gran deseo espiritual y meditamos profundamente la Palabra de Dios, escribiendo testimonio bíblico y aplicando la Palabra en nuestra vida diaria, podremos crecer para ser verdaderos discípulos de Jesús y maestros bíblicos. Yo oro para que cada uno de nosotros tengamos oídos para oír toda la Palabra de Dios, y que podamos vivir como verdaderos discípulos de Jesús en nuestra generación, obedeciendo la Palabra cada día de nuestras vidas y glorificando a Dios con nuestras vidas. Amén.

A través del mensaje de hoy aprenderemos el significado de la Parábola del Sembrador según la explicación del propio Jesús. Veremos el significado espiritual de cada uno de los elementos de la parábola y qué relación tienen con nosotros. Yo oro para que podamos tener los oídos espirituales atentos para captar la explicación del Señor, y que podamos evaluar bien nuestras vidas para identificar qué tipo de tierra son nuestros corazones, arrepintiéndonos y preparando nuestros corazones para que sean buena tierra que dan mucho fruto para el Señor. Amén.

Leamos juntos el v.18 por favor. Como los discípulos de Jesús tuvieron el deseo espiritual para indagar el significado de Sus palabras, el Señor les concedió la gracia de la explicación de la parábola. Como aprendimos la semana pasada, si tenemos el deseo espiritual para escudriñar las Escrituras y pedirle al Señor que nos muestre el significado, Él puede revelarnos Su Palabra y aquello de que necesitamos arrepentirnos para poder aplicar la Palabra a nuestras vidas. Meditemos, pues, la Palabra con gran deseo espiritual y con corazón humilde buscando la voluntad de Dios. Amén.

Leamos ahora juntos el v.19 por favor. La explicación de Jesús es tan simple y directa como la propia parábola. Aunque la llamamos “La Parábola del Sembrador” en realidad esta es “La Parábola de los Cuatro Terrenos”. El punto central de la parábola no está en el sembrador ni la semilla, sino en los cuatro tipos de terreno en los que caen las semillas. No se puede obtener la esencia de esta parábola sin entender el significado de cada uno de los terrenos. Sin embargo, antes de entrar con la interpretación de los terrenos, haríamos bien en entender el significado del sembrador y de la semilla.

Mateo es muy breve y directo en cuanto a la narración e interpretación de las parábolas, en cambio Lucas nos da muchos más detalles que nos ayudan a entender mejor. Pueden ver que aquí en el v.19 Mateo explica directamente el terreno. Pero Luc. 8:11 comienza la interpretación de la parábola dándonos el significado de la semilla: “La semilla es la palabra de Dios.” La semilla entonces representa la Palabra de Dios, o como dice Mateo: “la palabra del reino”, esto es, el mensaje del evangelio, las buenas noticias de la llegada del reino de Dios.

Por otro lado, ni Lucas ni Mateo identifican al sembrador propiamente. Algunos piensan que representa a Cristo mismo, porque cuando Jesús explicó la parábola de la cizaña, Él dijo: “El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre” (Mat. 13.37). Pero estas son diferentes parábolas y las figuras del lenguaje no son las mismas. Una regla importante a tener en cuenta en la interpretación de las parábolas es no mezclar los detalles. Por ejemplo, en la parábola del sembrador se nos dice expresamente que la semilla representa la Palabra de Dios como acabamos de ver en Luc. 8:11, pero en la parábola de la cizaña la buena semilla representa a “los hijos del reino” (v.38). Así que debemos tener cuidado de no mezclar el simbolismo de las parábolas.

El sembrador de la parábola no se identifica porque su identidad no es lo más importante. Él representa a cualquier persona que distribuye la semilla. El sembrador es todo aquel que proclama la Palabra de Dios, ya sea mediante la predicación, el evangelismo personal, mediante el testimonio personal o de cualquier otra forma. En ese momento era Jesús, pero hoy en día cualquiera de nosotros podría ser el sembrador.

Pero como les dije antes, el mensaje de la parábola tiene que ver con los terrenos. Así que lo más importante será identificar qué significa el terreno. El terreno representa el corazón humano, es decir el asiento de los pensamientos y emociones, lo que hoy llamamos “mente”. De modo que la parábola destaca cuatro tipos diferentes de corazones con diversos grados de receptividad. Luc. 8:12 da una prueba irrefutable de que el terreno de la parábola representa el corazón humano: “Y los de junto al camino son los que oyen, y luego viene el diablo y quita de su corazón la palabra, para que no crean y se salven”. La semilla de la palabra cae en el terreno del corazón. El corazón es donde la semilla de la Palabra de Dios debe quedar retenida como dice Luc. 8:15: “Mas la que cayó en buena tierra, éstos son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y dan fruto con perseverancia.”

Entonces, el tema de la parábola es la receptividad de los corazones al oír la Palabra de Dios. Cada tipo de terreno representa un nivel diferente de receptividad. Lo que hace diferente una tierra de otra, un corazón de otro, son las condiciones que tienen para recibir la Palabra de Dios. De esto dependerá si dan fruto o no. No tiene nada que ver con la habilidad del sembrador o la calidad de la semilla. La semilla es perfecta y eternamente inmutable. El sembrador hace su mejor esfuerzo por esparcir la semilla. Todo dependerá del corazón en el que caiga esa semilla. Y eso es lo que necesitamos evaluar, ¿qué tipo de terreno es mi corazón? ¿Cuán receptivo es mi corazón a la Palabra de Dios? ¿Cuán preparado estoy para recibir el mensaje del evangelio y qué voy a hacer cuando lo reciba?

Primero, el corazón duro de junto al camino. Leamos juntos nuevamente el v.19. Ya hemos aprendido la semana pasada que el terreno junto al camino es duro y seco, impenetrable para la semilla que se queda en su superficie. Esto representa a un corazón duro que se resiste a recibir la Palabra de Dios. La incredulidad, el orgullo y el amor al pecado hacen que el corazón se endurezca, e impide que la verdad contenida en la Palabra de Dios pueda penetrar. La persona que tiene el corazón como la tierra junto al camino, oye el mensaje del evangelio, pero no entiende que es un pecador y necesita con urgencia de un Salvador. No puede ver la gracia maravillosa que Dios nos ha dado en Jesucristo quien murió por nuestros pecados. No puede ver su necesidad de arrepentimiento.

Los que tienen el corazón duro de junto al camino, cuestionan la veracidad de la Palabra de Dios. Se niegan a aceptar que llevan un estilo de vida pecaminoso. Piensan que la Palabra de Dios es obsoleta y manipulada por los hombres. Su corazón es una vía pública por la que transitan  toda suerte de filosofías y pensamientos pecaminosos que cada vez lo endurecen más. Su corazón nunca es arado por la convicción. Nunca se cultiva con algún tipo de búsqueda de sí mismo, examen de conciencia, evaluación honesta de culpa o arrepentimiento verdadero. El corazón está tan endurecido, que no reacciona a la dulce atracción de la gracia, ni a los tremendos terrores del juicio. La indiferencia, la insensibilidad y el amor por el pecado hacen que el corazón de esta persona sea duro, seco e impenetrable.

Y no crean que estoy hablando aquí del corazón de los ateos nada más. También podríamos estar hablando del corazón de un religioso. Una persona que vive en pecado, pero cuyo corazón no acepta la reprensión de la Palabra. Jesús mismo está hablando aquí a los fariseos y maestros de la Ley. Ellos acababan de blasfemar contra el Espíritu Santo, separándose ellos mismos de la gracia por completo. El pecado de ellos ejemplifica el máximo grado de dureza de corazón. Que Dios nos guarde de endurecer nuestro corazón de tal manera que la Palabra de Dios no pueda penetrar para mostrarnos nuestro pecado.

Jesús afirma que los corazones así endurecidos están por completo a merced del maligno. Leamos nuevamente el v.19b. ¿Cómo el diablo arrebata la Palabra de Dios de un corazón? Él tiene muchas estratagemas y no deberíamos ignorarlas. No siempre Satanás y sus obras son flagrantemente diabólicas. El diablo utiliza el engaño. Él “es mentiroso, y padre de mentira” (Jua. 8:44). Se transforma a sí mismo y a sus siervos para parecer ángeles de luz y ministros de justicia (2Co. 11:14–15). Confunde a la gente mediante falsos maestros que vienen en nombre de Cristo, pero sutilmente atacan o menoscaban la verdad del evangelio. También utiliza las pasiones humanas pecaminosas: el temor a lo que puedan pensar los demás, el orgullo, el prejuicio, etc. Usa cualquier estratagema para desviar la mente de la verdad de la Palabra, despojándole de esa verdad de la conciencia de la persona.

La única esperanza para este tipo de corazón es el quebrantamiento espiritual. Que Dios en Su misericordia de alguna manera abra algún surquito a través del cual la Palabra de Dios pueda penetrar. Lo único que podemos hacer por aquellos que tienen el corazón duro de junto el camino es orar continuamente por ellos con lágrimas en nuestros ojos para que el Señor les conceda el don del arrepentimiento.

Segundo, el corazón superficial de pedregales. Leamos juntos los vv. 20-21. Recordemos que los pedregales son una delgada capa de tierra sobre un estrato de roca. Este tipo de terreno representa a una persona de corazón poco profundo que responde de inmediato al mensaje del evangelio, pero que solo lo hace de forma superficial. Recordemos que la planta en este terreno brotó pronto porque no tenía profundidad de raíz. Sin raíces profundas una planta no puede vivir mucho tiempo en un clima seco. Crece verde y frondosa con rapidez, pero muere con la misma rapidez, antes de alcanzar la madurez para dar fruto. Este crecimiento es inútil e infructífero. Así son los que responden superficialmente al mensaje del evangelio.

Ellos parecen receptivos. Muestran un gran interés. Jesús dice que reciben la Palabra con gozo (v.20). Se entusiasman con ella. Pero todo el gozo queda opacado por el hecho de que no tienen raíz. Puede que crezcan por algún tiempo, pero eventualmente se apartan del camino de la fe porque no están arraigados en la Palabra de Dios. Aunque les gusta la Palabra, se emocionan con ella, cuando llega el tiempo de la prueba o de la aflicción por causa de la Palabra, tropiezan y se apartan. 

Cada persona que responde positivamente a la Palabra de Dios se enfrentará en algún momento a alguna aflicción o persecución a causa de la Palabra. Alguien cuestionará la veracidad de su fe, alguien le insultará o se apartará de ese nuevo creyente a causa de su fe; quizás lo despidan por haberse convertido en cristiano; o pase algún tipo de aflicción por su nuevo estilo de vida. En ese momento vendrá el pensamiento de que se estaba mejor antes de recibir la Palabra. Vendrán las dudas de por qué acepté la Palabra. Pensará que quizás sea mejor no continuar. Y si su corazón es de pedregales, decidirá abandonar su camino de fe. Preferirá alguna comodidad antes que sufrir por Cristo.

Aquellos cuya fe es meramente temporal escuchan el evangelio y responden de forma rápida y superficial. Quizá tienen algún motivo egoísta (pensando que Jesús va a arreglar sus problemas o hacerles la vida más fácil). Ellos no toman en cuenta realmente el costo de seguir a Jesús. Durante un tiempo se deleitan en una emoción, un sentimiento de alivio, alegría, euforia o lo que sea. Hay lágrimas de alegría, abrazos, palmadas y una gran cantidad de actividad en un primer momento. Esto parece mostrar que se trata de una verdadera conversión, bien arraigada en genuina convicción. Pero una explosión de alegría no es la característica distintiva de una auténtica conversión. Por supuesto que la alegría es una respuesta buena y apropiada. Todo el cielo se llena de regocijo cuando un alma se convierte. Pero como Jesús deja claro en esta parábola, una gran alegría inicial a veces acompaña una falsa conversión. Solamente la perseverancia en el camino de la fe, y la manifestación del fruto del Espíritu, revelarán si la conversión fue genuina o no.

Recibamos profundamente la Palabra de Dios en nuestros corazones y no solo de forma superficial. Estemos dispuestos a obedecer la Palabra de Dios cada día. Negándonos a nosotros mismos cada día, tomando nuestra cruz y siguiendo a Jesús. Y si realmente estamos arraigados en la Palabra de Dios, cuando venga el tiempo de aflicción, tendremos la convicción de que “las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Rom. 8:18) y que “esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria” (2Co. 4:17).

Tercero, el corazón ahogado por los espinos de los afanes del mundo. Leamos juntos el v.22. El terreno entre espinos no es duro como junto al camino, ni superficial como los pedregales. Es un terreno aparentemente fértil, pero que tiene un problema, está infestado por malas hierbas. El terreno parece estar preparado para dar muchos frutos, pero está desarrollando dentro de sí malas hierbas que le impedirá ser fructífero. Esto representa un corazón que parece estar bien preparado para recibir la Palabra de Dios, y que parece que va a dar muchos frutos, pero dentro de sí están creciendo el afán de este siglo y el engaño de las riquezas. 

Este no es un incrédulo de corazón duro o una persona emocional y superficial. Esta vez el terreno en sí está bien arado y es lo bastante profundo. Pero hay todo tipo de impurezas en él. Las malezas están proliferando bajo la superficie. Ellas siempre van a crecer más fuertes y más rápido que la buena semilla. La Palabra de Dios apenas puede ser hallada en un corazón así. Los espinos toman casi todo el terreno. Esta persona está demasiado enamorada de este mundo, demasiado obsesionada con “los afanes y las riquezas y los placeres de la vida (Luc. 8:14). Esa es la clave. Los valores del mundo temporal (los placeres pecaminosos, las ambiciones terrenales, el dinero, el prestigio y un sinfín de diversiones triviales) inundan el corazón de esta persona y ahogan la verdad de la Palabra de Dios.

Hay algunos que de verdad aceptan la Palabra de Dios y quieren vivir conforme a ella, pero aman tanto el pecado en su corazón y/o tienen tanta preocupación por prosperar en este mundo, que no permiten que la Palabra de Dios fructifique en sus vidas. Un ejemplo de este tipo de corazón es el joven rico. Vino a Jesús buscando ansiosamente la vida eterna, pero era materialista y amante del mundo, y el Señor lo sabía. Por eso le dijo: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme.” (Mat. 19:21). Pero, ¿cómo respondió el joven rico? “Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones.” (Mat. 19:22). Aquel joven amaba más las cosas del mundo que a Dios.

No dejen que el amor por las cosas materiales ni cualquier cosa en este mundo sean mayores que su amor a Dios y a la Palabra. No dejen que esos espinos crezcan y ahoguen su vida de fe. Este es uno de los peligros que corremos como creyentes. Podemos terminar descuidando nuestra vida de fe por las cosas de este mundo. Si no estamos atentos, la maleza puede crecer en nuestro corazón y arruinar nuestra vida de fe. Los que tienen un jardín sabrán que hay que estar cuidándolo constantemente. Hay que estar limpiando las malezas frecuentemente para que no arruinen el jardín. Con la Palabra de Dios cada día debemos ir limpiando nuestro corazón de las pasiones mundanales para poder mantener nuestra vida de fe. Si dejamos de limpiar nuestro corazón continuamente a través del arrepentimiento, los espinos podrían acabar con nuestra vida de fe. Estemos atentos a los espinos que crecen en nuestras vidas y arrepintámonos continuamente ante la Palabra para que nuestra vida de fe no sea ahogada, sino que crezca y dé mucho fruto. Amén.

Cuarto, el corazón fructífero de buena tierra. Leamos juntos el v.23 por favor. El último tipo de terreno es la buena tierra o tierra fértil. Esta es la tierra que está completamente arada y preparada para dar fruto. Jesús dice que “éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto” Fíjense que todos oyen la Palabra. Los del junto al camino no la entienden y el enemigo se la lleva; los de pedregales la reciben con emoción, pero no perseveran; los de los espinos, la reciben pero después dejan que los afanes y los placeres del mundo la ahoguen; pero los de buena tierra, además de que la oyen, la entienden.

¿Qué significa que la entiendan? No implica adquirir las destrezas intelectuales para captar el significado de las palabras. No significa convertirse en teólogos que puedan interpretar y enseñar correctamente todas las Escrituras. Significa que tienen el conocimiento práctico para aplicar la Palabra a sus situaciones diarias. Son aquellos que no solamente oyen la Palabra, sino que viven conforme a ella cada día. Son aquellos que no solamente memorizan los versículos, sino que ponen en práctica las enseñanzas cuando son tentados. Son aquellos en los cuales la Palabra de Dios da fruto. 

¿Cuál es el fruto que da? El fruto del Espíritu Santo, por supuesto: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gál. 5:22–23). Pero también todos los “frutos de justicia que son por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios” (Flp. 1:11). Un corazón de buena tierra mostrará en su vida diaria el fruto de su comunión con Dios. En su actitud, en sus palabras, en su conducta con los demás. Estos son los frutos que Dios quiere que llevemos.

Y lo que se espera es que dará fruto en abundancia. Mateo nos dice que “da fruto; y produce a treinta, a sesenta, y a ciento por uno”. Como les dije la semana pasada, cualquier cantidad de más de diez veces sería un inmenso retorno de la inversión del agricultor. Así que la expectativa divina es que demos fruto en sobreabundancia. Además, Jesús está revelando con claridad otro misterio aquí: los cristianos no son todos igualmente fructíferos. Algunos darán más fruto que otros conforme a la medida de su fe. Pero el fruto espiritual en nuestra vida debe ser abundante y obvio, no tan escaso que sea difícil de encontrar. Después de todo, somos “creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Efe. 2:10). 

Jesús afirmó también en la Parábola de la Vid Verdadera que: “Todo pámpano que en mí no lleva fruto, [el Padre] lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto.” (Jua. 15:2). Ser fructífero, tener una santa y abundante cosecha, es el resultado que se espera de la fe salvadora. Esto puede ocurrir solo en un corazón que está limpio y bien cultivado. Es deber de cada persona tener un corazón preparado, listo para “recibir con mansedumbre la palabra implantada” (Stg. 1:21) y luego cultivar esa semilla hasta la plena fructificación. Pero la realidad es que no podemos lograrlo por nosotros mismos. Somos pecadores con corazones duros, superficiales y que aman el pecado. 

Solo Dios mismo puede arar y preparar el corazón para que reciba la Palabra. Lo hace mediante la obra regeneradora y santificadora de su Espíritu Santo, quien nos convence “de pecado, de justicia y de juicio” (Jua. 16:8). A aquellos que creen, el Espíritu Santo les quita el corazón de piedra y les da un corazón nuevo (Eze. 36:26). Los que creemos en Cristo somos totalmente dependientes de la obra del Espíritu que mora en nuestro corazón para que nos mantenga sensibles, receptivos a la Palabra y fructíferos. “Porque Dios es el que en [n]osotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.” (Flp. 2:13).

Amado hermano, ¿cómo es tu corazón ante la Palabra de Dios? ¿Tienes un corazón duro a causa del pecado y no te quieres arrepentir? ¿Tienes una dura capa de orgullo o propio pensamiento bajo la superficie que impide que la Palabra de Dios se arraigue y transforme completamente tu vida? ¿Tienes muchos afanes o amor por las cosas de este mundo que te impiden crecer en tu fe? ¿O tienes un corazón bien dispuesto, sensible ante la Palabra de Dios, que identifica el orgullo, el propio pensamiento, los deseos pecaminosos, y todo aquello que a Dios no le agrada, y se arrepiente? 

Yo oro para que cada uno de nosotros tenga oídos para oír la Palabra de Dios y que el Espíritu Santo nos permita recibir la Palabra de Dios en nuestros corazones. Y que pueda crecer y llevar mucho fruto en nosotros. Que Dios nos ayude a arrepentirnos y que Su Espíritu Santo quiebre toda roca y limpie todo espino para que la Palabra pueda crecer y fructificar abundantemente en nuestras vidas para la gloria de Dios. Amén.

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