Mateo 13:1-17
13:1 Aquel día salió Jesús de la casa y se sentó unto al mar.13:2 Y se le juntó mucha gente; y entrando él en la barca, se sentó, y toda la gente estaba en la playa.
13:3 Y les habló muchas cosas por parábolas, diciendo: He aquí, el sembrador salió a sembrar.
13:4 Y mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron.
13:5 Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra;
13:6 pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó.
13:7 Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron, y la ahogaron.
13:8 Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno.
13:9 El que tiene oídos para oír, oiga.
13:10 Entonces, acercándose los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas por parábolas?
13:11 El respondiendo, les dijo: Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado.
13:12 Porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.
13:13 Por eso les hablo por parábolas: porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden.
13:14 De manera que se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dijo: De oído oiréis, y no entenderéis; Y viendo veréis, y no percibiréis.
13:15 Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, Y con los oídos oyen pesadamente, Y han cerrado sus ojos; Para que no vean con los ojos, Y oigan con los oídos, Y con el corazón entiendan, Y se conviertan, Y yo los sane.
13:16 Pero bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos, porque oyen.
13:17 Porque de cierto os digo, que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron.
LA PARÁBOLA DEL SEMBRADOR (I): EL QUE TIENE OÍDOS PARA OÍR, OIGA
Buenos días. El capítulo 13 de Mateo contiene siete parábolas acerca del reino de Dios. Este es el tercero de los cinco discursos registrados en este evangelio. Ya vimos el primero, el Sermón del Monte, en los caps. 5-7; y el segundo, la comisión de los apóstoles, en el cap. 10. Y aunque no pareciese que todas estas parábolas hubiesen sido pronunciadas en un mismo discurso, Mateo las compila en este capítulo. Cada uno de los discursos de Mateo termina con una variación de la frase: “cuando terminó Jesús estas palabras”, y este en particular termina en el v.53 diciendo: “Aconteció que cuando terminó Jesús estas parábolas, se fue de allí.”
Vimos que el cap. 12 fue el capítulo de las crisis. Y ese capítulo concluye con la enseñanza del Señor de que las relaciones terrenales serán reemplazadas por vínculos espirituales. Ya no se trata más de una cuestión de nacimiento como judío, y de pertenecer a una familia terrenal; sino del nuevo nacimiento espiritual, la obediencia al Padre Celestial y pertenecer a la familia espiritual de Jesús. Al rechazar al Rey, los escribas y los fariseos han rechazado el reino de Dios. Ahora, mediante una serie de parábolas, Jesús da una visión anticipada de la nueva forma que iba a adoptar el reino durante el periodo entre Su rechazo y Su final manifestación como Rey de reyes y Señor de señores. Yo oro para que a través de este capítulo cada uno de nosotros podamos entender mejor el reino de Dios y anhelarlo con todo nuestro corazón. Y orar como en el Padrenuestro: “Venga Tu Reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. ” (Mat. 6:10).
Hoy vamos a aprender la primera parte de la primera de estas parábolas del reino: “La Parábola del Sembrador”. Aprenderemos los elementos que componen esta parábola y la razón por la cual Jesús les hablaba a la gente por parábolas, pero a Sus discípulos les explicaba todo claramente. Mi oración es que a través de este mensaje entendamos lo que Jesús expresó en esta parábola y que cada uno de nosotros sea como los discípulos de Jesús, que tengamos oídos para oír, para que podamos entender el significado de la parábola en el próximo mensaje y lleguemos a ser una buena tierra que da mucho fruto para Dios. Amén.
I.- La narración de la parábola del sembrador (1-8)
Leamos juntos los vv.1-2 por favor. La semana pasada vimos que el último conflicto del cap. 12 ocurrió dentro de una casa, probablemente la de Simón Pedro en Capernaum. Luc. 8:19 nos dice que la madre y los hermanos de Jesús no pudieron llegar hasta Él por causa de la multitud y por eso le mandaron a llamar. Así que siendo tan grande la multitud que ni siquiera cabía en la casa, Jesús salió y se sentó junto al mar. Pero todavía era demasiada la gente como para que Jesús les pudiese enseñar sentado desde la orilla del mar, así que decidió subir a una barca, probablemente la que Pedro usaba para pescar, usándola ahora Jesús como tarima para enseñar a la gran multitud. Desde allí la gente podría verle y oírle. Allí se sentó Jesús, conforme a la costumbre de los rabinos para enseñar, y con la ayuda de la brisa marina Su voz llegaría a todos, pero solo captarían el mensaje los que realmente tuvieran deseo de escuchar y aprender.
Leamos juntos el v.3a. Jesús enseñó muchas cosas por parábolas. La palabra parábola (en gr. parabolē, derivada de paraballō, “poner al lado para medir o comparar, como con una vara”) constituye una ilustración objetiva con el propósito de enseñar una verdad moral o espiritual. La parábola motivaba al oyente a descubrir la verdad, y al mismo tiempo ocultaba la verdad de los que eran demasiado perezosos o tercos para verla. Las parábolas de Jesús eran ingeniosas imágenes de hechos cotidianos en palabras sencillas con lecciones espirituales profundas. Jesús fue un maestro de la narración. No había una enseñanza, por familiar que fuera, o una doctrina, por compleja que fuera, que él no pudiera darle una nueva profundidad y sentido mediante la narración de una historia sencilla. Las parábolas de Jesús ejemplifican la simple y poderosa profundidad de Su mensaje y de Su estilo de enseñanza.
Veamos a continuación la primera de estas parábolas: Leamos juntos los vv. 3b-8 por favor. En esta ocasión, Jesús comenzó con una historia que habría sido inmediatamente familiar a todo el que escuchaba. De hecho, desde este lugar en la orilla del Mar de Galilea podrían haber sido capaces de ver una escena que precisamente coincidía con lo que Jesús estaba diciendo: un sembrador sembrando sus semillas. Todos podrían entender la historia. Solo aquellos de nosotros que estamos acostumbrados a un mundo pavimentado encontraríamos desconocido este cuadro. Pero para los oyentes de Jesús, que vivían en una sociedad agrícola, esta era la vida cotidiana. Y de hecho, en mi estudio bíblico con Aramis pude constatar que a él también le era familiar la escena, habiendo crecido en un pueblo agrícola en Colombia. Pero para aquellos de nosotros que no nos es familiar necesitamos entender un poco más las palabras de la parábola.
Los campos en el Israel del primer siglo eran largas y estrechas franjas delimitadas y rodeadas de senderos, sin vallas o cercos. Para esparcir las semillas, el sembrador tomaba un puñado de una bolsa que llevaba en su costado y las arrojaba en una amplia franja de terreno. El arco de la dispersión podría parecer aleatorio, y sin duda en gran medida lo era; pero el método tenía la ventaja de cubrir grandes extensiones de tierra con las semillas uniformemente dispersas. Un sembrador experto no perdería semillas dejándolas caer en parches concentrados o en pequeños montones. Lanzaba las semillas lo más amplio y uniformemente posible. El objetivo era cubrir todo el campo arado, sin márgenes en el perímetro que quedaran sin sembrar.
Por supuesto, es imposible garantizar que al lanzar las semillas con la mano todas quedaran dentro de los límites del campo. Algunas, inevitablemente, quedaban fuera del perímetro del campo arado. Incluso las sembradas dentro del campo podían encontrarse en zonas que no eran ideales para la agricultura. Solo las semillas que cayeran en buena tierra eran capaces de producir la valiosa cosecha. Todos los que alguna vez habían cultivado algo entendieron plenamente este principio. No era un asunto complejo.
Jesús menciona en su parábola cuatro tipos diferentes de tierra. Vamos a verlo con detalle a continuación. Leamos nuevamente el v.4. En primer lugar está la tierra junto al camino. Esto se refiere a esos senderos bien trillados que separaban los campos. El suelo allí permanecía sin arar, y en ese clima árido, las vías se ponían tan duras como el cemento. Ya que el sembrador esparcía las semillas desde los bordes exteriores del campo arado, algunas semillas inevitablemente terminarían en la tierra dura junto al camino. Las semillas que caían al borde del camino no podían penetrar la capa dura del sendero. Allí quedarían para que las pisoteara la gente o se las comieran las aves del cielo. Nunca tendrían una oportunidad de brotar.
Leamos ahora los vv. 5-6. El segundo tipo de terreno que Jesús nombra son los pedregales. Esto no se refiere a una lápida de roca en la superficie de la tierra. Tampoco significa “suelo rocoso”, una mezcla de rocas con tierra (como algunas traducciones dicen). Lo que Jesús está describiendo es una capa de roca bajo la superficie del terreno, cubierta superficialmente de tierra buena. La roca subyacente sería invisible para el agricultor cuando el campo era arado, porque la reja de arado penetraba solo alrededor de veinte centímetros de profundidad. Una capa de roca caliza a treinta centímetros debajo de la superficie sería difícil de detectar, pero la capa superficial de tierra no sería lo bastante profunda ni permanecería lo bastante húmeda para permitir el crecimiento de los cultivos, en especial en un clima seco.
En tal terreno la semilla brota pronto porque las raíces no tienen espacio para arraigarse más, así que empiezan a desarrollar el tallo de la planta. Pero tan pronto como se empieza a ver hermosa, se marchitará por la falta de agua. Las raíces no pueden atravesar la capa rocosa. Durante un tiempo, el sembrado podría verse saludable y con buen potencial, pero cuando sale el sol y el agua falta, se extingue tan rápidamente como surgió.
Este tipo de tierra sería una pesadilla para un campesino que haya hecho todo lo posible para preparar su campo sin saber que una capa de roca yacía debajo. Esta parte de la siembra podría parecer a primera vista que crece más rápido que el resto, pero las raíces no pueden expandirse. El crecimiento abundante de la parte superior de la planta sería notorio, en especial de las hojas. Un agricultor experimentado sabría de inmediato que esta no es una buena señal; significa que los cultivos no están desarrollando un adecuado sistema radicular. Así que sabría que tan pronto como caliente el sol en su esplendor, esa parte del cultivo se secará sin dar ningún fruto.
Leamos juntos ahora el v.7. El tercer tipo de tierra que Jesús mencionó es el suelo infestado de malas hierbas, lleno de vegetación inútil: espinos, ortigas y cardos. Los espinos y cardos son inútiles para cualquier propósito agrícola. De hecho, son perjudiciales para los cultivos, porque se apoderan del campo. Las malas hierbas crecen mejor y más rápido que cualquier otra cosa. Las semillas sembradas en un campo de malas hierbas no madurarán para dar una cosecha saludable. Are un campo de malas hierbas y muchas más nuevas malezas crecerán, incluso de los restos de las viejas raíces. El suelo infestado de malas hierbas cuando es recién arado tiene una apariencia engañosamente prometedora. En la superficie puede parecer rico en su capa vegetal, y listo para las semillas. Pero en el fondo hay una trágica realidad. Aún hay en el suelo densas raíces y pequeñas semillas dejadas por las malezas nocivas, listas para brotar con abundante follaje, pero inservibles. Estas malas hierbas succionarán la humedad del suelo, drenarán los nutrientes, bloquearán la luz del sol de los cultivos y así ahogarán la vida de todo lo que crece en el campo que pudiera ser beneficioso.
Leamos juntos ahora el v.8. Finalmente está la buena tierra o tierra fértil. Las semillas que caen en el campo arado se desarrollan bien. Pueden profundizar en el suelo sin ser pisoteadas y fuera de la vista de los pájaros. Sus raíces penetran profundamente. Se trata de suelo limpio, libre de malezas, con espacio para que el cultivo prospere. Es en todos los sentidos un terreno preparado. Las semillas que caen allí producen una cosecha abundante: “cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno”.
Estas cifras no se refieren al número de semillas que cada semilla produjo en última instancia. (Una sola semilla de calabaza, por ejemplo, puede producir diez a quince calabazas. El número total de semillas que contienen será mucho más de un centenar. Cien veces en semillas sería una cosecha bastante pobre). La expresión se refiere a la ganancia sobre la inversión financiera inicial del agricultor. Por cada denario gastado en semillas, él gana cien denarios en la venta de sus cosechas. Diez veces sería una ganancia bastante buena. Treinta o sesenta sería algo espectacular. “A ciento por uno” era una ganancia asombrosa.
Este es pues, el significado literal de esta parábola de Jesús. Ahora podemos entender mejor cada uno de los elementos de la parábola. La próxima semana aprenderemos el significado espiritual. Por lo pronto, veamos a continuación el propósito de las parábolas.
II.- El que tiene oídos para oír, oiga (9-17)
Leamos juntos el v.9 por favor. Todos nosotros tenemos oídos para oír, ¿verdad? Se supone que para eso son. Pero lo que Jesús está diciendo aquí es que solamente aquellos que tienen un verdadero deseo espiritual, un hambre por aprender Sus palabras, podrán entender el significado de sus enseñanzas. Por lo tanto, Jesús instó a sus oyentes a investigar el verdadero significado de la parábola. A la multitud, Jesús solamente les narró las parábolas, pero nunca les explicó el significado. ¿Por qué? Eso fue exactamente lo que le preguntaron sus discípulos.
Leamos juntos los vv. 10-15. Jesús les explicó a sus discípulos que solamente hablaba a la multitud por parábolas “porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden.” (v.13). Algunos piensan que el propósito de las parábolas era hacer que las verdades difíciles se hicieran claras, familiares y lo más fáciles de entender posible. Y aunque las parábolas en apariencia hacen esto también, lo que Jesús está explicando aquí es que el propósito de las parábolas era justo el contrario, esconder las verdades espirituales de aquellos que no tienen el deseo espiritual.
A la misma vez que las parábolas ilustran y aclaran la verdad para los que tienen oídos para oír, ellas tienen precisamente el efecto contrario sobre los que se oponen y rechazan a Cristo. El simbolismo esconde la verdad de quienes no tengan la disciplina o el deseo de buscar el significado de parte de Cristo. Es por esto que Jesús adoptó este estilo de enseñanza. Era un juicio divino contra los que recibían su enseñanza con desprecio, incredulidad o apatía.
No quiero decir con esto que las parábolas fueran solamente un reflejo de la severidad con que Dios condena la incredulidad; eran también una expresión de Su misericordia. Fíjense cómo Jesús, citando la profecía de Isa. 6:9-10, describió a los incrédulos entre los que le escuchaban. Ellos habían cerrado sus propios oídos y sus propios ojos de modo que se negaba la posibilidad de que “con el corazón entiendan, y se conviertan, y yo los sane” (v.15). La incredulidad de ellos era terca, deliberada y, por propia elección, irrevocable. Cuanto más escuchaban a Cristo, de más verdad eran responsables. Cuanto más endurecían sus corazones contra la verdad, más severo sería su juicio, porque “a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará” (Luc. 12.48). Así que, mediante lecciones espirituales ocultas en las historias y en los símbolos de la vida diaria, Jesús hizo que culpa sobre culpa se amontonara sobre sus cabezas.
Había seguramente otros beneficios misericordiosos de este estilo de enseñanza. Las parábolas (como cualquiera buena ilustración), naturalmente despertaría el interés y aumentaría la atención en la mente de las personas que no necesariamente estaban contra la verdad sino que simplemente carecían de la aptitud o no tenían aprecio por la doctrina expuesta en un lenguaje directo y dogmático. Sin duda, las parábolas tuvieron el efecto de despertar la mente de muchas personas que quedaron impresionados por la simplicidad de las parábolas de Jesús y, por lo tanto, quedaron con ganas de descubrir los significados subyacentes. Para otras personas (incluso algunas cuya primera exposición a la verdad seguramente pudo haber provocado indiferencia o hasta rechazo), la imagen gráfica de las parábolas las ayudó a mantener la verdad arraigada en la memoria hasta que brotó con fe y entendimiento.
Los que tenían deseo espiritual, como los discípulos de Jesús, podían hallar en las parábolas los misterios del reino de Dios, aquellas verdades que antes estaban ocultas pero eran reveladas por Jesús en sus enseñanzas como les dice Jesús en el v.11. Pues, al serles explicadas, las parábolas eran esclarecedores ejemplos de verdades cruciales. Y Jesús explicó con toda libertad sus parábolas a sus discípulos. Por esta razón Jesús les llama bienaventurados a sus discípulos en los vv. 16-17: “Pero bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos, porque oyen. Porque de cierto os digo, que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron.” ¡Gracias a su deseo espiritual, los discípulos de Jesús estaban viendo y oyendo lo que Abraham, Isaac, Jacob, José, Moisés, Josué, David, y todos los profetas y justos del AT deseaban ver y oír: la llegada del Mesías y el establecimiento del reino de Dios en la Tierra! Dios nos permita esta bienaventuranza a nosotros también. Que tengamos oídos para oír, y podamos buscar con hambre la Palabra de Dios, entender Su significado y aplicarlo cada día de nuestras vidas. Amén.
Amados hermanos, yo sé que separar la narración de la parábola de la explicación, quizás haga un poco más difícil que podamos recordar la próxima semana de qué se trataban los elementos de la parábola. Pero por falta de tiempo no quiero quedarme corto en la explicación de la parábola. Quiero asegurarme que cada uno de nosotros entienda bien el significado espiritual de cada uno de los elementos de la parábola, especialmente de los terrenos. Y que así podamos meditar bien cuál tipo de terreno somos. No se preocupen porque la próxima semana vamos a repasar el significado literal de los elementos y continuaremos con la explicación.
Esta semana meditemos si de verdad estamos teniendo oídos para oír. ¿Cómo estoy acercándome a la Palabra de Dios? ¿Cómo como el Pan Diario? ¿Solo leo el pasaje bíblico? ¿Leo también la explicación en el Pan Diario? ¿Escucho el video de la meditación? ¿Medito yo mismo el pasaje bíblico también escribiendo testimonio bíblico? ¿Cómo son mis estudios bíblicos? ¿Llego sin ningún tipo de preparación esperando que mi pastor me explique todo? ¿O leo y medito el pasaje bíblico antes del estudio bíblico para poder conversarlo con mi pastor? ¿Me quedo solo con lo que me explica mi pastor? ¿O profundizo más en el pasaje bíblico a lo largo de la semana? ¿Solo me quedo escuchando o tomo notas para poder meditar y consultarlas luego? ¿Cómo escucho el Mensaje Dominical? ¿Escucho atentamente al mensaje? ¿O estoy pensando en las cosas que tengo hacer? ¿O estoy chateando en el celular? ¿O estoy mirando a mis hermanos alrededor para ver qué están haciendo o cómo se vistieron y los critico en mi mente? ¿Me quedo con lo que escuché el domingo o sigo meditando en ello durante la semana y escribo mi testimonio bíblico? Las respuestas a estas preguntas muestran realmente mi deseo espiritual y mi hambre por la Palabra de Dios.
Yo oro para que cada uno de nosotros tenga gran deseo espiritual y pueda profundizar mucho en la Palabra de Dios, escribiendo su testimonio bíblico, y aplicando la Palabra de Dios cada día de su vida. Y que de esta manera el Señor nos muestre los misterios del reino de Dios revelados en Su Palabra, y que nosotros podamos compartirlos con otros también, creciendo como discípulos de Jesús y maestros bíblicos. Y que de esta manera Dios pueda usarnos para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria y honra. Amén.
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