Mateo 12:9-13
12:9 Pasando de allí, vino a la sinagoga de ellos.12:10 Y he aquí había allí uno que tenía seca una mano; y preguntaron a Jesús, para poder acusarle: ¿Es lícito sanar en el día de reposo?
12:11 El les dijo: ¿Qué hombre habrá de vosotros, que tenga una oveja, y si ésta cayere en un hoyo en día de reposo, no le eche mano, y la levante?
12:12 Pues ¿cuánto más vale un hombre que una oveja? Por consiguiente, es lícito hacer el bien en los días de reposo.
12:13 Entonces dijo a aquel hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió, y le fue restaurada sana como la otra.
EXTIENDE TU MANO
Buenos días. Hoy retomaremos las lecturas en el Evangelio según Mateo continuando con este cap. 12 que contiene una serie de acontecimientos cruciales en la vida de Jesús. En este capítulo se nos muestra el clímax de las tensiones entre Jesús y los religiosos ortodoxos de su época. Estas tensiones culminarían con el rechazo total a Jesús por parte de los líderes religiosos judíos que querían destruir a Jesús. Así pues, en este capítulo vemos los primeros pasos de Jesús en Su camino hacia la Cruz.
El pasaje bíblico de hoy está íntimamente relacionado con el pasaje inmediatamente anterior que aprendimos hace más de un mes. Según la narración de Mateo parece que ambos incidentes ocurren el mismo día y presentan un tema común: La controversia de Jesús con los fariseos por el día de reposo. Esta controversia comienza en el camino hacia la sinagoga cuando los discípulos hambrientos arrancan espigas de los sembrados y comen. Los fariseos interpretan esto como una violación de la Ley del día de reposo y le reclaman a Jesús. Pero el Señor, en lugar de censurar a sus discípulos, les recuerda a los fariseos cómo David violó la Ley al comer los panes de la proposición y cómo los sacerdotes violan cada día de reposo trabajando en el Templo. Con este primer incidente Jesús les enseña a los fariseos dos lecciones: Primero, la necesidad del hombre debe estar por encima de cualquier demanda religiosa, y por lo tanto, el amor y la misericordia es lo que debe guiar toda relación con nuestro prójimo; y segundo, Jesús es Señor del día de reposo y mayor que cualquier cosa sobre la Tierra, incluso el tan venerado Templo de Jerusalén. Por tanto, todos deben escuchar y respetar a Jesús, y reconocerlo como el Señor, obedeciendo Su Palabra.
En el pasaje bíblico de hoy, Jesús, Sus discípulos y los fariseos llegan finalmente a la sinagoga después de aquel incidente, con los fariseos suspicaces hacia Jesús por permitir que sus seguidores no observasen con rigurosidad la ley del sábado. Y estas suspicacias son las que desembocan en la pregunta de los fariseos al ver allí a un hombre que tenía seca una mano. Hoy aprenderemos este segundo enfrentamiento de Jesús con los religiosos ortodoxos judíos y cómo el Señor les muestra a través de esto la hipocresía de ellos, su falta de simpatía hacia los que sufren, y que, ultimadamente, es lícito hacer el bien en el día de reposo.
Pero, más allá de la controversia entre Jesús y los judíos, nos enfocaremos en el hombre de la mano seca. Aprenderemos acerca de su condición, cómo se sentiría, y qué sucedió cuando obedeció el mandato de Jesús de que extendiese su mano. Yo oro para que nosotros también oigamos la voz de nuestro Señor diciendo: “Extiende tu mano”, y que extendamos nuestra mano seca a Jesús y podamos ser perdonados, sanados y restaurados por Él. Amén.
I.- ¿Es lícito sanar en el día de reposo? (9-12)
Leamos juntos el v.9 por favor. A pesar de la creciente oposición de los judíos ortodoxos contra Jesús, vemos al Señor como un hombre judío fiel yendo a la sinagoga los días de reposo. Podríamos decir que Jesús era un hombre fiel que iba a la iglesia, incluso cuando tenía buenas razones para no hacerlo. Con respecto a esto dice Spurgeon: “Jesús dio el ejemplo de atender a la alabanza pública. Las sinagogas no tenían cita divina para autorizarlas, pero en la naturaleza de las cosas debe ser correcto y bueno reunirse para alabar a Dios en su propio día, y por lo tanto Jesús estaba ahí. Él no tenía nada que aprender, sin embargo, Él fue a la asamblea en el día que el Señor Dios había santificado”. Aprendamos del ejemplo de Jesús y vengamos cada domingo a este lugar a congregarnos para alabar juntos a Dios y aprender de Él a través del mensaje dominical. Amén.
Leamos juntos ahora el v.10. Aquel día en la sinagoga había un hombre que tenía seca una mano. No se nos dice nada más acerca de su padecimiento, ni las condiciones específicas de su mano, ni las causas de su sufrimiento. Pero la palabra “seca” en griego nos habla de algo árido o sin vida. Así que probablemente el hombre tendría la mano como muerta, quizás gangrenada. Quizás tuvo alguna herida que se infectó y gangrenó el tejido de su mano, o quizás alguna enfermedad le haya provocado esto. Lo cierto es que tenía esa mano inútil y no podría llevar una vida normal como las otras personas.
Según Luc. 6:6 la mano seca era la derecha lo que muy probablemente le impediría trabajar. De hecho, el Evangelio según los Hebreos, un evangelio apócrifo, narra esta misma historia y nos cuenta que este hombre vino a Jesús diciendo: “Yo era mampostero, y me ganaba la vida con las manos. Te pido, Jesús, que me devuelvas la salud para que no tenga que mendigar mi comida con vergüenza”. Este hombre ya no podría trabajar y sentiría vergüenza por tener que mendigar y por la condición de su mano y la forma como la gente lo vería. Quizás algunos lo verían con lástima, pero ese no fue el caso de los judíos allí.
Leamos nuevamente el v.10 por favor. A los judíos ortodoxos que estaban allí no les importaba el sufrimiento y la vergüenza de aquel hombre; sólo les importaban las minucias de sus leyes y normas. Así que miraron a este pobre hombre como carnada para una trampa de controversia del día de reposo para Jesús. Ellos sabían acerca del corazón compasivo de Jesús, así que tenían la certeza de que el Señor haría algo cuando viera a este hombre necesitado. En este sentido, es interesante pensar que estos críticos tenían más fe que muchos de nosotros. A veces parecemos dudar que Jesús quiere satisfacer nuestras necesidades o las de los demás. Creamos que Jesús ve nuestra necesidad y sin importar cuán imposible parezca nuestra situación, Él nos ayudará. Amén.
Los líderes religiosos prepararon su trampa para Jesús preguntándole: “¿Es lícito sanar en el día de reposo?” Cualquier respuesta de Jesús podía ser usada en su contra. Si Jesús daba la respuesta oficial de que no se podía sanar en día de reposo, entonces quedaba delante de la gente en la sinagoga como un indolente, justo como los líderes religiosos de su época. Pero si Jesús respondía que sí se podía sanar a este hombre, entonces los judíos podían acusarle de violar el día de reposo porque esto estaba claramente prohibido. Entonces en lugar de responder directamente a la pregunta, el Señor en Su sabiduría les respondió con una pregunta.
Leamos juntos los vv. 11-12. En aquella época los judíos cavaban hoyos alrededor del ganado como trampas para los depredadores, pero muchas veces el propio ganado caía en esos hoyos. Si una oveja de ellos caía en un hoyo, aunque fuese día de reposo, ellos la ayudaban a salir para que no muriese allí dentro y se perdiese la inversión que habían realizado en ella. Esto estaba prohibido de hacer en el día de reposo, pues una oveja pesaba mucho más que dos higos secos que era el peso máximo que un judío podía cargar ese día, pero ellos hacían caso omiso de esto porque no querían perder su posesión. Así Jesús expuso la hipocresía de ellos al mostrar que le prestaban mayor importancia a sus posesiones personales que a un hombre necesitado, discutiendo persuasivamente que no es malo hacer el bien en el día de reposo.
El principio básico que Jesús está enseñando aquí es que no hay tiempo que sea tan sagrado que no se pueda usar para ayudar a un semejante en necesidad. No se nos juzgará por el número de cultos a los que hayamos ido, ni por el número de capítulos de la Biblia que hemos leído, ni siquiera por el número de horas que hemos dedicado a la oración, sino por el número de personas que hemos ayudado cuando su necesidad nos llamaba. A esto, de momento, los judíos ortodoxos no podían contestar, porque su argumento les había rebotado en su contra.
Ahora, esto tampoco quiere decir que voy a tomar como excusa este principio para decir que no voy a ir los domingos al Culto Dominical o que no pude atender mi estudio bíblico porque voy a ayudar a personas en necesidad en ese tiempo. Ya hemos aprendido también en el Libro de Eclesiastés que “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.” (Ecl. 3:1). De hecho, David Guzik comenta al respecto citando a Clarke: “La mano del hombre estaba seca; pero la misericordia de Dios todavía le había preservado el uso de sus pies: Dios los usa para traerlo a la alabanza pública de Dios, y Jesús lo encuentra y lo sana ahí”. El hombre, a pesar de tener una mano seca, fue a congregarse, quizás con la intención de recibir la sanidad de Jesús, pero de todas formas estaba allí. Oro para que la gente que tenga necesidad pueda venir acá el Día del Señor y pueda recibir de Dios lo que necesita en este lugar como lo hizo el hombre de la mano seca. Amén. De igual manera, oro por aquellos que no pueden venir a este lugar para que el Señor les ayude en su necesidad y que también puedan venir a adorarle y a aprender de Él. Amén.
II.- La extendió, y le fue restaurada sana (13)
Leamos juntos el v.13 por favor. Después de desbaratar el argumento de los judíos ortodoxos enseñándoles que es lícito hacer el bien en los días de reposo, Jesús se vuelve al hombre que tenía la mano seca. Marcos y Lucas nos dicen que antes de responder a la pregunta de ellos, Jesús le ordenó a aquel hombre que se levantase y se pusiese en medio (Mar. 3:3; Luc. 6:8), esto con la intención de que todos pudieran verle. Y ahora ante los ojos de todos aquellos que estaban en la sinagoga, le dice al hombre: “Extiende tu mano”. Esto pudo haber sido difícil, por lo menos, en dos sentidos: Primero, desde el punto de vista fisiológico; y segundo, por la vergüenza del hombre.
Desde el punto de vista fisiológico, algunos comentaristas interpretan que el brazo entero del hombre estaba paralizado, así que sería físicamente imposible para él extender el brazo. Los que tienen esta interpretación afirman entonces que la orden de Jesús de que el hombre extendiese el brazo (pues interpretan brazo en lugar de mano) es para que el hombre ponga en acción su fe. Si de verdad tenía fe de que Jesús podía sanarle, entonces con fe debía intentar extender su brazo aunque pareciese imposible. Sería algo similar a cuando le dijo al paralítico: “Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa.” (Mat. 9:6).
Otros comentaristas interpretan que solo la mano estaba seca. Entonces el reverendo escocés James Morison comenta que “el propósito de hacérsela extender era que todos pudieran presenciar su cura.” Quizás el hombre ocultaba su mano por vergüenza, pero Jesús quería sanar al hombre, no solo físicamente, sino integralmente. Él quería quitarle su vergüenza y que pudiese mostrar ante todos la gracia que estaba recibiendo de Dios.
Nuestro pecado es como esa mano seca. Nos avergüenza y queremos ocultarlo. La mayoría de las personas cuando van a pecar, buscan un lugar donde nadie pueda verlos para hacerlo. Y después que hemos pecado no queremos tampoco que nadie vea nuestros sucios pecados. A veces nos avergüenza incluso mostrarlos ante Dios pensando que se escandalizaría de nosotros y nos quitaría la salvación. Pero no hay un lugar donde podamos ocultarnos de Dios. Él estaba allí cuando estábamos pecando. Él conoce absolutamente todo de nosotros, aun lo que nadie más sabe acerca de nosotros. Él conoce lo más íntimo de nuestros pensamientos y aun discierne las intenciones de nuestro corazón. Así que no hay absolutamente nada que podamos confesarle que vaya a sorprenderle o que lo haga escandalizarse para negarnos el perdón y la salvación. De hecho, “siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” (Rom. 5:8). Él murió por nosotros aun sabiendo quiénes éramos y lo que hacíamos. No debemos tener ninguna vergüenza en confesar todos nuestros pecados delante de Él.
Acerca de esto escribió el gran rey David: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano;
Se volvió mi verdor en sequedades de verano. (Selah) Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado. (Selah).” (Sal 32:3-5). Dice también el proverbista: “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.” (Pro. 28:13). Si ocultamos nuestros pecados, gangrenarán nuestra alma y la tendremos como esa mano seca. Pero si confesamos nuestros pecados delante de Dios y delante de nuestros hermanos con arrepentimiento genuino, dejando de cometerlos, entonces seremos perdonados y restaurados por nuestro Dios.
Quizás alguno podría pensar: “Está bien. Yo puedo confesar mis pecados delante de Dios. Pero no tengo que estar sacando mi vergüenza delante de los demás en la congregación. No tengo por qué escribir testimonio bíblico o de vida ni compartirlo delante de nadie. Esa es mi relación con Dios.” Pero recuerden que Jesús puso al hombre en medio de todos y allí le pidió que extendiese su mano seca. Allí tuvo que exponer su vergüenza delante de todos. ¿Para qué? ¿Para avergonzarlo públicamente? ¿Para que fuese objeto de burla? ¡No! Para que fuese verdaderamente libre y diese testimonio ante los demás de la gracia que había recibido.
También nos dice el apóstol Santiago: “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho.” (Stg. 5:16). Cuando confesamos nuestros pecados ante los demás, ellos pueden apoyarnos en nuestra lucha espiritual, bien sea en oración o ayudándonos prácticamente. Supongamos que un hermano confiesa que se siente tentado por una chica aunque es casado. En ese caso, si uno ve el hermano solo con esa chica, uno le puede ayudar acercándose o llamando al hermano con amor. Ya les comenté que una vez estuve en una situación así. Un hermano de la oficina donde trabajaba me confesó que se sentía tentado por una compañera y me pidió que me acercara cuando lo viera solo con ella. Esta es la forma en la que podemos apoyarnos mutuamente en nuestra lucha espiritual.
Creo que yo mismo he sido ejemplo en esto. He compartido frecuentemente mi testimonio de vida y también me he arrepentido aquí delante de ustedes de mis pecados. Lamentablemente en muchas iglesias el pastor no hace esto porque no quiere que los hermanos piensen mal de él o teme perder su autoridad moral o espiritual. Por esta razón hay muchos que creen tener una superioridad moral o hay hermanos que sobreestiman la santidad de sus pastores o de los siervos en la iglesia. Pero la realidad es que todos somos pecadores. Todos necesitamos arrepentirnos. Todos necesitamos extender nuestra mano seca delante de todos para ser sanados y restaurados por Jesús y para que el nombre de Dios sea glorificado.
Nuestra iglesia es un lugar donde podemos confesar nuestros pecados y apoyarnos mutuamente. Aquí nadie lo va a juzgar sin importar lo que haya hecho. Si usted confiesa un pecado con arrepentimiento, y se aparta, testificando la gracia que ha recibido de Dios, nosotros glorificaremos al Señor por esto y le apoyaremos en oración y de forma práctica. Esa es la importancia de escribir continuamente testimonio bíblico y compartirlo con su pastor. De esa forma su pastor le podrá apoyar mejor para su crecimiento espiritual. Así que sin vergüenza ni temor extiende tu mano y el Señor te sanará y te restaurará. Amén.
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M. Marcos Kim (AR)
( 20 de noviembre de 2020 )
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