Mateo 9:27-34

9:27 Pasando Jesús de allí, le siguieron dos ciegos, dando voces y diciendo: ¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David!
9:28 Y llegado a la casa, vinieron a él los ciegos; y Jesús les dijo: ¿Creéis que puedo hacer esto? Ellos dijeron: Sí, Señor.
9:29 Entonces les tocó los ojos, diciendo: Conforme a vuestra fe os sea hecho.
9:30 Y los ojos de ellos fueron abiertos. Y Jesús les encargó rigurosamente, diciendo: Mirad que nadie lo sepa.
9:31 Pero salidos ellos, divulgaron la fama de él por toda aquella tierra.
9:32 Mientras salían ellos, he aquí, le trajeron un mudo, endemoniado.
9:33 Y echado fuera el demonio, el mudo habló; y la gente se maravillaba, y decía: Nunca se ha visto cosa semejante en Israel.
9:34 Pero los fariseos decían: Por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios.

CONFORME A VUESTRA FE OS SEA HECHO


Buenos días. Mucha gente habla acerca de tener fe. Dicen cosas como: “Tengo fe de que me voy a ganar la lotería”, o, “Tengo fe de que mi equipo va a ganar”, o, “tengo fe de que las cosas van a mejorar”, o, “tengo fe de que se va a suceder esto o aquello”. Pero en realidad esto no es fe, es una esperanza de que algo de eso pase. Confundimos la esperanza con la fe. Tener esperanza de que algo pase es querer o anhelar eso, y en algunos casos creer que puede pasar, pero eso no es la fe. ¿Qué es la fe? “La certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” (Heb. 11:1). Es tener la certeza de que eso que esperamos va a suceder realmente. Tener la convicción en nuestros corazones de que nuestros ojos verán lo que no se ve ahorita. Esa es la verdadera fe.

Oramos pidiéndole a Dios ciertas cosas y después nos sorprendemos cuando suceden porque teníamos la esperanza de que Dios pudiese hacerlo, pero no la certeza de que lo haría. Si tuviésemos la certeza, entonces no nos sorprendería cuando sucediese. El P. Dante Gebel contaba que el gobierno cerró una licorería que estaba cerca de una iglesia. Y el dueño sospechaba que la iglesia tenía algo que ver con eso, por lo que fue a reclamar. Pero los hermanos en la iglesia le respondieron que ellos no habían hecho nada, simplemente estaban orando para que cerraran la licorería, pero ellos no hicieron nada. Ellos estaban orando por eso, pero nunca pensaron que su oración fuese a funcionar porque no tenían fe realmente. 

Hoy aprenderemos la historia de dos ciegos que rogaban a Jesús que tuviese misericordia de ellos. Pero cuando estaban delante del Señor, Él les preguntó: “¿Creéis que puedo hacer esto?” Y después, para sanarlos les dijo, como en el título de este mensaje: “Conforme a vuestra fe os sea hecho.” Si ellos no hubiesen tenido fe realmente que Jesús podía sanarles, entonces no habrían sido sanados. No siempre es así. Al principio del capítulo aprendimos acerca de un paralítico que Jesús sanó “al ver la fe de ellos” (9:2), la de sus amigos. Y la semana pasada aprendimos cómo Jesús resucitó a la hija de Jairo y sanó a la mujer con el flujo de sangre aunque ellos no tenían los motivos correctos ni la fe correcta al acercarse al Señor. Pero Jesús tuvo misericordia de ellos y les concedió lo que anhelaba su corazón. 

Si Jesús estuviese aquí hoy y te dijese: “Conforme a tu fe te sea hecho”, ¿se haría realidad eso por lo que estás orando? ¿Realmente crees que el Señor puede hacerlo? Pues eso es justamente lo que está pasando. Jesús está aquí en medio de nosotros y nos está diciendo en esta mañana: “Conforme a vuestra fe os sea hecho”. Yo oro para que cada uno de nosotros se acerque a Jesús con verdadera fe en su corazón y crea que el Señor puede hacer en su vida aun lo que parece imposible. Que a través del mensaje de hoy podamos arrepentirnos de nuestra incredulidad y clamar: “Creo; ayuda mi incredulidad.” (Mar. 9:24). Y que el Señor tenga misericordia de nosotros, ayudándonos en nuestra incredulidad, y podamos vivir como verdaderos discípulos de Jesús confiando toda nuestra vida a Él. Amén.  

I.- ¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David! (27-31)

Leamos juntos el v.27 por favor. Al salir Jesús de la casa de Jairo, en su camino de regreso a Su casa, le siguieron dos ciegos gritando: “¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David!” Estos ciegos probablemente estaban mendigando a la orilla del camino cuando escucharon el alboroto de la multitud que seguía a Jesús y se enteraron que era el Maestro el que estaba por ese camino. Ellos habrían escuchado la fama de Jesús como sanador, así que decidieron armarse de valor y gritar con todas sus fuerzas esperando que Jesús les oyese y les ayudase.

Según William Barclay: “La ceguera era una dolencia angustiosamente corriente en Palestina. Procedía en parte del deslumbramiento que el sol oriental causaba a ojos sin protección, y en parte porque la gente no sabía nada de la importancia de la limpieza y la higiene. Particularmente las nubes de moscas sucias trasmitían infecciones que conducían a la pérdida de la vista.” En aquella época había muchos ciegos pidiendo limosnas a las orillas de los caminos, pues su condición les impedía trabajar en los oficios comunes de entonces, y no les quedaba de otra que depender de las limosnas de la gente para sobrevivir. 

Leamos nuevamente el v.27b. Mientras los ciegos seguían a Jesús gritaban: “¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David!” “Hijo de David” es un título que los judíos usaban para designar al Mesías, pues sabían que vendría del linaje de David conforme a las promesas de 2Sa. 7:8-16 e Isa. 11, entre otras. Y ya hemos aprendido que Mateo identificó también a Jesús como hijo de David en el mismo comienzo de su evangelio (JMat. 1:1) para demostrar que Jesús es el Mesías. El profesor D.A. Carson comenta con respecto a este clamor de los ciegos: “Esta es la primera vez que Jesús es llamado ‘Hijo de David’ y no cabe duda de que los ciegos estaban confesando a Jesús como el Mesías”. Sin embargo, su concepto de Mesías era el del libertador prometido de la dinastía de David, el líder que no solo devolvería la libertad a Israel, sino que también los conduciría al poder y la gloria y la grandeza. Pensaban que Jesús era el obrador de maravillas que conduciría al pueblo a la libertad y a la conquista. Así que realmente ellos vinieron a Jesús con una idea muy inadecuada de Quién era Él. 

Por otro lado, vemos en su clamor que ellos piden por misericordia. Esto era lo único que ellos podían pedir, pues no tenían ningún mérito para ser sanados, ni podían exigir absolutamente nada del Señor. Charles Spurgeon comentó al respecto: “Su única apelación era por misericordia. No se habló sobre el mérito, ni hubo ruegos de sus sufrimientos pasados, ni de sus esfuerzos perseverantes, ni sus resoluciones para el futuro; pero, ‘Ten misericordia de nosotros’. Nunca ganará una bendición de Dios alguien que la exige como si tuviera derecho a ella”. 

En la actualidad, tristemente, vemos mucha gente que le exige y le reclama a Dios por un milagro o por el deseo de su corazón. O incluso lo declaran y/o lo decretan. Lo único que nosotros podemos hacer es rogar al Señor por Su misericordia para que nos conceda las peticiones de nuestro corazón y para que nos dé lo necesario cada día para nuestro sustento. Él no tiene ninguna obligación para con nosotros. Aun cuando le hayamos aceptado como Señor y Salvador, eso no significa que Él nos va a dar todo lo que queramos o lo que necesitemos. Si Él lo hace, es por su pura gracia y misericordia. Nosotros lo único que podemos hacer es rogar por su voluntad como aprendimos del leproso: “Señor, si quieres, puedes limpiarme.” (8:2).

Leamos ahora juntos el v.28 por favor. Cuando llegó a la casa, vinieron a Él los dos ciegos. Esto nos muestra que Jesús no respondió al clamor de ellos inmediatamente. Ellos tuvieron que seguir a Jesús todo el camino hasta la casa. Para ellos esto no habría sido nada sencillo. Seguramente tuvieron que preguntarles a otros a dónde iba Jesús, y tuvieron que escuchar cada sonido que pudiera guiarlos. Sin embargo, estaban determinados a seguir a Jesús hasta que escuchase su clamor.

¿No los habría escuchado Jesús? ¿Por qué les hizo pasar por todas esas dificultades de seguirle todo ese camino y esperó hasta atenderles en casa? William Barclay opina que: “Jesús quería estar completamente seguro de que eran sinceros y querían en serio lo que Él pudiera darles. Podría muy bien ser que ellos hubieran adoptado un grito popular simplemente porque todos los demás estaban gritando y que, tan pronto como Jesús pasara, Le olvidaran completamente. Quería en primer lugar estar seguro de que la petición de ellos era genuina, y real su sentimiento de necesidad.” Por su parte el profesor Carson comenta: “Esto pudo haber sido para amortiguar las expectativas mesiánicas en un día marcado por dos milagros altamente públicos y dramáticos”.

Ambas alternativas son perfectamente posibles. Jesús podía estar probando la fe y perseverancia de los ciegos para ver si realmente creían que Jesús podía hacerles el milagro. También, habría preferido no hacer el milagro en público para evitar que la multitud se alborotara todavía más y le proclamaran como el Mesías que ellos estaban esperando e iniciaran alguna revuelta. En todo caso, esto no enseña una valiosa lección. No desmayemos en nuestras oraciones. Si tienes la impresión de que Dios es muy lento en contestar tus oraciones, quizá estés siendo probado como aquellos ciegos. ¿Crees que Dios puede ayudarte? ¿En verdad quieres Su ayuda? ¡Continúa clamando hasta que el Señor te responda!

Leamos nuevamente el v.28b. Esta pregunta refuerza la tesis de que Jesús estaba probando la fe de los ciegos. Antes de hacer el milagro, Jesús cuestiona la fe de ellos: “¿Creéis que puedo hacer esto?” No todo el que dice creer, realmente cree. Y lo único esencial para que se produzca un milagro es la fe. Aquí no hay nada misterioso ni teológico. Ningún médico puede curar a un enfermo que acuda a él con una actitud mental de absoluta desconfianza. Puede que ni la medicina actué en una persona que piense que eso tendrá el mismo efecto que beberse un vaso de agua. El camino al milagro pasa por poner nuestras vidas en las manos de Jesucristo y decir: “Yo creo que puedes hacerlo”. La fe es el interruptor que permite que la obra de Dios sea hecha en nuestra vida. 

Como dice el apóstol Santiago: “Pero pida con fe, no dudando nada” (Stg. 1:6); sin embargo, más adelante dice también: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.” (Stg. 4:3) La fe no garantiza que Dios no dará lo que le pedimos. Esta fe tiene que estar de acuerdo con la voluntad de Dios. Sin embargo, hay indudablemente muchos que no reciben lo que piden por su falta de fe. Así que oremos siempre con fe en nuestros corazones, creyendo que el Señor puede hacerlo y esperando que en Su voluntad quiera hacerlo. Les recuerdo nuevamente el ejemplo del leproso: “Señor, si quieres, puedes limpiarme.” (8:2).

Leamos nuevamente el v.28b. Estos hombres simplemente proclamaron su fe diciendo: “Sí, Señor”. Dios quisiera que nosotros también tuviésemos la fe de ellos. Y pudiésemos responder con toda sinceridad que creemos que Él puede hacer cualquier cosa en nuestras vidas. El Señor nos ayude a crecer en nuestra fe, y que podamos confesar siempre Su poder en nuestras vidas. Amén.

Leamos juntos ahora el v.29. Jesús tocó los ojos de los ciegos para darle un apoyo a su fe. Y en lugar de decirles: “Sean sanos”, les dijo: “Conforme a vuestra fe os sea hecho.” “Conforme a vuestra fe” no significa “en proporción a su fe” (mucha fe, mucha vista) sino más bien “ya que ustedes creen, su petición es concedida”. Aquí quedaría demostrado si ellos realmente tenían fe o no. Si tenían fe, serían sanados; si no tenían fe, nada pasaría. Era la última prueba de fe para ellos.

No siempre Jesús hacía las cosas conforme a la fe de las personas, a veces las hacía a pesar de la poca fe de ellos. Lo pudimos ver, por ejemplo, con los discípulos en medio de la tormenta en el 8:23-37. A pesar de que ellos tuvieron muy poca fe, Jesús los salvó de morir en esa tormenta. “Pero sin fe es imposible agradar a Dios” (Heb. 11:6). Cuando no tenemos fe puede que el Señor obre por su misericordia, pero muchas veces se abstiene por la falta de fe como podemos ver, por ejemplo, en Mat. 13:58: “Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad de ellos.” Pero cuando tenemos fe, podemos ver al Señor obrando de forma maravillosa en nosotros y a través de nosotros. Tengamos fe en el Señor y que Él obre en nosotros y a través de nosotros conforme a nuestra fe. Amén. 

Leamos juntos el v.30a. Aquí quedó demostrado que ellos realmente tenían fe. ¡Sus ojos fueron abiertos! La fe de estos dos ciegos es digna de mención. Tuvieron la fe para seguir a Jesús, aunque esto implicó un gran esfuerzo de su parte y aunque no sabían si eso les llevaría a recibir la vista finalmente. Tuvieron la fe para clamar, estando dispuestos a poner palabras a su deseo: “¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David! Tuvieron la fe para identificar a Jesús como el Hijo de David, reconociéndolo como el Mesías. Tuvieron la fe para clamar en voz alta su petición y su convicción de Jesús como el Mesías, sin vergüenza. Tuvieron la fe para pedirle a Jesús misericordia, sabiendo que no merecían la sanación. Tuvieron la fe para creer que Jesús podía sanarlos. Tuvieron la fe para decir: “Sí, Señor”, declarando su fe y su convicción de que Jesús es el Señor. ¡Dios quiera que nosotros tengamos la fe de estos ciegos también! Que clamemos con nuestras peticiones a Dios; que declaremos a Jesús como el Mesías, como nuestro Señor y Salvador; y que nuestros ojos espirituales sean abiertos y veamos la maravillosa obra que Dios está haciendo en nosotros y a través de nosotros. Amén. 

Leamos ahora los vv. 30b-31. Jesús les encargó rigurosamente que no le dijeran a nadie. Pero ellos no obedecieron al Señor y divulgaron Su fama por toda aquella tierra. Jesús quería evitar que la gente siguiese viniendo en busca de milagros. Y que la declaración de estos ciegos de Jesús como el Mesías fuese a alborotar a la gente.  Ellos quizás  hicieron esto por la gran emoción que sentían por el milagro recibido. Sin embargo, seguía siendo un acto de desobediencia al Señor. Muchos hoy en día hacen lo mismo. Aunque el Señor prohíbe algo claramente en las Escrituras lo siguen haciendo bajo cualquier pretexto. ¡Dios nos guarde de tal desobediencia! Escuchemos atentamente la Palabra del Señor y hagamos según ella nos manda, así nos parezca o no.

II.- Nunca se ha visto cosa semejante en Israel (32-34)

Leamos juntos el v.32. Mientras los que estaban ciegos, salían ya viendo, trajeron a Jesús a un mudo endemoniado. Esto quiere decir que aquel hombre había quedado mudo al ser poseído por un demonio. En el entendimiento judío de la posesión demoníaca, este hombre no podía ser ayudado. Pues la mayoría de los rabinos de ese tiempo pensaban que el primer paso esencial en el exorcismo era obligar o engañar al demonio para que dijera su nombre. El nombre era considerado como una manija por la cual el demonio podía ser removido. Así que, si un demonio hacía mudo a un hombre, no podía decir su nombre y por lo tanto no podía ser exorcizado. Pero veamos lo que hace Jesús.

Leamos juntos el v.33. A pesar de que el hombre no podía hablar y revelar el nombre del demonio para ser exorcizado, Jesús no tuvo ningún problema en expulsar al demonio y hacer que el hombre hablase nuevamente. Por esta razón, este milagro fue particularmente asombroso para las multitudes. Mostró no solo la autoridad completa de Jesús sobre el reino demoníaco, sino también las fallas en las tradiciones de los rabinos. Así que “la gente se maravillaba, y decía: Nunca se ha visto cosa semejante en Israel.”

Pero los fariseos tuvieron una reacción completamente diferente. Leamos juntos el v.34 por favor. Los fariseos atribuyeron a Jesús poderes demoníacos, pensando que era imposible hacer semejante cosa si no era por la influencia del príncipe de los demonios. Esto muestra también como el rechazo de los fariseos se incrementaba cada vez más. No tuvieron ningún reparo en llamar a Jesús satánico. Charles Spurgeon comenta al respecto: “Para ellos nada era demasiado malo decir de Jesús”. Dirían cualquier cosa para desanimar la fe de la gente en Jesús como el esperado Mesías.

De hecho, este pasaje bíblico muestra claramente las dos posibles actitudes que se pueden tener ante Jesús y Su obra. La de las multitudes era de sorprendida admiración; la de los fariseos, de odio virulento. Y esto venía de la convicción que había en sus corazones. Los fariseos tenían la convicción de que Jesús era un charlatán peligroso para la religión judía. Las multitudes tenían fe de que Jesús era el esperado Mesías. 

Las multitudes miraban a Jesús con admiración porque eran gente sencilla con un sentido intenso de necesidad; y veían que Jesús podía suplir su necesidad de una manera sorprendente. Jesús siempre le parecerá maravilloso al que tiene sentimiento de necesidad; y cuanto más profundo sea el sentimiento de necesidad tanto más maravilloso parecerá Jesús. Los fariseos, en cambio, estaban demasiado afianzados en su posición para cambiar. Según ellos no se podía añadir ni sustraer una sola palabra de la Ley. Para ellos todas las cosas grandes y maravillosas pertenecían al pasado. Para ellos, cambiar una tradición era pecado mortal. Cualquier novedad era errónea. Y cuando vino Jesús con una nueva interpretación de lo que era en realidad la obediencia a Dios, Le odiaron como habían odiado sus antepasados a los profetas que denunciaban su pecado. 

Los fariseos estaban demasiado orgullosos de su propia autosuficiencia para someterse. Si Jesús tenía razón, ellos estaban equivocados. Los fariseos estaban tan satisfechos consigo mismos que no veían ninguna necesidad de cambiar; y odiaban a todo el que quisiera cambiarlos. El arrepentimiento es la puerta por la que todas las personas deben entrar al Reino; y el arrepentimiento quiere decir reconocer el error de nuestros caminos y darnos cuenta de que la Palabra de Dios tiene que ser la regla por la cual debemos vivir. Debemos someternos al Señor y a Su voluntad y poder, que es lo único que nos puede cambiar.

Otra cosa interesante que podemos aprender en este pasaje bíblico, es que los ciegos tuvieron fe en Jesús como el Mesías, lo que los llevó a ver. Pero los fariseos tenían demasiados prejuicios para ver. Tenían los ojos tan cegados por sus propias ideas que no podían ver en Jesucristo la verdad y el poder de Dios, como la vieron los ciegos. Aquí entendemos que es verdadero el refrán: “No hay peor ciego que el que no quiere ver”.

Dios nos guarde de tener un corazón orgulloso como el de los fariseos. Que el Señor nos ayude a abrir nuestros ojos espirituales para ver a Jesús como nuestro Señor y Salvador. Y que abra nuestra boca para proclamar el evangelio en toda Panamá, empezando desde la Universidad de Panamá. Que cada día nos maravillemos de la obra que está haciendo en nosotros y a través de nosotros. Y que tengamos fe para creer que Él puede hacer cualquier cosa en nuestras vidas, incluso lo que parece imposible. Que podamos tener fe verdaderamente para creer que Dios puede convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa, y que conforme a nuestra fe sea hecho. Amén. 

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