Mateo 9:1-8
9:1 Entonces, entrando Jesús en la barca, pasó al otro lado y vino a su ciudad.9:2 Y sucedió que le trajeron un paralítico, tendido sobre una cama; y al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados.
9:3 Entonces algunos de los escribas decían dentro de sí: Este blasfema.
9:4 Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?
9:5 Porque, ¿qué es más fácil, decir: Los pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda?
9:6 Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dice entonces al paralítico): Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa.
9:7 Entonces él se levantó y se fue a su casa.
9:8 Y la gente, al verlo, se maravilló y glorificó a Dios, que había dado tal potestad a los hombres.
¡LEVÁNTATE!
Buenos días. En el pasaje bíblico de hoy aprenderemos acerca de la sanación de un paralítico. Según el Diccionario de la Lengua Española, un paralítico es un enfermo de parálisis. Y la parálisis es la privación o disminución del movimiento de una o varias partes del cuerpo. Así que el hombre de este pasaje bíblico podría ser parapléjico, es decir que perdió el uso y la sensibilidad en las piernas; o cuadripléjico, que perdió el uso y la sensibilidad total o parcial en todas las extremidades. Por la frase en el v.2: “tendido sobre una cama”, podemos pensar que era cuadripléjico. Y aunque no parezca que haya mucha diferencia entre una y otra, sí que la hay. El cuadripléjico es mucho más dependiente de otras personas para su vida cotidiana, pues prácticamente no podría hacer nada por sí mismo; mientras que el parapléjico podría comer o beber solo, y tendría cierta posibilidad de desplazarse para satisfacer algunas necesidades.
Cuando pienso en un paralítico, recuerdo al hermano Nick Vujicic, que no es paralítico pero tiene una discapacidad similar, nació sin brazos ni piernas. Nick es australiano, hijo de devotos cristianos, pero recibieron una gran sorpresa al ver que nació sin brazos ni piernas. Desde su niñez él ha tenido que luchar para poder hacer cosas cotidianas como cepillarse los dientes o tomar un vaso de agua. Esto le llevó a crecer enojado con Dios por haberle hecho de esa manera. Él incluso trató de suicidarse ahogándose en una bañera a los 8 años, pero no pudo.
En su juventud, Nick le dijo a Dios que no lo dejaría entrar en su corazón hasta que no le respondiera por qué no le dio brazos y piernas como al resto de la gente. Pero a los 17 años, se impactó al leer en Juan 9 cómo Jesús sanó a Bartimeo, un ciego de nacimiento, diciendo que Bartimeo había nacido ciego para que Dios se glorificara a través de él. Entonces Nick entendió que él había nacido sin brazos ni piernas para que Dios se glorificara a través de él. Dejó de quejarse con Dios por lo que no tenía y empezó a agradecerle por lo que sí tenía. Comenzó una fundación sin fines de lucro, llamada Life without Limbs (Vida sin Extremidades) para mejorar la calidad de vida de aquellos con este tipo de discapacidad. Además, ha viajado por muchos países dando su testimonio, y motivando a la gente para que se acepten como son y glorifiquen a Dios con sus vidas.
En el año 2012 Nick contrajo matrimonio con una hermosa chica y tienen una preciosa familia. Esto nos muestra que sin importar nuestra condición podemos vivir una vida plena que glorifique a Dios. Él no fue sanado como el paralítico de este pasaje bíblico, pero pudo entender el propósito de Dios para su vida, y cuando lo aceptó, Dios le bendijo hasta convertirlo en un predicador que conmueve corazones por todo el mundo, y dándole una hermosa familia, cosa que para él parecía imposible.
A través del mensaje de hoy vamos a reflexionar en la vida de este hombre paralítico, en qué sentido era un pecador y como cambió completamente al venir a Jesús y obedecer Su palabra. Yo oro para que cada uno de nosotros pueda venir con fe a Jesús y que escuchemos Su voz que nos dice: ¡Levántate! Y nos levantemos de nuestra vida de pecado, obedeciendo la Palabra de Dios y vivamos para glorificar Su nombre. Amén.
I.- Ten ánimo, hijo, tus pecados te son perdonados (1-2)
Leamos juntos el v.1 por favor. Este versículo conecta con la historia anterior. La semana pasada aprendimos cómo Jesús liberó a dos endemoniados gadarenos enviando los demonios a un hato de cerdos conforme a su petición. Los cerdos enloquecieron y se precipitaron al mar por un despeñadero. Los gadarenos oyendo lo sucedido le rogaron a Jesús que se fuese de sus contornos. Y aquí vemos que Jesús entró a la barca con sus discípulos, pasó al otro lado y vino a su ciudad. Según Mat. 4:13, Jesús dejó Nazaret y vino a vivir a Capernaum, así que indudablemente Capernaum era su ciudad. Esta ciudad portuaria se había convertido en el centro de Su obra en ese momento de su ministerio.
Leamos ahora el v.2. Estando en su ciudad, específicamente en su casa según nos dice Mar. 2:1, le trajeron un paralítico tendido sobre una cama. Como les dije en la introducción de este mensaje, es probable que este hombre fuese cuadripléjico y por eso estaba tendido sobre una cama. Obviamente, no llegó solo a Jesús, pues en su condición no podría, y dice aquí que “le trajeron”. Mateo no nos da los maravillosos detalles que nos dan Marcos y Lucas con respecto a lo que los amigos del paralítico tuvieron que hacer para traerle a Jesús, pero nos dice que le trajeron y que Jesús vio la fe de ellos. ¡Qué extraordinario es cuando tenemos amigos que nos traen a Jesús! Y que tienen la fe que nosotros no tenemos de que Jesús puede cambiar nuestras vidas.
Cuando yo comencé mi vida de fe, muy poca gente pensaría que perseveraría en ella. Era grosero, rebelde y con graves problemas de pecado. No quería ni siquiera escuchar la Palabra de Dios. Pero los amigos que me trajeron a Jesús tuvieron la fe que yo no tenía. Oraban con lágrimas para que el Señor hiciese Su obra en mí. Jesús vio la fe de ellos y me extendió Su gracia salvadora. Seamos este tipo de amigos. Aquellos que no se rinden a pesar de que pareciese que nuestro amigo nunca aceptará a Jesús como su Señor y Salvador, sino que oran continuamente con lágrimas en sus ojos, esperando que Jesús pueda cambiar la vida de sus amigos.
Leamos nuevamente el v.2b. Las primeras palabras de Jesús para el paralítico son en extremo interesantes. Este hombre había sido traído a Jesús con la esperanza de ser sanado, pero en lugar de sanarlo, Jesús le dice: “Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados.” Fíjense que primero le dice: “Ten ánimo, hijo”. ¿Por qué le diría esto? Obviamente porque estaba desanimado. No sabemos cuánto tiempo tenía este hombre en esta condición, ni tampoco cómo llegó a ella. Si hubiese sido paralítico de nacimiento, probablemente alguno de los evangelistas no los hubiese dicho, pero no es así. Por ende, podemos pensar que quedó paralítico por una enfermedad o accidente en algún punto de su vida. Esto quiere decir que hasta cierto punto de su vida podía valerse por sí mismo, pero después de quedar paralítico dependía de otros para que le ayudaran aún en las cosas más básicas y cotidianas de la vida como comer, beber e ir al baño. Esto ciertamente habría desanimado a este hombre, deprimiéndolo y haciéndole perder toda esperanza en su vida. Él quizás habría llegado al punto de resignarse a vivir así por el resto de su miserable vida y tenía muy poca o ninguna fe de que Jesús pudiese hacer algo al respecto. Pero sus amigos sí creían que Jesús podía sanarlo. Por eso hicieron todos los esfuerzos necesarios para traer al paralítico delante de Jesús. Y Jesús al ver la fe de ellos, quiso incentivar la fe de este hombre también diciéndole: “Ten ánimo, hijo”.
Luego le dice: “tus pecados te son perdonados.” Los amigos del paralítico lo trajeron con la esperanza de que sanase su cuerpo, pero jamás imaginaron que Jesús perdonaría sus pecados. ¿Por qué Jesús le perdonaría sus pecados antes de sanarlo? Porque el pecado es un problema mayor y más apremiante que cualquier enfermedad. Por malo que sea estar paralítico, es infinitamente peor estar atado y perdido en tu pecado. La parálisis sería temporal, mientras este hombre durara en esta Tierra, pero el pecado tiene consecuencias eternas pues, si nuestros pecados no son perdonados, seremos condenados a vivir eternamente separados de Dios. Así que es mucho más importante que nuestros pecados sean perdonados, antes que nuestros cuerpos sean sanados. Además, en la creencia de los judíos las enfermedades o accidentes graves los traía Dios sobre la gente como castigo por los pecados. Desde el punto de vista de ellos, este hombre habría quedado paralítico por algún pecado que habría cometido. De modo que cuando Jesús le perdona sus pecados, le da al hombre la esperanza de que pueda ser sanado también.
El teólogo inglés Matthew Poole expone seis razones por las cuales Jesús trató primero con el pecado del hombre: Primero, porque el pecado es la raíz de donde provienen todos nuestros males. Segundo, para mostrar que el perdón es más importante que la sanación corporal. Tercero, para mostrar que lo más importante que Jesús vino a hacer era tratar con el pecado. Cuarto, para mostrar que cuando los pecados de un hombre son perdonados, él se convierte en hijo de Dios. Quinto, para mostrar que la respuesta a la fe es el perdón de pecado. Y sexto, para comenzar una conversación importante con los escribas y fariseos. Y de esto último hablaremos un poco más adelante.
Por lo pronto, meditemos: ¿En qué sentido este paralítico necesitaba que sus pecados fuesen perdonados? Bueno, debemos comenzar por saber que todos hemos pecado y estamos destituidos de la gloria de Dios (Rom. 3:23). Todos nacemos con lo que se conoce como el pecado original, esa naturaleza rebelde que hemos heredado de nuestros primeros padres, Adán y Eva, y que se manifiesta en el egoísmo y la mentira desde niños. Todo ser humano tiene en sí mismo este pecado original que se manifiesta en diferentes formas de pecado: Pensamiento, palabra, obra y omisión. Generalmente cuando pensamos en el pecado, pensamos en los pecados de obra o de comisión, es decir, hacer algo que a Dios no le agrada como robar, matar, fornicar, adulterar, etc. Incluso, algunos de nosotros podríamos pensar en los pecados de pensamiento y palabra como la queja, la maledicencia, las vulgaridades, los pensamientos lujuriosos, etc. Pero muy pocas veces pensamos en los pecados de omisión, como lo define el apóstol Santiago: “y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado.” (Stg. 4:17).
Estando en esta condición de paralítico, seguramente este hombre tenía mucha queja en su corazón, gritaría al cielo: “Señor, ¿por qué permitiste que me pasara esto?” Probablemente no estaría agradecido con las personas que le ayudaban a su alrededor, pues pensaría que era su obligación ayudarle porque ellos estaban sanos y él no. Quizás envidiaba a las personas que sí podían caminar y vivir vidas normales. Y quizás hasta codiciaría la mujer de su prójimo. O podemos pensar también, que quizás era un buen hombre y no hacía nada de esto. Pero simplemente no glorificaba a Dios con su vida. Recordemos el ejemplo de Nick Vujicic. A pesar de su condición, él podía animar a otras personas para buscar a Dios, pero no lo hacía, así que por lo menos pecaba de omisión.
El paralítico es un tipo de pecador pasivo. Aquel que no es tanto de pecar externamente, sino que tiene pecados internos. Aquel que no es tanto de pecar de obra, sino más bien de pensamiento, palabra y omisión. Pero que igual es pecador y necesita el poder salvador y sanador de Jesús. Quizás algunos de ustedes pueden pensar que son buenas personas, que no matan, ni roban, ni buscan hacerle daño a nadie. Pero muy probablemente ustedes son pecadores pasivos como este paralítico e igualmente necesitan venir a Jesús para que sus pecados sean perdonados. Yo oro para que cada uno de nosotros estemos conscientes de nuestros pecados y vengamos a Jesús con arrepentimiento, y que el Señor pueda perdonar nuestros pecados como lo hizo aquí con el paralítico. Amén.
II.- Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa (3-8)
Leamos juntos el v.3. Como mencioné anteriormente, esta es una de las posibles razones por la que Jesús perdonó primero los pecados del paralítico, para iniciar esta conversación con los escribas. Ellos no dijeron nada abiertamente, pero al escuchar a Jesús perdonar los pecados de este hombre, pensaron: “Este blasfema.” ¿Qué es la blasfemia? Blasfemia es afirmar que uno es Dios y/o decir que tiene las mismas características de Dios. Jesús estaba reclamando para sí la potestad de perdonar pecados, y “¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?” (Mar. 2:7). Así que los escribas entendían que Jesús se estaba igualando a Dios al afirmar que tenía potestad para perdonar pecados y por eso pensaban que blasfemaba. Los escribas entendieron correctamente que Jesús afirmó hacer algo que solo Dios puede hacer. Pero estaban equivocados al suponer que Jesús no era Dios mismo, y que Jesús blasfemó al considerarse a Sí mismo Dios. Si estuviésemos hablando de cualquier otro hombre, estarían en lo correcto, pero estamos hablando del Hijo de Dios y ellos no alcanzaban a entender esto, pero Jesús se los haría entender a continuación.
Leamos ahora juntos el v.4. Los escribas no expresaron verbalmente su reproche a Jesús y sin embargo el Señor conocía los pensamientos de ellos. Y Cristo se los hace saber diciéndoles: “¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?” Esto por sí solo debió haber sido evidencia suficiente de la naturaleza divina de Jesús. ¿Quién puede conocer lo que hay en el corazón del hombre? “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras.” (Jer. 17:9-10). Solo Jehová, el Dios de Israel, conoce lo que hay en los corazones y escudriña la mente. Así que al conocer los pensamientos de ellos, Jesús estaba demostrando que Él es Dios. Sin embargo, Él ofrecería una mayor prueba de su deidad.
Leamos juntos el v.5. ¿Qué es más fácil, decir: Los pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda? Ninguna de ellas es fácil, ya que ambas son imposibles para el hombre. Solo Dios puede perdonar pecados y solamente el poder divino podía hacer que este hombre paralítico se levantase y anduviese. Sin embargo, el perdón de pecados no tenía evidencia externa. Yo podría decirle a una persona que sus pecados le son perdonados y esa persona podría creerme y salir como si sus pecados hubiesen sido realmente perdonados. Pero no hay ninguna evidencia de que esto haya sucedido. En cambio, decirle al paralítico que se levantase y anduviese sí requería una evidencia externa. ¡Tenía que levantarse y caminar! Así que en este sentido, era más difícil decirle: “Levántate y anda”.
Leamos ahora juntos el v.6. Los escribas no respondieron nada a la pregunta de Jesús. Así que Él mismo se la respondió. Si el paralítico se levantaba y andaba, entonces esta sería la evidencia de que Jesús, el Hijo del Hombre, tenía potestad para perdonar pecados. Entonces Jesús le dice al paralítico: “Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa.” No sabemos cuánto tiempo llevaba ese paralítico postrado en esa cama, pero aunque fuese poco tiempo es difícil pensar que se acordase cómo ponerse de pie siquiera. La gente que pasa por esta condición requiere de una larga terapia y entrenamiento para que los músculos atrofiados recuperen su memoria y movilidad.
No vemos que Jesús le ofrezca su mano al paralítico para ayudarle a levantarse, Él simplemente le da Su Palabra: “Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa.” Ahora este paralítico tenía que tomar una decisión, o seguía con su queja, pasividad y dependencia de los demás; u, obedecía a las palabras de Jesús teniendo fe en que podía levantarse. No vemos que Jesús le haya dado ninguna señal que le diese esperanza de que se levantaría. No le impuso las manos, no le afirmó su sanidad, no echó algunos polvos mágicos para ayudar a la fe del paralítico. Solamente le dio Su palabra. Y eso es todo lo que necesitamos, la Palabra de Dios para levantarnos de nuestra vida pecaminosa. Pero debemos estar dispuestos a creer a la Palabra y a obedecer. Veamos a continuación qué hizo el paralítico.
Leamos juntos el v.7. El paralítico creyó y obedeció a la palabra de Jesús. Se levantó y se fue a su casa como si hubiese estado en terapia durante meses para superar su parálisis. Esto demostró fehacientemente el poder de Jesús para sanar cualquier enfermedad, y sobre todo, su potestad para perdonar pecados. Las palabras de Jesús: “Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados.” Deben haber inundado el corazón de este paralítico de una fe y gracia maravillosas. Así cuando Jesús le dijo: “Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa.” No dudó en levantarse de su lecho de pasividad, queja y dependencia de otros, obedeciendo activamente la palabra de Jesús con fe en su corazón y valiéndose de sí mismo para levantarse. Vemos aquí, entonces, como las palabras de Jesús cambiaron la vida de este hombre pasivo y dependiente de otros, a un hombre que obedece activamente la Palabra de Dios.
Pero ese no fue el único cambio que hubo en su vida. Leamos juntos el v.8. Este hombre no glorificaba a Dios con su vida. Vivía en el pecado, la pasividad, la queja y la dependencia de otros. Pero ahora su vida estaba glorificando a Dios. Cuando la gente vio este grandioso milagro de Jesús se maravillaron y glorificaron a Dios. Dios quiera que nuestras vidas también sean cambiadas en vidas que glorifican a Dios. Que cuando la gente vea cuánto han cambiado nuestras vidas, glorifiquen a Dios por ello y muchos quieran venir a Jesús también. Amén.
En esta mañana Jesús te dice a ti también como le dijo al paralítico: “¡Levántate!” Levántate de tu postración espiritual. Levántate de tu vida de pecado. Levántate de vivir una vida pecaminosa que no glorifica a Dios. ¿Qué vas a hacer al respecto? ¿Vas a ser como este paralítico y vas a creer y obedecer la Palabra de Dios, o te vas a quedar allí postrado? La decisión es tuya. Jesús quiere perdonar tus pecados, cambiar tu vida y glorificarse a través de ella. Pero si tú no crees, obedeces la Palabra y te levantas de esa vida que estás llevando, te quedaras en esa cama de pecado hasta que tomes la decisión, o peor aún, hasta que sea muy tarde. Yo oro para que podamos escuchar, creer y obedecer la Palabra de Dios y que podamos levantarnos, cambiar nuestras vidas, y ser esos amigos que traen a otros a Jesús hasta convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para la gloria de Dios. Amén.
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