Mateo 8:23-27

8:23 Y entrando él en la barca, sus discípulos le siguieron.
8:24 Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía.
8:25 Y vinieron sus discípulos y le despertaron, diciendo: ¡Señor, sálvanos, que perecemos!
8:26 El les dijo: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza.
8:27 Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?

¿POR QUÉ TEMÉIS, HOMBRES DE POCA FE?


Buenos días. Todos hemos experimentado temor en algún momento de nuestras vidas. Son variados los estímulos que pueden provocar el temor en los seres humanos. El miedo es una de las 6 emociones básicas de los seres humanos junto al enojo, la alegría, la tristeza, el desagrado y la sorpresa. Podríamos describir el miedo como esa emoción que invade a la persona de un intenso estado de alerta o preocupación frente a una amenaza, que puede ser real pero también imaginaria o exagerada subjetivamente.

Pero el temor es una conducta aprendida. Piensen en un niño, por ejemplo. Los niños no tienen temor a nada, principalmente porque todavía no tienen una lógica de causa y efecto. Un niño puede saltar con confianza en una piscina porque no piensa que se va a ahogar. Puede introducir un tenedor en un tomacorriente porque no sabe lo que va a suceder. Pero también, un niño tiene plena confianza en sus padres. Un niño puede saltar desde cualquier altura a los brazos de su padre porque confía en que él lo atrapará. Y en cualquier circunstancia, por grave que sea, un niño vendrá corriendo a su madre o a su padre porque confía en que éste le ayudará, aun cuando el padre o la madre no tengan mucho poder para hacer nada al respecto.

Entonces, una de las causas del temor es la desconfianza. Cuando no tenemos confianza o certidumbre con respecto a lo que sucederá, tememos. Cuando no tenemos confianza en una persona, tememos que nos fallará o nos dejará caer. Por eso existe un ejercicio de confianza en el que uno se deja caer para que un compañero le sostenga en sus brazos en algún punto de la caída. Si no confiamos en nuestro compañero, sentiremos que nos dejará caer; pero si confiamos, tendremos la certeza de que no nos dejará caer, sino que en algún momento sus brazos estarán allí para evitar la caída. Lo mismo sucede con Dios. Si no tenemos confianza o fe en Dios, entonces sentiremos que estamos a merced de las circunstancias, y cuando no las podamos controlar sentiremos temor. Pero si tenemos fe en Dios, no importa cuáles sean las circunstancias, tendremos la confianza de que Dios está allí y nos ayudará a salir de ellas. 

Pero la confianza viene de conocer a la persona. Difícilmente podremos confiar en alguien que no conocemos. Igualmente si no conocemos realmente quién es Dios, tampoco podremos confiar en Él. Esta es la lección que Jesús quería enseñar a sus discípulos en este pasaje bíblico. Ellos debían aprender a confiar a Dios en cualquier circunstancia, aun cuando se viera amenazada su vida. Yo oro para que a través de este mensaje nosotros también podamos aprender a tener fe en Dios en toda circunstancia, incluso en medio de la más poderosa tempestad de nuestras vidas. Que sigamos el ejemplo de Jesús y descansemos en nuestra fe en Dios. Amén. 

I.- ¡Señor, sálvanos, que perecemos! (23-25)

Leamos juntos el v.23 por favor. La semana pasada aprendimos que Jesús mandó a sus discípulos a preparar una barca para pasar al otro lado del mar (v.18). Ahora leemos que Jesús entra en la barca y sus discípulos lo siguieron. Vemos aquí que solo hay referencia a una barca, así que podríamos inferir que solo unos pocos discípulos siguieron a Jesús, quizás muchos fueron desanimados después de haber aprendido, como nosotros la semana pasada, lo que cuesta seguir a Jesús. Matthew Henry afirma en su comentario que solamente los doce siguieron a Jesús: “los doce se mantuvieron cerca de él, mientras que otros se quedaron atrás, en tierra firme, donde había un pie seguro.” Si bien no podemos saber esto con certeza, lo que sí sabemos es que aquellos que le siguieron aprenderían una valiosa lección en este viaje. 

Leamos ahora juntos el v.24. Mateo nos dice aquí que repentinamente se levantó una gran tempestad. En cierto sentido ésta era una escena muy corriente en el Mar de Galilea. El Mar de Galilea es pequeño; tiene unos 21 km de Norte a Sur y 12 km de Este a Oeste por lo más ancho. El valle del Jordán ocupa una profunda falla de la superficie de la Tierra, y el Mar de Galilea es parte de esa falla. Está a 210 m por debajo del nivel del Mediterráneo. Eso hace que su clima sea templado y benigno, pero también crea peligros. Al Oeste hay colinas con valles y barrancos; y cuando sopla el viento frío del Oeste, parece que se comprime en ellos, y se precipita sobre el lago con una violencia salvaje y con una rapidez alucinante, de manera que la calma de un momento se convierte en un instante en una tormenta rugiente. Las tormentas del Mar de Galilea se producen repentina y violentamente de una manera totalmente imprevisible y única. 

Sin embargo, la ferocidad de esta tormenta debió ser única. Dice Mateo que la tempestad era tan grande que las olas cubrían la barca. La palabra griega que se usa aquí para tempestad es seismós, que se puede traducir también como terremoto. Las olas alcanzaban tal altura que la barca quedaba oculta entre las olas, porque la cresta de las olas se remontaba por encima de ella. Esta es la razón por la que aun los experimentados pescadores que seguían a Jesús se espantaron de tal forma que le dicen en el v.25: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!” 

Pero, ¿qué hacía Jesús en medio de tan furiosa tempestad? Leamos nuevamente el v.24b. ¿Cómo podía Él dormir en medio de semejante situación? Alguno podría pensar que Jesús estaba en algún camarote dentro del barco, pero esta era una sencilla barca de pescadores, no tenía tal cosa como camarotes. De hecho, Mar. 4:38 dice que “él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal”. Así que el ruido de los vientos y las olas, además del agua pegándole en la cara debieron haberlo despertado. También alguien podría pensar que Jesús estaba completamente exhausto por todo lo que había hecho anteriormente. Y si bien esto podría ser cierto, semejante tormenta debía haber sido suficiente para despertar aterrado a cualquiera, sin importar cuán cansado estuviese.

Entonces, ¿cómo podía dormir Jesús en semejante situación? El Señor quería enseñarles una lección a sus aterrados discípulos. Jesús conocía muy bien al Padre. Él sabía que había venido con una misión a este mundo, y sin importar cuán amenazante para su vida fuese una situación, Él no partiría de este mundo hasta haber cumplido Su misión. El Padre protegería la vida de Jesús hasta que la misión fuese completada. Y si sus discípulos conocieran bien a Jesús, sabrían esto también y se acostarían a dormir junto a Él. Pero más adelante veremos que en realidad ellos no conocían bien a Jesús y ésta es la razón principal por la que ellos no podían confiar en que todo estaría bien aunque tenían a Jesús con ellos en la barca. Veamos a continuación lo que hicieron.

Leamos juntos el v.25. En medio de su desesperación, los discípulos ven a Jesús durmiendo plácidamente como si nada estuviese pasando, y en lugar de pensar: “Bueno… si el Señor está durmiendo no hay nada de qué preocuparse, vamos a dormir también nosotros”. Ellos fueron y le despertaron diciendo: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!” Y aunque este pudiese parecer un ruego con fe en que Jesús podía ayudar, realmente no lo es. A.T. Robertson en su Comentario Al Texto Griego del Nuevo Testamento dice que debería traducirse “más exactamente: «Señor, sálvanos ya (aoristo), que estamos pereciendo (presente lineal)».” Más que un ruego es una demanda. Esto está más alineado con lo que nos dice Mar. 4:38: “Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?” Los discípulos estaban indignados de que estando en semejante peligro Jesús no hiciese nada por ayudar sino que estuviese dormido. Más que tener fe en que Jesús pudiese algo, ellos querían que Él fuese de ayuda de alguna manera o que al menos mostrase cierto cuidado por ellos. Desde el punto de vista de ellos, a Jesús parecía no importarle su situación. Ellos no vinieron a Jesús con fe, sino con dudas acerca de su cuidado por ellos. Esto es lo que provoca la respuesta de Jesús que le da título a este mensaje y que veremos a continuación.  

II.- ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? (26-27)

Leamos juntos el v.26. La respuesta de Jesús al despertar no es para nada lo que los discípulos esperaban. En lugar de compadecerse de ellos por su situación, Jesús los regañó fuertemente. No fue que Jesús se puso de mal humor porque lo despertaron, sino que reprendió a los discípulos por su temor e incredulidad. Jesús estaba indignado por el miedo que tenían los discípulos, porque el miedo y la incredulidad van de la mano. Su temor mostraba que ellos no tenían confianza en Dios ni en Jesús. Matthew Henry comenta: “Él no les reprende por molestarle con sus oraciones, sino por molestarse a sí mismos con sus temores.” Lo que a Jesús realmente le molestó es que ellos se dejasen atribular de esa manera por no tener confianza en Jesús y en el Padre.

Aunque podríamos pensar que ellos tenían razones legítimas para sentirse así de atemorizados, en realidad ellos deberían haber tenido fe en Jesús después de todo lo que habían visto y oído. Ellos acababan de ver a Jesús hacer milagros significativos, mostrando gran poder y autoridad. Ellos habían visto un ejemplo de gran fe en el centurión que confió en el poder de la palabra de Jesús para sanar a su criado. Ellos tenían a Jesús en la barca y le vieron dormir en medio de esta terrible situación; Su paz debería haberles llenado de paz también. Ellos deberían haber tenido confianza en Jesús. Cuando confiamos en Dios como deberíamos, queda poco espacio para el miedo.

Meditemos en el ejemplo de Ananías, Misael y Azarías, los tres amigos de Daniel en Babilonia, mejor conocidos por sus nombres babilonios: Sadrac, Mesac y Abed-Nego. Cuando Nabucodonosor amenazó sus vidas con un horno de fuego si no adoraban su estatua, ellos respondieron: “He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado.”(Dan. 3:17-18). Sus vidas estaban amenazadas también como las de los discípulos, pero ellos confiaban en el poder y la buena voluntad de Dios. Ellos sabían que Jehová podía librarlos del horno de fuego y de la mano del rey, pero también sabían que Dios podía decidir no hacerlo y dejarlos morir en el horno, y sin embargo confiaban en Su amor y en Su buena voluntad. 

Los discípulos temían por sus vidas ante esa tormenta como lo harían pescadores que no conocen a Dios. Pero ellos debieron haber confiado en el amor y la buena voluntad de Dios para ellos. Y en Jesús que dormía plácidamente en su barca. Por esta razón el Señor reprendió su desconfianza e incredulidad antes de ayudarles.    

Leamos nuevamente el v.26b. Después de haber reprendido la incredulidad de sus discípulos, el Señor reprendió a los vientos y al mar. Charles Spurgeon comentó al respecto: “Él habló primero con los hombres, porque ellos eran los más difíciles de tratar; los vientos y el mar podían ser reprendidos después”. Y fíjense que apenas fueron reprendidos los elementos, se hizo grande bonanza, es decir el viento y el mar se calmaron a la voz de Jesús; pero los discípulos no se habrán calmado hasta que el viento y el mar estuvieron quietos. Esta es la diferencia entre la fe y la incredulidad. La fe nos permite estar tranquilos aun en medio de la tormenta, descansando en el amor de Dios y en su buena voluntad. Pero la incredulidad no nos deja estar tranquilos hasta que veamos que las circunstancias cambian. Es triste ver cómo las palabras de Jesús pueden calmar fácilmente una furiosa tormenta, pero en nuestra incredulidad no dejamos que Su Palabra calme las tormentas en nuestra mente y corazón. Dios nos ayude a tener la confianza de Jesús y que podamos descansar en el amor y la buena voluntad de Dios en toda circunstancia.

Leamos ahora el v.27. Viendo lo sucedido los discípulos se maravillaron, esto quiere decir que no daban crédito a lo que había pasado. Ellos se preguntaban atónitos: “¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?” Esto demuestra que ellos realmente no conocían bien a Jesús. No sabían quién estaba con ellos en aquella barca. Si ellos hubiesen sabido que el que dormía en la barca era el mismo por quien fueron creadas todas las cosas y que todas las cosas en Él subsisten (Col. 1:16-17); y que Él es de quien dijo el salmista: “Tú tienes dominio sobre la braveza del mar; cuando se levantan sus ondas, tú las sosiegas.” (Sal. 89:9); entonces no se habrían desesperado, sino que al verle dormir se habrían acostado junto a Él confiando en Su amor y Su buena voluntad. Pero, lamentablemente, ellos todavía no conocían bien a Jesús y les quedaba mucho por aprender acerca de Él.

Muchas veces también nosotros pasamos por la misma situación de estos discípulos. Creemos que conocemos y confiamos en Dios, pero cuando azota una tormenta en nuestras vidas que nos parece muy grande y amenazante, dudamos del amor y la buena voluntad de Dios y venimos a Él con desesperación y queja. 

El año pasado mi familia y yo pasamos por un par de grandes tormentas casi consecutivas. Como ustedes saben, repentinamente me quedé sin trabajo. Y aunque podía ver la mano de Dios guiando las cosas, y en mi mente sabía que mis tiempos estaban en las manos de Dios, había cierta incredulidad en mi corazón. Mi boca y mi mente decían que confiaba en Dios y que Él me ayudaría a conseguir un trabajo. Pero entonces tuve varios episodios de hipertensión debido al estrés, y un par de ellos fueron bastante serios. Estaba muy triste por haber perdido mi trabajo y tenía la incertidumbre de cuándo encontraría uno nuevo. Y aunque no manifestaba esto con mis palabras, mi cuerpo somatizaba estas cosas. Pero Dios es bueno y fiel y me ayudó rápidamente a encontrar un nuevo y mejor trabajo que el que tenía. ¡Jesús calmó milagrosamente esta tempestad! 

Luego se desató una gran tormenta en Venezuela. Quisimos aprovechar para ir a visitar a la familia y renovar nuestros documentos, pero después no nos dejaban sacar a las niñas del país hasta que tuviesen pasaportes venezolanos vigentes. Así un viaje que se supone que sería de dos semanas de vacaciones, terminó convirtiéndose en una odisea de más de dos meses. Parecía imposible que pudiésemos obtener los documentos de las niñas para traerlas de vuelta a Panamá, y de hecho no pudimos obtener el pasaporte venezolano de María Celeste. Pero por la gracia de Dios, después de muchas dificultades, nos dieron el permiso para que viajase con su pasaporte panameño. Este viaje resultó ser muy costoso económica y emocionalmente, pero también fue una gran oportunidad para ver la mano de Dios obrar en nuestras vidas. ¡Jesús calmó milagrosamente otra tempestad!

Yo oro para que cada uno de nosotros pueda ver a Jesús en sus barcas en cada una de las tempestades que azoten sus vidas. Y que en medio de todas las dificultades podamos descansar en el amor de Dios y en su buena voluntad. Que recordemos siempre que a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien (Rom. 8:28). Y que no importa que las cosas resulten diferentes a como las planeamos, los planes de Dios siempre son mejores. Que Dios les dé paz en medio de sus tormentas y les ayude a crecer en la fe a través de cada una de ellas. No dudemos nunca del amor de Dios para nosotros, sin importar la situación que estemos pasando. Y no nos acerquemos a Él con quejas o reclamos como los discípulos, sino con fe y humildad como el leproso y el centurión. Que Dios nos ayude a crecer cada día en la fe confiando en Su Palabra y Su amor. Amén. 

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