Mateo 7:7-11
7:7 Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.7:8 Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.
7:9 ¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra?
7:10 ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente?
7:11 Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?
PEDID, BUSCAD, LLAMAD
Buenos días. La semana pasada aprendimos cómo debemos relacionarnos con nuestros hermanos, específicamente cómo debemos lidiar con los errores o faltas de cada uno de nosotros. Aprendimos también cómo debemos relacionarnos con los que Jesús llamó “perros” y “cerdos”, aquellos que decididamente y aun en forma desafiante han rechazado el evangelio, e incluso persiguen a los creyentes.
Con respecto a nuestros hermanos, Jesús nos manda: “No juzguéis” (v.1), sino “saca primero la viga de tu propio ojo” (v.5). Así, Jesús nos prohíbe actuar como jueces o ser hipócritas, y en cambio nos pide que seamos realmente hermanos. No debemos juzgar o condenar a otros, ni mucho menos pensar que somos mejores que ellos, sino que debemos tener una actitud bíblica de amor y servicio con los que han fallado para que sean restaurados, reconociendo que nosotros mismos también somos pecadores y que todos necesitamos de la gracia y el perdón de Dios.
Pero con respecto a los “perros” y “cerdos” manda: “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos” (v.6). Si las personas han tenido abundante oportunidad de oír la verdad pero no responden a ella, y si con obstinación vuelven la espalda a Cristo, no debemos insistir una y otra vez con ellos, porque el evangelio de Dios sería menospreciado al dejar que ellos lo “pisoteen”. Pero debemos pedir sabiduría a Dios para discernir quienes son estos “perros” y “cerdos”, cuándo debemos desistir de predicarles con nuestras palabras, y cómo podemos servirle con sabiduría.
Quizás esta es la razón por la que ahora encontramos esta enseñanza con respecto a la oración. Esta no es la primera instrucción sobre la oración que Jesús da en el Sermón del Monte. Él ya nos ha advertido contra la hipocresía farisaica y la vana palabrería pagana, y nos ha dado su propia oración modelo. De hecho, parecía que ya había dicho todo lo que tenía que decir con respecto a la oración, sin embargo, ahora nos anima a orar dándonos unas promesas muy bondadosas: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.” Hoy aprenderemos el significado de esta invitación de Jesús y de las promesas que están detrás de ella. Yo oro para que a través de este mensaje se incremente nuestro deseo de acercarnos a Dios en oración y que podamos pedir, buscar y llamar a la puerta de Dios cada día con corazón ferviente. Amén.
I.- Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá (7-8)
Leamos juntos el v.7 por favor. Este famosísimo versículo es una invitación de Jesús a la oración. Él nos anima a orar prometiéndonos que nuestras oraciones serán oídas. Quizás hemos llegado a pensar que Dios no oirá nuestras oraciones porque somos pecadores indignos. Lutero dijo al respecto: “Él sabe que somos tímidos y asustadizos, que nos sentimos indignos e incompetentes para presentar nuestras necesidades a Dios… Creemos que Dios es tan grande y nosotros tan diminutos que no nos atrevemos a orar… Por eso Cristo quiere suprimir tales pensamientos tímidos, quitar nuestras dudas, y hacernos avanzar confiada y audazmente”. Jesús nos promete en el v.8 que: “todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.” No debemos pensar que nuestra pecaminosidad nos hace indignos para orar, sería como pensar que un enfermo no puede ir al hospital. Así como el enfermo necesita ir al hospital para examinarse y ser tratado, nosotros necesitamos orar para que nuestro corazón sea examinado y nuestro pecado tratado, y de paso presentamos nuestras peticiones delante de nuestro Dios.
A veces podemos llegar a sentir que por más que oramos, nuestras oraciones no son oídas. Es por esto que Jesús repite tres veces esta promesa para que quede impresa en nuestras mentes y no tengamos dudas de que si persistimos en la oración, Dios va a escuchar nuestras peticiones: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá”. Fíjense que estas promesas están ligadas primero a mandatos: “Pedid”, “buscad”, “llamad” y luego aparece la promesa de que se responderá: “se os dará”, “hallaréis”, “se os abrirá”. Así que no debemos dudar que si oramos nuestras oraciones serán escuchadas y respondidas.
Pero este versículo también se ha malinterpretado como que Dios va darnos cualquier cosa que pidamos solo porque la pedimos insistentemente. Contra este pensamiento nos advierte el apóstol Santiago: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.” (Stg. 4:3). No todo lo que pidamos se nos dará. Si pedimos para satisfacer nuestros deseos pecaminosos, entonces no recibiremos. En cambio, el apóstol Juan nos da esta promesa: “Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye.” (1Jn. 5:14). Para recibir lo que pedimos, debemos pedir conforme a la voluntad de Dios. Así que necesitamos primero la sabiduría de Dios para discernir Su voluntad y pedir conforme a ella. Y con respecto a esto nos aconseja el apóstol Santiago: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.” (Stg. 1:5). Esta es una de las primeras cosas que debemos pedir en la oración, sabiduría para discernir la voluntad de Dios. Por otro lado, el apóstol Pablo nos dice: “Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.” (Rom. 8:26) ¡Gracias a Dios que nos ha dado Su Espíritu Santo para interceder por nosotros, aun cuando no sabemos pedir lo que nos conviene!
Si se fijan bien, los mandatos de Jesús aquí se presentan deliberadamente en una escala ascendente de intensidad y de importunidad: “pedid”, “buscad”, “llamad”. El Dr. Richard Glover interpreta esto como la forma en la que un niño interactúa con su madre. Si su madre está cerca y a la vista, pide; si ella no está, busca; y si está inaccesible, encerrada en su habitación, golpea o llama a la puerta. Vemos, pues, una progresión en la intensidad del deseo y en la importunidad. Entonces, podemos ver que los tres verbos están en imperativo, es decir, son mandamientos, e indican la persistencia con que deberíamos dar a conocer nuestras peticiones a Dios. Vamos a analizar las implicaciones de cada uno a continuación.
Primero, pedid. Leamos juntos nuevamente el v.7a por favor. Pedir es la menos intensa e inoportuna de las formas activas de conseguir algo. Según el DLE es “expresar a alguien la necesidad o el deseo de algo para que lo satisfaga.” Alguien está cerca de nosotros y le decimos verbal o gestualmente que queremos algo con la esperanza de que nos lo dé. Podemos pedir algo que quizás queremos, pero que realmente no deseamos con mucha intensidad o urgencia. Por ejemplo, le puedo pedir a alguien: “pásame eso por favor”, y si la persona me ignora o declina mi petición, si de verdad me interesa, podría insistir en pedirle, pero si no estoy tan interesado o urgido, podría pensar: “bueno… después lo busco”.
En la oración, pedir sería exponer nuestra petición delante de Dios. Jesús nos está mandando aquí a pedirle a Dios, a expresarle nuestras necesidades y deseos. Alguno podría pensar: “¿para qué voy a pedirle a Dios si Él ya sabe de lo que tengo necesidad? ¿Por qué molestar a Dios con mis pequeñas necesidades o deseos; Él está muy ocupado?” Esto ya lo tratamos en un mensaje anterior. Pedirle a Dios no es porque Él ignore y necesite que le informemos, ni porque esté renuente y necesitemos persuadirlo. La razón tiene que ver con nosotros, no con Él; la pregunta no es si Él está dispuesto a dar, sino si nosotros estamos dispuestos y preparados para recibir. Así pues en la oración no persuadimos a Dios, sino más bien luchamos con nosotros mismos para someternos a Dios. No pedirle a Dios es una falsa humildad. Detrás de esto está el orgullo de pensar que podemos hacer u obtener las cosas por nosotros mismos.
¿Qué pasa si pedimos? Leamos nuevamente el v.7a. La verdad es que el Padre celestial nunca consiente a sus hijos, aunque algunos piensen que son los hijos consentidos de Dios. Él no nos colma de regalos los queramos o no, estemos preparados para recibirlos o no. En cambio, espera hasta que reconozcamos nuestra necesidad y nos volvamos a Él en humildad. Por eso es que Jesús nos manda: “Pedid”, pidan. Y cuando pedimos a Dios, conforme a Su voluntad, se nos dará. El apóstol Santiago afirma: “Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís.” (Stg. 4:2). No tenemos lo que deseamos en Dios porque no lo pedimos. ¿Tienes tú la relación que desearías tener con Dios? ¿Obedeces la Palabra de Dios tanto como lo deseas? ¿Tú y tu familia sirven a Dios como desearías que lo hicieran? Si la respuesta es negativa, es porque no le pides a Dios. Pidamos a Dios en oración lo que deseamos, ese es el camino que Él ha elegido para que expresemos nuestra necesidad consciente y nuestra dependencia humilde de Él.
Segundo, buscad. Leamos juntos nuevamente el v.7b por favor. Buscar es una forma un poco más intensa e inoportuna de conseguir algo. Según el DLE es “hacer algo para hallar a alguien o algo.” Fíjense que pedir es algo verbal o gestual, prácticamente no hay que hacer mucho para conseguir lo que necesitamos o deseamos. Pero buscar implica hacer algún esfuerzo por conseguir eso que queremos. En el ejemplo que les coloqué anteriormente si la persona a la que pido algo no responde a mi petición, yo mismo voy y lo busco, porque realmente lo quiero. Hay una mayor intensidad en el deseo. En la aplicación del Dr. Glover, el niño que realmente quiere algo de su mamá va y la busca donde esté hasta que la encuentre y le pueda pedir.
En cuanto a nuestra relación con Dios, quizás no debemos enfocarnos mucho en el significado de cada palabra para aplicar lo que Jesús nos está mandando que hagamos. Basta con entender que Jesús está enfatizando que perseveremos con cada vez más fervor en la oración. Sin embargo, David Guzik comenta: “La oración es como el buscar en que buscamos a Dios, su palabra, y su voluntad”. Al orar buscamos el rostro, la presencia, la voluntad de Dios. Y si realmente queremos algo, insistiremos en ello delante de Dios con constancia, y si estamos seguros de Su voluntad con respecto a eso, entonces haremos también lo necesario para hallarlo.
Ustedes saben que una de nuestras peticiones de oración es que Panamá se convierta en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Si realmente deseamos que esto suceda, no solamente se lo pediremos a Dios una vez, sino que insistiremos en ello con perseverancia en todas nuestras oraciones. Pero no solo se lo pediremos, sino que iremos a la universidad a predicar el evangelio continuamente hasta que todo Panamá se convierta en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Esto podría ser un ejemplo de buscar que nuestra petición se haga realidad.
¿Y qué pasa si buscamos? Hallaremos. Insisto que esto no significa que porque deseemos algo y lo busquemos intensamente Dios lo va a conceder. Puede que no sea la voluntad de Dios, así que nos hallaremos haciendo como acabamos de leer en Stg. 4:2, codiciando, matando, ardiendo de envidia, combatiendo, luchando, y sin poder alcanzar. Y todo porque pedimos mal, para nuestros propios deseos pecaminosos (Stg. 4:3). Como aprendimos hace dos domingos, no busquemos afanosamente las necesidades básicas como los gentiles, “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.” (Mat. 6:33). Busquemos el rostro de Dios en oración, Su Palabra, y busquemos hacer Su voluntad en nuestras vidas, trabajando arduamente en la misión de Dios.
Tercero, llamad. Leamos juntos nuevamente el v.7c por favor. Aquí, llamar es la forma más intensa e inoportuna de conseguir algo. La palabra llamar aquí no implica el uso de la voz como podríamos llegar a pensar, sino el llamar a la puerta o tocar o golpear la puerta. Las versiones en inglés traducen knock, que se traduciría al español precisamente como “tocar la puerta”. La idea es ir a la casa o a la habitación de alguien y tocar la puerta para pedir algo. Fíjense que al pedir tenemos a la persona al lado y le pedimos, por eso es la menos inoportuna; al buscar, tenemos que ir por la persona a algún lugar, y quizás podríamos hablar de un lugar público, así que no sería tan inoportuno; pero al llamar, hay que ir hasta su casa o habitación y tocar la puerta, importunándole.
Quizás la mejor forma de entender el grado de importunidad en llamar es como lo expresa Lucas en su paralelo de este sermón: “Les dijo también: ¿Quién de vosotros que tenga un amigo, va a él a medianoche y le dice: Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha venido a mí de viaje, y no tengo qué ponerle delante; y aquél, respondiendo desde adentro, le dice: No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis niños están conmigo en cama; no puedo levantarme, y dártelos? Os digo, que aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo por su importunidad se levantará y le dará todo lo que necesite. Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.” (Luc. 11:5-9). La puerta está cerrada porque ya es medianoche, ¡Qué hora tan inoportuna para ir a pedir algo! Además, al tocar su puerta estamos interrumpiendo su privacidad, ya estaba acostado con su familia. Pero Jesús dice que por su importunidad, ese hombre se levantará y le dará todo lo que necesite.
Tener que llamar a la puerta implica cierta resistencia. Después de todo, si la puerta ya estuviera abierta, no habría necesidad de tocar o llamar. Sin embargo, Jesús nos anima: “Aun cuando sientas que la puerta está cerrada y debes tocar, hazlo y continúa haciéndolo, y se te abrirá”. Sin embargo, la imagen de llamar a la puerta también implica que hay una puerta que sí puede ser abierta, si no, ¿para qué tocaríamos? Charles Spurgeon comentó: “Sus puertas están diseñadas a abrirse: fueron hechas con el propósito de entrada; y así el bendito evangelio de Dios está hecho a propósito para que entres a la vida y la paz. Sería inútil tocar a una pared, pero sabiamente puedes tocar a una puerta, ya que está destinada a abrirse”. Venimos a la puerta de Dios y todo lo que debemos hacer es llamar.
Añade también Spurgeon: “Cualquier hombre sin educación puede llamar a la puerta si eso es todo lo que se requiere de él… Un hombre puede llamar a la puerta sin ser un filósofo. Un hombre tonto puede llamar a la puerta. Un ciego puede llamar a la puerta. Con una mano paralizada un hombre puede llamar a la puerta… La manera de abrir las puertas del cielo es asombrosamente simplificada para aquellos que son lo suficientemente humildes de seguir la dirección del Espíritu Santo, y pedir, buscar y llamar con fe. Dios no ha provisto una salvación que solo puede ser entendida por hombres cultos… está destinada para los ignorantes, de corto entendimiento, y los moribundos, al igual que para otros, por lo tanto, debe ser tan simple como llamar a la puerta”. ¡Pidan, busquen, llamen!
Leamos ahora juntos el v.8. ¡Qué hermosa promesa del Señor! Aquí Jesús nos dice que todo aquel que ora ferviente y persistentemente a Dios será oído. El que mantiene una comunión continua con Dios pronto llega a discernir Su voluntad y procura obedecerla en su vida. Sobre todo, si oramos como en la oración modelo del Señor, primero para que el nombre de Dios sea santificado en nuestras vidas y Su señorío absoluto sea establecido en cada una de las áreas de nuestras vidas. Estas personas que tienen tal comunión con Dios, pueden expresar el deseo de sus corazones delante de su Padre Celestial y verán respondidas sus oraciones. Por eso dice el salmista: “Deléitate asimismo en Jehová, y él te concederá las peticiones de tu corazón.” (Sal. 37:4). Cuando nos deleitamos en la presencia de Dios y en hacer su voluntad, las peticiones de nuestro corazón serán de acuerdo a la voluntad de Dios y por lo tanto recibiremos todo lo que pidamos.
II.- El padre amoroso que da (9-11)
Leamos juntos los vv. 9-11. Jesús ilustra sus promesas mediante una parábola doméstica. Representa una situación con la que todos sus oyentes estaban familiarizados: un niño que se acerca a su padre con una petición. Si pide pan ¿se le dará algo que se parece un poco a lo que pide pero que, en realidad, es desastrosamente diferente, por ejemplo una piedra en vez de pan, o una serpiente en vez de pescado? Es decir, si el niño pide algo sano para comer, como pan o pescado, ¿le dará su padre algo insano, incomible, como una piedra, o definitivamente dañino, como una serpiente venenosa? ¡Por supuesto que no! Los padres, aunque sean “malos”, es decir, egoístas por naturaleza, aman a sus hijos y les dan “buenas dádivas” o cosas buenas. Fíjense que aquí Jesús habla acerca de la pecaminosidad inherente de la naturaleza humana, pero al mismo tiempo, no niega que los hombres malos sean capaces de hacer bien. Más aun, los padres “malos” dan “buenas dádivas” a sus hijos, según Calvino: “porque Dios derrama en sus corazones una porción de su bondad”. Lo que Jesús dice es que, aunque ellos hacen bien, siguiendo los nobles instintos de la paternidad y cuidando de sus hijos, ni siquiera entonces escapan a la designación de “malos”, porque eso es lo que somos los seres humanos, aun cuando hagamos bien.
Así pues, la fuerza de la parábola yace más bien en un contraste y no en una comparación entre Dios y los hombres. Se puede notar en el “cuanto más” del v.11. Si los padres humanos, aunque son malos, saben dar buenas dádivas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo, que es absolutamente bueno, dará cosas buenas a los que le pidan! San Agustín comenta al respecto: “Porque ¿qué no daría ahora a sus hijos cuando le pidan, si ya ha concedido esto mismo, a saber, que sean hijos?” Y nos dice también el apóstol Pablo: “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Rom. 8:32). No hay duda de que nuestras oraciones se transforman cuando recordamos que el Dios al que nos acercamos es “Abba, Padre”, e infinitamente bueno y misericordioso.
El teólogo alemán Joachim Jeremias ha demostrado la novedad de esta enseñanza de Jesús. Escribe que “una revisión de la rica y abundante literatura de las plegarias judías, tan poco estudiada aún, lleva a la conclusión de que en ninguno de sus pasajes está atestiguado el término Abba para invocar a Dios… era un término del lenguaje infantil, una palabra común empleada a diario; nadie hubiera osado dirigirse con ella a Dios. Jesús, en cambio, lo hace casi siempre… y da indicaciones a sus discípulos para que repitan Abba como él”.
¿Qué podía ser más simple que este concepto de la oración? Si estamos en Cristo, Dios es nuestro Padre, somos sus hijos, y la oración es acercarnos a Él con nuestras peticiones, con los deseos y anhelos de nuestro corazón, así como un hijo se acerca a su padre a pedirle lo que quiere. ¿Han visto a ustedes a un niño acercarse con un gran protocolo a su padre a pedirle lo que quiere? Quizás los hijos de la realeza en público, pero en privado no sería así. En privado el rey, es simplemente papá. Así mismo, en nuestra habitación, cerrada la puerta, Dios es Abba, padre, papá. Un padre bueno que nos dará todo lo que pidamos conforme a su voluntad y que nos ama tanto que nos negará todo aquello que Él sabe, en su presciencia y sabiduría, que nos hará daño.
La oración suena muy sencilla cuando Jesús enseña acerca de ella. Simplemente: “Pedid… buscad… llamad…’ y en cada caso se les responderá. No obstante, es mucho lo que hay detrás de ella. Primero, la oración requiere conocimiento. Ya que Dios da sus dádivas solamente si ellas están de acuerdo con su voluntad, tenemos que esmerarnos en descubrir su voluntad, mediante la meditación en las Escrituras y mediante el ejercicio de una mentalidad cristiana instruida por las Escrituras. Segundo, la oración requiere fe. Una cosa es conocer la voluntad de Dios; otra muy distinta, humillarnos ante él y expresar nuestra confianza en que Él es capaz de hacer que Su voluntad se cumpla. Y Tercero, la oración requiere deseo. Podemos conocer la voluntad de Dios y creer que Él puede realizarla, y aun así no desearla. La oración es el medio principal que Dios ha ordenado a través del cual expresamos nuestros anhelos más profundos. Esta es la razón por la cual los mandatos de ‘pedir-buscar-llamar’ están en imperativo y en escala ascendente, para desafiar nuestra perseverancia.
Así entonces, antes que pidamos, tenemos que saber qué pedir y si ello está de acuerdo con la voluntad de Dios; tenemos que creer que Dios puede concederlo; y tenemos que desear genuinamente recibirlo. Entonces las promesas misericordiosas de Jesús se convierten en realidad. El teólogo Adam Clarke nos insta: “Pedid con confianza y humildad. Buscad con cuidado y aplicación. Llamad con seriedad y perseverancia”. Así que el llamado de Jesús es que oremos al Padre insistente e inoportunamente hasta conseguir su respuesta.
Yo oro para que cada uno de nosotros seamos fervientes y perseverantes en la oración, pidiendo a Dios por nuestras necesidades con la confianza de que Él es nuestro Padre Bueno que escucha y que nos dará lo que es mejor para nosotros. Y que busquemos primeramente el reino de Dios y su justicia, sabiendo que Él añadirá todas las cosas que necesitamos. Pidan y Dios les dará. Busquen y hallarán en Dios. Llamen y Dios abrirá las puertas de los cielos para ustedes. Amén.
ARCHIVOS PARA DESCARGAR
|
[3.Jul.2022]_Dominical-UBF-Panamá_(MAT_7..7-11)-Mensaje.pdf
|
|
[27.Jun.2022]_Dominical-UBF-Panamá_(MAT_7..7-11)-Cuestionario.pdf
|
Hasta ahora se han realizado 0 comentarios...