Mateo 7:1-6
7:1 No juzguéis, para que no seáis juzgados.7:2 Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.
7:3 ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?
7:4 ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo?
7:5 ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.
7:6 No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.
SACA PRIMERO LA VIGA DE TU PROPIO OJO
Buenos días. Hoy comenzaremos el último capítulo del Sermón del Monte. Aquí hay aparentemente una colección de diversos sermones que Jesús enseñó a sus discípulos acerca de cómo los cristianos debemos relacionarnos con los demás. Abarcan algunos aspectos de las relaciones con: nuestros hermanos (vv. 1-5), los “perros” y “cerdos” (v.6), nuestro Padre Celestial (vv. 7-11), la humanidad en general (v.12), nuestros compañeros de peregrinaje que andan con nosotros en el camino angosto (vv. 13-14), los falsos profetas (vv. 15-20) y nuestro Señor Jesucristo (vv. 21-27).
Hoy aprenderemos cómo debemos relacionarnos con nuestros hermanos con respecto a cómo debemos lidiar con los errores o faltas de unos y otros. Jesús no espera que la comunidad cristiana sea perfecta, al contrario, Él sabe que habrá quienes procederán mal y que esto dará lugar a tensiones, a problemas de relaciones. ¿Cómo deberíamos actuar ante estos problemas? Eso es lo que aprenderemos hoy. Jesús prohíbe actuar como jueces o ser hipócritas, y en cambio nos pide que seamos realmente hermanos. No debemos juzgar o condenar a otros, ni mucho menos pensar que somos mejores que ellos, sino que debemos tener una actitud bíblica de amor y servicio con los que han fallado para que sean restaurados. Todo esto es posible solamente cuando somos conscientes de la gravedad de nuestros propios pecados y fallas, y de la gracia y corrección que nuestro Padre Celestial da a sus hijos. Cuando actuamos así, tendremos una comunidad cristiana perfecta en amor. Yo oro para que cada uno de nosotros pueda sacar primero la viga que está en su ojo, en lugar de concentrarse en la paja que está en el ojo del hermano, y que podamos servirnos con amor los unos a los otros. Amén.
Antes de entrar en el texto bíblico me gustaría contarles una pequeña historia. Una mujer estaba desayunando con su marido y ve a través de la ventana a la vecina colgando sus sábanas en el tendedero. La mujer le comenta al marido: “¡Qué sábanas tan sucias cuelga la vecina en el tendedero! Quizás necesite un jabón nuevo o alguien que le enseñe a lavar”. El marido la miró y continuó leyendo el periódico. A la semana siguiente la vecina colgaba nuevamente sus sábanas en el tendedero y la mujer repetía su discurso a su marido: “¡Nuestra vecina continua colgando las sábanas sucias! Si yo no fuese tan tímida, le preguntaría si ella quiere que yo le enseñe a lavar las sábanas.” La situación se repitió un par de semanas y la mujer seguía repitiendo su discurso a su marido, juzgando a la vecina por sus sábanas sucias. Pasado un mes, la mujer se sorprendió al ver a la vecina tendiendo las sábanas bien limpias, y entusiasmada le dice al marido: “¡Mira, parece que aprendió a lavar las sábanas! ¿Será que alguien le enseñó? Por qué yo no le dije nada. Tú sabes que a mí no me gusta meterme en esas cosas.” El marido con una sonrisa le respondió: “No. Hoy me levanté más temprano y lavé los cristales de nuestra ventana”.
El problema nunca fue las sábanas de la vecina sino el cristal a través del cual la mujer las miraba. Muchas veces pasa lo mismo en nuestras vidas. El problema no es lo que hace nuestro hermano, sino el cristal a través del cual lo miramos. Asegurémonos siempre que miramos a través de un cristal limpio antes de juzgar. Asegurémonos de sacar la viga de nuestro ojo, antes de mirar la paja que está en el ojo del hermano.
I.- No juzguéis (1-2)
Leamos juntos el v.1 por favor. Estas palabras de Jesús son bien conocidas, pero en gran parte mal comprendidas. Algunos piensan que en estos versículos Jesús está prohibiendo toda clase de juicio, incluso los jueces en las cortes legales como lo interpreta León Tolstoi: “Cristo prohíbe en su totalidad la institución humana de cualquier corte legal”. Pero la prohibición de Jesús de ningún modo puede tener la intención que Tolstoi dice, porque el contexto no se refiere a jueces de las cortes legales sino más bien a la responsabilidad que tienen los individuos entre sí.
Otro dicen que debe entenderse como un mandato a suspender nuestras facultades críticas hacia otras personas, a volvernos ciegos a sus faltas (fingiendo que no nos damos cuenta de ellas), y a rehusarnos a discernir entre la verdad y el error, lo bueno y lo malo. No sería honesto sino hipócrita conducirnos de esta manera. Y, además, la enseñanza que Cristo da en el Sermón del Monte está basada en el supuesto de que usaremos nuestras facultades críticas. Por ejemplo, su llamado a ser diferentes del mundo que nos rodea, en el que debemos mostrar una justicia mayor a la de los fariseos, ¿cómo podremos obedecer esto si no evaluamos primero la forma en que los otros actúan y luego nos aseguramos de que nuestra justicia es mayor?
De manera similar, en Mateo 7, este mismo mandato va seguido casi inmediatamente por dos mandatos más: no dar “lo santo a los perros” o nuestras “perlas a los cerdos” (v.6), y guardarnos de los falsos profetas (v.15). Sería imposible obedecer cualquiera de estos mandatos sin usar nuestro juicio crítico. Porque para determinar nuestra conducta hacia los “perros”, “cerdos” y “falsos profetas” tenemos que ser primero capaces de reconocerlos, y para hacerlo, ejercer un discernimiento crítico.
Entonces, ¿qué quiere decir Jesús cuando nos manda: “no juzguéis”? Lo que Él está prohibiendo es la inclinación a censurar o condenar a otros. El seguidor de Jesús es continuamente crítico en el sentido de que usa sus facultades de discernimiento, pero no juez en el sentido de censurar o condenar. La inclinación a censurar es un pecado combinado que consta de varios ingredientes desagradables. El crítico inclinado a censurar es un descubridor de faltas, es negativo y destructivo con las demás personas, disfruta esforzándose activamente por buscar las fallas en otros. Hace la peor interpretación posible de los motivos de los demás y es intolerante con sus errores.
Peor aún, tener inclinación a censurar es colocarnos en la posición de juez, y reclamar la competencia y autoridad de sentarnos a juzgar a otros. Pero si hago esto, me estoy poniendo a mí mismo y a mis prójimos en un papel que no nos corresponde. Ya que ¿cuándo han sido ellos mis siervos, y han tenido que responder ante mí? Y ¿cuándo he sido yo su señor y juez? El apóstol Pablo dice al respecto: “¿Tú quién eres, que juzgas al criado ajeno? Para su propio señor está en pie, o cae; pero estará firme, porque poderoso es el Señor para hacerle estar firme.” (Rom. 14:4). El principio es sencillo, pero vital, el hombre no es Dios para juzgar. Ningún ser humano está calificado para ser juez de sus hermanos, porque no podemos leernos mutuamente los corazones ni valorar nuestras motivaciones. Tener inclinación a censurar es tratar de usurpar el rol de Dios.
No solamente no somos los jueces, sino que estamos entre los juzgados, y seremos juzgados con mayor severidad si nos atrevemos a juzgar a otros. Leamos los vv. 1b-2. Así como juzgamos a los demás seremos juzgados por Dios, y con la medida con que medimos a otros, se nos medirá a nosotros. La lógica es clara. Si tomamos la posición de jueces, no podemos alegar ignorancia de la ley que pretendemos ser capaces de administrar. Si disfrutamos al ocupar el estrado, no debemos sorprendernos de encontrarnos en el banquillo de los acusados. Como lo expresó también el apóstol Pablo: “Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo.” (Rom. 2:1). Al juzgar a otros por ser pecadores, nos condenamos a nosotros mismo porque también lo somos.
Entonces, el mandato “no juzguéis” no manda que seamos ciegos, sino es más bien una exhortación a ser nobles. Jesús no nos dice que suspendamos las facultades críticas, sino que renunciemos a la ambición presuntuosa de ser Dios. Y aunque veamos fallas en los demás que no les condenemos, porque si no, Dios nos va a condenar por nuestros pecados a nosotros también. Porque ya aprendimos que: “si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.” (6:15).
II.- La paja en el ojo del hermano y la viga en tu ojo (3-5)
Leamos juntos el v.3. Jesús ahora nos cuenta su breve y famosa parábola sobre los cuerpos extraños que están en los ojos de la gente; pajas o astillas por un lado, y vigas o troncos por el otro. Y enseña que sería hipocresía inmiscuirnos en los pecados de otros, mientras que fracasamos en ocuparnos de los nuestros. Esta es otra razón por la cual somos incompetentes para ser jueces: no solo porque somos seres humanos falibles, sino también porque somos seres humanos caídos. La caída nos ha hecho a todos nosotros pecadores. Por eso no estamos en condiciones de levantarnos como jueces de nuestros hermanos pecadores; no estamos calificados para subir al estrado.
Leamos ahora juntos el v.4. La imagen de alguien que lucha con la delicada operación de quitar una pequeña suciedad del ojo de un hermano, mientras que un gran madero que está en su propio ojo oscurece por completo su visión, es en extremo ridícula, parece una caricatura, pero es tristemente real. Tenemos la mala costumbre de exagerar las faltas de los demás y reducir la gravedad de las nuestras. Tenemos una perspectiva alegre y optimista de nosotros mismos y una perspectiva áspera de los otros. En realidad, lo que hacemos a menudo es justificar nuestras propias faltas, y al verlas en los demás, los condenamos. De esa manera, experimentamos el placer de la rectitud propia sin el dolor de la penitencia. Esto es una hipocresía como dice el v.5. Leámoslo juntos. Esta clase de hipocresía es la más desagradable porque un acto aparente de bondad (quitar una paja del ojo de alguien) se convierte en el medio de inflar nuestro propio ego. La inclinación a censurar, escribe A. B. Bruce, es un “vicio farisaico, de exaltarnos nosotros mismos a costa de desacreditar a otros, un medio muy barato de obtener superioridad moral”.
Lo que deberíamos hacer en cambio es aplicarnos una norma por lo menos tan estricta como la que aplicamos a otros. El apóstol Pablo nos dice: “Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados” (1Co. 11:31). Si nos examináramos cuidadosamente y sacáramos la viga de nuestro ojo con arrepentimiento, no solo escaparíamos al juicio de Dios, sino que también estaríamos en condiciones de ayudar humilde y mansamente a un hermano o hermana que está errado. Habiendo primero sacado la viga de nuestro propio ojo, veremos claramente para quitar la astilla del ojo del hermano. Como lo expreso el rey David en su arrepentimiento por su pecado con Betsabé: “Esconde tu rostro de mis pecados, y borra todas mis maldades. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente. Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti.” (Sal 51:9-13). Solamente cuando nos arrepentimos humildemente de nuestros pecados y el Espíritu Santo nos capacita podremos corregir a otros con la Palabra de Dios y se arrepentirán y se convertirán al Señor.
Ahora, algunos suponen que con esta enseñanza Jesús está prohibiéndonos actuar como oculistas morales o espirituales y entrometernos con la condición de otras personas, diciéndonos en cambio que nos ocupemos de nuestros propios asuntos. No es esto lo que dice. El hecho de que se nos prohíban la inclinación a la censura y la hipocresía no nos exime de la responsabilidad fraternal. Por el contrario, Jesús iba a enseñar más tarde que si nuestro hermano peca contra nosotros, nuestro primer deber es “ve a solas con él y hazle ver su falta” (Mat. 18:15, NVI). La misma obligación se nos exige aquí. Sin duda, en ciertas circunstancias se nos prohíbe interferir, como cuando tenemos una viga en nuestro propio ojo que aún no hemos quitado. Pero en otras circunstancias Jesús realmente ordena reprender y corregir a nuestro hermano. Una vez que nos hemos ocupado del problema de nuestro propio ojo, veremos claramente para ocuparnos del otro.
Aun una paja o un poco de polvo en el ojo del hermano es un cuerpo extraño. No debe estar ahí. Es, por lo general, doloroso y peligroso. Dejarlo ahí, y no hacer ningún intento de ayudar al hermano a quitarlo, sería una falta de amor por el hermano. Nuestro deber cristiano es quitar primero la viga de nuestro ojo, y entonces, con la claridad de visión resultante, podremos ayudar a sacar la paja del ojo de nuestro hermano. De nuevo, Jesús no prohíbe la corrección del hermano que está fallando, sino más bien la corrección de otros cuando no nos hemos corregido primero a nosotros mismos.
La norma de Jesús para las relaciones en la contracultura cristiana es elevada y sana. En todas nuestras actitudes y conducta hacia otros no debemos actuar ni como jueces (volviéndonos severos, censuradores y condenatorios), ni como hipócritas (culpando a otros mientras nos excusamos nosotros), sino como hermanos, cuidando de otros a tal punto que primero nos corregimos nosotros y luego buscamos ser constructivos en la ayuda que les damos a ellos. Juan Crisóstomo dijo que a alguien que ha pecado deberíamos: “Corregirlo, pero no como a enemigo, ni como adversario exigiendo castigo, sino como el médico que provee las medicinas”. Debemos ser hermanos amorosos con deseos genuinos de rescatar y de restaurar a nuestro prójimo. Necesitamos ser tan críticos con nosotros mismos como a menudo lo somos con otros, y tan nobles con los otros como habitualmente lo somos con nosotros. Entonces aplicaremos de antemano la regla de oro a la que Jesús nos lleva en el v.12 y actuaremos con otros como nos gustaría que actuaran ellos con nosotros.
III.- Nuestra relación con “perros” y “cerdos” (6)
Leamos juntos el v.6. A primera vista, causa sorpresa oír este lenguaje en los labios de Jesús. Pero nuestro Señor siempre llamó al pan, pan, y al vino, vino. Su franqueza lo llevó a llamar a los escribas y fariseos hipócritas “sepulcros blanqueados” y “generación de víboras” (Mat. 23:27,33). Aquí afirma que hay ciertas personas que actúan como animales inmundos, y pueden por tanto ser designados como “perros” y “cerdos”. Pero en el contexto hay un equilibrio. Si bien no debemos ser jueces de otros, ni señalar faltas en ellos de una forma hipócrita, condenatoria o censuradora, tampoco debemos ignorar sus faltas y fingir que todo sigue igual. Ambos extremos deben evitarse. Si primero quitamos la viga de nuestro ojo y así vemos con claridad para quitar la paja del ojo de nuestro hermano, él (si es verdadero hermano en el Señor) apreciará nuestra intervención. Pero no todos se muestran agradecidos por la corrección. Según el libro de Proverbios, esta es una de las distinciones obvias entre el hombre sabio y el necio: “No reprendas al escarnecedor, para que no te aborrezca; corrige al sabio, y te amará.” (Pro. 9:8).
¿Quiénes son, entonces, estos “perros” y “cerdos”? Tanto los perros como los cerdos eran animales inmundos para los judíos. Los perros vivían de la carroña, comiendo toda clase de inmundicia, y los cerdos vivían revolcándose en la inmundicia. El apóstol Pedro luego compararía a los falsos profetas con estos animales uniendo dos proverbios: “Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno.” (2Pe. 2:22). Esto muestra que estas personas tienen hábitos inmundos. Recordemos que los judíos llamaban a los paganos “perros”, pero los cristianos ciertamente no podemos llamar a los no cristianos de esta manera. Por eso tenemos que entender bien lo que Jesús quiso decir.
Su mandato es: No den lo santo a los perros… ni echen sus perlas a los cerdos. La imagen es clara. Un judío nunca daría alimento “santo”, que solo debían comer los sacerdotes y levitas en lugar santo, a perros inmundos. Ni tampoco echaría sus perlas a los cerdos porque probablemente las confundirían con alimento, tratarían de comerlas y entonces, al encontrarlas incomibles, las pisotearían y tal vez atacarían al que se las dio. ¿Cuál es el significado de esta imagen o parábola? ¿Qué es lo “santo”, y qué son las “perlas”? Podríamos asociar esta imagen con la “perla preciosa” de su parábola en el 13:46, que se refiere al reino de Dios o salvación y, por extensión, al evangelio. Sin embargo, no podemos concluir que Jesús nos prohíbe predicar el evangelio a los incrédulos, pues esto va en contra de la enseñanza del Nuevo Testamento y la Gran Comisión.
Así que, los “perros” y los “cerdos” a quienes se nos prohíbe dar lo santo y echar la perla del evangelio no son todos los no creyentes. Calvino dijo que: “Tiene que ser entendido que los perros y los cerdos son nombres que se dan no a cualquier clase de hombres disolutos, o a aquellos que no tienen temor de Dios ni verdadera devoción, sino a aquellos que, mediante demostraciones claras, han manifestado un endurecido desprecio hacia Dios, de modo que su enfermedad parece incurable”. Los “perros” y “cerdos” son, entonces, aquellos que decididamente y aun en forma desafiante han rechazado el evangelio, e incluso persiguen a los creyentes.
Persistir más allá de cierto punto en predicar el evangelio a esta clase de gente es dar ocasión a su rechazo con desprecio, reiteración y hasta blasfemia, incluso pueden llegar a “despedazarnos”. Jesús aplicó el mismo principio al ministerio de los doce cuando les dio instrucciones antes de enviarlos en su primera misión. Les advirtió que en cualquier aldea o casa en la que entraran, “Si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies.” (Mat. 10:14). No debían persistir en la predicación del evangelio tratando de convencerles. Nuestro testimonio cristiano y nuestra predicación no deben ser totalmente indiscriminadas. Si las personas han tenido abundante oportunidad de oír la verdad pero no responden a ella, y si con obstinación vuelven la espalda a Cristo, colocándose ellos mismos en el papel de “perros” y “cerdos”, no debemos insistir una y otra vez con ellos, porque el evangelio de Dios sería menospreciado al dejar que ellos lo “pisoteen.”
Claro, abandonar así a las personas es un paso muy serio. Esta enseñanza de Jesús es solamente para situaciones excepcionales. Nuestro deber cristiano fundamental es ser pacientes y perseverar con otros, de la manera en que Dios ha perseverado pacientemente con nosotros. Y si la persona no acepta nuestras palabras, siempre podemos seguir sirviendo con amor para que nuestras acciones hablen más alto que nuestras palabras. Así que no nos apresuremos a etiquetar a nadie como “perro” o “cerdo” y dejar de testificarles de Cristo. En todo caso, recordemos que el Señor nos ha mandado: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (5:44). Sigamos estos principios de amor aun con aquellos que neciamente rechazan el evangelio y prefieren continuar revolcándose en su inmundicia.
Yo mismo fui este tipo de persona. Cuando por primera vez se acercaron a mí y me predicaron, yo blasfemé el nombre de Dios y les pedí a los jóvenes que me predicaban que no volviesen hacerlo nunca más. Y ellos fueron respetuosos a mi pedido. Y aunque continuábamos encontrándonos, no me hablaron más acerca de la Biblia, pero me la mostraron en sus vidas y eso fue lo que finalmente convenció mi duro corazón. Luego, yo mismo les pedí que me empezarán a hablar de Dios y la Biblia nuevamente. No abandonemos a aquellos que nos han rechazado. Sigamos orando por ellos y sirviéndoles con amor.
En conclusión, Jesús nos llama a estar conscientes de nuestros propios pecados y de la inmensidad de la gracia que hemos recibido de Dios. No seamos soberbios pensando que somos mejores que nuestros hermanos solamente porque pecamos de forma diferente. Todos nosotros somos pecadores necesitados de la gracia y el perdón de Dios, por lo tanto debemos ser benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándonos unos a otros, como Dios también nos perdonó a nosotros en Cristo (Efe. 4:32). No seamos hipócritas, sino examinemos siempre nuestros corazones con la Palabra de Dios, escribiendo testimonio bíblico y arrepintiéndonos continuamente de nuestros pecados, limpiándonos así de toda maldad.
Y teniendo un corazón limpio y estando llenos del Espíritu Santo, “considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.” (Heb. 10:24-25). Así construiremos una verdadera comunidad cristiana perfecta en amor y el Señor añadirá cada día los que han de ser salvos y Panamá se convertirá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para la gloria de Dios. Amén.
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P. Verónica Ramírez (SV)
( 18 de diciembre de 2020 )
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