Mateo 6:19-34

6:19 No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan;
6:20 sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan.
6:21 Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.
6:22 La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz;
6:23 pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estaráen tinieblas. Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas?
6:24 Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.
6:25 Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?
6:26 Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?
6:27 ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo?
6:28 Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan;
6:29 pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos.
6:30 Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe?
6:31 No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?
6:32 Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas.
6:33 Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.
6:34 Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.

BUSCAD PRIMERAMENTE EL REINO DE DIOS Y SU JUSTICIA


Buenos días. La forma en la que organizamos nuestras vidas depende de las cosas a las que les damos prioridad. Todos tenemos recursos limitados que debemos decidir cómo invertir. La forma en la que invertimos nuestros recursos materiales (como el dinero) y temporales (el tiempo) habla de cuáles son nuestras prioridades. Si invertimos mucho tiempo, dinero y esfuerzo en algo, es porque eso tiene una alta prioridad para nosotros. Si por el contrario invertimos muy poco de nuestros recursos, es porque no le damos mucha importancia.

En el pasaje bíblico de hoy, Jesús nos invita a pensar cuáles son las prioridades en nuestras vidas. ¿Dónde están nuestros tesoros? ¿A qué estamos dedicando nuestro tiempo y esfuerzos? Y nos enseña cuál debe ser nuestra máxima prioridad: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia”. Como discípulos de Jesús nuestra máxima prioridad debe estar en el reino de Dios y su justicia. Hoy aprenderemos qué significa esto y cómo podemos hacer para que el reino de Dios y su justicia sean nuestra máxima prioridad. Yo oro para que cada uno de nosotros pueda amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con toda su mente y con todas sus fuerzas y que el reino de Dios y su justicia puedan ser nuestra prioridad cada día de nuestras vidas. Amén. 

I.- ¿Dónde están nuestros tesoros, visión y lealtad? (19-24)

Leamos juntos los vv. 19-21 por favor. Jesús comienza esta enseñanza hablando de tesoros. Cuando hablamos de tesoros quizás nos imaginamos un cofre con oro y toda suerte de piedras preciosas. Pero los tesoros son las cosas que valoramos por encima de todo y que tendemos a guardar con mucho celo. Son las cosas que defendemos a toda costa, incluso con nuestra propia vida. Son las cosas que más apreciamos o en las que ponemos nuestro corazón. Si algo es un tesoro para nosotros, lo anhelamos con todo el corazón y daríamos lo que fuese necesario para obtenerlo. La gente sería capaz de “vender su alma al diablo”, usando el lenguaje popular, por obtener aquello que es un tesoro para ella.

 Todos y cada uno de nosotros atesoramos cosas. Pueden ser cosas materiales como el dinero, una casa, un vehículo, o cualquier bien preciado; o cosas inmateriales: como la familia, la pareja, la belleza, la salud, etc. Haríamos cualquier cosa para retener ese tesoro o nos deprimiríamos hasta la muerte si se nos arrebatara. Jesús no está negando que podamos tener tesoros, pero nos advierte que esos tesoros no deben ser terrenales, sino celestiales. No debemos aferrarnos a las cosas materiales o a las pasiones de este mundo, que son pasajeras, sino a las cosas celestiales y espirituales que son eternas. 

En la época de Jesús los tesoros eran la ropa, un granero lleno de cosecha, mucho ganado, e incluso la plata y el oro. Pero el Señor advierte que no debemos atesorar estas cosas porque son pasajeras. A la ropa se la come la polilla, y el grano guardado, el ganado, o el metal se “echan a perder” como traduce la BLPH. La palabra griega que aparece aquí es brōsis que quiere decir literalmente “algo que devora”, y podría referirse a la corrosión que causa el óxido u orín, pero igualmente a la que causa cualquier sabandija o plaga. También, los ladrones pueden entrar en las casas y robarse nuestros tesoros terrenales. Pero los tesoros celestiales no son susceptibles a la corrupción ni nadie puede tampoco arrebatárnoslos.

¿Qué son los tesoros celestiales? Jesús no lo explica aquí. Aunque con seguridad podemos decir que “hacer tesoros en el cielo” es hacer en la Tierra cualquier cosa cuyos efectos duren por la eternidad. Jesús no estaba enseñando una doctrina de méritos como si pudiéramos acumular mediante buenas obras hechas en la Tierra un tipo de crédito a cuenta del cual podamos cobrar en el cielo, porque tal idea contradice el evangelio de gracia que Jesús y sus apóstoles enseñaron. Y en todo caso Jesús se dirige a los discípulos que ya han recibido la salvación de Dios. Estos tesoros parecen más bien referirse a cosas tales como: el desarrollo del carácter semejante al de Cristo, ya que todo lo que podemos llevarnos al cielo es nuestro propio ser; el aumento de la fe, esperanza y amor; el crecimiento en el conocimiento de Cristo al que un día veremos cara a cara; el esfuerzo activo, mediante oración y testimonio, de presentar a otros a Cristo, para que puedan también heredar la vida eterna; y el uso de nuestro tiempo y recursos materiales en causas cristianas, que es la única inversión cuyos dividendos son perdurables. Todas éstas son actividades temporales con consecuencias eternas. 

Este es pues el “tesoro en el cielo”. Ningún ladrón puede hurtarlo, y ninguna plaga destruirlo. Porque en el cielo no hay polillas, ni ratas, ni óxido, ni merodeadores. Así pues, el tesoro en el cielo está seguro. Son innecesarias las medidas de precaución para protegerlo. No necesita póliza de seguro. Es indestructible. Por consiguiente, es el único verdadero tesoro que podremos acumular y que nos dará una satisfacción eterna.

Leamos nuevamente el v.21. Jesús concluye esta sección afirmando que donde esté el tesoro de una persona, allí estará también su corazón. Si todo lo que uno valora y aprecia está en la Tierra, no tendremos ningún interés en un mundo más allá de este; en cambio, si a lo largo de toda su vida ha tenido los ojos puestos en la eternidad, valorará poco las cosas de este mundo. Será mucho más fácil para usted desprenderse de las cosas materiales, sabiendo que es mucho más valioso lo que le espera en el cielo. Pero si lo que usted valora está acá en la Tierra, entonces no querrá morir o que venga Cristo porque sentirá que lo perderá todo; en cambio, si su tesoro está en el cielo, anhelará con todo su corazón que Cristo venga ya y no temerá a la muerte porque sabrá que es el boleto de entrada a su morada eterna.

Leamos ahora juntos los vv. 22-23. Jesús enseña otra pequeña analogía para mostrar los beneficios de la generosidad y de hacernos tesoros en el cielo. El ojo es la lámpara del cuerpo. Esto no es, por supuesto, literal como si el ojo fuera una clase de ventana que deja que la luz entre al cuerpo, sino una figura del lenguaje. Casi todo el cuerpo depende de nuestra capacidad para ver. Necesitamos ver para poder correr, saltar, manejar un auto, cruzar una carretera, cocinar, etc. El ojo, como si fuera una ventana, “ilumina” lo que el cuerpo hace por medio de sus manos y pies. Es cierto que los ciegos se adaptan a menudo maravillosamente, aprenden a hacer muchas cosas sin sus ojos, y desarrollan sus otras facultades para compensar su falta de vista. Sin embargo el principio se mantiene: una persona dotada de la vista anda en la luz, mientras que la persona ciega está en tinieblas. Y la gran diferencia entre la luz y las tinieblas del cuerpo se debe a este pequeño pero intrincado órgano, el ojo. Si tu visión es clara, todo tu ser disfrutará de la luz. Pero si tu visión está nublada, todo tu ser estará en oscuridad.

Toda esta descripción es objetiva. Pero también es metafórica. Jesús pasa de la importancia de tener nuestro corazón en el lugar correcto (v.21) a la importancia de tener una visión clara (literalmente un ojo bueno, v.22). El argumento parece ser éste: así como nuestro ojo afecta todo nuestro cuerpo, nuestra ambición (dónde ponemos nuestros ojos y nuestro corazón) afecta toda nuestra vida. Así como un ojo que ve da luz al cuerpo, una ambición noble e inquebrantable de servir a Dios y al prójimo da significado a la vida y arroja luz a todo lo que hacemos. Además, así como la ceguera conduce a las tinieblas, una ambición innoble y egoísta (por ejemplo, hacernos tesoros en la tierra) nos hunde en la tiniebla moral. Nos hace intolerantes, inhumanos, despiadados, y priva a la vida de su significado trascendente.

Todo es una cuestión de visión. Si tenemos visión física, podemos ver lo que hacemos y hacia dónde vamos. Así también, si tenemos visión espiritual, si nuestra perspectiva espiritual está correctamente ajustada, nuestra vida estará llena de propósito y dirección. Pero si nuestra visión llega a nublarse con el materialismo, y con los valores de este mundo, toda nuestra vida estará en tinieblas y no podremos ver hacia dónde vamos. Quizás el énfasis es mayor aun en la pérdida de visión que causa la codicia, porque según el concepto bíblico un “ojo maligno” consiste en un espíritu tacaño y mezquino, y un “ojo bueno” es generoso. En todo caso Jesús añade esta nueva razón para hacer tesoros en el cielo. La primera razón fue su mayor durabilidad; la segunda el beneficio de tener verdadera dirección y propósito en la vida.

Leamos ahora el v.24. Jesús da ahora otra pequeña ilustración para ampliar su punto. Detrás de la elección entre dos tesoros (dónde lo hacemos) y dos visiones (dónde ponemos nuestros ojos) se halla la elección más básica entre dos señores (a quién vamos a servir). Para los que vivían en el mundo antiguo, este dicho era todavía más gráfico que para nosotros. La traducción de la RVR60 no se acerca a la fuerza del original. La palabra que traduce “servir” es douleúo que viene de doulos, “esclavo”; entonces, quiere decir: “ser esclavo de alguien”. Y la palabra que se traduce “señores” es kyrios que denota absoluta propiedad. Por lo tanto, comprendemos mejor el sentido si lo traducimos: “Nadie puede ser esclavo de dos amos”. Y, como lo expresó McNeile, “Los hombres pueden trabajar para dos patrones, pero ningún esclavo puede ser propiedad de dos amos”, porque “posesión única y servicio tiempo completo pertenecen a la esencia de la esclavitud”. 

Así que nadie puede servir a Dios y a las riquezas al mismo tiempo, hay que elegir a quién le somos leales. Es una elección entre Dios y Mammonás, es decir entre el Creador viviente y el dios de las riquezas (‘Mammonás’ es la transliteración de una palabra aramea para ‘riquezas’). No podemos servir a ambos al mismo tiempo. Algunas personas no están de acuerdo con este dicho de Jesús. Rehúsan enfrentarse con tal elección franca y severa, y no ven la necesidad de ella. Aseguran que es perfectamente posible servir en forma simultánea a dos señores, porque ellos se las arreglan con comodidad para hacerlo. Existen varios arreglos y ajustes posibles que les atraen. Sirven a Dios los domingos y a Mammonás entre semana; o a Dios con sus labios y a Mammonás con sus corazones; o a Dios en apariencia y a Mammonás en realidad; o a Dios con la mitad de su ser y a Mammonás con la otra mitad. Pero todo aquel que divide su lealtad entre Dios y Mammonás la ha dado ya a Mammonás, ya que Dios solo puede ser servido con entera y exclusiva devoción. Esto es así simplemente porque Él es Dios: “Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas.” (Isa. 42:8). Tratar de compartirlo con otras lealtades es haber elegido la idolatría.

Y cuando la elección se ve como lo que es: una elección entre Creador e ídolo, entre el glorioso Dios personal y una cosa miserable llamada riquezas, entre la adoración y la idolatría, parece inconcebible que alguien pueda elegir mal. Si nuestro tesoro está en el cielo, y si nuestra visión es celestial, no podemos dividir nuestra lealtad, no podemos dejarnos llevar por el engaño de las riquezas, adoraremos al Único y Glorioso Dios como Él manda ser adorado con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas. 

II.- ¿Dónde están nuestra confianza y prioridades? (25-34)

Leamos juntos el v.25. La razón principal por la que atesoramos las riquezas de este mundo es porque pensamos que ellas van a satisfacer todas nuestras necesidades. Pensamos que si tenemos el dinero suficiente para comer bien, vestir bien y vivir bien, seremos felices. Así que invertimos mucho tiempo, esfuerzo y recursos en tratar de tener la estabilidad económica necesaria. Pero la pregunta de Jesús debe resonar en nuestras cabezas: “¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?” Nuestra vida y nuestro bienestar van mucho más allá de las cosas materiales con las que nos afanamos.

El que se afana cada día pensando en cómo conseguir lo necesario para su subsistencia, piensa que su supervivencia depende enteramente de sí mismo. Ha entregado su lealtad a Mammonás, a las riquezas. Pero si procuramos hacernos tesoros en el cielo, si nuestros ojos están puestos en la eternidad y nuestra adoración es solo para Dios, nuestro Creador nos dice: “por tanto… no se afanen por su vida”. Dios es el Creador. Él nos dio la vida y no debemos dudar en confiar en Él para las cosas más pequeñas. Si Dios nos dio la vida, seguro que podemos confiar en que Él nos dará el alimento para sustentarla. Si Dios nos dio cuerpos, seguro que podemos confiar en que Él nos dará la ropa para vestirlos. Si alguien nos hiciera un regalo de precio incalculable, seguro que no se tratará de una persona tacaña, mezquina, descuidada, y olvidadiza acerca de regalos menos costosos. En consecuencia, si Dios nos ha dado algo tan precioso como la vida, podemos confiar en que Él nos dará todas las cosas necesarias para mantenerla. 

Y Jesús pasa a darnos un par de ejemplos por los cuales no debemos afanarnos, sino confiar en que nuestro Creador nos puede dar lo necesario para la vida. Leamos juntos ahora  los vv. 26-30. Primero habla de las aves. Las aves no viven con ansiedad, no intentan amontonar recursos para un futuro imprevisible; y sin embargo se mantienen vivas. Ahora, esto no quiere decir que debemos vivir sin pensar en el futuro, sin ahorrar para casos de emergencia o vivir solo el día a día. La lección que quiere enseñarnos es que las aves no se preocupan. No se puede encontrar en ellas el estrés de las personas acerca de un futuro que no pueden prever, tratando de encontrar su seguridad en las cosas que almacenan y acumulan para el futuro. No debemos poner nuestra confianza en la estabilidad laboral, en las cuentas de ahorros, en los bienes, o en el seguro de vida, debemos poner nuestra confianza en nuestro Creador que nos da la salud cada día para trabajar, que nos permite un trabajo y todo lo necesario para vivir.

Y precisamente enfatiza el punto de la futilidad de la preocupación en el v.27. Leámoslo nuevamente por favor. Este versículo admite dos sentidos. Puede querer decir que ninguna persona, a fuerza de preocuparse puede añadir un codo a su estatura; pero un codo son 45 centímetros, ¡¿y quién querría añadir 45 centímetros a su estatura?! Pero también puede querer decir que ninguna persona, a fuerza de preocuparse, puede alargar su vida ni siquiera un poco; y este sentido es el más probable. Lo que Jesús dice es que la preocupación no tiene sentido en ningún caso. Dios cuida de las aves y cuidará también de nosotros. Claro las aves salen cada día a buscar su alimento y nosotros también deberíamos hacer lo mismo pero con la certeza de que es Dios quien nos sustenta.

En los vv. 28-30, el Señor pone el ejemplo de las flores. Los lirios del campo eran las amapolas y las anémonas escarlatas. Eran flores de un día en las laderas de Palestina; y sin embargo, en su breve vida, se vestían con una belleza que superaba la de los mantos de los reyes. Cuando morían, eran usadas para avivar el fuego. Estas flores no tenían más que un día de vida; y sin embargo Dios las viste con una belleza que está más allá de la capacidad humana el imitar. Si Dios le da tal belleza a una florecilla efímera, ¡¿cuánto más tendrá cuidado de una persona?! Así que no debemos preocuparnos por nuestro cuerpo porque el Creador que nos lo dio, nos proveerá también para vestirlo. Solo debemos tener fe.

Leamos juntos ahora los vv. 31-32. Nuestro afán o ansiedad se hace evidente cuándo nos hacemos estas preguntas: “¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?”, como si dependiera enteramente de nosotros. Jesús dice aquí que este tipo de preocupación es característica de los gentiles que no conocen a Dios. La preocupación es en esencia desconfiar de Dios. Tal desconfianza se puede entender en un incrédulo, pero es incomprensible en una persona que puede orar a su Padre que está en los cielos, y Su Padre ya sabe de qué tiene necesidad antes de que se lo pida. Entonces, el cristiano no se puede afanar, porque cree en el amor de Dios quien le dará su pan cada de día, conforme a su oración.

¿Cómo podemos derrotar el afán en nuestras vidas? Jesús nos presenta dos maneras en los vv. 33-34. Leamos juntos por favor. La primera es buscar primeramente el Reino de Dios, más adelante ampliaré esta. Y la segunda, aprender el arte de vivir cada día. Cada vez que estamos ansiosos o afanados, estamos contrariados en el presente por algún suceso que puede ocurrir en el futuro. No obstante, estos temores sobre el mañana, que sentimos tan agudamente hoy, tal vez no se cumplan. Las personas se preocupan de no poder pasar un examen o encontrar empleo o casarse o conservar su salud, o tener éxito en alguna empresa. Pero todo es fantasía. Muchas preocupaciones, quizás la mayoría, nunca se hacen realidad.

Así pues, la preocupación es una pérdida de tiempo, de ideas y de energía. Necesitamos aprender a vivir día a día. Deberíamos, por supuesto, hacer planes para las eventualidades del futuro, pero no preocuparnos por él. “Basta a cada día su propio mal.” De modo que ¿por qué anticiparlos? Si lo hacemos, los duplicamos. Si nuestro temor no se hace realidad, nos hemos preocupado antes inútilmente; si se hace realidad, nos hemos preocupado dos veces en lugar de una. En ambos casos es tonto: la preocupación duplica el problema.

Preocuparse por cosas materiales de tal forma que acaparen nuestra atención, nuestra energía y nos carguemos de ansiedad es incompatible con la fe cristiana y con el sentido común. Es desconfiar de nuestro Padre celestial, y es francamente estúpido. Esto es lo que hacían los paganos; pero es una ambición impropia e indigna para los cristianos. Así, tal como Jesús ya nos ha llamado a una justicia mayor en el Sermón, a un amor más amplio y a una piedad más profunda, ahora nos llama a una ambición más elevada: Buscar primeramente el reino de Dios y su justicia.

Leamos juntos nuevamente el v.33. Aquí el reino de Dios se refiere a ese reinado específico de Dios sobre su propio pueblo que Él mismo había inaugurado, y que comienza en la vida de alguien cuando se humilla, se arrepiente, cree, se somete y nace de nuevo. El reino de Dios es el dominio de Jesús sobre su pueblo en bendición total y demanda total. “Buscar primeramente” este reino es desear primordialmente la extensión del reino de Jesucristo. Tal deseo comenzará con nosotros mismos, hasta que cada área de nuestra vida, hogar, matrimonio y familia, moralidad personal, vida profesional y ética de negocios, cuenta bancaria, declaración de impuestos, estilo de vida, ciudadanía, todo, sea sometido a Cristo de manera libre y gozosa. Continuará en nuestro entorno inmediato, con la aceptación de la responsabilidad evangelística hacia nuestros parientes, colegas, vecinos y amigos. Y se extenderá en la Misión Mundial cumpliendo la Gran Comisión.

Entonces tenemos que ser claros en lo relativo a la verdadera motivación misionera. ¿Por qué deseamos que el evangelio se extienda por todo el mundo? No simplemente porque la evangelización es parte de nuestra obediencia cristiana (aunque lo es). No primordialmente porque hace felices a otras personas (aunque lo hace). Sino especialmente por causa de la gloria de Dios y de Su Cristo. Dios es Rey; ha inaugurado Su reino salvador por medio de Jesucristo y tiene derecho a reinar en la vida de sus criaturas. Nuestra prioridad debe ser, entonces, buscar Su reino, desear con todo nuestro corazón que el reino de Dios sea establecido en toda la Tierra.

Pero también dice que debemos buscar primeramente “su justicia”. No está clara la razón por la cual Jesús hizo distinción entre Su reino y Su justicia como gemelas, pero separadas en nuestra búsqueda prioritaria. Porque el reinado de Dios es un dominio justo y ya en el Sermón del Monte Jesús nos ha enseñado a tener hambre y sed de justicia, a desear ser perseguidos por causa de ella y a mostrar una justicia mayor que la de los escribas y fariseos. Ahora se nos invita a buscar primeramente la justicia de Dios, además de buscar primeramente el reino de Dios.

Quizás sea porque el reino de Dios existe solo donde Jesucristo es conscientemente reconocido. Estar en su reino es sinónimo de disfrutar su salvación. Solo el nacido de nuevo ha visto el reino y ha entrado en él. Y buscarlo primeramente es proclamar las buenas nuevas de salvación en Cristo. Pero la “justicia” de Dios es un concepto más amplio que el “reino” de Dios. Incluye esa justicia social e individual que se ha mencionado antes en el Sermón. Y Dios, siendo Dios justo, desea que haya justicia en toda la comunidad humana, no solo en la comunidad cristiana. El Señor aborrece la injusticia y ama la justicia dondequiera que se encuentren. El pacto de Lausana, formulado en el Congreso de Evangelización Mundial en julio de 1974, incluye un párrafo sobre ‘responsabilidad social cristiana’ que se inicia así: “Afirmamos que Dios es el Creador y Juez de todos los hombres. Por tanto compartimos su preocupación por la justicia y la reconciliación en toda la sociedad humana”.

Entonces puede decirse que buscar primeramente el reino de Dios y su justicia abarca nuestras responsabilidades cristianas, sociales y de evangelismo. Para buscar primeramente Su reino debemos evangelizar, ya que el reino se extiende solo cuando el evangelio de Cristo es predicado, oído, creído y obedecido. Para buscar en primer lugar la justicia de Dios también evangelizaremos, pero también nos comprometeremos en la acción y conducta sociales para extender en toda la comunidad aquellas normas más elevadas de justicia que son agradables a Dios.

La promesa de Dios es que cuando vivimos buscando primeramente el reino de Dios y Su justicia todas estas cosas que necesitamos para vivir nos serán añadidas. El Señor nos permitirá también todo lo que necesitamos para vivir en este mundo. No necesitamos afanarnos por nuestro sustento porque nuestro Padre Celestial tiene cuidado de nosotros. Esto no quiere decir que vamos a dejar de trabajar por nuestro sustento, sino que esto no va a ser la prioridad de nuestra vida. Nuestra prioridad será expandir el reino de Dios con nuestra evangelización, testimonio, oración y ofrendas, y dejaremos que Dios tenga cuidado de nuestro trabajo, de nuestra salud y de nuestras necesidades diarias.

Nosotros vinimos como misioneros a Panamá obedeciendo el mandato de Dios para la Misión Mundial. Sin embargo, estando aquí yo tenía mucha preocupación por mi trabajo. Trabajaba muy arduamente, hasta la madrugada casi todos los días, porque no quería que me despidieran del trabajo y me quedara sin visa ni recursos económicos para estar en Panamá. Pero eso fue un gran error. Casi no tenía tiempo para el reino de Dios porque mi prioridad estaba en mi trabajo. Casi no iba a la universidad a pescar, ni tenía estudios bíblicos. Pero Dios me permitió ver que estaba mal lo que estaba haciendo y que tenía que dar prioridad a Su reino en mi vida. Así que dejé de trabajar de esa manera y comencé a dedicar más tiempo a la obra de Dios.

Como saben, el año pasado me despidieron de ese trabajo, a pesar de que yo era buen trabajador y de que estaba buscando primeramente el reino de Dios y Su justicia. Yo pude haberme afanado y pelear con Dios diciéndole: “¿Por qué permitiste que me quedase sin trabajo si yo te estoy sirviendo?” Pero, aunque me preocupé un poco acerca del futuro, yo confiaba en que Dios no me abandonaría. Continué buscando primero el reino de Dios y Su justicia, mientras aplicaba a otros trabajos. Y poco después, conseguí un mejor trabajo. Ahora tengo más tiempo para hacer la obra de Dios y para ocuparme de mí y de mi familia. “¿No hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe?”.

Pongamos al reino de Dios y Su justicia como nuestra prioridad. No dejen que las riquezas de este mundo, ni los afanes de la vida, les desvíen del propósito que Dios tiene con ustedes. No dejen de venir el domingo a la iglesia por ir a trabajar. No dejen de tener un estudio bíblico por hacer cualquier otra cosa. No dejen de ir a pescar a la Universidad. No dejen de diezmar ni ofrendar porque piensen que tienen muy poco dinero. Que Dios, Su Reino, Su Iglesia, Su Gran Comisión, sean la prioridad de nuestras vidas. Y que nuestras vidas puedan ser testimonios de cómo se vive en el reino de Dios. Acumulen tesoros en el Cielo sirviendo a Dios y a Su obra de modo que podamos convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para la gloria de Dios. Amén.

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