Mateo 5:8-8

5:8 Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

LAS BIENAVENTURANZAS (V): BIENAVENTURADOS LOS DE LIMPIO CORAZÓN


Buenos días. La semana pasada aprendimos la bienaventuranza de los misericordiosos. Vimos quiénes eran realmente los misericordiosos. No son los que simplemente refrenan el merecido castigo a los que hacen mal, o evitan pagar mal con mal. Los bienaventurados misericordiosos son los hacen su mayor esfuerzo por entender la situación del otro desde la perspectiva de esa persona y tratan de ayudarlo. Son los que hacen un esfuerzo voluntario por ponerse totalmente en el lugar de otro de manera que ven con sus ojos, piensan con su mente y sienten con sus sentimientos. Son los que tienen una empatía y bondad absolutas. 

Estos misericordiosos son bienaventurados porque alcanzarán misericordia. En el Día del Juicio, los misericordiosos alcanzarán la misericordia plena al ser exentos del castigo eterno. Pero, de hecho, nosotros ya hemos alcanzado misericordia al confesar a Jesús como nuestro Señor y Salvador, pues por Su muerte en la cruz hemos recibido el perdón de nuestros pecados que nos ha hecho nacer de nuevo. Y este perdón y misericordia recibidos, deben movernos a ser misericordiosos y a perdonar a otros sus faltas contra nosotros. Por tanto, debemos ser benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándonos unos a otros, como Dios también nos perdonó a nosotros en Cristo (Efe. 4:32). 

Yo oro para que cada uno de nosotros pueda hacer su mayor esfuerzo por ponerse totalmente en el lugar del otro, de manera que vea con sus ojos, piense con su mente y sienta con sus sentimientos, y que podamos perdonarle y ayudarle como Dios lo ha hecho con nosotros en Cristo Jesús. Que nuestra iglesia sea una iglesia misericordiosa que ama y perdona y ayuda al necesitado, de modo que mostremos el amor y misericordia de nuestro Padre Celestial. Amén.

Hoy aprenderemos la bienaventuranza de los de limpio corazón. Veremos qué significa ser limpio de corazón, cómo podemos llegar a serlo, y por qué solo los limpios de corazón verán a Dios. Yo oro para que a través del mensaje de hoy podamos entender bien qué significa ser limpios de corazón y pueda haber en nosotros esta limpieza de corazón de modo que lleguemos a ver a Dios. Amén.

I.- Bienaventurados los de limpio corazón (8a)

Leamos juntos el v.8a. La limpieza ceremonial es uno de los grandes temas del Antiguo Testamento. El libro de Levítico, por ejemplo, está enteramente dedicado a enseñarle al pueblo de Dios cómo puede llegar a ser limpio para vivir en medio del pueblo de Dios y para presentarse ante la presencia de Dios. Hasta se enseña en Lev. 11 cuáles son los animales que se pueden comer para mantenerse limpios delante de Dios. Y en Lev. 19:19 se prohíbe utilizar “vestidos con mezcla de hilos”. La limpieza ceremonial veterotestamentaria tiene fines teológicos y fines prácticos. Teológicamente, muestra la santidad de Dios y el nivel de santidad que Él espera de Su pueblo; también, apunta a Jesucristo cuya sangre “nos limpia de todo pecado” (1Jn. 1:7). Y desde el punto de vista práctico, enseña normas de higiene y prevención de enfermedades y epidemias en medio del pueblo.

En el Nuevo Testamento también podemos recordar la limpieza que Jesús concedió a leprosos, particularmente la que aparece en Mat. 8:1-3. El leproso tenía una enfermedad que le hacía ceremonialmente inmundo y le desterraba del pueblo de Dios. Por eso, en lugar de pedir sanidad, pidió limpieza; y Jesús se la concedió de forma maravillosa: “extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio.” (Mat. 8:2). Más adelante, aprenderemos esta preciosa historia con más detalle. El punto es que la limpieza ceremonial estaba muy arraigada en la mente y en el corazón de los judíos.

Pero la bienaventuranza de Jesús no dice: “Bienaventurados los limpios ceremonialmente”, sino que dice: “Bienaventurados los de limpio corazón”. ¿Qué significa ser limpio de corazón? No se refiere a que tengamos las arterias libres de colesterol para que circule bien la sangre. O que tengamos este órgano sin ningún tipo de contaminación física. La interpretación popular considera la limpieza de corazón como una expresión de limpieza interior, en contraste con la limpieza ceremonial exterior. Así, se consideran limpios de corazón a aquellos que han sido limpiados de inmundicia moral, más que de inmundicia por alimentos, enfermedades, cadáveres, etc. Esta interpretación tiene buen fundamento en los salmos. Allí se reconocía que nadie podía subir al monte del Señor o permanecer en Su lugar santo a menos que fuera “de manos limpias y corazón puro” (Sal. 24:3-4). También David, consciente de que su Señor deseaba “verdad en lo íntimo” (Sal. 51:6a), pudo decir, “en lo secreto me has hecho comprender sabiduría” (Sal. 51:6b) y rogar: “crea en mí, oh Dios, un corazón limpio.” (Sal. 51:10). 

Jesús trató este asunto en su controversia con los fariseos y denunció su obsesión por la limpieza ceremonial externa, en lugar de enfocarse en la limpieza interior. Se lamentó por ellos diciendo: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia. ¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea limpio. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.” (Mat. 23:25-28). Los fariseos y los escribas se preocupaban mucho por mantenerse ceremonialmente limpios, guardando al pie de la letra todas las ordenanzas y tradiciones, pero su corazón estaba lleno de pecado y de segundas intenciones, por lo que no tenían un corazón limpio.

El reformador Martín Lutero hizo  esta distinción entre limpieza interior y exterior, aún más terrenal. Contrastó la limpieza de corazón no solo con la inmundicia ceremonial, sino también con la suciedad física real. Dijo: “Cristo… quiere que se tenga el corazón limpio, aunque la persona sea un ganapán en la cocina, negro, lleno de hollín y mugroso, que hace todo tipo de trabajo sucio”. Y de nuevo, más adelante, dice: 
“Aunque un obrero común, un zapatero o un herrero, puede estar sucio y lleno de hollín o puede oler mal debido a que está cubierto de suciedad y alquitrán… y aunque apeste por fuera, internamente es incienso puro delante de Dios porque considera la palabra de Dios en su corazón y la obedece”. Así entonces nos muestra de la forma más terrenal posible, que lo importante no es la limpieza exterior, sino la interior.

Este énfasis en lo interior y moral, cuando se contrasta con lo exterior y ceremonial o con lo exterior y lo físico, está verdaderamente en consonancia con todo el Sermón del Monte, que requiere justicia de corazón —la correcta relación con Dios, más que simple justicia de reglamentos —la mera observación mecánica de leyes y ordenanzas.

Sin embargo, la limpieza de corazón va muchos más allá de una limpieza moral, de la confesión de los pecados y del deseo de obedecer la Palabra de Dios. La palabra griega para limpio es kadsarós, que tiene una variedad de usos, cada uno de ellos con algo nuevo que añadir al sentido de esta bienaventuranza para la vida cristiana. En su origen quería decir simplemente limpio, y podía usarse, por ejemplo, de la ropa sucia que se había lavado para que volviera a estar limpia. También se usaba frecuentemente del trigo que se había aventado y cribado para dejarlo limpio de polvo y paja. Y en sentido figurado se usaba para designar un ejército que se ha limpiado de soldados descontentos, cobardes o flojos, y que está formado exclusivamente de luchadores de primera categoría. Además, suele aparecer corrientemente en compañía de otro adjetivo griego, akêratos, que describía la leche o el vino sin adulterar; o el metal puro, que no tiene ni la más ligera aleación. Así pues, el sentido básico de kadsarós es sin mezcla ni adulterio ni aleación. Esto hace esta bienaventuranza muy exigente. Podría traducirse como: ¡Bienaventurado aquel cuyos motivos son siempre totalmente puros, sin mezcla alguna! 

Rara vez se da el caso, hasta en nuestras mejores acciones, de que no haya la menor mezcla de motivos. Si nos entregamos total y generosamente a alguna buena causa, puede que nos quede en el corazón algún resto de propia satisfacción y aprobación, alguna complacencia en la gratitud y alabanza y crédito que cosechamos. Si hacemos algo bueno que requiere algún sacrificio por nuestra parte, puede que no estemos totalmente libres del sentimiento de que otros verán en nosotros algo heroico, y nos considerarán mártires. 

Hasta un predicador que sea sincero no está totalmente libre del peligro de la propia satisfacción de haber predicado un buen mensaje. Una vez, el reconocido predicador y escritor Juan Bunyan, autor del Progreso del Peregrino, le contestó tristemente a uno que le dijo que su sermón había sido muy bueno: “Sí, ya lo sé; ya me lo ha dicho el diablo cuando me bajaba del púlpito”. Uno se puede llegar a sentir tan bien por escribir y predicar un buen mensaje, que es capaz de olvidar, aunque sea por un instante, que es el Espíritu Santo el que nos ha inspirado ese mensaje y nos ha dado el poder para predicarlo con autoridad. Aunque quizás no lleguemos a robarle la gloria a Dios conscientemente pensando: “esto lo hice yo sin la ayuda de Dios”, la satisfacción del aplauso o de la felicitación pueden llevarnos a apropiarnos indebidamente de la gloria de Dios.

Esta bienaventuranza nos exige un cuidadoso examen de conciencia. ¿Somos limpios de corazón? ¿Hacemos nuestro trabajo para aportar un servicio o para ser vistos? ¿Prestamos nuestro servicio por generosidad o por egoísmo? ¿Hacemos lo que hacemos en la iglesia para el Señor o para nuestro propio prestigio? ¿Vamos a la iglesia para encontrarnos con Dios o para cumplir con una costumbre o para que nos vea el pastor? ¿Ofrendamos y diezmamos por generosidad y agradecimiento a Dios o para que lo vea el pastor o para que Dios me devuelva multiplicado lo sembrado? ¿Es nuestra vida de oración y meditación inspirada por un deseo sincero de comunión con Dios o porque nos da un sentimiento agradable de superioridad? ¿Cultivamos la vida espiritual porque somos supremamente conscientes de nuestra necesidad de Dios, o porque queremos que nos reconozcan como espirituales y nos den posiciones en la iglesia? ¿Servimos a las ovejas en agradecimiento a Dios por la gran salvación que hemos recibido y en obediencia al Gran Mandamiento, o lo hago para ser reconocido como un pastor?  

Examinar nuestros motivos puede llegar a producirnos inquietud y vergüenza, porque hay pocas cosas en este mundo que aun los mejores de nosotros podemos hacer sin tener motivos diversos y discutibles. Ya muchos de ustedes conocen uno de los episodios más vergonzosos de mi vida en mi servicio a Dios. En las convivencias en Venezuela, los sábados en la noche se celebraba con danzas, presentaciones musicales y un teatro que pasábamos meses practicando por largas horas. Y en la Convivencia del 2006 tuve la bendición de servir como protagonista de la obra de teatro. Cuando terminó, todo el mundo venía a felicitar y a tomarse fotos con los que habían participado en cada uno de los programas de esa noche, pero ni siquiera una persona se acercó a mí para felicitarme o tomarse una foto conmigo. Aunque estuve parado allí en medio durante varios minutos, ni una sola persona se me acercó. Eso me hizo sentir horrible. Pensaba que lo había hecho tan mal que nadie me quería felicitar o tomarse una foto conmigo. Me encerré en mi habitación en el lugar de la Convivencia, y le escribí a la P. Sara, que era la directora del teatro, que me perdonara por haberlo hecho tan mal. Ella me respondió un tiempo después y me dijo que no lo había hecho mal, que de hecho lo había hecho muy bien, y que por qué pensaba eso. Le conté lo que había pasado y ella me pidió que me tranquilizara, que todo habría sido una muy extraña coincidencia y que hablábamos en la mañana. 

A la mañana siguiente conversé con ella y con mi pastor, el M. Juan Seo, y me preguntaron: ¿para quién hiciste tú el teatro, para Dios o para la gente? ¿Qué importa si a la gente no le gustó? Dios recibe con agrado nuestro sacrificio y servicio. Eso me hizo darme cuenta de mi pecado y me llevó a arrepentirme. En el transcurso de la mañana la gente se acercó para felicitarme de forma muy efusiva y algunos me preguntaban: “¿Dónde te metiste? Te estaba buscando anoche para felicitarte y tomarme una foto contigo y no te encontré por ningún lado.” Allí me di cuenta que todo aquello fue un entrenamiento de Dios para que aprendiera a tener un corazón limpio y darle la gloria a Él con mi servicio.

La limpieza de corazón es la pureza de motivos y la sinceridad en nuestro corazón, pero no solamente con respecto a Dios sino también con respecto a los demás. En el Salmo 24 que les mencioné antes, se puede leer que la persona “de manos limpias y corazón puro” es aquella “que no ha elevado su alma a cosas vanas [es decir, a un ídolo], ni jurado con engaño.” (Sal. 24:4). Es decir que en sus relaciones tanto con Dios como con el hombre está libre de falsedad. De modo que los de corazón limpio son “los absolutamente sinceros”. Toda su vida, pública y privada, es transparente ante Dios y los hombres. Su corazón, incluyendo sus pensamientos y motivaciones, es limpio, sin mezcla con nada equívoco, oculto o ruin. Aborrecen la hipocresía y el engaño; carecen de segundas intenciones.

Sin embargo, ¡cuán pocos de nosotros vivimos una sola vida y la vivimos abiertamente! Estamos tentados a portar una máscara diferente y a desempeñar un papel diferente de acuerdo con cada ocasión. Esto no es realidad, sino representación teatral, la esencia misma de la hipocresía. Algunas personas urden en torno a sí mismas tal tejido de mentiras que ya no pueden decir qué parte de ellas es real y cuál es fingimiento. Entre los hombres, solo Jesucristo ha sido absolutamente limpio de corazón, al ser totalmente sin engaño.

Honestamente, ninguno de nosotros puede tener un corazón limpio por sí mismo. Esta cualidad, así como la de misericordioso que aprendimos la semana pasada, y las que aprenderemos la próxima semana: pacificadores y perseguidos, vienen de la obra del Espíritu Santo en el hombre por el nuevo nacimiento. Por eso David clamó a Dios diciendo: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio” (Sal. 51:10). Dios nos ayude a limpiar nuestros corazones de pecado, de hipocresía y de engaño, y que podamos vivir una sola vida, pública, abierta y transparente, sin motivos ocultos para servir a Dios y a nuestro prójimo. Dispongámonos a vivir de esta manera y roguemos al Señor para que nos fortalezca para esa lucha espiritual. Que Dios sea glorificado en todo lo que hacemos, decimos y pensamos. Amén. 

II.-… porque ellos verán a Dios (8b)

Leamos nuevamente el v.8b. Jesús pasó a decir que solo los limpios de corazón verán a Dios. Ver a Dios es el deseo más puro que podemos tener. Moisés tuvo ese deseo, le dijo a Jehová: “Te ruego que me muestres tu gloria.” (Exo. 33:18). Pero el Señor “le respondió: Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti; y tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente. Dijo más: No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá.” (Exo. 33:19-20). Es por esto que el profeta Isaías se estremeció de temor cuando llegó a ver a Dios: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.” (Isa. 6:5). Si nuestro corazón, nuestras manos y nuestros labios no son puros, limpios, no podemos ni querremos ver a Dios porque seremos consumidos por Su ira. Solo los de corazón limpio verán a Dios, dice Jesús en esta bienaventuranza. 

Si una persona corriente mira los cielos en un campo en una noche clara, no ve nada más que una inmensidad de puntitos de luz; ve sólo lo que está capacitado para ver. Pero en los mismos cielos un astrónomo podrá llamar a las estrellas y los planetas por sus nombres, y moverse entre ellos como entre amigos; y un marino podrá encontrar en los mismos cielos el medio para llevar su navío al puerto deseado por un mar sin caminos trazados. Una persona corriente que vaya dándose un paseo por los caminos del campo no verá sino un montón de arbustos y espinos. Un botánico experimentado se fijará en cada cosa, llamándola por su nombre y conociendo su uso; y puede que hasta descubra algo de rareza y valor extraordinarios, porque tiene ojos para ver. Si ponemos a dos personas en una habitación llena de cuadros antiguos, la que no tenga conocimiento ni habilidad no verá la diferencia que hay entre una pieza maestra y una copia sin valor, mientras que un experto crítico de arte descubrirá un valor incalculable en una pintura que otros pasarían de largo sin fijarse siquiera. Hay personas de mente sucia que ven en cualquier situación un material para una observación soez o un chiste sucio. En cualquier esfera de la vida, cada uno ve lo que está capacitado para ver.

Así, dice Jesús, solamente los puros de corazón verán a Dios. Es una hermosa promesa, pero también una seria advertencia para que recordemos que cuando mantenemos la limpieza de corazón por la gracia de Dios, o cuando lo ensuciamos por malicia humana, estamos capacitándonos o incapacitándonos para ver algún día a Dios. Pero los de corazón limpio ven a Dios ahora con los ojos de la fe y en las situaciones que ocurren en su día a día; y verán su gloria el Día del Señor, porque solo los plenamente sinceros podrán soportar la deslumbrante visión, cuya luz hará desvanecer las tinieblas del engaño y cuyo fuego consumirá toda simulación.

Así pues, esta sexta bienaventuranza podría leerse de la forma siguiente ¡Bienaventurados aquellos cuyos motivos son absolutamente puros, y cuyas vidas son transparentes ante Dios y la gente, porque verán a Dios por la fe cada día de sus vidas y lo verán en toda su gloria en el reino de Dios! Roguemos, pues, junto con David: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio” (Sal. 51:10). Amén.

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