Mateo 5:7-7
5:7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.LAS BIENAVENTURANZAS (IV): BIENAVENTURADOS LOS MISERICORDIOSOS
Buenos días. Las últimas tres semanas hemos estado aprendiendo las primeras cuatro bienaventuranzas que, como hemos visto, se pueden relacionar con el proceso del nuevo nacimiento: Para comenzar, debemos ser “pobres en espíritu”, reconociendo nuestra completa miseria espiritual ante Dios. Enseguida, debemos “llorar” por nuestros pecados, y también por la corrupción de nuestra naturaleza caída, y el dominio del pecado y la muerte en el mundo. En tercer lugar, debemos ser “mansos” para aceptar la Palabra y voluntad de Dios para salvarnos en Cristo, así como para que vivamos en santidad. Y en cuarto lugar, debemos tener “hambre y sed de justicia”, un deseo desesperado por la Palabra y el Espíritu de Dios en nuestras vidas. Porque ¿cuál es la utilidad de confesar y lamentar nuestro pecado, de reconocer la verdad sobre nosotros mismos ante Dios y los hombres, si nos quedamos allí? La confesión de pecado tiene que conducir hacia el deseo de tener y mantener la correcta relación con Dios.
Sin embargo, hemos aprendido también que eso no significa que las primeras cuatro bienaventuranzas se manifiestan solo en el proceso del nuevo nacimiento, sino que todas las ocho bienaventuranzas deben estar presentes cada día en nuestras vidas. Como discípulos de Jesús, todos y cada uno de los días de nuestras vidas debemos ser pobres en espíritu; llorar por nuestros pecados y por los pecados de toda la humanidad; ser mansos para obedecer la voluntad de Dios en nuestras vidas; y tener hambre y sed de justicia para buscar una comunión íntima con Dios a través de la oración y la Palabra.
Hoy comenzaremos a aprender las últimas cuatro bienaventuranzas que muestran el carácter del hombre que ya ha nacido de nuevo. Estas cuatro cualidades que aprenderemos de ahora en adelante, conciernen más a nuestra relación con las otras personas, aunque, lógicamente, todas ellas tienen como trasfondo nuestra relación con Dios también. Yo oro para que el día de hoy podamos aprender la bienaventuranza que hay en ser misericordiosos y que podamos arrepentirnos de nuestra falta de misericordia para con los demás, pidiéndole a Dios que nos ayude a quitar nuestro orgullo y a ser misericordiosos con otros para que de esta forma podamos alcanzar misericordia y experimentar el reino de Dios aún en esta Tierra. Amén.
I.- Bienaventurados los misericordiosos (7a)
Leamos juntos el v.7a. Hemos aprendido antes, en nuestros mensajes en Romanos y Efesios, que la misericordia significa no darle al otro el castigo o el mal que merece por sus acciones. Por lo tanto, ser misericordiosos sería no devolver mal por mal, ni castigar a aquel que nos hace mal, como sería justo hacer. Pero la misma definición de misericordia que nos da el Diccionario de la Lengua Española (DLE) nos muestra que la misericordia es más que eso, dice que es la: “Virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos.” Y en este sentido estaría relacionada con la compasión, que el mismo DLE define como el: “Sentimiento de pena, de ternura y de identificación ante los males de alguien.” Este “Sentimiento de pena, de ternura” puede llamarse también simpatía que el mismo diccionario define como la: “Inclinación afectiva entre personas, generalmente espontánea y mutua.” Y, por otro lado, la “identificación ante los males de alguien” de la compasión, también podríamos relacionarla con la empatía que el DLE define tal cual: “Sentimiento de identificación con algo o alguien.” Así, la misericordia en español, es mucho más que refrenar el castigo o abstenernos de devolver el mal a otro, conlleva compasión, simpatía y empatía con el otro.
Pero la idea de Jesús acerca de ser misericordiosos va mucho más allá de esto. La palabra griega para misericordioso aquí es eleêmôn, que de hecho se parece mucho a la definición de misericordia en español, pues eleêmôn está relacionada con palabras eleeo, (tener misericordia), y eleos (compasión activa), por lo tanto, es una palabra compasiva, de simpatía, misericordiosa y sensitiva, que combina las inclinaciones con la acción. Una persona que posee esta cualidad siempre encuentra la forma de expresar con acciones su naturaleza misericordiosa. Pero, Jesús no era griego, sino hebreo, y el griego del Nuevo Testamento tal como lo tenemos se remonta a un original hebreo o arameo. La palabra hebrea para misericordia es jésed; y es una palabra intraducible al español. No quiere decir simplemente simpatizar con una persona en el sentido popular de esta palabra; no quiere decir solo darle a uno lástima de otro que lo pasa mal. Jésed, misericordia, denota la capacidad de ponerse uno totalmente en el lugar de otro de manera que ve con sus ojos, piensa con su mente y siente con sus sentimientos. Es otro nivel de empatía.
La misericordia en español, con su compasión, simpatía y empatía, parece tener un alto componente emocional. Sin embargo, la misericordia hebrea, jésed, es mucho más que una oleada emocional de lástima; exige un esfuerzo deliberado de la mente y de la voluntad. Denota una simpatía que no se da superficialmente, sino que viene de una decisión esforzada de identificarse con la otra persona hasta el punto de ver y sentir como ella. Esto es lo que quiere decir literalmente la palabra simpatía en el español, cuya definición en el DLE no alcanza a mostrar la fuerza de su etimología. Simpatía se deriva de dos palabras griegas sym, que quiere decir “juntamente con”, y padsein, que quiere decir “experimentar o sufrir”. Entonces, simpatía quiere decir etimológicamente: “experimentar las cosas juntamente con otra persona; pasar literalmente lo que el otro está pasando.”
Esto es precisamente lo que muchas personas ni siquiera intentan jamás, y hasta lo evitan conscientemente. La mayor parte de la gente está tan preocupada con sus propios sentimientos que no tiene mayor interés en los de los demás. Cuando les da pena de alguien es, generalmente, superficial; no hacen el esfuerzo consciente de meterse dentro del corazón y de la mente de la otra persona hasta el punto de ver y sentir las cosas como las ve y siente ella. Si hiciéramos de veras este esfuerzo deliberado, y si llegáramos a identificarnos con la otra persona, las cosas nos parecerían muy diferentes. Entenderíamos mucho mejor a la otra persona.
Nuestra misericordia alcanza hasta una simpatía superficial por el sufrimiento ajeno, y esto si su situación no nos afecta de forma negativa. Pero cuando la persona actúa mal contra nosotros, ni siquiera nos alcanza para sentir esta pena por esa persona. Quizás, a lo sumo, si somos muy “buenos cristianos” podemos dejar pasar por alto la situación y simplemente dejar de tratar a esa persona. Hasta allí es lo máximo para lo que nos alcanza la misericordia. Pero estos no son los misericordiosos que Jesús llama bienaventurados aquí. Jesús está diciendo aquí que son muy felices, dichosos, bienaventurados, los que hacen su mayor esfuerzo por entender la situación del otro desde la perspectiva de esa persona y tratan de ayudarlo.
Un ejemplo podría ser que yo le dijese o preguntase algo a alguien y esa persona me gritara e insultara. ¿Qué hacemos en esa situación? Generalmente, le gritamos e insultamos de vuelta, o hasta le damos su puñetazo para que aprenda a respetar. Pero, ¿qué haría el misericordioso? Trataría de entender qué ha pasado por la cabeza y el corazón de esa persona para que responda así y trataría de ayudarle de alguna manera de forma compasiva. Esto quizás reciba en un principio la respuesta áspera de esa persona nuevamente, pero, quizás, eventualmente, la persona se sentirá mejor, e incluso podría llegar a disculparse por su actuar. No hay garantía de que sea así, pero les puedo asegurar que hay mayor dicha al ser misericordiosos. Si no actuamos con misericordia, sin duda alguna el resultado será mucho peor. Así que la misericordia siempre es la mejor respuesta.
Noten que la misericordia implica acción. Muchas veces el problema es que nos quedamos en una compasión o lástima inertes. Esto está lejos de ser misericordia. Por ejemplo, si vemos a una persona pobre que no tiene qué comer, la misericordia debe movernos a darle de comer. No simplemente sentir compasión de su condición, sino ayudarle.
Tenemos un caso actual en el que podemos actuar con misericordia. Todo el mundo está viendo con preocupación, lástima, tristeza, la situación en Ucrania, pero son pocos los que tienen misericordia. Sinceramente, ¿cuántos de ustedes están orando por nuestros hermanos de UBF en Ucrania? ¿Y por la población en general? ¿Y por los soldados ucranianos? La oración es una forma de misericordia. Le pedimos al Todopoderoso que ayude a la gente que no podemos ayudar por nosotros mismos. Pero la misericordia no se puede quedar solo en la oración, debemos pasar a la acción. Por esta razón quiero que nuestro ministerio tenga misericordia con nuestros hermanos de UBF Kiev, Podil y Odessa que están batallando económicamente en estos momentos. He decidido que vamos a hacer llegar a Ucrania una ofrenda de parte de nuestro ministerio. Y si ustedes quieren ser parte de esta misericordia, por favor avísenme para recolectar sus ofrendas también y hacer llegar este dinero a nuestros hermanos y misioneros que están en necesidad. ¡Esto es misericordia en acción!
Lamentablemente el mundo no es misericordioso, y tristemente tampoco lo ha sido la iglesia moderna por su mundanalidad. El mundo prefiere aislarse y ponerse a salvo de los dolores y calamidades de los hombres. Encuentra la venganza deliciosa; y el perdón, insípido. Sin embargo, así como nuestro Padre es misericordioso, nosotros también debemos ser misericordiosos con todos. ¡Bienaventurados los misericordiosos! ¡Bienaventurados aquellos que se ponen en el lugar de los demás hasta tal punto que puede ver con sus ojos, pensar con su mente y sentir con su corazón, y pueden ayudarle efectivamente en su situación! Amén.
Si meditamos bien, esto fue lo que hizo Dios con nosotros. En Jesucristo, en el sentido más literal, Dios se introdujo en el interior de la persona humana. Vino como un hombre: viendo las cosas con ojos humanos, sintiéndolas con sentimientos humanos, pensándolas con una mente humana. Dios sabe cómo es la vida, porque Se introdujo hasta su interior más íntimo para tener misericordia de nosotros.
La reina Victoria de Inglaterra era muy amiga del rector Tulloch, de la Universidad de Saint Andrews, y su esposa. El príncipe Albert murió, y la reina Victoria se quedó sola. Precisamente por el mismo tiempo murió el rector Tulloch, y la señora Tulloch se quedó sola. Sin previo aviso, la Reina vino a visitar a la señora Tulloch, que estaba descansando en su habitación. Cuando le anunciaron a la Reina, la señora Tulloch se dio toda la prisa que pudo para levantarse y hacer una reverencia. La Reina dio un paso al frente y le dijo: “Querida mía, no te levantes. Hoy no vengo como la Reina a una de sus súbditas, sino como una mujer que ha perdido a su marido a otra en la misma situación”.
Eso es precisamente lo que hizo Dios; vino a la humanidad, no como el Dios soberano, santo, inalcanzable, inmutable; sino como un hombre. El ejemplo supremo de misericordia, jésed, es la venida de Dios al mundo en Jesucristo. ¡Despojémonos de nuestro orgullo y egoísmo, y pongámonos en el lugar del otro! ¡Seamos misericordiosos!
II.-… porque ellos alcanzarán misericordia (7b)
Leamos nuevamente el v.7b. Ya hemos hablado que la misericordia no es solamente ayudar a los que están pasando por una necesidad, sino que está especialmente orientada a perdonar a los que nos hacen daño. Por esta razón la bienaventuranza de ser misericordiosos es alcanzar misericordia. Es un principio que está plasmado a lo largo de todo el Nuevo Testamento. Como escribe el apóstol Santiago: “Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia” (Stg. 2:13). Ser misericordiosos debe ser una cualidad de todo discípulo de Jesús. Si no somos misericordiosos no alcanzaremos misericordia. En la Oración del Señor, Jesús nos enseña este principio también. Nos manda a pedir al Padre: “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.” (Mat. 6:12). Si no somos misericordiosos con nuestro prójimo, le estamos pidiendo a Dios que no sea misericordioso con nosotros.
Quizás el mejor ejemplo de esto, es la Parábola de los Dos Deudores que enseñó Jesús en Mat. 18:23-35, y que aprenderemos con detalle en algún momento, quizás el año que viene. El señor de los siervos fue misericordioso y le perdonó una deuda impagable a uno de ellos, diez mil talentos; pero ese siervo no tuvo misericordia con uno de sus consiervos y le castigó porque le debía una gran cantidad de dinero, cien denarios, aunque es ridícula en comparación con lo que él le debía a su señor. Jesús concluye esa parábola diciendo: “Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas.” (vv. 34-35). Si queremos alcanzar misericordia en el Día del Juicio, debemos ser misericordiosos con nuestro prójimo.
Esto no se debe a que podamos merecer misericordia por dar misericordia o perdón por perdón, sino que no podemos recibir la misericordia y el perdón de Dios a menos que estemos arrepentidos, y no podemos pretender habernos arrepentido de nuestros pecados si no tenemos misericordia hacia los pecados de los demás. Nada nos mueve tanto al perdón como el maravilloso conocimiento de que nosotros mismos hemos sido perdonados. Nada demuestra más claramente que hemos sido perdonados que nuestra propia disposición a perdonar. Perdonar y ser perdonado, mostrar misericordia y recibirla van de la mano. Solamente los que han nacido de nuevo pueden mostrar esta misericordia, y solamente ellos recibirán misericordia en el Día del Juicio.
Pero la misericordia no solamente la recibimos de Dios, sino de otros también. Los misericordiosos no solo alcanzan la misericordia de Dios, sino que también alcanzan la misericordia de su prójimo. Esto es una gran verdad de la vida: veremos en otras personas el reflejo de nuestras actitudes. Si no tenemos interés por nadie, así serán ellos con nosotros. Si ven que nos preocupamos, su corazón responderá preocupándose. Así que si somos misericordiosos, no solamente alcanzaremos la misericordia de Dios, sino también la de nuestro prójimo. Y sin duda esto haría del mundo un lugar mejor. Experimentaríamos el reino de Dios en la Tierra.
Yo tengo que confesar que yo no soy una persona misericordiosa. Yo soy justamente lo opuesto, una persona que ama que se haga justicia. Pienso que si alguien ha obrado mal, merece recibir castigo. Y mi familia puede dar fe de eso. Soy implacable en impartir justicia, y a veces de forma muy injusta. Por esta razón tengo que esforzarme mucho más para ser misericordioso. Se me hace un poquito más fácil con mis hermanos, especialmente con las ovejas. Tengo misericordia de ellos porque entiendo que todavía están empezando en la fe. Pero ya después que van creciendo, voy teniendo menos misericordia, y no tengo casi ninguna con mi esposa porque pienso que ella es misionera y debe actuar siempre correctamente. Y esto se debe a que carezco de empatía y no me esfuerzo por tratar de entender las razones de la otra persona.
¿Saben qué se nos olvida muchas veces? Que siempre hay una razón para que una persona piense y actúe de cierta manera; y, si conociéramos esa razón, nos sería mucho más fácil comprender y simpatizar y perdonar, es decir, tener misericordia. Si una persona actúa equivocadamente según nuestra manera de pensar, puede que sea porque ha pasado por experiencias que le hacen actuar así. Una persona inquieta o descortés puede que esté preocupada o sufriendo algún dolor. Si una persona nos trata mal, puede que sea por algo que tiene en la mente, equivocado o no. Puede que tenga razón el proverbio francés: “Conocerlo todo es perdonarlo todo”; pero nunca llegaremos a conocerlo todo si no hacemos el esfuerzo expreso de meternos dentro del corazón y la mente de la otra persona.
Yo oro para que pueda aprender a ser misericordioso, especialmente con mi esposa, y que pueda perdonar a otros entendiendo su situación y ayudándoles y orando a Dios para que les pueda ayudar también en lo que necesiten para crecer. Oro para que nuestra iglesia sea una iglesia misericordiosa que ama y perdona y que ayuda al necesitado, primeramente orando, pero también actuando. Que Dios tenga misericordia de los hermanos ucranianos y de los soldados rusos, y que les pueda otorgar el don de la salvación. Que Dios tenga misericordia de cada uno de nosotros y nos ayude a ser
benignos, misericordiosos, perdonándonos unos a otros, como Dios también nos perdonó a nosotros en Cristo (Efe. 4:32).
¡Seamos, pues, misericordiosos así como nuestro Padre ha sido misericordioso con nosotros y nos ha dado esta salvación tan grande y nos ha provisto de toda cosa buena a pesar de nuestra maldad y rebeldía continua contra Él! Amén.
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