Mateo 5:4-5

5:4 Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.
5:5 Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.

LAS BIENAVENTURANZAS (II): BIENAVENTURADOS LOS QUE LLORAN Y LOS MANSOS


Buenos días. La semana pasada comenzamos con esta serie de mensajes acerca de las bienaventuranzas. Aprendimos una breve introducción acerca del Sermón del Monte que es en realidad una colección de sermones de Jesús que muestran cuál es el perfil del verdadero cristiano o cuál debe ser el carácter, la actitud y el comportamiento de un ciudadano del reino de los cielos. Y vimos que esta colección de sermones comienza con las bienaventuranzas que muestran cómo es el carácter de un cristiano. No existen ocho grupos diferentes de discípulos, algunos, mansos; otros, misericordiosos; y otros, que padecen persecución; sino que las bienaventuranzas son ocho cualidades del mismo grupo constituido por quienes son a la vez mansos y misericordiosos, pobres en espíritu y de corazón limpio, lloran y tienen hambre, pacificadores y perseguidos.

Más aun, el grupo que exhibe estas cualidades no es un grupo elitista, una pequeña aristocracia espiritual alejada del común de los cristianos, un círculo superior de discípulos de Jesús. Al contrario, las bienaventuranzas detallan la concepción de Cristo sobre lo que en esencia debe ser cada cristiano. Estas cualidades deben caracterizar a todos y cada uno de sus seguidores. Así como los nueve aspectos del fruto del Espíritu que menciona el apóstol Pablo en Gál. 5 deben manifestarse en el carácter de cada cristiano, las ocho bienaventuranzas de las que habla Cristo describen su ideal para cada ciudadano del reino de Dios. A diferencia de los dones del Espíritu, que él distribuye a diferentes miembros del cuerpo de Cristo a fin de equiparlos para diferentes tipos de servicio, el mismo Espíritu se encarga de desarrollar estas gracias cristianas en todos nosotros. No podemos huir de nuestra responsabilidad de anhelarlas todas.

Lo interesante es que las bienaventuranzas no son piadosas esperanzas de algo que puede ser; no son profecías irreales de alguna futura cualidad del creyente; son felicitaciones de algo que ya se es. Las bienaventuranzas no se posponen a algún futuro reino de gloria; es una felicidad que existe aquí y ahora. No es algo en lo que el cristiano entrará; es algo donde ya ha entrado. Es verdad que alcanzará su plenitud y su consumación en la presencia de Dios; pero, a pesar de eso, es una realidad presente que se disfruta aquí y ahora. Lo que Jesús expresa a través de las bienaventuranzas es: “¡Oh qué bendición de ser cristiano! ¡Oh qué gozo de seguir a Cristo! ¡Oh qué felicidad de conocer a Jesucristo como Maestro, Salvador y Señor!”

Hoy aprenderemos dos bienaventuranzas más de este primer grupo: Bienaventurados los que lloran y los mansos. Veremos cómo estas cualidades nos llevan al nuevo nacimiento. Sin embargo, también aprenderemos, que éstas no son cualidades transitorias que llevan al nuevo nacimiento y que después el cristiano ya no necesita exhibir, sino que son cualidades que deben acompañarnos a lo largo de todas nuestras vidas, y que deben manifestarse cada día. El discípulo de Cristo debe ser pobre en espíritu, llorar, ser manso y tener hambre y sed de justicia cada día de su vida. De esa manera, poseerá el reino de los cielos, será consolado, heredará la tierra y será saciado cada día de su vida, hasta que reciba la plenitud del reino de Dios en la segunda venida de Cristo. Amén. 

I.- Bienaventurados los que lloran (4)

Leamos juntos el v.4. Ya hemos aprendido la semana pasada que las bienaventuranzas tienen un carácter paradójico, y la segunda bienaventuranza es quizás una de las más paradójicas. Literalmente dice: “Felices, dichosos o afortunados los que lloran”. ¿Alguno de ustedes se han sentido felices, dichosos o afortunados por llorar? Quizás podríamos pensar en lágrimas de alegría por una gran bendición no esperada, pero esa no es la causa del llanto que se describe aquí. La palabra griega que se usa aquí para llorar es pendséo que es la más fuerte que existe en griego. Es la que se usa para hacer duelo por los difuntos, para expresar el penoso lamento por la muerte de alguien que se ha amado entrañablemente. Se define como la clase de pesar que se apodera de una persona y que no se puede ocultar. No es sólo un sufrimiento que produce dolor de corazón, sino que hace incontenibles las lágrimas. De modo que podríamos decir esta bienaventuranza así: “Bienaventurados los que tienen un pesar tan grande en el corazón que los lleva al llanto incontenible”.

¿Qué nos puede llevar a este tipo de llanto? Si continuamos con la línea de pensamiento de que las primeras cuatro bienaventuranzas nos llevan al nuevo nacimiento, entonces podemos afirmar que el descubrimiento de nuestra naturaleza pecaminosa y de nuestra miseria espiritual nos lleva a exclamar con amargura como lo hiciera el apóstol Pablo: “Miserable de mí, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Rom. 8:24). Darnos cuenta de nuestra gran miseria espiritual debe llevarnos al más amargo de los llantos de arrepentimiento. Debe llevarnos a caer de rodillas delante de nuestro Dios y derramar nuestro corazón como aguas rogándole su perdón por nuestra vida pecaminosa e implorándole por nuestra salvación. 

Pero este llanto amargo no debe ser algo de una vez en la vida para nuestra salvación, sino un ejercicio constante en la vida del cristiano al descubrir su pecado. Cuando nos acercamos a la Palabra de Dios y Ésta nos revela nuestro pecado, debemos llorar inconsolablemente con arrepentimiento. ¡¿Cómo podemos pecar así contra un Dios tan amoroso que nos ha dado la salvación y que no hace más que bendecirnos cada día con toda bendición de lo alto?! ¡¿Cómo podemos pagarle de esta manera tan baja al que no escatimó ni a su propio, sino que lo entregó a la más terrible muerte para mostrarnos su amor?! ¡Las hojas de nuestros testimonios bíblicos deberían estar marcadas con las lágrimas que derramamos al arrepentirnos por nuestros sucios pecados!

Pero los cristianos no lloramos solo por arrepentimiento, también por el sufrimiento que conlleva la vida y que se deriva del pecado. Hay un llanto por sufrimiento que es exclusivo del creyente, que es el llanto por la persecución y la calumnia de los que se oponen a Cristo. De esto hablaremos en la última bienaventuranza. Por ahora, sólo necesitamos saber que el discípulo de Jesús puede llorar por la persecución y la calumnia, o por los sufrimientos y adversidades comunes de la vida como: la muerte de un ser querido, el diagnóstico de una enfermedad, la pérdida de un empleo o de los bienes materiales, la traición de un ser amado, y un larguísimo etcétera. Pero la bienaventuranza en el llanto de un creyente es que éste será consolado.

Leamos nuevamente el v.4. Recibiremos consolación. Aunque esta traducido aquí en futuro: “recibirán consolación”, en realidad es un presente continuo. Estamos siendo consolados y seremos perfectamente consolados cuando el reino de Dios sea establecido definitivamente en la Tierra, porque allí “enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.” (Apo. 21:4). ¡En el reino de Dios no habrá más llanto! ¡No habrá más razón para llorar porque el pecado se habrá extinguido! Pero mientras llega el establecimiento definitivo del reino de Dios, bienaventurados los que lloran porque recibirán consolación.

¿Cómo son consolados los que lloran? Los que lloran por arrepentimiento, son consolados con el perdón de sus pecados, como lo proclamó Jehová por boca del profeta Isaías: “Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén; decidle a voces que su tiempo es ya cumplido, que su pecado es perdonado; que doble ha recibido de la mano de Jehová por todos sus pecados.”(Isa. 40:1-2). Si lloramos con arrepentimiento genuino, ¡el Señor nos consolará con el perdón de nuestros pecados!

A los que lloran por los sufrimientos o adversidades de la vida, Dios les da el consuelo apropiado en el momento oportuno. Tenemos con nosotros al Espíritu Santo, el otro consolador que Jesús envió después de su partida para que esté con nosotros siempre (Jn. 14:16). El Espíritu nos consuela; anima; exhorta; convence de juicio, justicia y pecado; y nos recuerda todas las cosas que Jesús ha enseñado (Jn. 14:26). En medio de los sufrimientos y adversidades de la vida, el Espíritu Santo está con nosotros recordándonos las maravillosas promesas de Dios, ayudando a sobrellevar nuestras emociones y sentimientos, y acercándonos a Dios en toda situación. Intercediendo con gemidos indecibles por nosotros ante el Padre (Rom. 8:26). De esa forma Él nos consuela en la vida presente. 

Y cuando hemos pasado por las situaciones adversas de la vida y salimos airosos, el Espíritu Santo nos usa para consolar a otros también que estén pasando por las mismas situaciones. Como escribió el apóstol Pablo a la iglesia en Corinto: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación.” (2Co. 1:3-5). 

Una vez leí un extracto de un libro donde los autores narran la historia de cómo fueron consolados por Dios al perder a su hija de cinco años a causa del cáncer. Generalmente, este tipo de situaciones hace que la gente dude del amor de Dios. ¿Cómo un Dios que supuestamente me ama va a permitir que mi pequeña de cinco años muera de cáncer? ¿Por qué me hace pasar por este dolor tan terrible? El extracto que leí, narraba cómo se sintieron al recibir por correo postal, unos meses después del fallecimiento de su hija, la ropita que había quedado en el hospital. Dicen que al abrir la caja en la cocina, no pudieron aguantar y cayeron al suelo llorando desconsoladamente. Francamente, me conmovió mucho. Es un dolor terrible que nadie quisiera vivir. Sin embargo, ellos decidieron escribir ese libro para consolar a las personas que están pasando por un dolor similar, con el mismo consuelo con el que ellos fueron consolados por Dios. Creo que una de las razones por las que Dios les permitió pasar por esa situación, fue precisamente esa, que ellos pudieran consolar a otros también.

Estoy seguro que cada uno de nosotros ha pasado situaciones terribles en la vida que nos han hecho llorar desconsoladamente. Pero Dios nos ha consolado de esas situaciones para que nosotros también podamos ser usados por el Espíritu para consolar a otros. Quizás actualmente estas pasando por una situación de este tipo. Déjame decirte como que estas palabras de Jesús son para ti: ¡Bienaventurados los que lloran porque serán consolados! ¡Bienaventurados los que tienen el corazón destrozado ante el sufrimiento del mundo, y por su propio pecado; porque encontrarán el gozo del Señor! Sintámonos gozosos al pasar por estas situaciones porque recibiremos el consuelo de nuestro amoroso Dios. Amén.   

II.- Bienaventurados los mansos (5)

Leamos juntos el v.5. En el español actual la palabra manso no es una de las palabras honorables de la vida. Ahora conlleva la idea de servilismo, bajeza de carácter, consentimiento al mal e incapacidad o falta de voluntad para resistirse a una afrenta vergonzosa. Nos presenta el retrato de una criatura sumisa e ineficaz. Es por eso que a veces hay que aclarar que hay que ser “manso pero no menso”.

Pero resulta que la palabra griega que se traduce aquí como manso, praús, era una de las grandes palabras éticas. El gran filósofo griego Aristóteles tenía mucho que decir de la cualidad de la mansedumbre, en griego praotês. Aristóteles seguía un método para definir cualquier virtud que consistía en encontrar el término medio entre dos extremos. Por una parte estaba el extremo por exceso; y por la otra, por defecto; y entre ambos estaba la virtud misma, el feliz término medio. Así, él define praotês (la mansedumbre), como el término medio entre orguilotês, que quiere decir ira excesiva, y aorguêsía, que quiere decir apatía. Entonces, según Aristóteles, la mansedumbre es el feliz término medio entre la ira excesiva y la falta de ella. Así es que la primera traducción posible de esta bienaventuranza sería: ¡Bienaventurado el que se indigna a su debido tiempo y por la debida causa! 

Y si nos preguntamos cuál es el debido tiempo para airarse, diríamos que, por regla general, en la vida uno no debe airarse por un insulto o una injuria, eso es algo que un cristiano debe pasar por alto; deberíamos airarnos por las injusticias cometidas a otros, o por el estorbo a la obra de Dios. Sin embargo, debemos recordar las palabras del apóstol Santiago: “Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.” (Stg. 1:19-20) Y también recordar las palabras del apóstol Pablo a los efesios: “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo” (Efe. 4:26). Allí reside la mansedumbre, que seamos tardos para airarnos y que nuestro santo enojo sea fugaz.

Pero la palabra griega praús tiene un segundo uso general en griego. Es la que se usa con referencia a un animal que ha sido domesticado, que está acostumbrado a obedecer la palabra del amo, que ha aprendido a obedecer las riendas. Es la palabra que se usa de un animal que ha aprendido a aceptar el control. Así que la segunda posible traducción de esta bienaventuranza sería: ¡Bienaventurada la persona que tiene bajo control todos sus instintos, impulsos y pasiones! ¡Bienaventurado el que se mantiene total y constantemente bajo control! Aunque hay que aclarar que no se trata de la bienaventuranza de la persona que se controla a sí misma, porque eso está fuera de la capacidad humana; sino más bien de la persona que está totalmente bajo el control de Dios, rendido al Espíritu Santo, porque sólo en Su servicio encontramos la perfecta libertad, y en hacer Su voluntad, la paz.

Pero hay todavía un tercer enfoque de esta bienaventuranza. Los griegos contrastaban siempre la cualidad praotês (mansedumbre), con la cualidad hysêlokardía, que quiere decir altivez de corazón. En praotês se encuentra la verdadera humildad que destierra todo orgullo. Sin humildad no se puede aprender, porque el primer paso en el aprendizaje es ser conscientes de nuestra propia ignorancia. Quintiliano, el gran maestro de oratoria hispanorromano, decía de algunos de sus alumnos: “No me cabe duda de que serían excelentes alumnos si no estuvieran convencidos de que ya lo saben todo”. No se le puede enseñar nada a una persona que cree que ya lo sabe todo. Sin humildad no puede haber amor, porque el verdadero principio del amor es el sentimiento de indignidad. No soy digno de ser amado, pero Dios me ama; este hermano no es digno de mi amor, pero lo voy a amar así como Dios me ama. Por eso dice el apóstol Pablo: “con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor”. (Efe. 4:2). Seremos verdaderamente mansos y humildes cuando estemos plenamente conscientes de que somos criaturas y Dios es el Creador, y que necesitamos someternos a Su voluntad. Y Su voluntad es que nos amemos los unos a los otros sin condiciones.

Jesús es el ejemplo perfecto de mansedumbre. Él mismo dijo a sus discípulos: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.” (Mat. 11:29-30). Debemos aprender a llevar sobre nosotros el yugo de la voluntad de Dios. Debemos dejarnos guiar por Él en toda situación. Así descansaremos en Su buena voluntad. Si alguien nos insulta o quiere violentar nuestros derechos, debemos descansar en la voluntad de Dios y pasar por alto la ofensa. Dios permite esas situaciones en nuestras vidas para enseñarnos algo, y debemos dejar todo en las manos de Dios. Él hará Su justicia perfecta.

Estando en Venezuela el año pasado tuve que aprender la mansedumbre. Visitaba las oficinas gubernamentales buscando una solución para los documentos de las niñas y nadie nos daba una respuesta positiva. Cuando brillaba un rayo de luz, inmediatamente aparecía otro obstáculo. Intentamos de muchas maneras, pero nunca pudimos resolver la situación. Yo oraba para no alterarme ante las injusticias y meditaba qué nos quiere enseñar Dios a través de todo esto. Nada nos salía como queríamos, ni siquiera algo tan simple como la reserva de un boleto aéreo. Pero decidí confiar en la buena voluntad de Dios y en su tiempo, Él nos ayudó a sacar a las niñas de Venezuela de forma legal. Gracias a Dios pude ser manso y aceptar la voluntad de Dios en medio de todo el proceso. Y aunque ese viaje resultó ser un evento muy costoso para nosotros, tanto material como emocionalmente, al final Dios nos enseñó a confiar más en Él y nos dio valiosas lecciones allí. Yo oro para que pueda actuar con esa mansedumbre en toda situación y que pueda aprender de Jesús que era manso y humilde de corazón. Amén.

El doctor Lloyd-Jones resume la mansedumbre en forma admirable: “es básicamente tener una idea adecuada de uno mismo, la cual se manifiesta en la actitud y conducta que tenemos hacia otros… El verdaderamente manso es el que vive sorprendido de que Dios y los hombres puedan pensar tan bien de él y lo traten tan bien como lo tratan”. Esto, entendiendo que en nuestra naturaleza pecaminosa no merecemos un buen trato. Así nos volvemos gentiles, mansos, sensibles, pacientes en nuestras relaciones con los demás. 

¿Cuál es la bienaventuranza de ser manso? Leamos nuevamente el v.5. Recibiremos la tierra por heredad. Uno hubiera esperado exactamente lo opuesto. Parece que los mansos no conseguirían ningún sitio debido a que todos los ignoran o incluso se aprovechan de ellos y los pisotean. Son los fuertes, los dominantes los que tienen éxito en la lucha por la existencia. Hasta los hijos de Israel tuvieron que luchar por su herencia, aunque el Señor les dio la tierra prometida. Pero la condición bajo la cual tomamos posesión de nuestra herencia espiritual en Cristo no es la fuerza sino la mansedumbre. Esa fue la confianza de los santos y humildes siervos de Dios en el AT, cuando los impíos parecían triunfar. Así lo expresa el Salmo 37, el que Jesús parece estar citando en las bienaventuranzas: “No te alteres con motivo del que prospera en su camino, por el hombre que hace maldades. […] Pero los mansos heredarán la tierra […] los benditos de él heredarán la tierra […] Espera en Jehová, y guarda su camino, y él te exaltará para heredar la tierra; cuando sean destruidos los pecadores, lo verás.” (Sal. 37:1,11,22,34). 

El mismo principio opera hoy. Los incrédulos pueden jactarse y ejercer su influencia y poder, pero la posesión real está fuera de su alcance. Los mansos, por otra parte, aunque pueden ser privados o despojados de sus derechos por los hombres, porque saben lo que es vivir y reinar con Cristo, pueden disfrutar y aun “poseer” la tierra, que pertenece a Dios. Luego, en el día de la regeneración, habrá para ellos “un cielo nuevo y una tierra nueva” como herencia. Así, el camino de Cristo es diferente del camino del mundo; y todo cristiano, aunque no tenga nada, puede describirse como poseyéndolo todo (2Co. 6:10).

En conclusión, somos bienaventurados cuando lloramos por nuestros pecados y por los sufrimientos que el pecado ha generado en este mundo, porque somos consolados por Dios con el perdón de nuestros pecados y con la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas. Somos bienaventurados al ser mansos, aceptando y obedeciendo la voluntad de Dios, porque el Señor nos permite descansar en su buena voluntad y nos da las arras de nuestra herencia espiritual. Aunque parece que sufrimos mucho en este mundo y que el incrédulo ríe, goza y disfruta de los bienes terrenales, al llorar y ser mansos experimentamos el reino de Dios en la Tierra, siendo consolados por Él y recibiendo nuestra herencia de vida eterna donde no habrá más llanto, ni tristeza ni dolor, y viviremos en perfecta armonía disfrutando plenamente de la comunión nuestro amoroso Creador. Amén.

ARCHIVOS PARA DESCARGAR



FOROS UBF ESPAÑOL

SUGERIMOS LEER

MÚSICA QUE EDIFICA

SÍGUENOS EN LAS REDES SOCIALES

ACERCA DE UBF

La Fraternidad Bíblica Universitaria (UBF) es una organización cristiana evangélica internacional sin fines de lucro, enfocada a levantar discípulos de Jesucristo que prediquen el evangelio a los estudiantes universitarios.

UBF MUNDIAL

Puede visitar el sitio de UBF en el mundo haciendo clic en el siguiente enlace (en inglés):

SUSCRIPCIÓN BOLETÍN

Ingrese su dirección e-mail para recibir noticias
e invitaciones a nuestras actividades