Mateo 3:1-12

3:1 En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea,
3:2 y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.
3:3 Pues éste es aquel de quien habló el profeta Isaías, cuando dijo: par Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, Enderezad sus sendas.
3:4 Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y su comida era langostas y miel silvestre.
3:5 Y salía a él Jerusalén, y toda Judea, y toda la provincia de alrededor del Jordán,
3:6 y eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus pecados.
3:7 Al ver él que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo, les decía: ¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?
3:8 Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento,
3:9 y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras.
3:10 Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego.
3:11 Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.
3:12 Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará.

¡ARREPIÉNTANSE!


Buenos días. Hoy retomamos nuestras lecturas en el evangelio de Mateo. Como pueden ver hay un gran salto entre la última lectura de Mateo que aprendimos y esta. Dejamos a Jesús con unos dos años regresando a Nazaret y ahora ya habrían pasado unos treinta años de eso. Pero antes de volver a ver a Jesús, Mateo nos presenta a otro personaje: Juan el Bautista. En Mateo, Juan aparece en escena repentinamente con una vida y mensajes poderosos, como la súbita voz de Dios después de cuatrocientos años de silencio. Sin embargo, gracias al Evangelio Según Lucas sabemos que Juan era pariente de Jesús, pues su madre Elizabet era parienta de María la madre de Jesús (Luc. 1:36), quizás prima. Dios tenía un plan especial para Juan y aun antes de su nacimiento lo llenó del Espíritu Santo (Luc. 1:15). Los padres de Juan, Zacarías y Elizabet, eran muy ancianos al momento de su concepción (Luc. 1:7), así que debieron haber muerto cuando Juan era muy joven. Y de alguna manera, Juan llegó a mudarse al desierto para iniciar allí su ministerio. Así es como aparece acá en el Evangelio Según Mateo.

Hoy aprenderemos el mensaje de Juan el Bautista en el desierto y su llamado para nosotros también: “¡Arrepiéntanse!” y “hagan frutos dignos de arrepentimiento”. Yo oro para que podamos escuchar hoy la voz de Juan y nos arrepintamos de todo corazón, volviéndonos al Camino del Señor y que vivamos haciendo los frutos dignos de arrepentimiento, mostrando en nuestras vidas la evidencia del nuevo nacimiento y el fruto del Espíritu Santo. Amén.

I.- Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado (1-6)

Miren el v.1. “En aquellos días” es una frase que sirve como ancla a Mateo para empezar a describir eventos que ocurren algún tiempo después de los eventos que describía en el pasaje bíblico anterior. Los profetas del AT utilizaban frecuentemente esta expresión para describir el tiempo del cumplimiento de una profecía. Así que lo que intenta mostrar Mateo es que este es el tiempo en que se cumplen las profecías veterotestamentarias. Aunque Mateo no da un contexto histórico preciso, gracias a Lucas sabemos que Juan el Bautista comenzó su predicación: “En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César” (Luc. 3:1). Esto nos ubica más o menos entre el año 25 al 29 d.C. Así que, fue en aquellos días que Juan el Bautista vino predicando.

Juan es la forma griega del nombre hebreo Yohanan que fue el nombre que el ángel Gabriel le dio a Zacarías cuando anunció su nacimiento (Luc. 1:13) y significa “Jehová muestra gracia “o “la gracia de Jehová”, un nombre muy apropiado para un hombre que venía a preparar el camino para la gracia de Dios. El apelativo Bautista, no era un nombre como tal, sino que describía lo que Juan hacía en el desierto, bautizar. Y se usa para diferenciarlo de otros Juanes en aquella época, como Juan el apóstol, por ejemplo.

Juan el Bautista vino predicando en el desierto de Judea. Aquí la palabra griega que se usa para “predicando” es kerysso que significa literalmente, “ser heraldo, proclamar”. Proviene de keryx, un “heraldo”, un mensajero que iba delante del rey anunciando su llegada para que la gente se preparara para la venida de su gobernante. Juan el Bautista vino a preparar el camino al Rey del Universo que venía a reclamar su Señorío sobre su creación. Y más adelante veremos precisamente que esta era la misión profetizada para Juan.

 Entonces, Juan el Bautista vino anunciando al Rey en el desierto de Judea. Se trataba de una zona rocosa árida que se extiende entre la meseta y el mar Muerto, por el valle estéril del río Jordán. Según parece, Juan predicó cerca del límite norte de esta región, al norte de Jerusalén, muy cerca de donde el río Jordán fluye hacia el Mar Muerto. Tomaba todo un día llegar allí desde Jerusalén y parece un lugar impropio para anunciar la llegada de un rey. Sin embargo, es completamente compatible con los planes de Dios.

¿Qué predicaba Juan el Bautista allí? Miren el v.2. ¡Arrepiéntanse porque el reino de los cielos se ha acercado! La palabra griega para arrepentimiento es metanoeo, una palabra compuesta por meta, “después, implicando cambio”, y noeo, “pensar, mente”. Entonces, el arrepentimiento es un cambio de mente o parecer, lo cual a su vez lleva a un cambio de propósito y acción. Es un cambio de vida. Hoy en día la gente confunde el arrepentimiento con el remordimiento. Se asocia el arrepentimiento con las emociones, con sentirse mal o apesadumbrado por lo que se hizo. Pero pueden ver que el significado va mucho más allá de eso. El arrepentimiento es principalmente mental y moral más que fundamentalmente emocional. Implica un “cambio de mentalidad” en lo que respecta al pecado. El remordimiento es apenas el primer paso hacia el arrepentimiento, pero mucha gente solo se queda allí. 

El remordimiento es sentirnos mal por lo que hicimos. Es el primer paso para el arrepentimiento. Luego, hay que reconocer y confesar que lo que hicimos estuvo mal. Entonces, el segundo paso para el arrepentimiento es la confesión. Después hay que cambiar nuestra mente y dejar de amar ese pecado que nos hace sentir mal y tomar la decisión de dejar de cometerlo. Este es el tercer paso, la decisión. El cuarto paso sería y el cambio, caminar en el camino opuesto al que veníamos andando. Y quinto, procurar resarcir de alguna manera el daño causado. Este es el verdadero arrepentimiento. Muchos se quedan en el primer paso, en el remordimiento. Algunos incluso llegan a la confesión o, incluso, hasta la decisión, pero no hay una decisión firme, un cambio real de mentalidad. Si no llegamos por lo menos hasta el cuarto paso, no hay un verdadero arrepentimiento. Debemos tomar la decisión de dejar de cometer ese pecado y cambiar nuestra mentalidad con respecto a ello. Necesitamos arrepentirnos genuinamente.

Según la predicación de Juan, ¿por qué debemos arrepentirnos? Miren nuevamente v.2. “Porque el reino de los cielos se ha acercado”. La frase “reino de los cielos” es exclusiva de Mateo, en el resto del NT se utiliza “reino de Dios”. Quizás Mateo utiliza esta expresión conforme a la costumbre judía de evitar mencionar el nombre de Dios, pero la frase es totalmente equivalente. El reino de los cielos es el reino de Dios. Es la autoridad soberana de Dios siendo establecida en la Tierra. De hecho, esta expresión nos recuerda a la oración del Señor: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.” (Mat. 6:10). La soberanía divina que gobierna en los cielos, donde todos hacen exclusivamente la voluntad de Dios y nadie procura hacer su propia voluntad, estaba cerca de establecerse en la Tierra también. El Rey del Universo venía a la Tierra a restablecer su dominio para que Su voluntad fuese hecha en la Tierra así como es hecha en los cielos. 

Pero para que esto ocurra, los seres humanos deben arrepentirse de su rebeldía y de la búsqueda de hacer su propia voluntad y someterse a la voluntad divina. Sin arrepentimiento no podemos entrar en el reino de los cielos. Esto nos recuerda las palabras de Jesús a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.” (Jua. 3:3). Si no nos arrepentimos, si no cambiamos completamente nuestras vidas, si no nacemos de nuevo, no podemos ni siquiera ver el reino de Dios. Por eso debemos arrepentirnos porque la llegada del reino de los cielos es inminente. En la época de Juan esto implicaba la venida del Mesías para comenzar la era del reino de los cielos. En nuestra época el sentido de urgencia debe ser aún mayor porque se acerca la segunda venida de Jesús para establecer definitivamente el reino de los cielos en la Tierra, y si no nos arrepentimos nos quedaremos fuera de él. Hoy todavía hay esperanza, pero si no nos arrepentimos hoy y regresa Jesús a establecer Su reino, ya no podremos entrar en el reino de Dios. Así que escuchemos hoy la voz de Juan y arrepintámonos, cambiemos nuestra mentalidad con respecto al pecado, dejemos de hacer nuestra propia voluntad y de amar el pecado, y procuremos amar y hacer la voluntad de Dios porque el reino de los cielos se acerca. Amén.   

Miren ahora el v.3. En el ministerio y el mensaje de Juan el Bautista, Mateo ve el cumplimiento de la profecía de Isa. 40:3: “Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios.” Esta es la razón por la que Juan vino predicando en el desierto para cumplir con la profecía de Isaías de que Él sería una voz que clama en el desierto. El ministerio de Juan el Bautista era anunciar la llegada del Rey como un heraldo, preparando el camino al Mesías. Y anunciaba el mensaje de arrepentimiento porque era la forma en la que la gente podía enderezar su camino, su forma de vivir para Dios. Por medio de este anuncio de la llegada del reino de Dios y de su mensaje de arrepentimiento, Juan estaba preparando los corazones de las personas para aceptar a Jesús como el Mesías y someterse a la voluntad de Dios. 

Miren el v.4. Las ropas y comidas de Juan eran muy humildes. Su única vestimenta era de pelo de camello, un saco tosco usado por los ascetas y lamentadores. Nada cómodo ni hermoso. El cinto de cuero era una cuerda sencilla con la que mantenía sujetas al cuerpo las vestiduras sueltas. Lo interesante es que las ropas de Juan eran idénticas a las del profeta Elías en el AT (2Re. 1:8). Y Jesús identificó a Juan el Bautista como el Elías del NT (Mat. 17:10-13). Los dos hombres eran muy semejantes en apariencia, temperamento y misión. La comida de Juan era langostas y miel silvestre. Comida de personas muy pobres. Las langostas eran una especie de saltamontes. La miel silvestre probablemente aluda a la miel de las abejas, que se encuentran por todas partes en el desierto. O, lo más probable, a la savia que brotaba de algún árbol. Lo cierto es que estilo de vida de Juan el Bautista se acomodaba a su misión y mensaje, lo que daba mayor autoridad a su ministerio.

Miren ahora los vv.5-6. A pesar de lo apartado que se encontraba Juan, su estilo de vida y mensaje conmocionaron a la gente de Jerusalén y de toda Judea que venían con arrepentimiento a ser bautizados por Él. La gente reconocía la voz de Dios a través de Juan y confesaban sus pecados, siendo bautizados en señal de arrepentimiento. En realidad el bautismo de Juan no podía perdonar los pecados, pero era una señal externa de la limpieza espiritual que Dios estaba haciendo en los corazones de aquellos que se arrepentían genuinamente. Aunque el bautismo de Juan es el precursor del bautismo en agua que se practica hoy en día en el cristianismo, su bautismo tenía un propósito y significado ligeramente distintos. El bautismo de Juan era más un tipo de lavamiento ritual judío que simbolizaba la limpieza de pecados por medio del arrepentimiento, en cambio el bautismo en agua moderno es la señal de la decisión de una persona de seguir a Jesús como su discípulo. En el bautismo de Juan había confesión de pecados, en el bautismo cristiano se confiesa a Jesús como el Señor y Salvador. Son básicamente similares, pero la gente en la época de Juan no estaba confesando a Jesús como el Mesías todavía, sino solo sus pecados. Veamos a continuación qué sucedió mientras Juan bautizaba a la gente.

II.- Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento (7-12)

Miren los vv. 7-8. Junto con el pueblo venían a Juan muchos de los líderes religiosos de su época, los fariseos y los saduceos. El v.7 implica que ellos no solo venían a ver o a supervisar el trabajo de Juan, sino que venían a ser bautizados por él también. Sin embargo, a diferencia del pueblo, ellos no venían a bautizarse con un arrepentimiento genuino, sino para cumplir un ritual más, así como ayunaban dos o tres veces a la semana, e iban a la sinagoga cada sábado. El propósito del corazón de estos líderes religiosos era hacer todo lo posible para evitar caer bajo la ira de Dios. 

Juan sabiendo esto los reprende fuertemente diciendo: “¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?” Esto nos da la imagen de un bosque en llamas. Cuando ocurre un incendio forestal, los primeros animales que veremos huyendo son los reptiles, entre ellos las serpientes, pues éstos son de sangre fría y son los primeros en sentir los cambios de temperatura a su alrededor. Apenas sienten que se pone muy caliente el bosque inmediatamente huyen por sus vidas, pues cualquier cambio brusco de temperatura los mata. Los fariseos y saduceos eran como unas víboras que intentaban huir del fuego de la ira de Dios por sus pecados tratando de cumplir todos los rituales posibles sin un arrepentimiento genuino. Esto es totalmente inútil. No importa en cuántos rituales participaran, si no había un arrepentimiento genuino igualmente serían alcanzados por la ira de Dios. Así que Juan los reprende y los llama a hacer frutos dignos de arrepentimiento, es decir a demostrar con sus vidas que realmente están arrepentidos de sus pecados.  

Lucas en su narración del ministerio de Juan el Bautista da algunos ejemplos de los frutos dignos de arrepentimiento. A unos publicanos, recaudadores de impuestos, que vinieron para ser bautizados, Juan les amonestó que no exigiesen más impuesto del que realmente estaba ordenado (Luc. 3:12-13), pues ellos eran famosos por robar a la gente exigiéndole más de lo que en realidad se debía. A unos soldados les exhortó a no extorsionar, ni calumniar a nadie, sino a conformase con su salario (Luc. 3:14), pues los soldados extorsionaban a la gente y los calumniaban para pedirles dinero a cambio, ya que no se conformaban con el salario que tenían. También el apóstol Pablo nos da unos ejemplos de los frutos dignos de arrepentimiento en Efe. 4:28-29: “El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad. Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes.” El que robaba, deje de robar y póngase a trabajar, y en lugar de quitarle a otro lo suyo, uso de lo propio para ayudar a los demás. ¡Este es un gran cambio de vida! El que decía mentiras, chismes, calumnias, vulgaridades, deje de decir estas cosas, y ahora hable las palabras de edificación para que los que oyen en lugar de sentirse mal, puedan recibir gracia. ¡Este también es un gran cambio de vida!  

De la misma manera nosotros tenemos que hacer los frutos dignos de arrepentimiento. Quien vive en homosexualidad, debe abandonar esa vida pecaminosa, y orar a Dios para que le dé una ayuda idónea, casarse y servir a Dios con su familia. Quien vive en adulterio, tiene que arrepentirse, confesar su pecado, dejar a la otra pareja y restaurar la relación con su cónyuge. Quienes viven en fornicación, deben reconocer su pecado, arrepentirse, y casarse o separarse según sea la voluntad de Dios. No podemos decir que somos cristianos y vivir de esta manera. Si decimos que somos cristianos y seguimos viviendo en homosexualidad, adulterio, fornicación o cualquier otro pecado, entonces estamos siendo como los fariseos y saduceos, solo estamos intentando vanamente huir de la ira venidera.

Aunque vengamos todos los domingos a la iglesia sin faltar; aunque nos levantemos todos los días temprano a comer Pan Diario; aunque tengamos cada semana nuestro estudio bíblico 1:1 con nuestro pastor; aunque ofrendemos y diezmemos regularmente; aunque estemos dando varios estudios bíblicos 1:1 a las ovejas cada semana; si no hacemos los frutos dignos de arrepentimiento; si no hemos abandonado la vida pecaminosa que llevábamos antes de confesar a Jesús como nuestro Señor y Salvador, y vivimos haciendo verdaderamente la voluntad de Dios y no la nuestra; entonces no podremos entrar en el reino de los cielos porque no hemos nacido de nuevo. El nuevo nacimiento, los frutos dignos de arrepentimiento, se manifiestan en una vida totalmente cambiada. Una vida que ha cambiado los hábitos pecaminosos que teníamos por la obediencia genuina a la Palabra de Dios.

¿Cuál es la razón por la que los fariseos y los saduceos no hacían los frutos dignos de arrepentimiento? Miren el v.9. Ellos tenían orgullo de ser hijos de Abraham, es decir de ser judíos. Ellos pensaban que por ser judíos ya eran salvos sin importar cómo vivieran sus vidas. Ellos pensaban que cumpliendo con los rituales religiosos ya tenían asegurada la salvación. No cometamos el mismo error que ellos. No pensemos que por llamarnos a nosotros mismos cristianos y venir cada domingo a la iglesia, y participar de las disciplinas espirituales de la iglesia ya somos salvos. Nuestra salvación solo viene por el nuevo nacimiento que Jesús nos da en el Espíritu Santo y se manifiesta en nuestra vida cambiada y obediente a la Palabra de Dios. Si seguimos viviendo en los mismos pecados de antes, entonces realmente no hemos nacido de nuevo y no alcanzaremos la salvación y el reino de los cielos. Así que examinemos cuidadosamente nuestras vidas y si todavía estamos viviendo en los hábitos pecaminosos, arrepintámonos genuinamente. Reconozcamos nuestro pecado y sintamos dolor por él; Confesemos el pecado y tomemos la decisión firme de abandonarlo escribiendo testimonio bíblico; actuemos conforme a la decisión que hemos tomado, orando al Señor para que nos ayude; y resarzamos el daño si fuese posible. De esa manera podremos estar preparados para la llegada del reino de los cielos cuando Jesús regrese a buscar a Su pueblo.

Si no hacemos esto, solo queda lo que Juan advierte a los fariseos y saduceos en los vv. 10-12. Leámoslos juntos por favor. Todo aquel que no se arrepienta y haga los frutos dignos de arrepentimiento será echado en el fuego del infierno. Pero el que se arrepienta genuinamente haciendo los frutos dignos de arrepentimiento será bautizado con el Espíritu Santo y sellado para entrar en el reino de los cielos donde habitaremos felices en la presencia de Dios. Es tú decisión. ¿Dónde quieres pasar la eternidad? ¿Con Dios en el reino de los cielos? Entonces, arrepiéntete y vive conforme a la voluntad de Dios.

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