Efesios 6:10-17

6:10 Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza.
6:11 Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo.
6:12 Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.
6:13 Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes.
6:14 Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia,
6:15 y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz.
6:16 Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno.
6:17 Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios;

VESTÍOS DE TODA LA ARMADURA DE DIOS


Buenos días. Después de haber aprendido el ideal para vivir en nuestros hogares y en sociedad por medio de someternos los unos a los otros en el temor de Dios, el apóstol Pablo hace un cambio abrupto de tema para regresarnos a la ruda realidad del creyente: Vivimos en un campo de batalla espiritual. Y ya que estamos en un campo de batalla, debemos ir vestidos apropiadamente con toda la armadura de Dios. En este pasaje bíblico el apóstol Pablo nos exhorta a vestirnos toda la armadura de Dios para que podamos resistir la batalla y cuando haya acabado todo estemos firmes. Yo oro para que cada uno de nosotros tome toda la armadura de Dios y esté bien protegido para esta batalla espiritual, de modo que podamos resistir y estemos firmes en la fe cuando venga nuestro Señor Jesucristo a buscarnos. Amén.

Sobre la armadura de Dios se ha escrito y predicado mucho. Por ejemplo, En 1655, el ministro puritano William Gurnall, “pastor de la iglesia de Cristo en Lavenham, Suffolk” (como se llamaba a sí mismo), publicó su tratado: “El cristiano con su armadura completa”. Con un elaborado subtítulo, para el cual se necesita respirar hondo, dice: 
“La guerra de los santos en contra del diablo, donde se descubre el gran enemigo de Dios y de su pueblo, con su política, su poder, su sede imperial, su maldad y el designio principal que tiene en contra de los santos; una revista abierta de la cual el cristiano podrá extraer armas espirituales para la batalla, se verá ayudado por su armadura y enseñado en el uso de sus armas; junto con el final feliz de toda la guerra.” La octava edición de este libro, de 1821, abarca tres volúmenes, 261 capítulos y 1,472 páginas. Y más recientemente, el doctor Martyn Lloyd-Jones ha escrito una exposición muy buena y completa del mismo pasaje bíblico, en dos volúmenes titulados The Christian Warfare (La Guerra Cristiana) y The Christian Soldier (El Soldado Cristiano), que suman un total de 736 páginas. 

Hoy vamos a aprender solo ocho versículos de este pasaje bíblico y de forma mucho más resumida que Gurnall y el Dr. Lloyd-Jones, orando que podamos entender, aunque sea en esencia, la batalla espiritual en la que estamos. Y oro para que cada uno de nosotros pueda vestirse toda la armadura de Dios para poder resistir, y que cuando haya acabado esta batalla y venga nuestro Señor Jesucristo, podamos estar firmes e ir con Él al Reino de Dios. Amén.


I.- Fortaleceos en el Señor y en el poder de Su fuerza (10-13)

Miren el v.10. Pablo concluye su epístola a los efesios escribiendo: “Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza.” Otra forma de leer esto es: “No me resta más que pedirles que se fortalezcan en el Señor y en el poder de su fuerza”. Y aquí está haciendo un cambio abrupto del tema que venía tratando para traernos a la realidad de los creyentes: estamos en un campo de batalla espiritual. Y como el campo de batalla y los enemigos son espirituales, entonces debemos fortalecernos en el Señor y en el poder de Su fuerza. 

En realidad está es una afirmación general que el apóstol Pablo va a desarrollar en los siguientes versículos, pero antes de ver su desarrollo, me gustaría que notásemos que las palabras griegas que aparecen aquí para “fortaleceos”, “poder” y “fuerza” son “dynamis”, “kratos” e “iscus”, respectivamente, que son exactamente las mismas palabras que aparecen en Ef. 1:19: “y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza”, y exactamente en el mismo orden. En ese pasaje bíblico, el apóstol Pablo oraba para que fuesen alumbrados los ojos de nuestro entendimiento (Ef. 1:18) y pudiésemos ver, entre otras cosas, “la supereminente grandeza de su poder  para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero” (Ef. 1:19-21). Esa es la fuerza y el poder con los que debemos fortalecernos. Con el mismo poder que levantó a Cristo de los muertos y lo sentó a la diestra del Padre. ¡Con el poder del Espíritu Santo!

Pero, ¿cómo podemos fortalecernos en el Señor y en el poder de Su fuerza? 
Miren el v.11. La única manera es vestirnos de toda la armadura de Dios. La armadura de Dios es la protección que el Señor nos ha dado para esta batalla espiritual y es la forma en que podemos fortalecernos en Él y en Su poder, ya que es la misma armadura que Él usa. Las piezas de la armadura que el apóstol Pablo nos describe más adelante, aparecen en el AT siendo usadas por Jehová o por el Siervo de Jehová, que es nuestro Señor Jesucristo. Ahora el apóstol Pablo nos revela que esa armadura nos ha sido concedida a nosotros para fortalecernos para la batalla espiritual.

Y, ¿qué debemos hacer nosotros? Miren nuevamente el v.11a. “Vestíos” es imperativo. El apóstol Pablo nos manda a vestirnos de toda la armadura que Dios ya nos ha concedido. Debemos procurar ponernos bien las piezas de la armadura. Pero, más adelante hablaremos de cómo podemos hacer esto. Veamos para qué debemos vestirnos la armadura.

Miren el v.11b. Para que podamos estar firmes contra las asechanzas del diablo. El propósito de la armadura de Dios es que podamos estar firmes como nos repite Pablo en los vv. 11b, 13b y 14a. Dios nos ha provisto de las armas necesarias para que podamos resistir en medio de este campo de batalla. Aunque el enemigo es mucho más poderoso que nosotros, las armas que tenemos a nuestra disposición son todavía más poderosas que nuestro enemigo. Así que si nos vestimos de toda la armadura que Dios nos ha provisto podremos resistir y cuando haya acabado todo estaremos firmes en el camino de la fe. 

Miren ahora el v.12. Aquí se nos revela nuestro enemigo. Nuestra batalla no es contra otras personas. No es contra el incrédulo que me molesta y me persigue por mi fe. No es contra mi jefe cascarrabias, que el Señor lo reprenda. No es contra el hermanito ese que no se comporta como cristiano y que me saca de quicio, que el Señor lo bendiga y lo guarde… bajo llave, y bote la llave. Nuestra lucha es contra seres espirituales de maldad que el apóstol Pablo llama aquí: “principados”, “potestades”, “los gobernadores de las tinieblas de este siglo”, “huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”. Algunos piensan que esto hace referencia a jerarquías demoníacas. Otros opinan que Pablo solo describe el poder y autoridad que tiene nuestro enemigo. Lo cierto es que el apóstol Pablo nos afirma aquí que nuestra lucha espiritual es en contra de poderosas fuerzas demoníacas que se encuentran en las regiones celestes, es decir, que están en el plano espiritual. Y que son mucho más poderosas que nosotros. 

Así que no debemos intentar enfrentarlas con nuestras propias fuerzas humanas, pues seremos fácilmente derrotados. Pero, podemos enfrentarlas con el poder del Señor, vestidos de toda la armadura de Dios. Miren lo que dice en el v.13: “Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes.” Sabiendo que estamos en medio de una cruenta batalla espiritual, sabiendo que nuestro enemigo es así de poderoso, debemos estar bien preparados, tomando y vistiendo toda la armadura de Dios para que podamos resistir. Para que terminemos de pie la batalla, o si terminamos de rodillas que sea adorando a nuestra Salvador por la victoria obtenida. Amén. 

II.- La armadura de Dios (14-17)

Miren el v.14. En los siguientes versículos el apóstol Pablo pasa a describir cada una de las piezas que constituyen la armadura de Dios y que debemos tomar y vestirnos si queremos estar bien preparados para la batalla espiritual. Las seis piezas que se describen aquí están inspiradas en la armadura de un soldado romano del siglo I, la época en la que Pablo vivía. Pablo asocia cada pieza de la armadura con una virtud cristiana, veamos a continuación cuáles son esas piezas de la armadura de Dios.

Miren nuevamente el v.14b. La primera pieza es el cinto o cinturón de la verdad. En las armaduras romanas, el cinturón era generalmente de cuero y era parte más de la ropa interior del soldado que de la armadura. Sin embargo, era esencial porque sujetaba su túnica interior y servía para sostener su espada también. Si el cinturón no estaba bien ajustado, la túnica andaría suelta e impediría el movimiento del soldado, entorpecería su marcha y sería muy desventajoso en la batalla. Así que el soldado antes de salir a cualquier lugar, especialmente para la batalla, debía ajustarse bien el cinturón, lo que le daba un sentido de fuerza y confianza también.

El cinturón del soldado cristiano es la verdad. Muchos comentaristas, en especial durante los primeros siglos, entendían que esto quería decir la revelación de Dios en Cristo y en las Escrituras. Porque sin duda es la única verdad que puede descubrir las mentiras del diablo y liberarnos, y Pablo se ha referido varias veces en esta carta a la importancia y el poder de la verdad. Otros comentaristas, sin embargo, interpretan que Pablo se está refiriendo a la sinceridad o integridad del creyente. Porque Dios requiere “verdad en el ser interior” y el cristiano debe ser honesto y verdadero a cualquier precio. Engañar, caer en hipocresías, unirse a intrigas y mentiras, es jugar el juego del diablo. Quizás no necesitamos elegir entre estas alternativas. El ministro Gurnall escribió muy acertadamente: “Algunos entienden por verdad una verdad doctrinal; otros la toman como verdad del corazón, sinceridad. Lo mejor es comprometerse con las dos… una no es posible sin la otra.” Así que ciñámonos con la Palabra de Dios, para que impidamos que las mentiras del enemigo lleguen a nuestro interior; y con un corazón sincero y honesto para con Dios y nuestros hermanos, para que el enemigo no ponga rencilla entre nosotros. 

Miren nuevamente el v.14c. La segunda pieza de la armadura de Dios es la coraza de justicia. La coraza del soldado romano se componía de dos partes, una delantera y una trasera. Servía para proteger el pecho, la espalda, el corazón y otros órganos vitales del soldado. Así cuando el soldado estaba en batalla, tenía un menor riesgo de ser atravesado por una espada, lanza o flecha en sus órganos vitales. 

La coraza de la armadura de Dios es la justicia. Y Pablo se está inspirando aquí  en Is. 59:17 donde Jehová mismo está portando esta coraza de justicia para vengar a Su pueblo. La palabra griega que se usa aquí es dikaiosýne que en las cartas de Pablo casi siempre significa ‘justificación’ es decir, la justicia de Dios manifestada en Jesucristo. La iniciativa de gracia de Dios de poner a los pecadores en buena relación con Él a través de la muerte redentora de Cristo. Esto quiere decir que la coraza que debe vestir el creyente es la correcta relación con Dios que hemos obtenido por nuestra fe en Jesucristo. Nuestro corazón estará protegido mientras mantengamos una relación íntima con Dios.

De hecho, no hay protección espiritual mayor que una relación justificada con Dios. Haber sido justificado por Su gracia a través de la fe en Cristo crucificado, haber sido vestidos con una justicia que no es la propia sino la de Cristo, estar delante de Dios no condenado sino aceptado, es una defensa esencial contra una conciencia acusadora y contra los ataques calumniadores del diablo, cuyo nombre significa “acusador”. Cristo Jesús es el que murió, resucitó, y está a la derecha de Dios Padre intercediendo por nosotros. Esta es la seguridad cristiana de la “justicia”, de la relación correcta con Dios a través de Cristo; es una coraza fuerte que nos protege de las acusaciones satánicas.

Por otro lado, hay quienes interpretan que la justicia se refiere a la justicia moral o justicia de carácter y conducta. Porque así como ceñirse cada día de la verdad es la manera de vencer los engaños del diablo, cultivar la ‘justicia’ es la manera de resistir a sus tentaciones. Al igual que con los dos significados posibles de “verdad”, también se podría combinar los dos significados posibles de “justicia”, ya que de acuerdo con el evangelio de Pablo, uno de ellos llevaría invariablemente al otro. Como dice George G. Findlay: “la plenitud del perdón por las ofensas pasadas y la integridad de carácter que pertenecen a la vida justificada, están entretejidas en una malla impenetrable”. Y, agrego yo, de esa malla está hecha la coraza de justicia. Entonces, nuestro corazón estará protegido si mantenemos una relación íntima con Dios y buscamos el mayor bien de nuestro prójimo.

Miren ahora el v.15. La tercera pieza de la armadura de Dios es el calzado del evangelio. De acuerdo con Markus Barth, hay consenso entre los comentaristas de que Pablo “tiene en su mente la caliga (‘media bota’) de los legionarios romanos, hecha de cuero, que dejaba los dedos al aire, tenía suelas fuertemente claveteadas y se ataba a los tobillos y a la pierna con tiras más o menos ornamentales. Estas, lo equipaban para marchas largas y para una posición firme No le impedían la movilidad y evitaban que el pie resbalara”.

Las botas del soldado cristiano son el apresto del evangelio de la paz. 
“Apresto” es la traducción de hetoimasia que significa “presteza”, “preparación” o “firmeza”. La incertidumbre es si el genitivo que sigue tiene sentido subjetivo u objetivo. Si es subjetivo, significa que el evangelio da firmeza o rapidez a aquellos que creen en él, como la firmeza que las botas fuertes dan a aquellos que las usan. Entonces, si hemos recibido las buenas nuevas, y estamos disfrutando la paz con Dios y los unos con los otros, tenemos la base más firme posible desde la cual luchar contra el mal. 

Pero si es objetivo, entonces el calzado del soldado cristiano es su prontitud para anunciar el evangelio de la paz. Indudablemente siempre debemos estar listos para dar testimonio de Jesucristo y de lo que ha hecho por nosotros en la cruz del Calvario. Esta actitud tiene una influencia muy estabilizadora en nuestras propias vidas. Yo me inclino hacia esta explicación, asociándolo con lo que dice Ro. 10:15: “¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!” que cita Isaías 52:7. Como ha escrito Johannes Blauw: “el trabajo misionero es como un par de sandalias que le han sido dadas a la iglesia a fin de que se ponga sobre el camino y marche para hacer conocer el misterio del evangelio”. ¡Calcémonos, pues, con la prontitud para predicar el evangelio a los jóvenes universitarios, a nuestro familiares, amigos, vecinos y a toda criatura! Amén.

Miren ahora el v. 16. La cuarta pieza de la armadura de Dios es el escudo de la fe. Cuando el apóstol Pablo dice aquí: “Sobre todo”, no quiere decir que el escudo sea la pieza más importante de la armadura. Todas las piezas son absolutamente necesarias y por eso nos exhorta dos veces a vestirnos y tomar “toda la armadura de Dios” (vv. 11 y 13). Pero el escudo está por encima o por delante de todas las piezas. El escudo del soldado romano era una pieza externa de la armadura y lo protegía todo. La palabra que usa Pablo aquí se refiere al escudo de un legionario, un escudo largo y oblongo, que medía 1,20 m por 0,75 m y que cubría toda la persona. Su nombre latino era scutum. Había sido diseñado especialmente para repeler los peligrosos misiles incendiarios que estaban entonces en uso, especialmente las flechas sumergidas en brea que luego eran encendidas y disparadas.

Y precisamente pueden notar que la función del escudo de la fe es: “apagar todos los dardos de fuego del maligno.” (16b) ¿Cuáles son los dardos de fuego del maligno que podemos apagar con la fe? Son las tentaciones y las situaciones que nos hacen dudar del amor de Dios. Podemos ver un ejemplo en el libro de Job. Satanás atacó con todas sus flechas encendidas a este hombre de Dios. Hizo que muriesen todos sus hijos, le hizo perder toda su fortuna, le provocó una terrible enfermedad. ¿Para qué? Para hacerle dudar del amor de Dios y de Su bondad. Y, ¿qué hizo Job? Detuvo todos estos dardos de fuego con el escudo de su fe. Cuando su mujer le dijo: “maldice a Dios y muérete”, él respondió: “Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado. ¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?” (Job 2:9-10). Así manifestó Job su confianza en el amor y la bondad de Dios. 

El escudo de la fe es nuestra confianza en el amor y la bondad de Dios para nosotros a pesar de las circunstancias. Dios nos ama y todo lo que sucede en nuestras vidas, Él lo permite para nuestro bien. Dios nos ama y Él nos proveerá siempre de todo lo que necesitamos para vivir. Aunque vengan circunstancias muy adversas, como la muerte repentina de un ser querido, una enfermedad grave sobre nosotros o un ser querido, o pobreza; o vengan situaciones tentadoras para robar, adulterar, fornicar, tomar la gloria de Dios, o pecar de cualquier manera; debemos tener el escudo de la fe que apague todos esos dardos encendidos del enemigo y mantenernos firmes en el camino de Dios. Así como cuando José fue tentado por la mujer de Potifar y dijo: 
“¿cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios? (Gén. 39:9). Estas deberían ser exactamente nuestras palabras cuando nos enfrentamos a una tentación. Y, cuando vengan las circunstancias difíciles, debemos decir como Job: “¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?”.

En El Progreso del Peregrino de John Bunyan, el demonio Apolión en su batalla con Cristiano en el Valle de Sombra de Muerte, tentó a Cristiano con la amenaza: “Aquí derramaré tu alma.” Y “tiró un dardo flameante a su pecho; pero Cristiano tenía un escudo en su mano, con el cual lo detuvo y, por lo tanto, evitó el peligro.” Con el escudo de la fe podemos apagar los dardos del enemigo antes de que lleguen a nosotros. Pero si nos falta fe, Dios tenga misericordia de nosotros y que tengamos el resto de la armadura bien puesta, como la coraza de justicia, para detener ese dardo y que no llegue a nuestro corazón.

Miren el v.17a. La quinta pieza de la armadura de Dios es el yelmo o casco de salvación. El yelmo o casco protegía la cabeza del soldado. Los cascos eran decorativos tanto como protectores, y algunos tenían plumas o crestas magníficas. Solo un hacha o un martillo podrían quebrarlo, y para ello el enemigo tendría que llegar muy cerca del soldado y aplicar una fuerza que no sería posible en medio de una batalla. Así que el soldado tenía magníficamente adornada y protegida su cabeza durante la batalla. Para el soldado cristiano el casco es la certeza de la salvación. Debemos tener la certeza de que somos salvos por la fe en la muerte redentora de Jesús. Que la muerte de Jesús en la cruz nos ha dado el perdón de nuestros pecados, la liberación de la esclavitud de Satanás y la adopción en la familia de Dios. Y de que nuestra salvación será completada en el Reino de los Cielos. Charles Hodge escribió: “Lo que adorna y protege al cristiano, lo que lo capacita a mantener su cabeza en alto con confianza y gozo, es el hecho de que es salvo”, y podemos agregar, que sabe que su salvación será finalmente perfecta en el Reino de Dios.

Uno de los ataques de Satanás es hacernos dudar de nuestra salvación. Que lleguemos a pensar que pecamos porque no somos salvos y que estamos perdiendo el tiempo en la iglesia. Pecamos por nuestra naturaleza pecaminosa, pero ya no somos esclavos del pecado porque Cristo nos ha liberado. El apóstol Juan nos da esta confianza: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.” (1Jn. 2:1). Dios nos ha dado su Palabra para que no pequemos, pero si llegamos a pecar, tenemos un abogado defensor que nos continúa perdonando, Jesucristo el justo. Así que no dudemos de nuestra salvación, sino que ocupémonos con temor y temblor de ella (Flp. 2:12). Es decir, sigamos viviendo nuestra fe cada día, arrepintiéndonos continuamente y santificándonos, esperando la venida de nuestro Señor Jesucristo cuando nuestra salvación sea perfeccionada.

Miren el v.17b. La sexta y última pieza de la armadura de Dios es la espada de la Palabra de Dios. De las seis piezas de la armadura, la espada es la única que puede ser usada tanto para ataque como para defensa. Más aun, la clase de ataque en cuestión implicará un encuentro personal muy cercano con el enemigo, porque la palabra usada es macaira, la espada corta. Se dice primeramente que es “la espada del Espíritu”, e inmediatamente se agrega “que es la palabra de Dios”. La Palabra de Dios son las Escrituras, la Palabra escrita de Dios, cuyo origen se atribuye repetidamente a la inspiración del Espíritu Santo. La espada de la Palabra la utilizamos para quebrar las defensas de la gente, para punzar sus conciencias y mantenerlas espiritualmente despiertas. Pero también para resistir la tentación (como lo hizo Jesús, citando las Escrituras para contestar al diablo en el desierto de Judea). Cada evangelista cristiano, sea un predicador o un testigo personal, sabe que la Palabra de Dios tiene poder cortante, porque es “más cortante que cualquier espada de dos filos”. (Heb. 4:12). Por lo tanto nunca debemos avergonzarnos de utilizarla, ni dejar de reconocer que la Biblia es la espada del Espíritu. Como escribió E. K. Simpson, esta frase habla del “vigoroso poder de la Escritura… Pero una Biblia mutilada es lo que Moody llamó ‘una espada rota’”. Así que debemos aprender, aplicar y pedricar la Palabra de Dios completa.

Aquí están, pues, las seis piezas que constituyen toda la armadura de Dios: el cinturón de la verdad, la coraza de justicia, el calzado del evangelio, el escudo de la fe, el yelmo de salvación y la espada del Espíritu. Es la armadura de Dios, como hemos visto, porque Dios mismo es quien la provee. Sin embargo, es nuestra responsabilidad tomarla, ponérnosla y vestirla correctamente en contra de los poderes del mal. Debemos estar seguros de tener bien puestas todas las piezas y no omitir ninguna, ni que alguna esté floja. Nuestros enemigos, los poderes demoníacos, están en todos lados, y no descansan ni duermen, por lo tanto debemos tener bien puesta siempre nuestra armadura. Como escribió Gurnall: “En el cielo no estaremos con armaduras, sino con túnicas gloriosas; pero aquí ellas deben usarse noche y día; debemos caminar, trabajar y dormir con ellas, de otra manera no seremos verdaderos soldados de Cristo.” Oro para que seamos verdaderos soldados de Cristo y que estemos bien vestidos de toda la armadura de Dios en todo tiempo. Amén.

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