Efesios 6:5-9

6:5 Siervos, obedeced a vuestros amos terrenales con temor y temblor, con sencillez de vuestro corazón, como a Cristo;
6:6 no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, de corazón haciendo la voluntad de Dios;
6:7 sirviendo de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres,
6:8 sabiendo que el bien que cada uno hiciere, ése recibirá del Señor, sea siervo o sea libre.
6:9 Y vosotros, amos, haced con ellos lo mismo, dejando las amenazas, sabiendo que el Señor de ellos y vuestro está en los cielos, y que para él no hay acepción de personas.

SIRVIENDO DE BUENA VOLUNTAD


Buenos días. El día de hoy vamos a aprender el tercer y último ejemplo práctico de sumisión mutua que plantea el apóstol Pablo a los efesios. Los dos ejemplos anteriores fueron: la sumisión de la esposa al esposo y la sumisión de los hijos a los padres. En ambos casos el apóstol Pablo también pide algo al que está en la posición de autoridad: A los esposos que amen a sus esposas, hasta el punto de dar sus vidas por ellas; y a los padres que no sean demasiado severos con sus hijos, sino que los críen en disciplina y amonestación del Señor. Es mi oración que en nuestro ministerio se levanten muchas iglesias hogareñas ejemplares con respecto a esto. Que las esposas respeten a sus maridos, y los maridos amen a sus esposas; y que los hijos obedezcan a sus padres en el Señor, y los padres críen a sus hijos en disciplina y amonestación del Señor. Y que de esta manera podamos reconstruir el modelo de la familia cristiana en nuestra sociedad y Panamá se convierta en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa por nuestro ejemplo y para la gloria de Dios. Amén. 

Este tercer ejemplo práctico que aprenderemos hoy también pertenece al hogar porque va dirigido a la relación de los esclavos y sus amos. Los esclavos eran parte del hogar, aunque no eran parte de la familia. Eran más bien como bienes del hogar. El gran filósofo griego Aristóteles dijo: “un esclavo es una herramienta viva, de la misma manera que una herramienta es un esclavo inanimado.” Sin embargo, podemos ver aquí que Pablo dirige una parte de su carta a ellos y a sus amos, humanizándoles, en lugar de considerarles como un bien o una herramienta. Y les hace un llamado a obedecer a sus amos terrenales y a servirles de buena voluntad. Estableciendo así un principio laboral fundamental para los cristianos sobre el cual ahondaremos en este mensaje. Yo oro para que cada uno de nosotros sirva siempre de buena voluntad en todo lugar en que se encuentre, ya sea en la casa, en la iglesia o en el trabajo. Y que seamos un gran ejemplo de ética de trabajo y buenos siervos del Señor. Amén.

I.- Siervos, obedezcan a sus amos terrenales y sirvan de buena voluntad (5-8)

Miren el v.5. La versión RVR60 traduce siempre la palabra griega doulos como “siervo”, aunque su significado real es “esclavo”, como traducen versiones más modernas como la NVI, la BLPH y la NTV, entre otras. Quizás se prefirió aquí la palabra “siervo” porque resulta más aceptable que “esclavo”, pues no tiene una connotación tan negativa, especialmente entre ciertas razas y culturas. Sin embargo, es una realidad que el apóstol Pablo se está dirigiendo aquí a los esclavos y está aceptando la esclavitud como parte de la cultura de su tiempo. 

Según William Barclay, “Se ha calculado que había sesenta millones de esclavos en el imperio romano”. Según este cálculo habría más esclavos que hombres libres en el imperio. Los esclavos constituían la fuerza de trabajo que incluía no sólo el servicio doméstico y los trabajos manuales, sino también doctores, maestros y administradores. Pero, los esclavos eran considerados objetos o bienes. Podían heredarse o comprarse, o adquirirse como pago de una deuda; los prisioneros de guerra comúnmente se transformaban en esclavos. Nadie se quejaba ni desafiaba tal arreglo, ni siquiera el apóstol Pablo presenta esto aquí como un problema. Según el historiador estadounidense William Westermann: “La institución de la esclavitud era un hecho de la vida económica mediterránea tan completamente aceptado como parte de la estructura laboral de la época que uno no puede hablar correctamente del ‘problema’ de la esclavitud en la antigüedad.”

Para nosotros que vivimos en países en los que la esclavitud ha sido abolida por ley hace más de un siglo, es difícil concebir cómo la posesión de un ser humano por otro pudo haber sido aprobada de esta manera. Aun es más difícil entender cómo los esclavos pudieron haber sido considerados más como cosas que como personas. Sin embargo, esta deshumanización de los esclavos estaba contemplada incluso en las leyes de aquella época, en las que se dejaba en manos del padre de familia la integridad física y la vida de sus esclavos. Si el amo quería, podía herir, mutilar e incluso asesinar a sus esclavos y no eran penados por la ley.

Como cristianos podemos llegar a pensar que el apóstol Pablo (y el cristianismo en general) debió haber denunciado aquella estructura y llamar a todo el imperio romano a reconocer a los esclavos como los seres humanos que son, y a buscar mejores condiciones de vida para ellos. Sin embargo, esto habría sido inefectivo en la práctica, pues para aquella época el cristianismo apenas comenzaba a florecer y no tenía prácticamente ninguna influencia política para ejercer este tipo de presión y abolir la esclavitud. 

Por otro lado, la esclavitud era una parte indispensable de la maquinaria de la sociedad romana en aquella época. En la mayoría de las ciudades había muchos más esclavos que gente libre. Por lo tanto hubiese sido imposible abolir la esclavitud de un solo golpe sin la desintegración completa de la sociedad. Si los cristianos hubiesen liberado a sus esclavos, hubiesen condenado a la mayoría de ellos al desempleo y a las penurias. La sociedad antigua era económicamente tan dependiente de la esclavitud como la moderna lo es de la maquinaria, así que su abolición hubiese representado el colapso económico de la sociedad. La esclavitud tenía que ser tolerada un poco más como síntoma de lo que los cristianos llamaban “esta era presente de maldad”.

Otra razón por la cual no encontramos en el Nuevo Testamento expresiones de indignación más fuertes en contra de la esclavitud, es porque el sistema se estaba flexibilizando mucho. Según las investigaciones de Westernmann y Tenney Frank, muchos esclavos eran liberados después de un tiempo de servicio. Se transformó en una práctica común de los romanos liberar a sus esclavos y después establecerlos en un comercio o profesión, llegando, muchas veces, a enriquecerse más que su amo. Así que “el esclavo romano, lejos de vivir en servilismo perpetuo, podía esperar que llegara su oportunidad.” Esta evidencia ayuda a explicar el consejo de Pablo a los esclavos corintios de que, si podían obtener su libertad, buscaran la oportunidad de hacerlo (1Co. 7:21).

Así que ya se había comenzado a introducir una legislación más humanitaria en el imperio cuando el evangelio llegó para acelerar y extender el proceso. Sin embargo, los cristianos no podemos evitar cierto sentido de vergüenza de que la esclavitud y el comercio de esclavos fuera tolerado durante tanto tiempo, especialmente más tarde, en las colonias europeas. La esclavitud debió haber sido abolida siglos antes. Calvino, a mediados del s. XVI, atribuyó la esclavitud al pecado original. Dedujo que era “una cosa totalmente contraria al orden de la naturaleza” que los seres humanos “hechos a semejanza de Dios” alguna vez pudieran ser “puestos bajo tales condiciones”. Sin embargo, fue el cristianismo el que finalmente impulsó la abolición de tan aberrante sistema.

Teniendo todo esto en mente, leamos nuevamente el v.5. Fíjense que el apóstol Pablo no llama a los esclavos cristianos a rebelarse contra sus amos y exigir un trato humanitario, sino a obedecerles con temor y temblor, es decir, con la misma reverencia con que se debe obedecer a Dios. Y así les afirma al final del versículo diciendo que debían obedecerle “como a Cristo”. Esta exhortación a los esclavos es similar a la exhortación a los hijos. Debían obedecer a sus amos porque eran los amos que Dios les había puesto, no porque los amos fuesen buenos o malos. 

Alguno de ustedes quizás cuestione esto: “¿Por qué Dios permitiría que una persona llegase a ser un esclavo así? No creo que haya nada bueno en eso.” A los que piensan de esta manera, les invito a leer la historia de José, el hijo de Jacob, en Gén. 37—50. Dios tiene un propósito para todo lo que hace, aunque nosotros no podamos entenderlo. Y sin duda alguna, si Dios permitió que alguien haya caído en esa condición es porque quería enseñarle algo. Y con ese principio en mente Pablo les escribe a los esclavos aquí.

Miren ahora los vv. 6-8. La condición de esclavitud era ciertamente penosa. Trabajaban en condiciones muy precarias y eran muy maltratados. Así que es difícil pensar que un esclavo pudiese hacer algo de buena gana. Eran motivados solo por las amenazas y los castigos de sus amos. Sin embargo, el apóstol Pablo les exhorta a los esclavos a servir de buena voluntad a sus amos, entendiendo que al servirles, están sirviendo al Señor. ¿Cómo un esclavo podía servir de buena voluntad en esas condiciones? 

Nuevamente les remito a la historia de José, el hijo de Jacob. Cuando José llegó como esclavo a la casa de Potifar en Egipto, sirvió de todo corazón y con diligencia a su amo. Y aunque había caído en tal desgracia, nunca abandonó su fe ni su fidelidad a Jehová. Su conducta e integridad lo hizo destacar, así que Potifar lo puso como administrador de su casa (el más alto rango para un esclavo). Sin embargo, la tentación llamó a su puerta, y la esposa de su amo quería acostarse con él. José pudo haber tomado el camino del placer y ceder al acoso de la esposa de su amo, pero no lo hizo, él prefirió mantener su integridad y su relación con Dios. No obstante, en lugar de ser premiado por ello, fue arrojado a la cárcel. En este punto, uno podría pensar que José se desalentaría y abandonaría su relación con Dios, pero en lugar de eso, él sirvió diligentemente dentro de la cárcel también, y pronto lo pusieron al cuidado de todos los presos. Él servía siempre de buena voluntad, no como quien sirve a los hombres, sino sirviendo al Señor. Sin importar las circunstancias en las que se encontrara. Y, eventualmente, Jehová lo premió colocándole como el Primer Ministro de Egipto.

En la actualidad ya no existe la esclavitud como en aquel tiempo, sin embargo algunos de ustedes quizás sienten que sus trabajos son esclavizantes. Ya no existen los amos, pero tenemos jefes, y algunos pueden ser muy poco comprensivos o incluso unos “ogros”. Bueno, esta palabra de hoy es para aquel que se sienta así. El apóstol Pablo nos exhorta a obedecer a nuestros jefes y trabajar no como si lo hiciéramos para ellos, sino como si lo estuviésemos haciendo para el Señor. El cristiano debe tener una ética de trabajo ejemplar. Nuestros jefes tienen que referirse a nosotros como muy buenos trabajadores, proactivos y que siempre destacan en su trabajo. Un cristiano debe ser un trabajador que llega siempre a tiempo a su trabajo, aprovecha al máximo sus horas laborales y apoya a otros, aun cuando no sea parte de sus labores. 

Nadie debería decir de un trabajador cristiano que trabaja con desgano, que siempre llega tarde, que se la pasa respondiéndole al jefe, que siempre habla mal de su jefe, de sus compañeros y/o de su trabajo. No importa cuán malo sea nuestro jefe, no importa cuán mal nos traten o paguen, nosotros debemos trabajar de buena voluntad para agradar al Señor y no a los hombres, y esto implica no quejarnos ni murmurar. 

Esto no quiere decir que no podemos buscar mejores condiciones laborales o buscar un mejor trabajo. Si sientes que no te están pagando bien, que no te tratan adecuadamente, y tienes alguna manera de expresarlo profesionalmente para intentar mejorar, puedes hacerlo. O simplemente busca otro trabajo. Pero mientras estés trabajando allí, hazlo siempre de la mejor manera posible y da siempre el 100% de ti, aunque tu jefe o la empresa no te lo reconozcan o recompensen, pero “sabiendo que el bien que cada uno hiciere, ése recibirá del Señor, sea siervo o sea libre.” (v.8).

No es por presumir, pero si ustedes van a mi oficina y buscan referencias acerca de mí entre mis jefes y compañeros de trabajo, puedo asegurarles que todos les darán excelentes referencias. Yo siempre me esfuerzo por llegar a tiempo a mi trabajo, trato de aprovechar al máximo mis horas laborales, y si es necesario, me quedo un poco más para terminar. Trato de apoyar a todos los que me pidan ayuda aunque no sea mi responsabilidad, y hasta preparo café para mí y un grupo de personas en la oficina. Y la verdad, esto no me pesa para nada.

Sin embargo, por mi sentido de justicia, también me quejo mucho cuando me tratan injustamente, o me quejo muchas veces de mi trabajo. La verdad, siento que no estoy siendo bien pagado y que mi trabajo no está siendo reconocido adecuadamente, y por eso me quejo con algunas personas acerca de mis jefes o de mi trabajo. Pero, a través de esta Palabra recuerdo que esto está muy mal, y me arrepiento de ello. Tomo la decisión de dejar de quejarme de mis jefes y de mi trabajo, aunque no me sienta bien con alguna situación. Y en lugar de esto, tratar de ver lo que el Señor me quiere enseñar acerca de ello, o cómo puedo hacer para mejorar la situación. Oro para que yo pueda ser un buen ejemplo en mi trabajo y que la gente pueda glorificar a Dios por mi fe y mi conducta en el trabajo. Amén.

II.- Amos, traten bien a sus esclavos, temiendo al Señor (9)

Miren el v.9. Aquí podemos ver la novedad de vida que trajo el evangelio. Aunque los esclavos eran considerados prácticamente objetos en aquella sociedad romana, y el gran filósofo Aristóteles dijo que no podía haber una verdadera amistad entre un esclavo y su amo, aquí vemos que el apóstol Pablo les recuerda a los amos que Jesús es Señor tanto de los esclavos como de los amos, y que no hace distinción entre siervo o libre. Así que exhorta a los amos a “haced con ellos lo mismo” o como dice la NVI: “Y ustedes, amos, correspondan a esta actitud de sus esclavos”. Esto quiere decir, que los amos no debían maltratar a sus esclavos, sino que debían tratarles justamente, como les gustaría a ellos ser tratados. Debían aplicar la regla de oro de Jesús: “Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos.” (Lc. 6:31).

Esta relación amo-esclavo era demasiado revolucionaria para su época. Debió haber sido muy extraño oír esto en la congregación por primera vez: ¿cómo pueden el amo y el esclavo ser iguales? En realidad, ante la sociedad no lo eran. El amo era dueño del esclavo. Pero ante los ojos de Dios ambos eran sus siervos o esclavos, y ambos podían ser usados por el Señor para Su obra, y tenían la misma salvación. De hecho, esto puede verse reflejado en la carta del apóstol Pablo a Filemón donde le pide que reciba a Onésimo, su esclavo fugitivo, “no ya como esclavo, sino como más que esclavo, como hermano amado.” (Flm. 16). Ahora el amo y el esclavo eran hermanos en el Señor y debían seguir ambos el mismo principio que Pablo exhortó en Ef. 5:21: “Someteos unos a otros en el temor de Dios.” ¡El amo debía someterse al esclavo en el temor de Dios! ¡Esto era una locura en aquella época! Pero, era uno de los cambios sociales que promovió el evangelio.

Este principio se puede aplicar en las relaciones laborales actuales. Los jefes deben garantizar que se respeten los derechos de los trabajadores y recordar cuando ellos también comenzaron su carrera como empleados. El jefe debe compensar apropiadamente a sus trabajadores por el trabajo realizado. Debe dar todos los beneficios de ley, e incluso debería ser más generoso y dar beneficios adicionales para motivarles. Por ejemplo, en la empresa en que laboro, es obligatorio trabajar solo de lunes a viernes, aunque la ley panameña establece el sábado como laborable. Y en la empresa donde mi esposa labora, los sábados son obligatorios solamente en algunas épocas específicas del año. Estos son beneficios más allá de la ley. 

Además, El jefe debe respetar a sus empleados en todo sentido. Debe respetar sus horas de descanso, no puede obligarlos a trabajar después de finalizado el horario laboral, o durante los fines de semana, feriados o vacaciones. Aunque el trabajador puede acordar laborar en esos momentos con una compensación o de buena voluntad. De igual manera, el jefe no debe estar gritando a sus empleados ni maltratarles con insultos o palabras sarcásticas. Si el empleado cometió un error, o si no le gusta su actitud o forma de trabajar, debe comunicarlo con el mismo respeto que le gustaría recibir.

Si los jefes aplican estos principios en sus empresas, los trabajadores laborarán con mayor motivación y rendirán mucho mejor, lo que redundará en un mayor beneficio para el empleador y la empresa. Pero, si no compensan justamente a los empleados, si no les dan los beneficios que les corresponder o si los maltratan, además de que se irán los empleados, Dios está mirando esto y Él les juzgará. Así que traten bien a sus empleados en el temor del Señor y esto de todas formas les dará a ustedes mismos un mayor beneficio. Recuerden que el Señor no hace acepción de personas, a Él no le importa si eres un obrero o un dueño de empresa multimillonario, Él ve lo que están haciendo uno y el otro y les recompensará debidamente.  

En conclusión, aunque en este pasaje bíblico se está hablando de la abolida relación entre el esclavo y el amo, los principios que aquí se enseñan pueden ser aplicados en los ámbitos laborales y personales en la actualidad. Los trabajadores deben laborar de buena voluntad, sirviendo diligentemente, y haciendo no solo su trabajo, sino aún más allá. Sabiendo que no sirven a su patrono, sino al Señor. Aún en su campo laboral. Si usted es la persona que limpia, su lugar de trabajo debe ser el más resplandeciente del mundo. Si usted es la persona que calcula, sus cálculos tienen que ser los mejores cálculos de la empresa. Si usted es la persona que reporta, sus reportes deben ser los mejores de la empresa. El cristiano debe destacar en su labor por una excelente ética de trabajo y un comportamiento y forma de hablar ejemplares.

De igual manera, los jefes tienen que recordar que el jefe de todos está en el cielo, y que Él está viendo cómo está tratando a sus empleados. Él conoce su corazón y sabe si de verdad desea el bien para sus empleados o si busca su beneficio propio en detrimento de sus empleados. Él está mirando si usted está abusando de sus empleados y Él no hace las acepciones de personas que pueden hacer los tribunales humanos. Así que deben saber que rendirán cuentas a Dios al final por lo que hagan en esta Tierra. Traten a sus empleados como les gustaría ser tratados.

Todos y cada uno de nosotros debemos aplicar el principio fundamental que condujo a estos tres ejemplos prácticos del hogar de Pablo: “Someteos unos a otros en el temor de Dios”. Vivamos para servirnos de buena voluntad unos a otros y para buscar el beneficio de otros antes que el propio. Si nos servimos de buena voluntad unos a otros, el mundo será un lugar mucho mejor para vivir y recibiremos nuestra recompensa del Señor. Si cada uno de nosotros actúa así, Panamá se convertirá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para la gloria de Dios. Amén.

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