Efesios 5:21-21
5:21 Someteos unos a otros en el temor de Dios.SOMETEOS UNOS A OTROS EN EL TEMOR DE DIOS
Buenos días. La semana pasada aprendimos que debemos andar como hijos de luz, esto significa ser imitadores de Dios en la verdad. Aprendimos que los hijos de luz: buscan hacer la voluntad de Dios; no participan en las obras infructuosas de las tinieblas, sino que más bien las reprenden con su estilo de vida; andan como sabios, aprovechando bien el tiempo; y andan llenos del Espíritu Santo. Y la evidencia de estar llenos del Espíritu Santo es: tener comunión los unos con los otros en la Iglesia; adorar a Dios en comunidad y a nivel individual; y dar siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Oro para que podamos andar como hijos de luz y ser llenos del Espíritu Santo dando el fruto de la luz en toda bondad, justicia y verdad. Y que nuestra luz resplandezca en medio de nuestra sociedad, llamándolos de las tinieblas a la luz admirable de Jesucristo y convirtiendo a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Amén.
El apóstol Pablo continuará mostrando la evidencia de estar lleno del Espíritu Santo hasta el final de la epístola a los efesios. Es decir, este pasaje bíblico que empezaremos a aprender hoy y que continuaremos las próximas semanas, es una evidencia de estar llenos del Espíritu Santo. Someternos unos a otros es una evidencia de estar llenos del Espíritu. Pablo desarrollará aquí la sumisión mutua tanto en la familia como en la sociedad. Hoy aprenderemos la introducción de este pasaje bíblico que trata acerca de la sumisión mutua. Oro para que podamos estar llenos del Espíritu y humildemente nos sometamos unos a otros en el temor de Dios, y que de esta manera podamos ser una verdadera comunidad de amor que glorifica a Dios. Amén.
Miren el v.21. Aunque las versiones de la Biblia RVR60 y la NVI comienzan aquí un nuevo párrafo y traducen “someteos” como un imperativo, en el original griego el verbo hypotasso es otro participio presente que depende del mandamiento “sed llenos del Espíritu”, como los verbos: “hablando”, “cantando y alabando” y “dando siempre gracias” que aparecen en los vv. 19-20. Así que en realidad esto es una continuación de las evidencias de estar llenos del Espíritu y pertenece al párrafo anterior como lo traducen la BLPH y LBLA. El Espíritu Santo es un espíritu humilde, y aquellos que están realmente llenos de Él, siempre muestran la mansedumbre y humildad de Cristo. Por lo tanto, una de las características más evidentes de las personas llenas del Espíritu es que se someten unos a otros.
Sin embargo, la RVR60 y la NVI pueden estar en lo correcto al comenzar un párrafo nuevo aquí porque el v.22 no tiene ningún verbo en griego, entonces el llamado a la sumisión del v.21 se extiende al versículo siguiente y el tema se prolonga hasta el final de la carta. Así que en realidad el v.21 es un versículo de transición, que forma un puente entre dos secciones. También podrían tener razón al traducir hypotasso como un imperativo porque algunas veces los participios griegos se usaban como imperativos, y la sumisión mutua es un mandamiento para todos los creyentes y Pablo la está demandando en este pasaje bíblico de las esposas, hijos y esclavos.
Así que considerando todo lo antes dicho, vamos a entender este pasaje bíblico como una nueva sección que se deriva de la anterior y que depende de estar llenos del Espíritu, pero que es un mandamiento del Señor el que nos sometamos unos a otros, como lo expresaría nuestro Señor Jesucristo: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt. 11:29). ¡Aprendamos la mansedumbre y humildad de Jesús y sometámonos unos a otros en el temor de Dios!
Someternos unos a otros significa tener la humildad para escuchar la opinión de otros y servirles en sus necesidades. Significa anteponer las necesidades de otros a las nuestras. Flp. 2 es el sumario de la humildad y la sumisión cristianas. Y el ejemplo perfecto de humildad y sumisión es nuestro Señor Jesucristo según lo presenta el apóstol Pablo en ese capítulo. Sin embargo, no me voy a referir a la obra de Jesús excelsamente descrita por Pablo allí, sino que me voy a quedar con la exhortación de Pablo a los filipenses: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros.” (Flp. 2:3-4). Someternos unos a otros significa quitar la mirada de nosotros mismos y de nuestras necesidades y ponerla en nuestros hermanos y en sus necesidades. Es estimar a nuestros hermanos más importantes que nosotros mismos y sus necesidades más urgentes que las nuestras.
Les voy a colocar algunos ejemplos sencillos. Si salimos todos a correr, y llegamos cansados y sedientos, mi primer pensamiento es ir a satisfacer mi necesidad y tomar agua. Pero en lugar de pensar en mí mismo en esa situación, debo pensar primero en mis hermanos y darles agua a todos antes de satisfacer mi propia necesidad. Alguno quizás podría decir: “Pero pastor, usted puede ir tomando agua mientras le sirve a los demás, y así no tiene que estar sediento mientras está sirviendo.” Y esa es precisamente la clase de pensamiento de alguien que no estima a los demás como superiores a sí mismo, mira por lo suyo propio antes que por lo demás, y todavía cree que es humilde porque sirve. Aunque puede ser una solución práctica, este tipo de pensamiento muestra egocentrismo. Debemos anteponer las necesidades de los otros a las nuestras, estimándolos superiores a nosotros mismos.
Es como la madre que cocina los alimentos para sus hijos y esposo, ella no se sentará a comer, no importa cuanta hambre tenga, hasta que todos estén con su comida en la mesa. ¿Por qué? Porque ella ama a su esposo e hijos y considera sus necesidades superiores a las suyas. O la madre que ya no tiene qué comer, y da lo que queda a sus hijos aunque para ella no quede nada. Esta es la clase de amor y sumisión que debemos tener los unos a los otros. Debo ser capaz de compartir mi pan con el que tiene hambre, aunque yo quede con hambre. Debo ser capaz de ayudar a otros a descansar, aunque yo esté cansado. Debo ser capaz de hacer lo que no quisiese por amor y sumisión a otros.
Habrán notado que el amor es la base de la sumisión en los ejemplos que he colocado. Sin embargo, ¿cuál es la base de la sumisión mutua cristiana? Miren nuevamente el v.21. “El temor de Dios”. Esto quiere decir, el respeto reverente a Dios. Aunque quizás usted no sienta amor hacia un hermano, o no le nazca someterse y servir a ese hermano en particular, por temor a Dios usted debe hacerlo. Debe negarse a sí mismo, a sus propios sentimientos, pensamientos y emociones, y por temor a Dios debe someterse y servir. Aunque esto no debería ser ningún problema si usted está lleno del Espíritu Santo, pues, como hemos establecido antes, la sumisión mutua es una evidencia de estar llenos del Espíritu.
A pesar de que todos somos iguales ante los ojos de Dios, y de que la sumisión del creyente hacia sus hermanos debe ser voluntaria, los tres ejemplos de sumisión cristiana que Pablo coloca acá en Efesios están basados en sumisión a la autoridad. Es decir, no es simplemente considerar a esa persona como superior a mí mismo, sino reconocer que Dios le ha dado autoridad a esa persona, por lo que sometiéndome a ella, respeto a Dios que dio esa autoridad. Entonces, Pablo se dirige a las esposas antes que a sus esposos y les ordena estar “sujetas” a ellos (v.22); menciona a los hijos antes que a sus padres y les manda: “obedeced” (6:1); y les habla a los esclavos antes que a los amos, y les manda también “obedeced” (6:5). Por lo tanto, si bien la base de toda actitud cristiana debe ser el amor, la sumisión se basa principalmente en el respeto a Dios y a Su soberanía sobre nuestras vidas y por eso requiere que seamos llenos del Espíritu para ello.
Sé que quizás varios de ustedes ya estén teniendo un conflicto con lo que acabo de decir. ¿Cómo así que el esposo tiene “autoridad” sobre la esposa? Y les voy a pedir su paciencia con respecto a esto que en su debido tiempo lo explicaré. Pero creo que sin duda podrán aceptar que los padres tienen autoridad sobre los hijos y los amos sobre sus esclavos. Así que viendo los paralelismos, les pediré que me acompañen en esta interpretación.
Igualmente, sé que el concepto de sujeción a la autoridad está fuera de moda en nuestros días. Es totalmente opuesto a las actitudes contemporáneas permisivas y libres. La palabra “sumisión” o “someterse” despierta nuestra rebeldía y nos hace protestar enojados. Vivimos en una época de liberación (para mujeres, hijos y trabajadores) y cualquier cosa que tenga olor a opresión provoca profundo resentimiento y fuerte resistencia. Y es completamente entendible porque tenemos que estar de acuerdo con el hecho de que en muchas culturas las mujeres han sido explotadas, y tratadas como siervas en sus propias casas; que los hijos a menudo han sido anulados y aplastados, y hasta hace menos de un siglo se suponía que los menores debían ser “vistos pero no escuchados”; los obreros eran tratados injustamente, se les daban salarios y condiciones de trabajo inadecuados, y una participación insuficiente en la toma de decisiones, sin mencionar las terribles injusticias y barbaridades de la esclavitud y de la trata de esclavos.
Los cristianos necesitamos reconocer con vergüenza que nosotros mismos muchas veces nos hemos adaptado a la situación reinante, y que hemos ayudado a perpetuar algunas formas de opresión humana, en lugar de estar en la vanguardia de los que buscan el cambio social. Pero, no hay nada en este pasaje bíblico que resulte inconsistente con la verdadera liberación de los seres humanos de todo tipo de humillación, explotación y opresión. Por el contrario ¿a quién deben principalmente su liberación las mujeres, los niños y los trabajadores? ¿No es a Jesucristo? Fue Jesucristo quien trató con cortesía a las mujeres y las honró en una época en que se las despreciaba. Fue Jesucristo quien dijo: “Dejad que los niños vengan a mí” (Mt. 19:14) en un período de la historia en que los bebés que no se querían se tiraban a la basura o se los abandonaba en la plaza pública para que cualquiera se los llevara y los tomara como esclavos o los usara para la prostitución. Y es este Jesucristo quien enseñó la dignidad del trabajo manual, trabajando Él mismo como carpintero, lavando los pies de sus discípulos y diciendo: “yo estoy entre vosotros como el que sirve.” (Lc. 22:27).
Por lo tanto no debemos interpretar que Pablo escribe de la sumisión a esposas, hijos y siervos de una manera que contradiga estas actitudes fundamentales de Jesús. Ni deberíamos hacer que Pablo se contradiga a sí mismo, como algunos interpretan, porque hacer esto en una exégesis bíblica es un disparate. No; debemos ubicar correctamente sus recomendaciones dentro del contexto de la Carta a los Efesios, en la que Pablo ha estado describiendo la nueva humanidad que Dios está creando a través de Cristo. Ha estado enfatizando la completa unidad en Cristo de personas de todas las culturas, especialmente de judíos y gentiles; mostrándolo también en Gal. 3:28 acerca los esclavos y libres, y de hombres y mujeres. Podemos estar seguros de que en estas recomendaciones Pablo no destruye su propia tesis, erigiendo nuevas barreras de sexo, edad y rango en esa nueva sociedad de Dios en la cual ya habían sido abolidas.
La sumisión que Pablo manda a esposas, hijos y siervos no es un sinónimo de inferioridad. Es importante captar la diferencia que acertadamente hicieron Lutero y sus seguidores entre personas, por un lado, y sus funciones, por el otro. Lutero planteó: “He dicho muchas veces que debemos distinguir claramente entre estos dos: el oficio y la persona. El hombre que se llama Hans o Martín es un hombre muy diferente del que llaman elector, doctor o predicador. Aquí tenemos dos personas diferentes en un mismo hombre. Uno es aquel en el que hemos sido creados y hemos nacido, y de acuerdo con el cual todos somos iguales: varón o mujer, niño, joven o anciano. Pero una vez que hemos nacido, Dios nos adorna y viste como otra persona. Lo hace a usted hijo y a mí padre, a uno patrón y a otro siervo, a uno príncipe y a otro ciudadano.”
Una vez que captamos esta distinción, entonces aquellos que tienen un oficio, sean gobernadores, magistrados, esposos, padres o empleadores, tienen una cierta autoridad dada por Dios, que Él espera que otros reconozcan. Esposos y esposas, padres e hijos, amos y siervos tienen la misma dignidad como seres semejantes a Dios, pero roles diferentes dados por Dios. Como lo dice sucintamente el teólogo John Howard Yoder: “Igualdad en el valor no es identidad de funciones.” El esposo, los padres y los amos han sido investidos con una autoridad a la cual otros deben someterse.
El Dios de la Biblia es un Dios de orden, y en su ordenamiento de la vida social humana, es decir, en el estado y en la familia, ha establecido ciertos roles de autoridad o liderazgo. Y debido a que tal autoridad, aunque está ejercida por seres humanos, les ha sido delegada por Dios, los otros deben someterse a ella conscientemente. Las palabras griegas implican esto, porque en la palabra hypotasso (“someter”) está la palabra tasso que significa “orden”. La sumisión es un reconocimiento humilde del ordenamiento divino de la sociedad. Esto lo enseña claramente Pablo. Les dice a las esposas que se sometan a sus maridos “como al Señor” (v.22), a los hijos que obedezcan a sus padres “en el Señor” (6:1), y a los esclavos que sean obedientes a sus amos terrenales “como a Cristo” (6:5). Es decir, que, detrás del esposo, de los padres y de los amos, deben discernir al mismo Señor que les ha dado su autoridad. Entonces, si desean someterse al Señor, se someterán a ellos, ya que es la autoridad del Señor la que están ejerciendo.
Lo mismo se aplica acerca de la sumisión mutua que se pide de todo el pueblo cristiano. Es “en el temor a Dios” que debemos someternos unos a otros, el Dios que es Soberano del Universo y que no tiene necesidad de nada, pero que también se humilló a sí mismo viniendo a este mundo y viviendo como siervo. Y que nos dejó el ejemplo: “Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros.” (Jn. 13:14). Si Cristo se despojó de Su dignidad divina y vino a servirnos a este mundo, nosotros también debemos despojarnos de nuestro orgullo y someternos unos a otros en el temor de Dios.
Esto no significa que la autoridad de esposos, padres y amos sea ilimitada, o que las esposas, hijos y trabajadores deben prestar obediencia incondicional. No. La sumisión que se requiere es a la autoridad de Dios delegada en seres humanos. Por lo tanto, si las personas que ejercen ese rol utilizan mal la autoridad que Dios les ha dado, por ejemplo, ordenando lo que Dios prohíbe o prohibiendo lo que Dios ordena, entonces nuestro deber ya no será someternos a ellas sino conscientemente rehusarnos. Porque someterse en tales circunstancias sería desobedecer a Dios. El principio es claro: debemos someternos sólo hasta que la obediencia a una autoridad humana signifique desobediencia frente a Dios. Como dijo Pedro frente al Sanedrín: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.” (Hch. 5:29). Sin embargo, esto es una excepción. La regla general sobre la cual insiste el Nuevo Testamento es la sumisión humilde a la autoridad dada por Dios.
En resumen, en el uso bíblico la palabra “autoridad” no es sinónimo de “tiranía”. Todos aquellos que tienen roles de autoridad en la sociedad son responsables tanto ante Dios quien se las ha confiado, como ante la persona o personas para cuyo beneficio les ha sido otorgada la autoridad. En una palabra, el concepto bíblico de autoridad no implica tiranía sino responsabilidad. Y la sumisión a esa autoridad es reverencia o temor de Dios.
En conclusión, la voluntad de Dios para los creyentes es que nos sometamos unos a otros voluntariamente, estimando a los demás como superiores a nosotros mismos. La sumisión mutua es la base para la comunión cristiana y es una evidencia de estar llenos del Espíritu. Si nos cuesta mucho dejar de lado el egocentrismo y tener humildad para someternos a otros, entonces debemos orar y buscar la llenura del Espíritu Santo, especialmente si la persona a la que debemos someternos tiene algún rol de autoridad conferido por Dios. Pero acerca de la sumisión a la autoridad hablaremos con más detalle en las próximas semanas. Por lo pronto, oremos, arrepintámonos y obedezcamos la Palabra de Dios sometiéndonos unos a otros en el temor de Dios. Oro fervientemente para que Dios nos llene de Su Espíritu Santo y nos ayude a aprender la mansedumbre y humildad de Cristo para hacer esto. Amén.
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