Efesios 4:7-16
4:7 Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo.4:8 Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, Y dio dones a los hombres.
4:9 Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra?
4:10 El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo.
4:11 Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros,
4:12 a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo,
4:13 hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo;
4:14 para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error,
4:15 sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo,
4:16 de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.
DONES ESPIRITUALES PARA LA EDIFICACIÓN DEL CUERPO DE CRISTO
Buenos días. Hoy retomamos nuestras lecturas en Efesios después de dos semanas de aprender acerca de la resurrección con motivo de la Semana Santa. Siento que pasó mucho más tiempo por todo lo que aprendimos en 1Co. 15. Y creo que quizás muchos perdimos el hilo de dónde estábamos en Efesios. Ya habíamos llegado a la cúspide de esta montaña llamada Efesios con la finalización de la parte doctrinal en el capítulo 3, y en la última lectura comenzamos el descenso para regresar a lo terrenal. A partir del capítulo 4, el apóstol Pablo va a mostrarnos cómo debemos vivir los cristianos en esta nueva sociedad de Dios llamada Iglesia.
En el mensaje anterior de Efesios aprendimos que debemos ser solícitos en guardar la unidad que Dios ha dado a la Iglesia en el Espíritu gracias a la muerte reconciliadora de Jesucristo. Estaba centrado en la unidad que debíamos tener todos en la Iglesia por las cosas que teníamos en común: Un cuerpo, un Espíritu, una esperanza, un Señor, una fe, un bautismo y un Dios y Padre que es sobre todo y en todos.
Sin embargo, en el mensaje de hoy vamos a aprender lo que Cristo nos ha dado a cada uno de nosotros para que seamos solícitos en guardar esa unidad. Aunque somos muy diferentes, podemos guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz porque Dios nos ha dado diversos dones espirituales para la edificación de Su cuerpo, que es la Iglesia. Yo oro para que cada uno de nosotros pueda identificar su don espiritual y utilizarlo para edificarnos los unos a los otros en amor, y que podamos ser edificados y perfeccionados hasta que lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. Amén.
I.- A cada uno de nosotros nos fue dado dones espirituales (7-11)
Miren el v.7. Llama la atención el contraste entre los versículos 6 y 7. El v.6 habla de Dios como el Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos. Por su parte, el v.7 comienza diciendo: “Pero a cada uno de nosotros…” Así que Pablo pasa del “todos nosotros” al “cada uno de nosotros” y de la unidad a la diversidad de la Iglesia. Esa diversidad no contrasta del todo con la unidad, al contrario, esa diversidad dentro de la Iglesia contribuye a la edificación y para guardar la unidad. Veamos en qué consiste esa diversidad.
A cada de uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo. Esta gracia no se refiere a la gracia de salvación, pues ésta no se da por medida, sino que es la misma para todas las personas. Pero, esta gracia que se menciona aquí es la gracia de vocación o la gracia de servicio que equipa a los hijos de Dios para servir y es dada en grados diferentes conforme a la medida del don de Cristo para cada uno de nosotros. Dios nos ha dado diferentes dones o regalos de Su gracia a cada uno de nosotros para que podamos contribuir a la edificación del cuerpo de Cristo, a su madurez y para guardar la unidad de la que hablábamos en el pasaje bíblico anterior. Así que este pasaje bíblico nos habla acerca de los dones espirituales que Dios nos ha dado para la edificación del cuerpo de Cristo y para el perfeccionamiento de los santos. Veamos a continuación qué nos dice el apóstol Pablo acerca de estos dones espirituales.
Miren los vv. 8-10. Lo primero que el apóstol Pablo nos dice es quién es el dador de los dones espirituales y cómo los otorgó. Según el v.7b, Cristo es el dador de los dones, y en estos versículos que acabamos de leer nos dice que Cristo nos ha otorgado los dones en su exaltación o ascensión. Para el apóstol Pablo la ascensión de Cristo cumple con lo que dice el Sal. 68:18 que cita en el v.8. El Sal. 68 es un himno de victoria compuesto por David para celebrar la conquista de Dios sobre la ciudad de los jebuseos, conocida como Jerusalén, y el ascenso triunfante de Dios, en su arca, al Monte Sión. Después de un triunfo así, el Rey traería todos los despojos de guerra así como los prisioneros. Aquí Pablo presenta a Cristo mientras regresa de su batalla en la Tierra para volver a la gloria celestial con los trofeos de su gran victoria en el calvario.
Sin embargo, ha habido mucha discusión acerca de cómo debemos entender esta interpretación de Pablo. ¿Qué es la cautividad que Jesucristo se llevó cautiva en su ascensión? ¿Cuáles son las partes más bajas de tierra? Algunos interpretan que Cristo se llevó cautivos a la muerte y al pecado que nos tenían cautivos a nosotros cuando descendió a la parte más baja, que es la Tierra. Otros dicen que las partes más bajas de la tierra no se refiere a términos espaciales sino a la humillación de Cristo muriendo en la cruz por nuestros pecados. Por su parte, los padres apostólicos, los sucesores de los apóstoles, entendieron esto como una referencia del descenso de Jesús al lugar de los muertos antes de su resurrección. Asociándolo con 1P. 3:19: “en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados”, entendiendo que Jesús fue y predicó a los que habían muerto antes de su muerte redentora. Otros interpretan que Jesús descendió al lugar de los muertos y se llevó consigo a los santos del AT para habitar con Él en su reino.
Si bien es difícil de entender completamente esta cita de Pablo, lo que sí es claro es que el apóstol está asociando este Sal. 68 con la ascensión de Cristo. Y resulta interesante destacar que la costumbre litúrgica de las sinagogas asociaba el Salmo 68 con Pentecostés, la fiesta judía que conmemoraba la entrega de la ley. En la fiesta de Pentecostés, la Iglesia recibió el Espíritu Santo de la promesa. Así como Moisés recibió la ley y se la dio a Israel, también Cristo recibió el Espíritu y se lo dio a Su pueblo después de su ascensión, para escribir la ley de Dios en sus corazones y para dar dones del Espíritu a cada uno de los miembros de Su Iglesia. Veamos a continuación qué dones se mencionan aquí.
Miren el v.11. Si bien el apóstol Pablo menciona acá solo 4 o 5 dones espirituales, depende de cómo contemos, esto no quiere decir que son todos los que existen. De hecho, él mismo menciona otras dos listas de dones en sus cartas a otras iglesias (Ro. 12:3-8 y 1Co. 12:1-31). Y en el NT se mencionan en total cinco listas que suman unos 20 dones. Más aun, cada lista es diferente de las otras, y da su selección de dones de un modo aparentemente desordenado. Esto sugiere no sólo que ninguna de las listas está completa, sino que ni siquiera todas juntas representan un catálogo exhaustivo. Sin duda hay muchos otros dones espirituales que no figuran en la lista. La de Efesios es la lista más corta de ellos, pero esto es porque el apóstol Pablo tiene un propósito particular al mencionar estos dones. Veamos cada uno de ellos.
Apóstoles. La palabra apóstol tiene tres significados principales en el NT. Sólo una vez parece aplicarse a todo cristiano individual, cuando Jesús dijo: “El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado (apóstolos) es mayor que el que le envió.” (Jn. 13:16) Así que cada cristiano es a la vez un siervo y un apóstol. El verbo apostello significa “enviar”, y todos los cristianos son enviados al mundo como embajadores y testigos de Cristo, para compartir la misión apostólica de la Iglesia como pueblo. Sin embargo, este no puede ser el significado aquí, porque en este sentido todos los cristianos son apóstoles, mientras que Pablo escribe que Cristo “constituyó a unos” para ser apóstoles.
En segundo lugar estaban los “apóstoles de las iglesias”, o enviados de las iglesias, mensajeros que enviaba una iglesia sea como misioneros o con alguna otra tarea. Y en tercer lugar estaban los “apóstoles de Cristo”, un grupo muy pequeño y distintivo, que estaba formado por los Doce (incluyendo a Matías que reemplazó a Judas); Pablo; Jacobo, el hermano del Señor, también conocido como Santiago; y posiblemente un par de personas más. Habían sido elegidos y autorizados personalmente por Jesús, y tenían que haber sido testigos presenciales de su resurrección. (Hch. 1:21-22). Debe ser en este sentido que Pablo está utilizando la palabra “apóstoles” aquí, porque los pone al principio de la lista, como lo hace también en 1Co. 12:28 (‘primeramente apóstoles”) y se ha referido a los apóstoles, como fundamento de la Iglesia y órganos de revelación (2:20; 3:6). Por lo tanto, no cabe duda de que en este sentido no hay apóstoles hoy en día.
Profetas. En su sentido primario, un profeta era un portavoz de Dios, alguien a quien Dios había revelado especialmente Su Palabra y voluntad para que éste la revelara a su pueblo. En este sentido hay que insistir nuevamente en que hoy no hay profetas. Nadie puede pretender reclamar una inspiración comparable a aquella de los profetas canónicos, o utilizar su fórmula introductoria: “Así dice el Señor”. Si esto fuera posible, tendríamos que añadir esas palabras a las Escrituras, y toda la Iglesia necesitaría escucharlas y obedecerlas. Este es el don del que Pablo está hablando aquí. Pone a los profetas a continuación de los apóstoles (como en 1Co. 12:28, “luego, profetas”) y une a “los apóstoles y los profetas” como fundamentos de la Iglesia y receptores de la nueva revelación de parte de Dios (2:20; 3:6). Los profetas, como fundadores de la Iglesia, no tienen sucesores, así como no los tienen los apóstoles, porque el fundamento ya ha sido puesto y terminado hace siglos y no podemos agregarle nada en nuestros días.
Evangelistas. Este sustantivo aparece sólo tres veces en el Nuevo Testamento (aquí, en Hch. 21:8 referido a Felipe, y en 2Tim. 4:5 acerca de Timoteo mismo), aunque por supuesto el verbo “evangelizar” se utiliza frecuentemente para describir la extensión del evangelio. Ya que todos los cristianos están obligados, frente a la oportunidad apropiada, a testificar de Cristo y sus buenas nuevas, el don de evangelista otorgado sólo a algunos debe ser algo diferente. Se puede referir al don de la predicación evangelística, o al don de explicar con sencillez el evangelio haciéndolo pertinente a los que no creen, o al de ayudar a la gente vacilante a dar el paso de compromiso con Cristo, o al de dar un eficaz testimonio personal. Probablemente, el don de evangelista puede tomar estas formas variadas y aun otras. Hay gran necesidad de evangelistas que tengan dones, que sean pioneros en formas de ejercitar y desarrollar su don, a fin de penetrar en los vastos segmentos de la sociedad aún no alcanzados para Cristo.
Pastores y maestros. Debido a que el artículo definido no se repite en la expresión pastores y maestros, puede ser que estos dos nombres se refieran al mismo don. Los pastores (es decir, cuidadores del rebaño) son llamados a velar sobre el rebaño de Dios, ‘alimentándolo’, es decir, enseñando. Quizás podríamos decir que, aunque cada pastor debe ser un maestro, con dones para ministrar la Palabra de Dios a la gente (sea a una congregación, a grupos o a individuos), sin embargo, no todo maestro cristiano es también un pastor. Aunque, en nuestro ministerio de UBF llamamos pastores a nuestros maestros bíblicos porque más que enseñar la Biblia a las ovejas, las están guiando y alimentando. Yo oro para que nosotros tengamos este don de pastores y maestros y podamos alimentar fielmente el rebaño de Dios en Panamá. Amén.
Quizás habrán notado que todos los dones mencionados aquí están relacionados con la enseñanza. Aunque en su sentido original no haya hoy apóstoles o profetas, hay evangelistas para predicar el evangelio, pastores para guiar al rebaño y maestros para exponer la Palabra de Dios. Es verdad que se los necesita con urgencia. Pues a continuación veremos el propósito con el que Cristo nos ha dado estos dones.
II.- Para la edificación del cuerpo de Cristo (12-17)
Miren el v.12. El apóstol Pablo establece claramente aquí para qué nos dio Cristo los dones espirituales. Hay dos propósitos en este versículo, uno inmediato y el otro mediato. El propósito inmediato es “perfeccionar a los santos para la obra del ministerio”, es decir, capacitar al pueblo de Dios para la obra de servicio. Y el propósito mediato, “la edificación del cuerpo de Cristo”.
La primera expresión acerca de capacitar al pueblo de Dios es de profundo significado para cualquier concepto verdadero del ministerio cristiano. La palabra servicio (diakonia) se utiliza aquí no para describir la obra de los pastores sino el trabajo de los así llamados laicos, es decir, todo el pueblo de Dios sin excepción. El ministerio de la obra de Dios no es un privilegio exclusivo de una élite de clérigos, sino el llamado privilegiado de todo el pueblo de Dios. Por la gracia de Dios nuestro ministerio de UBF ha entendido bien este llamado. Aunque yo soy pastor de la iglesia, soy un ministro laico autofinanciado, es decir no soy un clérigo o un ministro profesional graduado de algún seminario bíblico y que dependo de la iglesia para mi sustento, sino que soy un profesor reconvertido por Dios en oficinista que trabaja para su sustento, pero que también trabaja para la obra de Dios.
Así mismo, cada uno de ustedes es llamado por Dios para servir el ministerio. Cristo les ha dado dones conforme a la medida de Su gracia para cada uno de ustedes, para que puedan servir la obra de Dios. El pastorado no es el único ministerio de servicio en la iglesia. Cuán diversos son los dones, así son de diversas las formas de servicio o los ministerios dentro de la iglesia. El que tiene el don de música, puede servir la adoración. El que tiene el don de presidir, también puede hacerlo. El que tiene el don de servir, puede ejercerlo en la iglesia con alegría. El que tiene el don para la tecnología tiene mucha oportunidad de servicio dentro de la iglesia, configurando equipos, llevando las redes sociales de la iglesia, etc. Todo esto nos lo ha dado Cristo para perfeccionarnos a nosotros mismos y los unos a los otros, y para edificar el cuerpo de Cristo.
Así que el propósito inmediato de Cristo al dar los dones espirituales es equipar a todo su pueblo para sus variados ministerios. Y el propósito mediato es edificar su cuerpo, la Iglesia. Porque la manera en que el cuerpo crece es que todos sus miembros utilicen los dones que Dios les ha dado. Estos dones son beneficiosos tanto para aquellos que ejercen fielmente sus ministerios como para aquellos que lo reciben, tanto, que la Iglesia se transforma firmemente en algo saludable y maduro.
Todos los dones espirituales son, por lo tanto, dones de servicio. Este es su propósito. No son dados para un uso egoísta sino para el servicio a otros. Cada lista de los dones espirituales del NT lo enfatiza. “Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.” (1P. 4:10). Se entiende, entonces, que su grado de importancia debe establecerse por el grado en que edifican o construyen a la Iglesia. Por esta razón los dones de enseñanza son de importancia fundamental, porque nada edifica tanto la Iglesia como la verdad de la Palabra de Dios. Y eso lo que el apóstol Pablo expone más adelante. Pero antes de llegar allá, veamos cómo continua elaborando su idea acerca de la edificación del cuerpo de Cristo.
Miren en el v.13. Evidentemente será un proceso largo hasta que lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a una humanidad perfecta, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. Esta es la meta hacia la cual llegará un día la Iglesia. Pero necesitamos ser perfeccionados por los dones espirituales para poder llegar allá. Es interesante notar que lo primero que dice es que lleguemos a la unidad de la fe. Pero antes aprendimos que el Espíritu Santo ya nos ha dado esta unidad. Sin embargo, aprendimos también allí que nuestro trabajo es mantener esa unidad y los dones espirituales son los que nos permiten hacer esto. Y la unidad a la que debemos llegar un día, es esa unidad completa que hará posible una fe completa y un conocimiento completo del Hijo de Dios. Cuanto más conocemos y confiamos en el Hijo de Dios, más crecemos en la clase de unidad de unos con otros que Él desea. Así que necesitamos los dones espirituales para conocer y confiar más en el Hijo de Dios.
A esta unidad completa también se la llama humanidad perfecta (varón perfecto, aquí en la versión Reina-Valera). Algunos interpretan esto en el sentido de que cada cristiano crece individualmente hasta la madurez en Cristo, lo cual es bíblico, pero el contexto parece exigir una comprensión corporativa. La Iglesia está representada como un solo organismo, el cuerpo de Cristo, y debe crecer hacia la estatura adulta. Por cierto, Pablo se ha referido a ella como la nueva humanidad que Dios estaba creando (2:15). A la unidad y novedad de esta humanidad ahora le añade madurez. La nueva humanidad debe alcanzar la medida de una humanidad perfecta, que no es nada menos que “la estatura de la plenitud de Cristo”, la plenitud que Cristo mismo posee y derrama.
Aunque parece que este crecimiento hacia la madurez es un concepto corporativo que describe a la Iglesia como un todo, sin embargo depende claramente de la maduración de sus miembros individuales, como Pablo continúa diciendo. Miren el v.14. Por supuesto que debemos parecernos a los niños en su humildad e inocencia, pero no en su ignorancia o inestabilidad. Los niños inestables son como botecitos en un mar tormentoso, completamente a merced del viento y de las olas. Así son los cristianos inmaduros. Nunca parecen saber lo que piensan ni llegan a tener convicciones firmes. En lugar de ello, sus convicciones tienden a ser las del último predicador que escucharon o el último libro que leyeron, y son presa fácil de cada nueva moda teológica. No pueden resistir la estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error. Por eso necesitamos los dones espirituales que nos ayuden a tener un pueblo bien educado y fortalecido espiritualmente contra estas artimañas del enemigo. Que no seamos engañados con sutilezas engañadoras como lo fue Eva por no apreciar ni conocer bien la Palabra de Dios.
Miren los vv.15-16. Necesitamos conocer bien la verdad y seguirla en amor. Necesitamos amar la Palabra de Dios y necesitamos los dones espirituales para poder entenderla bien y aplicarla bien en nuestras vidas. Cuando seguimos la verdad en amor no seremos engañados por los hombres astutos que buscan llevarnos por la senda del error. Sino que a través de la Palabra de Dios y los dones espirituales creceremos en todo, en conocimiento, en amor, en fe y en servicio, siguiendo la cabeza que es Cristo.
Es bastante notable que en todos los pasajes bíblicos en los que Pablo habla acerca de los dones utiliza la analogía de la Iglesia como un cuerpo y de cada uno de nosotros como miembros de ese cuerpo. Y aquí nos dice por qué. Cada miembro del cuerpo debe cumplir su función y mantener la armonía con el resto del cuerpo: “bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro”. Cada miembro de la Iglesia debe estar bien concertado y unido entre sí con los otros, ayudándonos los unos a los otros en lo que necesitemos, según los dones que el Señor nos ha dado.
¿Qué pasa cuando un miembro de nuestro cuerpo no cumple con su función? Si nuestros oídos no cumplen con la función del equilibrio, todo el cuerpo se descompensa. Tambaleamos, nos caemos, nos dan nauseas, los ojos no pueden ver bien, el cerebro no coordina bien. Si los intestinos se constipan o no se mueven correctamente, también todo el cuerpo sufre. Y así podría darles cientos de ejemplos. Si un miembro de la Iglesia no está usando sus dones para edificar a los otros, y al contrario no está funcionando bien, entonces afecta a toda la Iglesia y su crecimiento. Así que igualmente todos los otros miembros debemos usar nuestros dones para ayudarnos a recuperarnos unos a otros y que podamos edificarnos en amor.
Yo oro para que cada uno de nosotros pueda identificar los dones espirituales que Cristo le ha dado conforme a la medida de Su gracia y que podamos usarlo para el perfeccionamiento los unos de los otros, para la edificación del cuerpo de Cristo y para que Panamá pueda convertirse en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para la gloria de Dios. Amén.
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P. Verónica Ramírez (SV)
( 18 de diciembre de 2020 )
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