Efesios 2:19-22
2:19 Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios,2:20 edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo,
2:21 en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor;
2:22 en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.
TEMPLO SANTO EN EL SEÑOR
Buenos días. La semana pasada aprendimos el ministerio de la reconciliación de Jesús. Jesús es nuestra paz. Él vino a reconciliar la humanidad entre sí, y la humanidad con Dios. Jesús acabó con las enemistades y barreras que pudiesen existir entre las personas, y también con la enemistad que teníamos con Dios a través de su muerte en la cruz. De modo que en Cristo podemos ser una sola y nueva humanidad, un solo cuerpo, y por Él todos tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. Oro para que Jesús sea verdaderamente nuestra paz y que nosotros podamos mantener la paz los unos con los otros, dejando de lado nuestras diferencias y superando las barreras de raza, nacionalidad, sexo, ideología, etc., y vivamos como un solo pueblo, una nueva humanidad, un solo cuerpo, la iglesia que Cristo redimió con su sangre. Amén.
Hoy vamos a continuar nuestro ascenso en esta montaña de Efesios aprendiendo tres metáforas que usa el apóstol Pablo para referirse a la Iglesia: La Iglesia como el reino de Dios, la Iglesia como una familia y la Iglesia como el Templo del Señor. Estas metáforas se encuentran bien desarrolladas en muchos otros pasajes de las Escrituras. Pero, solo una de ellas está desarrollada aquí y es la que le da título al mensaje: Templo Santo en el Señor. No obstante, hoy vamos a aprender las tres metáforas acerca de la Iglesia y cómo esto nos da una nueva identidad y contrasta con lo que éramos antes. Oro para que a través de este mensaje podamos entender nuestra nueva identidad como conciudadanos del reino de Dios, como familia de Dios y como templo y morada del Señor. Y que podamos ser edificados y crecer como un templo santo en el Señor. Amén.
I.- Conciudadanos de los santos y familia de Dios (19)
Miren el v.19. El pasaje bíblico de hoy es un resumen de lo que hemos estado aprendiendo a lo largo de todo el capítulo dos. El apóstol Pablo comienza este resumen diciendo: “Así que…” Ya Pablo ha explicado paso por paso lo que Cristo ha hecho para “acercar” a Dios y a su pueblo, aquellos del mundo gentil, como nosotros, que estábamos “lejos”. Cristo creó una sola humanidad nueva en lugar de las dos que había. Reconcilió a ambas con Dios en un solo cuerpo, y predicó la paz a los que estaban lejos y a los que estaban cerca. Así que, ¿cuál es el resultado del logro de Cristo y de su predicación de paz? “Ya no sois extranjeros ni advenedizos”, al contrario, su condición ha cambiado dramáticamente. Veamos cómo ha cambiado nuestra condición en Cristo tan dramáticamente.
En este versículo el apóstol Pablo usa dos palabras griegas que han sido traducidas al español de forma muy similar en diferentes versiones de la Biblia. La RVR60 y la BLPH traducen igual: “extranjeros ni advenedizos”; La LBLA y la NVI traducen: “extraños ni extranjeros”; la NTV dice: “desconocidos ni extranjeros”; y la RVR95: “extranjeros ni forasteros”. La palabra griega que se traduce aquí como extranjeros es
xenos, que significa “extranjero, extraño, forastero, desconocido”. Alguien que no es de aquel lugar. La palabra griega que se traduce aquí como “advenizo” es paroikos que es un adjetivo relacionado con el verbo paroikeo, “morar al lado de, o entre, tener una casa cerca”, y que se puede entender como peregrino o residente extranjero.
Entonces el apóstol Pablo nos está diciendo aquí que ya no somos más extranjeros, que vivían lejos de Dios y ajenos a la ciudadanía de Israel, sin derechos de ningún tipo con Dios ni entre su pueblo. Ni tampoco somos residentes que habitamos entre el pueblo de Dios, que somos vecinos, pero que no pertenecemos a Él. Sino que ahora somos “conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios”. Estas dos expresiones contrastan con las primeras dos. La idea de ambas palabras aquí es que antes no pertenecíamos, pero ahora pertenecemos. Veamos un poco más de detalle.
Primero, ya no somos extranjeros, sino conciudadanos con los santos. La mayoría de nosotros acá somos extranjeros. Sabemos lo que se siente. Estamos en una tierra que no es la de nuestro nacimiento. Una tierra con una cultura diferente, con comida diferente, con una forma de hablar diferente. Y muchas veces nos sentimos incómodos, como extraños y como que no encajamos. Cuando recién llegué a Panamá, me sentaba a almorzar en la oficina con un grupo de compañeros, casi todos panameños. Hacía mi mayor esfuerzo por entender lo que decían, pero llegaba un punto en que ya no podía entender la conversación, y simplemente me desconectaba un rato y divagaba en mis propios pensamientos. ¡Imagínense! Se supone que todos hablamos español, pero me costaba mucho entender algunas palabras o expresiones panameñas, o simplemente desconocía el tema, porque era algo de política o de la sociedad panameña. Apenas puedo imaginar cómo se sienten los misioneros coreanos entre nosotros.
Pero en Cristo ya no debemos sentirnos así. Ya no somos extranjeros, ajenos a las promesas de Dios, sino que ahora somos conciudadanos con los santos. Aquí, “los santos” se refiere a todos los que hemos aceptado a Jesús como nuestro Señor y Salvador. Ahora nosotros somos conciudadanos con todos los que han aceptado a Jesús como su Señor y Salvador, sin importar su nacionalidad, raza o cultura. La palabra “conciudadano” significa que compartimos la misma ciudadanía y, por lo tanto, los mismos derechos ciudadanos. Aunque no desarrolla la metáfora, Pablo parece estar aludiendo aquí a la ciudadanía del reino de Dios.
El reino de Dios no es una jurisdicción territorial ni una estructura espiritual. El reino de Dios es Dios mismo gobernando a su pueblo y dándoles todos los privilegios y responsabilidades que ese gobierno comprende. La Iglesia es la nueva comunidad internacional gobernada por Dios, que reemplaza la teocracia nacional del Antiguo Testamento, y a la que pertenecemos judíos y gentiles por igual. Los ciudadanos del reino de Dios somos verdaderamente libres y estamos seguros bajo el gobierno de Jesús nuestro Rey. Y aunque aún no se ha establecido plenamente el reino de Dios en esta Tierra, se manifiesta en cada uno de los santos que vive bajo la soberanía de Dios y con los valores del reino. Tenemos nuestro Rey, Jesús. Tenemos nuestra constitución, la Biblia. Y tenemos nuestro certificado de nacimiento, el Espíritu Santo.
Así que ya no somos extranjeros, sino conciudadanos del reino de Dios. Somos parte de la nueva sociedad de Dios. En palabras del Dr. Martyn Lloyd-Jones: “Ya no dependemos de un pasaporte, sino que… realmente tenemos nuestros certificados de nacimiento… realmente pertenecemos.”
Segundo, ya no somos advenedizos, sino miembros de la familia de Dios. Como les expliqué antes, advenedizos significa residentes o vecinos. Yo vivo en un edificio, y aunque tenemos apartamentos al lado, arriba y abajo; aunque somos vecinos así de cercanos; aunque puedo oír cuando los vecinos de al lado está usando su fregadero; aunque puedo oír cuando los perros del vecino de arriba corren por el apartamento, o cuando suena la ducha de ellos; aunque los vecinos de abajo pueden oír cuando estamos rodando los muebles; no nos conocemos. Nunca he entrado al apartamento de estos vecinos. Y aunque entrase, seguimos siendo extraños. No somos familia. Así éramos con Dios y con el reino de los Cielos. Aunque los judíos estaban cerca, eran extraños en el reino de Dios.
Pero ya no somos extraños, ahora somos miembros de la familia de Dios. La metáfora cambia y se hace más íntima. No sólo somos conciudadanos, sino que somos familia. Pablo ha escrito en el versículo anterior acerca del nuevo acceso privilegiado “al Padre”, que judíos y gentiles disfrutan en Cristo (v. 18); al comienzo de la carta ha comentado las bendiciones de ser “adoptados” en su familia (1:5). Pronto tendrá algo más que decir acerca de la paternidad arquetípica de Dios (3:14–15) y acerca del “Dios y Padre de todos” (4:6). Pero aquí su énfasis está en la hermandad, a la cual, por encima de las barreras raciales o nacionales, llegan los hijos del Padre. “Hermanos” es la palabra más común para designar a los cristianos en el Nuevo Testamento. Expresa una relación estrecha de afecto, cuidado y ayuda. Philadelphia, ‘amor fraternal’, siempre debería ser la característica especial de la nueva sociedad de Dios.
Ya no somos más extraños ni desconocidos, sino que somos todos hijos de Dios, adoptados gracias a la obra de Jesucristo y sellados por el Espíritu Santo. Por lo tanto, no debemos tratarnos unos a otros como extraños tampoco, sino como hermanos, como miembros de la familia. Todos ustedes son mis hermanos. Y así como estoy a la disposición de mi hermano de sangre para apoyarle en lo que me pida, de la misma manera estoy a disposición de ustedes para ayudarles en lo que necesiten. De hecho, nuestra familia no se limita solo a esta pequeña iglesia de UBF Panamá, sino que se extiende a todos los hermanos de UBF alrededor del mundo. Es más, no solo a los hermanos de UBF, sino a los de todas las iglesias cristianas del mundo. Aunque no hablemos el mismo idioma, aunque no tengamos la misma cultura, aunque no nos conozcamos bien, somos familia, somos hermanos, hijos del Padre Celestial. Y debemos apoyarnos los unos a los otros como la familia que somos.
Así que, hermanos míos amados, ya no somos extranjeros ni extraños, sino que ahora somos conciudadanos del reino de Dios y miembros de la familia de Dios. Por lo tanto, vivamos con los valores del reino de Dios y amémonos de todo corazón los unos a los otros, apoyándonos unos a otros. Amén.
II.- Templo Santo en el Señor y morada de Dios (20-22)
Miren ahora el v.20. El apóstol Pablo cambia de analogía y en estos tres versículos finales compara a la Iglesia con un Templo. No significa que la Iglesia sea un edificio. La Iglesia es la comunidad de personas que se congrega en un lugar, no el edificio donde se congregan. Aunque nosotros no tenemos un Templo donde congregarnos actualmente, somos una iglesia. Pero la iglesia puede compararse con un edificio, especialmente con un Templo como vemos lo que hace el apóstol Pablo en estos versículos.
Aquí en el v.20, el apóstol Pablo nos describe el fundamento del edificio que es la Iglesia. ¿Cuál es el fundamento de la Iglesia? “El fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo”. Ya que tanto los apóstoles como los profetas tenían un rol de enseñanza, parece claro que lo que constituye el fundamento de la iglesia no es ni las personas ni sus cargos, sino la instrucción. Más aun, debemos pensar en ellos como maestros inspirados, órganos de revelación divina, portadores de autoridad divina. Así que esta instrucción divina que ellos revelaban es el fundamento de la iglesia.
La palabra “apóstoles” aquí no puede ser un término genérico para misioneros o fundadores de iglesias u obispos u otros líderes eclesiásticos; a lo que hace referencia es al grupo pequeño y especial que Jesús eligió, llamado y autorizado para enseñar en su nombre, y que fueron testigos oculares de su resurrección. Ese grupo estaba formado por los Doce, más Pablo, y Santiago, el hermano del Señor, y quizás un par más. La Iglesia debía creer y preservar su instrucción.
La palabra “profetas” también indica maestros inspirados a quienes la palabra de Dios les había llegado y quienes transmitían dicha palabra fielmente. La combinación “apóstoles y profetas” podría reunir el Antiguo Testamento (profetas) y el Nuevo Testamento (apóstoles) como base de la enseñanza de la iglesia. Pero el orden inverso de las palabras sugiere que probablemente se quiere indicar aquí a los profetas del Nuevo Testamento. Si es así, su unión con los apóstoles como el fundamento de la iglesia es significativa. La referencia debe ser a un pequeño grupo de maestros inspirados, asociados con los apóstoles, quienes junto con ellos daban testimonio de Cristo y cuya enseñanza derivaba de la revelación y era de carácter fundacional.
En términos prácticos significa que la iglesia está construida sobre los escritos del Nuevo Testamento. Ellos son los documentos de fundación de la iglesia. Y así como un fundamento no puede ser cambiado una vez que se ha colocado y se ha construido la estructura sobre él, tampoco el fundamento neotestamentario de la iglesia puede ser violado ni cambiado por agregados, sustracciones o modificaciones de maestros que en la actualidad se designan a sí mismos como apóstoles o profetas. La Iglesia se mantiene o cae según su dependencia leal a las verdades fundamentales que Dios reveló a sus apóstoles y profetas y que ahora están preservadas en el Nuevo Testamento.
La piedra angular también es de importancia crucial para un edificio. Es en sí misma parte del fundamento e indispensable para él. Ayuda a mantener el edificio en pie y también lo ubica y mantiene en línea. El templo de Jerusalén tenía piedras de ángulo macizas. Armitage Robinson menciona un bloque de piedra antiguo excavado en la pared sur del templo que medía alrededor de 12 metros de largo. La piedra angular del nuevo templo, la Iglesia, es Cristo Jesús mismo. Aquí Pablo tiene en mente especialmente la función de Jesucristo de mantener estable el templo que comienza a crecer. Porque Él es la piedra angular.
Miren el v.21. En Jesús, todo el edificio, bien armado, se va levantando. La unidad y el crecimiento de la iglesia van juntos, y Jesucristo es el secreto de ambos. La expresión “en Cristo” habla de una unión orgánica, así que las metáforas más naturales para ilustrarlo son metáforas orgánicas, como los pámpanos en la vid (Jn. 15:1-6) y los miembros en el cuerpo, que aprendimos la semana pasada. Pero aquí el concepto se transfiere al trabajo de construcción. Así como un edificio depende, tanto para su cohesión como para su desarrollo, de estar asentado firmemente sobre la piedra del ángulo, así también Cristo, la piedra del ángulo, es indispensable para la unidad y el crecimiento de la iglesia. A menos que esté constante y firmemente relacionada con Cristo, la unidad de la Iglesia se desintegrará y su crecimiento se detendrá o se desviará.
Miren el v.22. Ahora Pablo va de la estructura completa del templo a sus piedras individuales. Aquí, dice Pablo, las piedras adicionales que se edifican en la estructura son ustedes, con lo cual quiere significar sus lectores gentiles. Como hemos aprendido antes, el templo de Jerusalén era un edificio exclusivamente judío, al cual los gentiles tenían prohibido el acceso. Pero ahora los gentiles no solamente son admitidos sino que ellos mismos son parte constitutiva del templo de Dios. En esta metáfora, cada uno de nosotros como creyentes y miembros de la Iglesia, es una piedra que forma parte del edificio del Templo. Así lo expresa el apóstol Pedro al usar la misma metáfora acerca de la Iglesia: “vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo.” (1P. 2:5). Somos piedras vivas que formamos parte del edificio de Dios. Y debemos edificarnos como casa espiritual, como templo santo en el Señor.
La única manera de hacer esto es obedeciendo la Palabra de Dios cada día de nuestras vidas. Cuando obedecemos la Palabra de Dios nos fortalecemos espiritualmente para ayudar en la sustentación del edificio. Si somos piedras vivas santas, fuertes y estables, podemos ayudar a establecer bien a las piedras vivas que están a nuestro alrededor. Si estamos bien fundamentados en la Palabra de Dios y predicamos el evangelio a otros, vamos añadiendo piedras al edificio, de modo que el templo va creciendo. Igualmente cuando damos estudio bíblico y discipulamos, colaboramos en la estabilidad del edificio. Seamos piedras vivas santas que contribuyen en la edificación de un templo santo para el Señor. Amén.
¿Cuál es la finalidad del nuevo templo? Miren nuevamente el v.22. En principio, el nuevo templo tenía el mismo propósito que el antiguo templo, el Templo de Jerusalén, ser la morada de Dios. Por supuesto que los israelitas espirituales sabían que Dios no habitaba en templos hechos por hombres y que el universo completo era incapaz de contener su ser infinito. Sin embargo, Dios prometió manifestar su gloria (la shekiná) en el santuario anterior del templo, a fin de simbolizar la verdad de que moraba entre su pueblo. Pero el nuevo templo no es un edificio material ni un altar nacional, ni tiene un sitio localizado. Es un edificio espiritual (la familia de Dios) y una comunidad internacional (que reúne tanto a gentiles como a judíos), y está diseminada por todo el mundo (donde quiera que se encuentren los hijos de Dios). Allí mora Dios. Él no está interesado en edificios sagrados sino en gente santa, su propia sociedad nueva. Se ha dado a ellos en un pacto solemne. Vive en ellos, individualmente y como comunidad.
La iglesia es tanto un templo santo en el Señor (v. 21) como morada de Dios en el Espíritu (v. 22). Una vez más la Santa Trinidad reclama nuestra atención. Porque Dios mora en su pueblo, como en su templo, ‘en el Señor’ y ‘en el Espíritu’, o a través de su Hijo y en el Espíritu. La Iglesia es el templo santo en el Señor, morada de Dios por su Espíritu. Es su nueva sociedad, su pueblo redimido disperso por todo el mundo. Ellos son su hogar en la tierra. Y serán también su hogar en el cielo. Porque el edificio no está completo aún. “Va creciendo para ser un templo santo en el Señor”. Sólo después de la creación de un cielo nuevo y una tierra nueva declarará la voz desde el trono con concluyente énfasis: “He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios.” (Ap. 21:3).
En conclusión, Ya no somos más extranjeros ni extraños, sino conciudadanos con los santos, miembros de la familia de Dios, y estamos creciendo para ser un templo santo en el Señor y morada de Dios en el Espíritu. Actuemos como verdaderos hermanos, amémonos de corazón unos a otros y ayudémonos unos a otros para crecer como un templo santo en el Señor. Oro para que podamos ser una verdadera familia de amor, y crezcamos como un Reino de Sacerdotes y Nación Santa. ¡Que el reino de Dios sea manifiesto en nuestra iglesia! Amén.
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