Efesios 2:11-18

2:11 Por tanto, acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne.
2:12 En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo.
2:13 Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo.
2:14 Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación,
2:15 aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz,
2:16 y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades.
2:17 Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca;
2:18 porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.

JESÚS ES NUESTRA PAZ


Buenos días. La semana pasada aprendimos acerca de la maravillosa gracia que Dios tuvo con nosotros. Dios que es rico en misericordia y con su gran amor con que nos amó, aunque estábamos muertos en nuestros pecados, nos dio vida juntamente con Cristo, y juntamente con Él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús. Dios nos dio vida juntamente con Cristo y una nueva identidad. Ahora somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. Oro para que cada uno de nosotros podamos recordar esta gracia maravillosa de Dios y podamos andar cada día en las buenas obras que Él preparó de antemano para nosotros: orando; estudiando la Biblia y aplicándola cada día; congregándonos; predicando el evangelio a los que nos rodean; y sirviéndonos unos a otros en amor. Amén.

Hoy vamos a aprender el ministerio de la reconciliación de Jesús. Jesús es nuestra paz. En este pasaje bíblico la paz de Jesús no se refiere al estado de calma o tranquilidad que debe haber en nuestras vidas por la confianza de que Cristo está con nosotros. Aunque Jesús también es nuestra paz en ese sentido, en este pasaje bíblico el apóstol Pablo nos está hablando de Jesús como quien vino a reconciliar la humanidad entre sí, y la humanidad con Dios. Es decir, Jesús nos ha dado paz, nos ha amistado, los unos con los otros, y a la vez, a la humanidad entera con Dios. Jesús acabó con las enemistades y barreras que pudiesen existir entre las personas, y también con la enemistad que teníamos con Dios. De modo que en Cristo podemos ser una sola y nueva humanidad, un solo cuerpo, y por Él todos tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.

Oro para que a través del mensaje de hoy podamos meditar en la reconciliación que Jesús nos vino a traer y que nos arrepintamos y vivamos como un solo pueblo, una nueva humanidad, un solo cuerpo, la iglesia que Dios compró con su sangre. Amén.

I.- Un solo y nuevo hombre, reconciliación de la humanidad (11-15)

Miren el v.11. Después de haber revelado la inefable gracia de Dios que nos dio vida en Cristo Jesús cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, y que nos dio una nueva identidad como hechura suya, creados en Cristo para buenas obras, el apóstol Pablo retrocede otra vez para recordarnos quiénes éramos y cómo vivíamos los gentiles antes de aceptar a Jesús como Señor y Salvador. Dice el apóstol Pablo: “los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne.” En otro tiempo, es decir, antes de aceptar a Jesús como su Salvador, los gentiles según la carne, es decir aquellos que no eran descendientes de Abraham, Isaac y Jacob, o no eran judíos, eran llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne. Aquí, el apóstol Pablo comienza a señalar las diferencias y barreras que había en la humanidad antes de la obra redentora de Cristo. 

Desde el punto de vista de los judíos la humanidad se dividía en dos, los judíos y los gentiles, es decir, los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob, y los que no lo eran. Los circuncisos y los incircuncisos. La circuncisión fue la señal del pacto que Dios ordenó a Abraham en Gn. 17:9-14: “Dijo de nuevo Dios a Abraham: En cuanto a ti, guardarás mi pacto, tú y tu descendencia después de ti por sus generaciones. Este es mi pacto, que guardaréis entre mí y vosotros y tu descendencia después de ti: Será circuncidado todo varón de entre vosotros. Circuncidaréis, pues, la carne de vuestro prepucio, y será por señal del pacto entre mí y vosotros. Y de edad de ocho días será circuncidado todo varón entre vosotros por vuestras generaciones; el nacido en casa, y el comprado por dinero a cualquier extranjero, que no fuere de tu linaje. Debe ser circuncidado el nacido en tu casa, y el comprado por tu dinero; y estará mi pacto en vuestra carne por pacto perpetuo. Y el varón incircunciso, el que no hubiere circuncidado la carne de su prepucio, aquella persona será cortada de su pueblo; ha violado mi pacto.” Como pueden ver aquí, los incircuncisos, es decir, aquellos que no hubiesen sido circuncidados, no podían formar parte del pueblo de Dios, aunque fuesen descendientes de Abraham. 

Pero el rito de la circuncisión y lo que representaba tomaron una excesiva importancia entre los judíos. Tanto así, que los judíos dividieron el mundo, entre los que eran circuncisos y los que no. Usaron la palabra “incircunciso” como insulto. Tanto los gentiles como los judíos se llamaban unos a otros con nombres difamatorios para despreciarse mutuamente, y uno de los insultos que los judíos usaban para los gentiles era éste que Pablo menciona aquí: “incircuncisión” o “incircunciso”.

No obstante, podemos notar que el v.11 dice que los gentiles eran “llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne.” El apóstol Pablo nos está mostrando el nombre difamatorio que los judíos daban a los gentiles, pero de los judíos dice: “por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne”. La palabra griega que se usa acá para “hecha con mano”, es la misma que se usó en la traducción griega del AT, la Septuaginta, para traducir la palabra “ídolos”. Así que Pablo está diciendo que la circuncisión se había convertido en una especie de ídolo para los judíos, quiénes confiaban en ella para su salvación, más que en Dios.

Además, este término “circuncisión hecha con mano en la carne” contrasta con la circuncisión que Jehová pidió de los judíos por boca de Jeremías: “Circuncidaos a Jehová, y quitad el prepucio de vuestro corazón, varones de Judá y moradores de Jerusalén” (Jer. 4:4a). Los judíos debían circuncidar su corazón, es decir, limpiar su corazón del pecado por medio del arrepentimiento. Esta no era una circuncisión hecha con mano en la carne, sino espiritual. Y fue la circuncisión que Cristo hizo por nosotros como lo explica el propio Pablo en Col. 2:11: “En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo”. Cuando Jesús perdonó todos nuestros pecados y quitó de nosotros el pecado original, Él nos ha circuncidado verdaderamente. 

Miren ahora el v.12. Antes de que aceptasen a Jesús como su Salvador, los gentiles vivían alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo, porque no habían participado de la circuncisión y, por lo tanto, no eran parte del pueblo escogido de Dios. Así que al no tener la ciudadanía de Israel, no podían participar de los pactos que Dios había hecho con su pueblo, no tenían esperanza porque no esperaban al Mesías, y estaban sin Dios en el mundo porque no conocían a Jehová, el Dios verdadero.

Nosotros también somos gentiles según la carne y nos encontrábamos en esta misma situación antes de aceptar a Jesús como nuestro Señor y Salvador. Estábamos lejos de Dios y ajenos a los pactos y las promesas. Peor aún, estábamos enemistados con Dios, de tal manera que nos rebelamos en contra de Su autoridad y sabíamos poco o nada de una verdadera convivencia humana. ¿Acaso no es lo mismo que vive el mundo de hoy sin Cristo? Los hombres construyen paredes de separación y división como el terrible muro de Berlín en Alemania, o el muro que Trump estaba levantando en la frontera entre Estados Unidos y México. O erigen cortinas invisibles como la cortina de hierro, una frontera política e ideológica que se levantó entre la Europa Occidental (Bloque Capitalista) y la Europa Oriental (Bloque Comunista), tras la Segunda Guerra Mundial. O se construyen barreras de raza, color, casta, tribu o clase. La división es una característica constante de cualquier comunidad sin Cristo.

Ahora el apóstol dice: “Por tanto, acordaos” (v. 11). Debemos recordar lo que éramos antes de que el amor de Dios descendiera y nos alcanzara, porque sólo si recordamos lo que éramos, podremos recordar la grandeza de la gracia que nos perdonó y nos transformó. Y esta es la importancia de escribir Testimonio de Vida. Podemos recordar de dónde Dios nos ha sacado y podemos ver lo que está haciendo en nuestras vidas. Por eso es bueno y necesario escribir testimonio de vida cada cierto tiempo.

Miren ahora el v.13. Ya hemos visto lo lejos que estábamos de Dios por causa de nuestros pecados y por no formar parte de Israel, el pueblo escogido de Dios. Ellos estaban un poco más cerca de Jehová que nosotros porque tenían las Escrituras y la elección divinas. Y de hecho así está escrito también, dice Moisés: “Porque ¿qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está Jehová nuestro Dios en todo cuanto le pedimos?” (Dt. 4:7). El pueblo de Israel podía ver a Jehová que iba con ellos por el desierto en una columna de nube de día y en una columna de fuego de noche. Ellos oraban a Dios en su necesidad y podían ver la ayuda casi inmediata de Dios. Nosotros estábamos lejos de eso.

Pero Dios prometió que traería paz al que está lejos y al cercano en Is. 57:19: “Paz, paz al que está lejos y al cercano, dijo Jehová; y lo sanaré.” Y esto se ha cumplido en Cristo Jesús, pues Él nos ha hecho cercanos al Padre por su sangre. El pecado era la barrera que nos separaba de Dios, y Jesús con su sangre ha limpiado todos nuestros pecados y nos ha acercado a nuestro Dios. 

Y nosotros hemos sido acercados a Dios por la obra del ministerio de la reconciliación según nos explica el apóstol Pablo a continuación. Miren el v.14. Jesús es nuestra paz quiere decir que Él nos ha reconciliado. Él es el juez de paz que ha hecho la obra de mediación necesaria para que ambos pueblos, los judíos y los gentiles, fuesen hechos uno solo, conocido ahora como la iglesia. En la iglesia ya no hay más judíos ni gentiles, sino cristianos. Jesús ha derribado la pared intermedia de separación.

Esta pared intermedia de separación es una imagen tomada del Templo de Jerusalén. El recinto del templo consistía en una serie de atrios o patios, cada uno un poco más elevado que el anterior, con el templo propiamente dicho en el patio más interior. En primer lugar se encontraba el Atrio de los Gentiles; luego, el Atrio de las Mujeres; después, el Atrio de los Israelitas; después, el Atrio de los Sacerdotes, y finalmente el Lugar Santo y el Lugar Santísimo dentro del Templo propiamente dicho. Los gentiles sólo podían llegar al atrio más exterior del Templo, llamado Atrio de los Gentiles. Éste estaba separado del Atrio de las Mujeres por una escalinata y un gran muro. En esos muros decía que cualquier gentil que se atreviese a cruzar las puertas respondería con su propia vida. Es decir, si algún gentil entraba al Atrio de las Mujeres era ejecutado. Así que esta era la pared intermedia de separación entre los gentiles y los judíos dentro en el Templo. 

Pero la pared intermedia de separación también es la pared intangible de la que ya hemos hablado. Las barreras culturales que los judíos habían puesto por el orgullo que tenían por su linaje y circuncisión. Ya Cristo derribó esa barrera circuncidando el corazón tanto de gentiles como de judíos por medio del perdón de los pecados que Él compró con su sangre en la cruz. Así que la circuncisión ya no es una pared intermedia de separación porque ya todos hemos sido circuncidados espiritualmente en Cristo Jesús según vimos en Col. 2:11. Por lo tanto, ya no existe una pared intermedia de separación en Cristo porque Él hizo de ambos un solo pueblo, la iglesia del Dios Vivo.

Miren ahora el v.15. Esa pared intermedia de separación fue derribada porque, con su muerte, Cristo abolió o eliminó las cosas que nos enemistaban, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas. Esta ley no se refiere a la Ley de Moisés, sino a todas las tradiciones que los judíos habían instituido a partir de esa Ley. Por medio de su muerte, Cristo abolió las leyes, las fiestas y los sacrificios del AT que tanto distinguieron a los judíos de los gentiles. Pero, la ley moral de Dios, como está resumida en los Diez Mandamientos, no fue abolida, sino que permanece escrita en el corazón de todos los hombres del nuevo pacto porque refleja la naturaleza santa de Dios. Así que ya no estamos separados por la circuncisión en la carne, por los sacrificios en el Templo, por las leyes acerca de la comida o el vestido, sino que, Jesucristo, de los dos pueblos ha hecho un solo y nuevo hombre. 

Y este solo y nuevo hombre se refiere a la nueva humanidad. En Cristo, Dios ha creado una nueva humanidad que llamamos iglesia. La iglesia es la nueva humanidad que ha vencido toda barrera social, racial, cultural, religiosa, educativa, de género. 
“donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos.” (Col. 3:11). Donde “ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. (Gál. 3:28). No quiere decir que los rasgos de diferenciación humana han desaparecido. Los varones siguen siendo varones y las mujeres, mujeres; los judíos siguen siendo tales y los gentiles también. Pero se ha abolido la desigualdad frente a Dios. Hay una nueva unidad en Cristo. Somos uno solo en Cristo Jesús. Y de la naturaleza de esta unidad hablaremos un poco más a continuación.

II.- Reconciliación con Dios en un solo cuerpo (16-18)

Miren el v. 16. Jesús, mediante su muerte en la cruz, nos ha reconciliado con Dios porque ha pagado nuestra deuda de pecado con Él. El pecado nos había enemistado con Dios porque nos hizo rebeldes e hizo que su santa y justa ira estuviese sobre nosotros. El Dios Santo ya no podía ser amigo del hombre pecador, y el hombre pecador tampoco quería ser amigo del Dios Santo. Pero cuando Jesús, el hombre perfecto y sin pecado, murió en la cruz por nuestros pecados, entonces la ira de Dios quedó satisfecha en Él, y fuimos perdonados. Y al ver el amor de Dios en la cruz, nosotros también hemos dejado nuestra rebeldía de lado viniendo a Dios y viviendo conforme a su voluntad. De esta manera, todas nuestras enemistades murieron con Jesús en la cruz. 

Pero fíjense que en el v.16 dice que Jesús nos ha reconciliado con Dios en un solo cuerpo. Esto quiere decir que la única forma de estar reconciliados con Dios es estando en la iglesia, que es su cuerpo conforme a lo que hemos aprendido ya en Ef. 1:22-23. La iglesia como les dije anteriormente es la expresión de la nueva humanidad que ha sido reconciliada entre sí y que ha sido reconciliada con Dios. La única forma de mantener esta paz entre nosotros y con Dios es estando en la iglesia que es el cuerpo de Cristo. Fuera de la iglesia, fuera de la comunidad de redimidos que vive para hacer la voluntad de Dios, no podemos estar en paz con Dios ni los unos con los otros.

Y resulta interesante que a la iglesia se le llame aquí cuerpo. Como ustedes saben el cuerpo no es una unidad homogénea sino una unidad heterogénea de miembros. 
El cuerpo consiste en diferentes partes que funcionan independientemente, pero en conjunto para lograr la unidad del cuerpo. De la misma forma la iglesia estaba compuesta en la época neotestamentaria por judíos y gentiles, hombres y mujeres, esclavos y libres. Y está compuesta hoy en día también por hombres y mujeres de diferentes trasfondos culturales, diferentes estratos sociales y diferentes nacionalidades. Es una unidad heterogénea de personas y culturas muy diferentes. Pero de la misma forma que los miembros del cuerpo son muy diversos y trabajan en conjunto, nosotros también debemos trabajar en armonía en la iglesia con la unidad que Cristo nos ha dado por su muerte. 

Casi todos los conflictos que surgen en la iglesia se deben a diferencias culturales. Diversidad de opiniones o perspectivas, formas de pensar o actuar, que dependen en gran manera de nuestro trasfondo cultural. Y la única manera de superar esos conflictos es actuando como un cuerpo. Cuando hay algún problema en alguna parte del cuerpo, el resto del cuerpo no dice: “córtalo, no lo necesitamos”, sino que el cuerpo hace lo necesario para ayudar a esa parte a mejorar. De la misma forma, cuando hay un conflicto en la iglesia no podemos romper la relación con esa persona o estar peleando constantemente con ella, sino que con amor y humildad debemos perdonarnos unos a otros como Cristo nos amó y nos perdonó en su cruz. Como hemos sido reconciliados con Dios mediante la cruz de Jesucristo en un solo cuerpo, debemos esforzarnos para mantenernos así. De todas formas, ya hablaremos mucho más acerca de esto más adelante en Efesios.

Miren ahora los vv. 17-18. ¿Cómo hemos llegado nosotros a escuchar el evangelio? Porque se nos ha sido anunciado. Jesús no solo murió en la cruz para perdonar nuestros pecados y reconciliarnos con el Padre y los unos con los otros, sino que, a través de sus discípulos, ha anunciado esta buena noticia de la reconciliación tanto a los que estaban lejos como a los que estaban cerca. Tanto a los gentiles como a los judíos. Y todos los que hemos escuchado este evangelio y hemos aceptado a Jesús como nuestro Señor y Salvador hemos recibido entrada al Padre por el Espíritu Santo que se nos ha dado. 

Jesús no solo derribó la pared intermedia de separación entre el Atrio de los Gentiles y el Atrio de las Mujeres, Él derribó todas las barreras que nos impedían llegar hasta la presencia de Dios en el Lugar Santísimo y nos ha dado libre acceso al Padre. ¿Se dan cuenta de cuán maravilloso esto? Si hubiésemos vivido en la época del Templo de Jerusalén, ni siquiera podríamos pasar el primer muro. Pero ahora tenemos un privilegio que ni el Sumo Sacerdote judío tenía. Podemos entrar confiadamente ante el trono de Dios en cualquier momento que queramos a través de la oración y de la meditación de la Biblia.

¿Cuánto tiempo pasan ante el trono de Dios? Deberíamos pasar horas deleitándonos en Él y disfrutando de este gran privilegio que tenemos. Imaginen que les dan un pase libre de por vida al cine. ¿Cuántas hora pasarían en el cine? ¿Cuántas películas verían? Pues tenemos algo mucho mejor y no lo estamos disfrutando como deberíamos. Podemos pasar horas con Dios y Él nunca se va a incomodar ni nos va a preguntar cuándo nos vamos. ¡Al contrario! Dios se alegra cuando estamos allí ante su presencia. Aprovechemos y disfrutemos de este privilegio que tenemos.

En conclusión, Jesús es nuestra paz. Él nos ha reconciliado con Dios y los unos con los otros por medio de su muerte en la cruz. Nosotros también debemos ser hijos de paz. Debemos buscar siempre la conciliación con nuestros hermanos y mantener nuestra paz con Dios por medio del arrepentimiento constante. Seamos un solo pueblo, la nueva humanidad, y el cuerpo que Jesús nos ha llamado a ser en Él. Y vivamos en Cristo Jesús cada día, orando, estudiando la Biblia y aplicándola cada día de nuestras vidas.

Oro para que podamos andar en Cristo y nos amemos genuinamente los unos a los otros como el cuerpo de Cristo que somos. Que podamos trabajar juntos para que muchos más puedan aceptar a Jesús como su Señor y Salvador y puedan reconciliarse con Dios. Y que podamos convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Un pueblo que vive en paz los unos con los otros a pesar de las diferencias que podamos tener. Y un pueblo que vive en paz con Dios, obedeciendo Su Palabra. Amén.

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