Efesios 1:3-14

1:3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo,
1:4 según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él,
1:5 en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad,
1:6 para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado,
1:7 en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia,
1:8 que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia,
1:9 dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en si mismo,
1:10 de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra.
1:11 En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad,
1:12 a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo.
1:13 En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa,
1:14 que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.

TODA BENDICIÓN ESPIRITUAL EN CRISTO


Buenos días. La semana pasada comenzamos nuestro ascenso al gran pico de Efesios contemplando la grandiosidad de esta epístola. Aprendimos un poco de la vida de su autor, el apóstol Pablo, de cómo conoció a Jesús y cómo llegó a ser apóstol. También aprendimos de sus destinatarios. La carta iba dirigida a los santos y fieles en Cristo Jesús, es decir, a todos los que han aceptado a Jesucristo como su Señor y Salvador. Nosotros también somos santos y fieles en Cristo Jesús por la fe, por lo tanto el apóstol Pablo nos dirigió esta carta también a nosotros. Vimos que esta carta debió haber sido una encíclica apostólica o carta circular para la provincia romana de Asia, pero se quedó con el nombre de Efesios porque la ciudad de Éfeso era la capital de aquella provincia. También, que esta es una de las epístolas de la prisión que salió de Roma alrededor del 62 d.C. llevada por Epafrodito. 

Además, comenzamos el ascenso de esta montaña con el saludo. El apóstol Pablo desea a sus destinatarios gracia y paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. Esto es lo que los creyentes más necesitamos: gracia y paz. La gracia perdonadora de Dios cada día de nuestras vidas y su paz que sobrepasa todo entendimiento. Yo oro para que cada uno de nosotros sea santo y fiel en Cristo Jesús, aprendiendo y obedeciendo cada día la Palabra de Dios, y que la gracia y la paz de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo esté con nosotros cada día. Amén.

Hoy continuaremos nuestro ascenso en esta epístola aprendiendo las principales bendiciones espirituales que hemos recibido en Cristo. Nuestro Dios nos ha dado toda bendición espiritual en Cristo. Hoy aprenderemos las tres principales que expone Pablo en este pasaje bíblico y que componen la mayor bendición que hemos recibido como creyentes, nuestra salvación. Veremos que nuestro Padre Celestial nos escogió antes de la fundación del mundo para ser adoptados hijos suyos y darnos como herencia el reino de Dios. Estas son las tres bendiciones espirituales principales que hemos recibido y de ellas se derivan todas las otras bendiciones.

Yo oro para que, junto con el apóstol Pablo, alabemos a Dios por habernos dado toda bendición espiritual en Cristo y que recordemos esta gracia maravillosa de Dios. Y si alguno de ustedes no ha aceptado a Jesús como su Salvador todavía, que pueda oír hoy la Palabra de verdad, el evangelio de salvación, y reciba el sello del Espíritu Santo de la promesa para ser partícipe de estas bendiciones también. Amén.

I.- La gran alabanza de Pablo (3)

Miren el v.3. Increíblemente los vv. 3-14 constituyen una sola oración compleja en griego. A medida que Pablo dicta su carta, las palabras fluyen de su boca en una cascada continua. No hace pausas para respirar ni pone puntos aparte en sus frases. Los comentaristas bíblicos han buscado metáforas lo suficientemente vívidas para describir el impacto de este estallido inicial de adoración. William Hendriksen lo compara con una bola de nieve que ‘avanza rodando… por una pendiente, creciendo en volumen a medida que desciende’, y E. K. Simpson lo asemeja a ‘una prolongada carrera de caballos… corriendo a toda velocidad’. Y así muchos otros autores han buscado una manera de describir este impetuoso estallido de alabanza de Pablo. 

El párrafo entero es una canción de alabanza que brotó repentinamente del corazón de Pablo al pensar en las bendiciones que Dios nos ha dado en Cristo. El apóstol comienza esta epístola bendiciendo a Dios por bendecirnos a nosotros con toda bendición concebible. Y pareciera hacer una referencia deliberada a la Trinidad en su alabanza. Porque el origen de la bendición es Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo; su esfera es Dios el Hijo, porque es en Cristo, y en virtud de nuestra unión con él, que Dios nos ha bendecido; y su naturaleza es espiritual, “toda bendición espiritual”, una frase que puede muy bien significar ‘toda bendición del Espíritu Santo’, quien como ejecutivo divino aplica la obra de Cristo a nuestros corazones. 

Y no solamente el v.3 hace una clara referencia a la Trinidad, sino que todo el párrafo muestra el actuar de la Trinidad en la obra de salvación: El Padre que elige (vv. 4–6), el Hijo que redime (vv. 7–12) y el Espíritu que sella (vv. 13–14), y cada estrofa con el estribillo ‘para alabanza de su gloria’ (vv. 6, 12, 14). Este pasaje bíblico es una magnífica alabanza que viene de un corazón agradecido y enamorado de Dios y de la más pura inspiración del Espíritu Santo. Oro para que nuestros corazones se llenen de este gozo también pensando en todas las bendiciones espirituales que hemos recibido en Cristo y que toda nuestra vida glorifique el nombre de Dios en agradecimiento. Amén.

Ya aprendimos que el Padre nos ha bendecido en el Hijo con toda bendición del Espíritu Santo. Pero, ¿dónde nos ha bendecido? Miren nuevamente el v.3b.”Los lugares celestiales” es una frase interesante pues no describe un lugar geográfico. El apóstol Pablo usa esta expresión en Efesios cinco veces, pero no la utiliza en ninguna otra carta. No se refiere al cielo atmosférico, donde están las nubes; tampoco al cielo espacial, donde están las estrellas; ni al cielo de Dios. Es una esfera espiritual entre el cielo de Dios y la Tierra donde operan los principados, potestades y huestes de maldad (Ef. 3:10, 6:12), pero Cristo y su Iglesia reinan triunfantes (Ef. 1:20, 2:6). Allí nos ha bendecido Dios Padre con toda bendición espiritual en Cristo. 

Pero fíjense que hemos sido bendecidos en Cristo. Es decir, la bendición viene porque estamos en Cristo y solo podemos obtener esta bendición permaneciendo en Cristo. ¿Cómo permanecemos en Cristo? Ya la semana pasada lo aprendimos, el propio Señor nos los dice en Jn. 15:10: “Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.” Debemos obedecer la Palabra de Dios para permanecer en Cristo. Si estudiamos la Biblia y la obedecemos continuamente, entonces permaneceremos bendecidos con toda bendición espiritual en Cristo. Amén. 

Veamos a continuación cuáles son esas bendiciones que hemos recibido en Cristo.

II.- La bendición de la elección (4-5a)

Miren los vv. 4-5a. Acá el apóstol Pablo nos dice que Dios nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo. Pablo retrocede mentalmente hasta antes de la creación del mundo, antes del comienzo de los tiempos, en la eternidad pasada en la que sólo existía Dios en la perfección de Su Ser. Allí, Dios nos escogió en Cristo. Dios nos puso juntos, a nosotros y a Cristo, en su mente. Allí, Él determinó hacernos (a nosotros que aún no existíamos) sus hijos a través de la obra redentora de Cristo (que aún no había ocurrido). ¿Pueden ver la gracia maravillosa de Dios? ¡El Padre ya te había escogido como su hijo antes de crear todas las cosas! Antes de que tú nacieras, ya Dios te había predestinado para salvación. ¿No es esto maravilloso?

La doctrina de la elección es algo difícil de entender, sobre todo para reconciliarla con el libre albedrío o la libre elección del hombre. Alguno podría decir que eligió a Dios porque escuchó el llamado de Dios y lo aceptó. Y esto es cierto. Nosotros hemos oído el llamado de Dios y le hemos aceptado, pero esto pudo ser posible solamente porque ya Dios nos había elegido antes de la creación del mundo. Si Dios no te hubiese elegido, no le hubieses podido aceptar en tu vida.

Aunque la doctrina de la elección o de la predestinación no está completamente explicada en la Biblia y es difícil de entender, en este pasaje bíblico vemos claramente que el apóstol Pablo nos está diciendo que hemos sido predestinados por Dios. Esta ha sido un gran motivo de discusión entre los eruditos bíblicos y no existe una explicación completamente satisfactoria. Pero por este pasaje bíblico podemos saber que: 

Primero, La doctrina de la elección no es especulación humana sino revelación divina. Aunque Agustín de Hipona y Juan Calvino han sido sus mayores exponentes, y mucha gente dice que esta doctrina es calvinista, ellos no la inventaron. En este pasaje bíblico podemos leer claramente que el apóstol Pablo dice que Dios nos escogió antes de la fundación del mundo y que hemos sido predestinados para ser hijos de Dios en Cristo. A lo largo de la Biblia podemos ver esta doctrina en acción. En el Antiguo Testamento, Dios eligió a Israel entre todas las naciones de la Tierra para ser su pueblo especial, como aprendimos en Éxodo. En el Nuevo Testamento vemos que Dios está eligiendo una comunidad internacional para ser sus santos, su pueblo especial. Así que no debemos rechazar la doctrina de la elección como si fuese una fantasía extraña de los hombres, sino aceptarla humildemente (aunque no la entendamos del todo) como una verdad que Dios mismo ha revelado.

Segundo, La doctrina de la elección es un incentivo para la santidad, ni una excusa para el pecado. Los detractores de esta doctrina dicen que si hemos sido elegidos por Dios para salvación, entonces no importa lo que hagamos o cómo vivamos igual seremos salvos. Así que, según ellos, esta doctrina es una invitación a la pereza espiritual y al pecado. Es verdad que la doctrina nos da una poderosa garantía de seguridad eterna, ya que Aquel que nos eligió y nos llamó, seguramente nos sostendrá hasta el fin. Pero nuestra seguridad no puede ser utilizada para admitir y menos aún para alentar el pecado. Todo lo contrario, ¿para qué nos eligió Dios? Miren el v.4b. Dios nos escogió para que seamos santos y sin mancha delante de Él. Aquí, “sin mancha” significa “sin defecto”. Esto quiere decir que Dios nos eligió para que fuésemos santos y perfectos delante de Él. ¿Quién de ustedes es santo y perfecto delante de Dios hoy? Ninguno de nosotros puede llegar a serlo mientras esté en el cuerpo. Pero el proceso de santificación comienza aquí y ahora. Así que lejos de alentar el pecado, la doctrina de la elección lo prohíbe y nos impone la necesidad de la santidad. Porque la santidad es el propósito mismo de nuestra elección.

De hecho, nosotros creemos por fe haber sido elegidos para salvación, pero, ¿quién está 100% seguro de ser elegido? El mismo apóstol Pablo dice: “Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios.” (Flp. 3:13-15).  En resumidas cuentas, la única evidencia de la elección es una vida santa. F. F. Bruce comenta sabiamente: “Aquellos que llevan vidas santas y semejantes a Cristo demuestran mejor el amor predestinador de Dios que aquellos cuyos intentos de develar el misterio los hacen caer en interminables disquisiciones lógicas.” En otras palabras, nuestras vidas santas y semejantes a Cristo son mejor evidencia de la elección que los razonamientos entramados que se han hecho para entenderla. Así que, vivamos vidas santas y agradables a Dios, prosiguiendo a la meta, al premio del supremo llamamiento que es Cristo Jesús. 

Tercero, La doctrina de la elección es un estímulo para la humildad, no un motivo para envanecerse. Algunos piensan que creer que somos uno de los elegidos de Dios es el pensamiento más arrogante que se puede sostener. Y esto sería cierto si imagináramos que Dios nos ha elegido por algún mérito propio. Pero no hay lugar alguno para el mérito en la doctrina bíblica de la elección. Todo lo contrario. Dios nos eligió porque nos ama. La razón de la elección está en Dios (amor), y no en nosotros (mérito). El énfasis de todo este pasaje bíblico está en la gracia de Dios, el amor de Dios, la voluntad de Dios, el propósito de Dios y la elección de Dios. Porque nos eligió en Cristo, declara Pablo, “antes de la creación del mundo”, es decir antes de nuestra existencia, por lo cual no podríamos reclamar mérito alguno. De hecho Dios nos eligió cuando estabas muertos en nuestros delitos y pecados, no cuando luchábamos para ser santos. Nuestra elección se deriva de la gracia amorosa de Dios.

Por lo tanto, la verdad acerca de la elección de Dios, aunque sea en muchos aspectos un problema sin resolver, debe llevarnos a la santidad, no al pecado; y a una gratitud humilde de adoración, no al envanecimiento. Sus consecuencias prácticas siempre deben ser que vivamos, por un lado, santos y sin mancha delante de él (v. 4) y, por el otro, para alabanza de la gloria de su gloria (v. 6).

III.- La bendición de la adopción (5-9a)

Miren el v.5. ¿Para qué nos predestinó Dios? Para ser adoptados hijos suyos. La elección en la eternidad pasada es una bendición que trae como consecuencia la bendición presente que es la adopción como hijos de Dios. ¿Pueden ver cuán maravilloso es esto? Dios nos adoptó como sus hijos por medio de Jesucristo. Jesús es el Hijo natural de Dios. Él es de la misma naturaleza divina del Padre. Nosotros somos hijos adoptados. No tenemos la misma naturaleza divina, pero sí la dignidad de hijos. Seguramente Pablo pensaba en la ley romana de la adopción cuando escribió esto. Según esta ley los hijos adoptivos gozaban de los mismos derechos que los otros hijos. El Nuevo Testamento tiene mucho que decir acerca de este status de hijo, con sus abundantes privilegios y las responsabilidades que demanda. Ambos son mencionados en estos versículos. 

Primero, aparece nuestra responsabilidad. Miren el v.6a. Como hijos de Dios debemos vivir para alabanza de la gloria de su gracia. Esto está relacionado con el propósito para el cual fuimos elegidos, para ser santos y sin mancha delante de Dios. Debemos vivir como hijos de Dios, santos y perfectos, para glorificarle con nuestras vidas. Debemos vivir obedeciendo la Palabra de Dios y llevando la verdad del evangelio a otros. Esta es nuestra responsabilidad. Pero también es un gran privilegio. Así que cumplamos esto con diligencia y con este sentido de privilegio.

 Ahora hablemos de los privilegios. Miren los vv. 6b-7. Dios nos ha hecho aceptos delante de Él por Jesucristo. Antes estábamos destituidos de la gloria de Dios por causa del pecado (Ro. 6:23), pero gracias a la redención que Jesús hizo por su sangre, llegamos a ser aceptos delante de Dios. Redención significa “liberación por el pago de un precio”; se aplicaba especialmente al rescate de los esclavos. Aquí se la equipara con el perdón, porque esta liberación es un rescate del juicio justo de Dios sobre nuestros pecados, y el precio pagado fue el derramamiento de la sangre de Cristo cuando murió por nosotros en la cruz. Así que redención, perdón y adopción van juntas; redención o perdón es un privilegio presente que tenemos y disfrutamos ahora. Es lo que hace posible que seamos hijos de Dios. 

Tenemos también más privilegios. Miren los vv. 8-9a. Como hijos suyos, Dios ha hecho sobreabundar en nosotros toda sabiduría e inteligencia. Aunque antes vivíamos ignorantes de todo lo espiritual. Dios nos ha dado Su Espíritu Santo para enseñarnos todas las cosas y nos ha dado la fuente de toda sabiduría que es la Biblia. Así que toda la sabiduría de Dios está a nuestro alcance en este maravilloso libro, y el Espíritu Santo nos da la capacidad de entenderla. Esto es una gran bendición y privilegio que nos dio Dios al adoptarnos como sus hijos.

Aunque el pueblo de Israel fue escogido por Dios y se les dio el tesoro de la Palabra de Dios, ellos no comprendían completamente el plan de Dios porque no tenían el Espíritu Santo. Pero al darnos el Espíritu Santo cuando nos adoptó, Dios nos ha revelado el misterio de su Plan de Salvación Universal y ahora nosotros podemos predicar con sabiduría, gracia y amor este mensaje a otros. ¿Se dan cuenta de la gran bendición que es esto? Ustedes pueden abrir sus Biblias y escuchar la voz de Dios hablando a sus corazones a través de ella. Ustedes tienen el Espíritu Santo que les da la capacidad de entender la voluntad de Dios para ustedes y para el resto del mundo. Podemos alabar a Dios junto con Pablo en esta majestuosa alabanza porque nos ha bendecido con toda bendición espiritual en Cristo. Y todavía nos falta una bendición más.

IV.- La bendición de la unidad del reino de Dios (9b-14)

Miren los vv. 9b-10. La última bendición que se presenta en esta alabanza de Pablo es la bendición de la unidad del reino de Dios. El propósito de Dios es reunir el Cielo y la Tierra en Cristo. Este propósito de unidad ya ha comenzado. Cristo derribó el muro que separaba al mundo, y ya no hay más distinciones de sexo, raza, religión, educación, ni condición social, todos pueden pertenecer al pueblo de Dios si confiesan a Jesús como su Salvador y viven bajo su Señorío. Esta es la unidad que Dios ha empezado a hacer en la Tierra y se cumplió con el ministerio de Jesús en la Tierra. 

También ha comenzado la unión del Cielo y la Tierra, que se ha concretado en los lugares celestiales de los que hablamos antes en el v.3. Ya en los lugares celestiales Cristo y su Iglesia reinan sobre todo principado y potestad, y sobre las huestes espirituales de maldad. Esta es la manifestación actual del reino de Dios. Pero es una realidad espiritual. Sin embargo, en la dispensación de los tiempos, cuando Cristo se manifieste en gloria, el Cielo y la Tierra se unirán definitivamente en el Reino de Dios. Allí el Cielo y la Tierra serán una misma cosa y Cristo y su Iglesia reinarán sobre la nueva creación. Esto es lo que aprendimos en Ap. 21 y 22. Esta es la bendición futura que está gestándose ahora. Y nosotros seremos parte de ella.  

Miren ahora los vv. 11- 14. Después de describir las bendiciones espirituales que Dios les da a sus hijos en Cristo, Pablo añade otro párrafo para enfatizar que las bendiciones pertenecen por igual a los cristianos de origen judío como gentil. La estructura del párrafo lo muestra claramente: En Cristo… fuimos predestinados… a fin de que nosotros (los judíos) los que primeramente esperábamos en Cristo, seamos para alabanza de su gloria. En él también ustedes (los gentiles), habiendo oído la palabra de verdad… y habiendo creído, fueron sellados con el Espíritu Santo de la promesa… El apóstol pasa del pronombre nosotros (él mismo y otros judíos creyentes) a ustedes (sus lectores gentiles creyentes) y a nuestra herencia (que ambos grupos comparten por igual). Está anticipando el tema de la reconciliación de judíos y gentiles que elaborará en la segunda parte del capítulo 2.

Cuando escuchamos la buena noticia de la muerte y resurrección de Jesús por nuestros pecados y le aceptamos como nuestro Señor y Salvador, somos sellados por el Espíritu Santo como pertenecientes a Dios y somos hechos partícipes de la herencia que Dios ha preparado para sus hijos, el reino de Dios. El Espíritu Santo mismo es las arras, o el anticipo, de ese reino celestial que ahora habita en cada uno de los que somos hijos de Dios y que se manifiesta también en nuestra comunidad, la Iglesia. Cada uno de nosotros como creyentes, y la Iglesia, como la comunidad de los creyentes, somos la manifestación del reino de Dios en esta Tierra que se encuentra todavía en los lugares celestiales. Pero cuando Cristo se manifieste en gloria, será redimida nuestra herencia en el reino de Dios, es decir, podremos participar de la plenitud de la herencia que hemos recibido en el Reino de Dios y viviremos para siempre para alabanza de Su gloria. 

¿No es esto maravilloso? Yo oro para que cada uno de nosotros pueda oír y creer el evangelio de salvación y que podamos ser parte de los elegidos de Dios, adoptados como hijos suyos para vivir en la unidad del Reino de Dios. Y que luchemos para vivir santos y sin mancha en este mundo conforme al propósito para el que fuimos elegidos, viviendo para alabanza de su gloria. Amén. 

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