Filipenses 2:1-11
2:1 Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia,2:2 completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa.
2:3 Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo;
2:4 no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros.
2:5 Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús,
2:6 el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse,
2:7 sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres;
2:8 y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
2:9 Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre,
2:10 para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra;
2:11 y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.
TENGAMOS EL MISMO SENTIR DE CRISTO JESÚS
¡Feliz Año Nuevo! Por la gracia y misericordia de nuestro Dios hemos llegado con vida hasta el año 2021. El 2020 fue muy difícil para muchos. Algunos perdieron sus vidas, otros perdieron familiares, otros sus trabajos, otros su vivienda a causa de los desastres naturales, algunos se enfermaron, entre muchos otros problemas que ocurrieron. Sin embargo, esto se repite cada año. El 2020 quizás fue un poco más agudo o nos tocó más cerca a causa de la pandemia, pero esta situación se repite cada año en todas partes del mundo. Lo que ninguno de nosotros perdió, lo que no cambió ni un poco, es el amor que Dios tiene por nosotros. Aunque hayamos perdido un familiar, aunque hayamos perdido nuestro trabajo, aunque hayamos enfermado o hayamos perdido cosas materiales, el amor de Dios para nosotros no ha cambiado. Él nos sigue amando. Y una evidencia irrefutable de esto es que hemos alcanzado este 2021.
La pandemia nos ha robado muchas cosas. A nosotros, como iglesia, nos ha distanciado. Nos ha obligado a reunirnos virtualmente. Ya no podemos estar juntos en un mismo lugar. Pero nada, ni la pandemia, nos puede separar del amor de Dios. Como dice el apóstol Pablo: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Ro. 8:35-39). Somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. ¡Somos más que vencedores, hemos llegado al 2021! Y estamos hoy aquí reunidos dispuestos a adorar a Dios y a escuchar Su Palabra.
Hoy aprenderemos cómo debemos vivir como creyentes en este 2021 y todos los días de nuestras vidas. Aprenderemos la exhortación de Pablo para los hermanos en Filipos y para nosotros también: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús”. Yo oro para que en este 2021 cada uno de nosotros podamos vivir con este mismo sentir que hubo en Cristo Jesús. Y que, a pesar de la distancia física, podamos sentir lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes. Y que glorifiquemos a Dios con nuestras vidas, con el amor que nos tenemos los unos a los otros. Amén.
I.- Las bendiciones espirituales que hemos recibido (1)
Miren el v.1. Como pueden ver el v.1 comienza con la frase: “por tanto”, eso quiere decir que este pasaje bíblico se deriva del anterior. En Flp. 1:27-30, Pablo les está pidiendo a los hermanos que se mantengan unidos y firmes en contra de la oposición que hay contra el evangelio. Pero la única manera de mantener un solo frente contra la oposición externa, es que haya unidad interna. El mismo Señor Jesús dijo que: “Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no permanecerá.” (Mt. 12:25). Si los ciudadanos del reino de Dios no estamos unidos, es imposible que nuestro reino permanezca. Así que Pablo les va a pedir a los hermanos en Filipos que se mantengan unidos en este pasaje bíblico.
Pero antes de pedirles esto, Pablo les recuerda las bendiciones espirituales que como creyentes hemos recibido. Y hace este recordatorio en forma condicional para invitar a la reflexión si verdaderamente ellos han recibido estas bendiciones. Así que la construcción condicional de este versículo no tiene nada que ver con que Pablo ponga en duda que los creyentes tienen estas bendiciones, sino que es un recurso argumentativo para llamarles a la reflexión, y hacerles ver la necesidad de cumplir lo que les va a presentar en los siguientes versículos.
Veamos a continuación estas bendiciones que tenemos como creyentes. Miren nuevamente el v.1. Primero, consolación en Cristo. La palabra griega que se traduce aquí como consolación es paráklesis que significa literalmente: “llamamiento a lado de uno” (para, al lado; kaleo, llamar). Esto se refiere al llamado al arrepentimiento. Cristo nos ha llamado de nuestra vida pecaminosa y nos ha invitado a caminar con Él por el camino de la Palabra de Dios. Esto es una consolación porque ya no vamos camino al infierno, sino camino al reino de Dios en Cristo.
Segundo, consuelo de amor. Aunque en español la consolación en Cristo y el consuelo de amor pareciesen ser la misma cosa, en griego son diferentes. La palabra griega que se traduce aquí como consuelo es paramúdsion que significa literalmente: “hablar cerca a cualquiera” (para, cerca, al lado; mudsos, habla). Tiene la idea de alguien que se para al lado del otro y le habla al oído. Así que denota un consuelo afectuoso, alguien que susurra palabras de aliento al oído del otro. Esto es lo que Jesús hace cuando hemos pecado y que el apóstol Juan expresa así: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.” (1Jn. 2:1). Jesús es nuestro abogado defensor (parákletos) que nos ha llamado a su lado para ser defendidos por Él ante el Padre. Y si pecamos, Él nos susurra al oído palabras de consuelo y nos alienta a arrepentirnos y a seguir en el camino de la fe.
Tercero, comunión del Espíritu. La palabra griega que aparece aquí ya la conocemos porque la aprendimos en una de las lecturas especiales antes de nuestra convivencia, es la palabra koinonia. Se refiere a tener compañerismo. Debemos ser solidarios los unos con los otros en el Espíritu Santo. Esta comunión no viene de una decisión personal, sino del compañerismo que nos da el Espíritu Santo. No tiene que ver con lo bien que podamos conocernos, o con lo bien que podamos llevarnos por los intereses comunes, sino con el amor y el compartir de la fe que viene por el Espíritu Santo. Esto se siente cuando estamos juntos. Se puede ver el compañerismo cuando conversamos los unos con los otros, interesándonos genuinamente los unos por los otros, exhortándonos, animándonos, orando los unos por los otros. Esto es la comunión del Espíritu.
Cuarto, afecto entrañable. Es un amor profundo. La palabra griega que se usa aquí se refiere a las entrañas o lo intestinos. Se utiliza para expresar la compasión que tenemos por la situación de otros y que nos mueve a las lágrimas y a la acción amorosa. Es lo que podemos sentir cuando vemos a niño huérfano que duerme en la calle. Y es lo que deberíamos sentir los unos por los otros al vernos sufrir por nuestros pecados. Debemos tener compasión los unos por los otros y ayudarnos en amor, bien sea proveyendo para nuestras necesidades o, al menos, orando fervientemente.
Quinto, misericordia. Si no podemos conmovernos desde nuestras entrañas por lo demás, por lo menos debemos tener misericordia. Debemos simpatizar con su dolor o con su debilidad. Muchos de nosotros queremos ser justos y darle a cada persona lo que se merece. La misericordia es lo contrario a la justicia. Es tener piedad del pecador y no darle lo que se merece, sino perdonarlo y darle amor.
Esta lista de bendiciones espirituales que presenta Pablo acá no pretende ser exhaustiva, sino que él está presentando algunas de las bendiciones espirituales que los creyentes hemos recibido y que sirven como base para sentir y actuar conforme a lo que va a pedir en los versículos siguientes. Como creyentes nosotros hemos recibido el consuelo en Cristo, o el llamado al arrepentimiento que ha cambiado nuestras vidas; hemos recibido la consolación de amor, o el perdón de nuestros continuos pecados; la comunión que nos da el Espíritu Santo para interesarnos genuinamente los unos en los otros; el afecto entrañable, para que empaticemos con el dolor ajeno y amemos de los más profundo de nuestro ser; y la misericordia, para que simpaticemos con los demás en sus problemas y debilidades y perdonemos aunque no se lo merezcan. Oro para que nosotros podamos evidenciar estas bendiciones espirituales en nuestra iglesia y que podamos construir una comunidad de amor. Amén.
II.- Un mismo sentir, el que hubo en Cristo Jesús (2-11)
Miren el v.2. Si los creyentes tenemos estas bendiciones espirituales, entonces podemos llenar de gozo el corazón de nuestros pastores, sintiendo una misma cosa, teniendo el mismo amor, estando unánimes. Esto es lo que Pablo les está pidiendo a los creyentes en Filipos, que completen su gozo sintiendo lo mismo, manteniendo la unidad. La iglesia debe ser un grupo de creyentes unánimes que sienten lo mismo. Pues aunque tenemos diferentes orígenes, diferentes niveles de educación, diferentes intereses, diferentes personalidades; tenemos un solo Dios y Padre, un solo Salvador, Jesucristo, y un solo Espíritu Santo. Y tenemos en común también que hemos sido perdonados de nuestros pecados y que todos somos hijos del mismo Padre Celestial. Por lo tanto, somos una familia.
La mayoría de nosotros sabemos lo que es una familia. Casi todos tenemos hermanos. Puede que nuestros hermanos de sangre tengan personalidades muy diferentes a las nuestras, intereses diferentes, pero igual los amamos. Cuando éramos más jóvenes, yo golpeaba a mi hermano por ponerse mi ropa, no quería prestarle mis camisas. Pero, si él se hubiese enfermado y hubiese necesitado un riñón, sin dudarlo se lo hubiese dado. Puede que tengamos diferencias con nuestros hermanos en Cristo porque tenemos diferentes personalidades, pero debemos amarnos así, al punto de que no dudemos en darle lo que necesite aunque implique sacrificarnos.
Pero esto no viene de nuestros sentimientos, sino de la comunión que tenemos en el Espíritu. Si no dejamos que el Espíritu Santo actúe en nuestras vidas, nos transforme y nos dé de su comunión, entonces será imposible estar unánimes. Hch. 4:32 dice: “Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común.” Esta es la comunión que viene por el Espíritu Santo. Esto es lo que pasa cuando dejamos que sea el Espíritu de Dios el que gobierne nuestras vidas y el que nos ayude a tomar nuestras decisiones. De lo contrario pasará lo que Pablo describe en los versículos siguientes.
Miren los vv. 3-4. Por nuestro ser pecaminoso tendemos a ser egoístas. Queremos que todo sea para nuestro beneficio. Pensamos que debemos ir a una iglesia que nos beneficie. Debemos andar con la gente que nos beneficie. Solo queremos hacer las cosas que nos traigan algún beneficio. Nadie quiere perder sus beneficios. Pero eso es exactamente lo que Pablo dice aquí que no debemos hacer. La BLPH traduce el v.3 así: “No hagan nada por egoísmo o vanagloria; al contrario, sean humildes y consideren que los demás son mejores que ustedes.” No debemos hacer nada por egoísmo, para nuestro propio beneficio solamente, aunque perjudique a otro. Fíjense que no estoy diciendo que debemos estar en una iglesia que nos perjudique o con gente que quiera perjudicarnos, sino que no debemos procurar nuestro propio beneficio en perjuicio de los demás. Al contrario, debemos ser humildes y procurar el beneficio de los demás antes que el nuestro.
En Venezuela hay un dicho popular: “Al que parte y comparte, le toca la mejor parte”. Esto quiere decir que el que sirve tiende a guardar la mejor parte para sí mismo. Pero esto nunca debe pasar en la iglesia. Nosotros debemos procurar el beneficio de los demás antes que el propio. Debemos servir lo mejor a otros, aunque eso implique que para nosotros quede lo peor. Si yo tengo sed y voy a buscar un vaso de agua, debería preguntar si alguien más tiene sed, y si alguien quiere agua, debo servirles primero a los otros y después me sirvo yo. Esto es la verdadera humildad y estimar a los otros como superiores a mí mismo.
Pero eso no es lo que sucede. Yo busco primero mi propio beneficio y después el del otro y por eso vienen las contiendas. Eso pasó aún en la iglesia primitiva que tenían todas las cosas en común. En Hch. 6 podemos ver que los judíos griegos, es decir, los que no habitaban originalmente en Israel sino en el extranjero, comenzaron a quejarse de que sus viudas eran desatendidas, o, dicho de otra forma, las viudas de los judíos israelitas eran mejor atendidas. Quizás venía por un complejo de inferioridad de los griegos, quizás en verdad se les daba prioridad a las viudas de los judíos israelitas, como sea, el problema es que cada quien estaba pendiente de lo suyo. Y por eso venían las contiendas.
Tampoco debemos hacer nada por vanagloria. Esto quiere decir que no se debe buscar llamar la atención. Puede que haya alguien que quiere ser un excelente pastor, dar muchos estudios bíblicos o predicar excelentes mensajes para ser visto y honrado por los hombres y no para dar gloria a Dios. Eso está mal. Yo era así. Por mi pecado de deseo de amor humano, yo hacía las cosas para que la gente me viese y admirase. Yo quería ser el mejor para que todos me reconocieran y admirasen. Pero Dios me ha entrenado mucho a lo largo de los años para que me arrepienta de mi vanagloria y para que le glorifique a Él. Así que ahora procuro glorificar a Dios con todo lo que hago, y es mi oración que Dios sea siempre glorificado a través de mi vida y del ministerio de UBF Panamá.
¿Cómo podemos tener una iglesia que glorifique a Dios y en la que estemos unánimes? Miren el v.5. Ya en el v.2 el apóstol Pablo había dicho que debemos tener un mismo sentir. Pero, ¿cuál es ese sentir? El mismo que hubo en Cristo Jesús. En este pasaje bíblico la palabra sentir no tiene que ver con sentimientos como pareciera sugerir, sino que en realidad tiene que ver con la forma de pensar. Todos debemos tener la misma forma de pensar de Cristo Jesús para poder estar unánimes. Quizás alguno de ustedes puede pensar que todos en la iglesia no podemos tener la misma opinión acerca de todas las cosas, pero en realidad deberíamos tenerla en los aspectos más relevantes de la vida, pues todos nosotros deberíamos pensar y opinar conforme a lo que la Biblia nos dice.
Entonces los creyentes debemos tener la misma forma de pensar que hubo en Cristo Jesús. ¿Cuál es esa forma de pensar? Miren los vv. 6-8. Jesús es Dios. Él estaba en el Cielo junto con el Padre y con el Espíritu Santo, reinando sobre el Universo. A Él no le afectaba para nada lo que el hombre decidiese hacer con su vida. Él creó a Adán y a Eva y los puso en el Edén y les dio su mandamiento. Ellos quebraron el mandamiento y fueron castigados conforme a la advertencia que se les había dado. Dios no necesitaba hacer más nada. Y sin embargo lo hizo. Aunque no tenía necesidad de despojarse de su divinidad, Él se despojó a Sí mismo tomando forma de hombre.
¡Imaginen esa humillación! El Dios Omnipotente, Omnisciente, Infinito, se despojó de todo su poder, de todo su conocimiento y se hizo finito metiéndose en el cuerpo de un pequeño bebé. El Dios que no tenía necesidad de nada ni de nadie, se convirtió en un bebé dependiente de sus padres para su alimento y protección. Y creció como un niño, un joven y un adulto con necesidades. Que padecía hambre, que tenía sed, que se cansaba, que le daba sueño, que sufría dolor. ¿Cuándo en toda la eternidad Dios había estado cansado? ¿Cuándo había tenido hambre, sed o había padecido dolor? ¡Nunca! Imagínense que ustedes decidan convertirse en gusanos y que pierdan la capacidad de hablar, de pensar, de sentir, y solamente anden por allí arrastrándose en la Tierra. Esto es más o menos equivalente a lo que Jesús hizo. Él se convirtió en hombre, limitándose totalmente. ¿Qué necesidad tenía Él de pasar por todo eso? ¡Ninguna! Pero lo hizo por amor a nosotros.
Y no solamente se convirtió en hombre, sino que tomó forma de siervo. Dios pudo haber venido a este mundo como alguien de la realeza. Así podía minimizar sus necesidades, sufrimientos y padecimientos. Pero no, Él decidió nacer como el más humilde de los hombres en un pesebre y crecer en el seno de una humilde familia de carpinteros de Nazaret. Y además de eso, decidió vivir su ministerio público como un predicador itinerante que no tenía dónde recostar su cabeza (Mt. 8:20) y que dependía de la generosidad de las mujeres que le servían con sus bienes (Lc. 8:3). Y que, cuando fue necesario, hizo el trabajo más vil, que nadie quería hacer, lavando los pies de sus discípulos (Jn. 13:14).
Pero lavar los pies de sus discípulos no fue lo más humillante que hizo, sino morir en la cruz como uno de los peores criminales. Aunque era inocente, Jesús padeció mucho de mano de los judíos y de los romanos, recibiendo golpes, humillación y azotes, y experimentando la peor de las muertes que ha existido en la historia: la crucifixión. ¡Imagínense! Dios fue abofeteado, escupido, golpeado, desnudado y clavado en una cruz por sus propias criaturas. ¡Qué humillación más grande! Teniendo todo el poder del Universo para destruir a los que les hicieron esas cosas, no lo hizo, sino que se humilló por amor nosotros.
¿Y nosotros? No queremos humillarnos para perdonar a nuestros padres que nos han herido. No queremos humillarnos para perdonar al hermano que nos ha fallado. No queremos humillarnos para perdonar a nuestro esposo o esposa. Porque tenemos dignidad, porque hay un orgullo que no podemos doblegar. Pero Jesús renunció a su dignidad divina por amor. De hecho, murió indignamente por amor a nosotros. ¿Y quién había fallado? ¿Dios? ¡No! Nosotros habíamos fallado y Él se humilló al máximo para pagar por nuestro error. ¿No podemos nosotros humillarnos un poquito y perdonar a nuestro hermano? ¿No podemos tener en nosotros este mismo sentir que hubo en Cristo Jesús?
Dios nos ha dado las bendiciones espirituales de la consolación en Cristo, del consuelo de amor, de la comunión del Espíritu, del afecto entrañable y la misericordia. Usemos estas bendiciones para tener la misma forma de pensar de Cristo Jesús y mantenernos unánimes en la iglesia. Aunque el hermano nos falle, aunque el pastor nos decepcione, tengamos el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús y humillémonos a nosotros mismos, estimando a los demás como superiores a nosotros mismos. Y entonces, estaremos unánimes, gozosos, teniendo el mismo amor y sintiendo una misma cosa. Yo oro para que en este inicio del 2021 podamos tener este mismo sentir, esta misma forma de pensar, que hubo en Cristo Jesús y que podamos construir una verdadera comunidad de amor que expende el evangelio hasta que Panamá se convierta en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Amén.
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