Apocalipsis 21:1 - 22:21

21:1 Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más.
21:2 Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido.
21:3 Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios.
21:4 Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.
21:5 Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas.
21:6 Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida.
21:7 El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo.
21:8 Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.
21:9 Vino entonces a mí uno de los siete ángeles que tenían las siete copas llenas de las siete plagas postreras, y habló conmigo, diciendo: Ven acá, yo te mostraré la desposada, la esposa del Cordero.
21:10 Y me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la gran ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios,
21:11 teniendo la gloria de Dios. Y su fulgor era semejante al de una piedra preciosísima, como piedra de jaspe, diáfana como el cristal.
21:12 Tenía un muro grande y alto con doce puertas; y en las puertas, doce ángeles, y nombres inscritos, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel;
21:13 al oriente tres puertas; al norte tres puertas; al sur tres puertas; al occidente tres puertas.
21:14 Y el muro de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero.
21:15 El que hablaba conmigo tenía una caña de medir, de oro, para medir la ciudad, sus puertas y su muro.
21:16 La ciudad se halla establecida en cuadro, y su longitud es igual a su anchura; y él midió la ciudad con la caña, doce mil estadios; la longitud, la altura y la anchura de ella son iguales.
21:17 Y midió su muro, ciento cuarenta y cuatro codos, de medida de hombre, la cual es de ángel.
21:18 El material de su muro era de jaspe; pero la ciudad era de oro puro, semejante al vidrio limpio;
21:19 y los cimientos del muro de la ciudad estaban adornados con toda piedra preciosa. El primer cimiento era jaspe; el segundo, zafiro; el tercero, ágata; el cuarto, esmeralda;
21:20 el quinto, ónice; el sexto, cornalina; el séptimo, crisólito; el octavo, berilo; el noveno, topacio; el décimo, crisopraso; el undécimo, jacinto; el duodécimo, amatista.
21:21 Las doce puertas eran doce perlas; cada una de las puertas era una perla. Y la calle de la ciudad era de oro puro, transparente como vidrio.
21:22 Y no vi en ella templo; porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero.
21:23 La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera.
21:24 Y las naciones que hubieren sido salvas andarán a la luz de ella; y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella.
21:25 Sus puertas nunca serán cerradas de día, pues allí no habrá noche.
21:26 Y llevarán la gloria y la honra de las naciones a ella.
21:27 No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero.
22:1 Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero.
22:2 En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones.
22:3 Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán,
22:4 y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes.
22:5 No habrá allí más noche; y no tienen necesidad de luz de lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el Señor los iluminará; y reinarán por los siglos de los siglos.
22:6 Y me dijo: Estas palabras son fieles y verdaderas. Y el Señor, el Dios de los espíritus de los profetas, ha enviado su ángel, para mostrar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto.
22:7 ¡He aquí, vengo pronto! Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro.
22:8 Yo Juan soy el que oyó y vio estas cosas. Y después que las hube oído y visto, me postré para adorar a los pies del ángel que me mostraba estas cosas.
22:9 Pero él me dijo: Mira, no lo hagas; porque yo soy consiervo tuyo, de tus hermanos los profetas, y de los que guardan las palabras de este libro. Adora a Dios.
22:10 Y me dijo: No selles las palabras de la profecía de este libro, porque el tiempo está cerca.
22:11 El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía.
22:12 He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra.
22:13 Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último.
22:14 Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener derecho al árbol de la vida, y para entrar por las puertas en la ciudad.
22:15 Mas los perros estarán fuera, y los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras, y todo aquel que ama y hace mentira.
22:16 Yo Jesús he enviado mi ángel para daros testimonio de estas cosas en las iglesias. Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana.
22:17 Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.
22:18 Yo testifico a todo aquel que oye las palabras de la profecía de este libro: Si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro.
22:19 Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad y de las cosas que están escritas en este libro.
22:20 El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor Jesús.
22:21 La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros. Amén.

VEN, SEÑOR JESÚS


Buenos días. Lamentablemente hoy finaliza nuestra primera convivencia en línea en Panamá. Ha sido una experiencia diferente. Pero, espero que la próxima la podamos hacer presencial para realmente convivir. No obstante, esta modalidad nos ha dado la oportunidad de tener con nosotros a personas que están en otros países y que difícilmente podrían habernos acompañado en una convivencia presencial. Le doy gracias a Dios por cada uno de ustedes que ha participado y oro para que haya crecido en nosotros el deseo por el reino de Dios. Y que cada día oremos de todo nuestro corazón: “Venga Tu Reino”. “Ven Señor Jesús”. Amén. 

En esta convivencia hemos aprendido cómo Dios nos creó con el propósito de que habitásemos con Él en su reino original que era el Edén. Pero en el primer Pan Diario vimos cómo perdimos ese reino a causa del pecado, por desobedecer a Dios. Hemos aprendido que cada uno de nosotros ha heredado la naturaleza pecaminosa de Adán que hace que desobedezcamos la Palabra y la voluntad de Dios cada día. Pero también vimos que la humanidad fue expulsada del Edén con la esperanza de regresar: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.” (Gén. 3:15). Jesús vino como la simiente de la mujer y aplastó la cabeza de Satanás, la serpiente antigua, quitándole el control de la muerte, al morir por nuestros pecados en la cruz y resucitar al tercer día. De ese modo, Jesús se constituyó en el Rey del Reino de Dios y nos ha dado entrada al reino de Dios.

Ahora estamos experimentado el reino de Dios parcialmente cumplido en nuestros corazones y en la iglesia. Pero hoy aprenderemos el capítulo final de la historia, cuando Jesús venga e instaure completamente el Reino de Dios en la Tierra, sentándose en Su trono en la Nueva Jerusalén. Mi oración es que cada uno de nosotros acepte a Jesús como su Señor, como su Rey y Salvador, y que podamos experimentar ahora el reino de Dios en su Iglesia; trabajemos para expandirlo en el mundo; y aguardemos con paciencia la venida de Jesucristo, orando cada día: “Amén; sí, ven, Señor Jesús.”

I.- Cielo nuevo y tierra nueva  (21:1 – 22:5) 

Miren el v1. Un domingo mientras el apóstol Juan estaba en su exilio en la isla de Patmos, tuvo una visión de Dios acerca de lo que acontecería en los últimos tiempos. Él fue llevado por el Señor en el espíritu y le fue revelado todo lo que ocurriría al final de los tiempos. Y así escribió este enigmático libro de Apocalipsis, cuyo título es una palabra griega que significa “Revelación” en español. Así que en este libro está la revelación de todo lo que ocurrirá en los últimos, o que está ocurriendo en los últimos tiempos, dependiendo del paradigma con que se interprete el libro. Hay mucha polémica acerca de cómo entender e interpretar este libro, sin embargo hoy no quiero hablarles de nada de eso. Quiero que veamos cómo será el estado final de las cosas cuando Jesús venga a instaurar plenamente el reino de Dios en la Tierra.

En el v.1 leímos que habrá un cielo nuevo y una tierra nueva. Algunos entienden aquí que todo el Universo, contaminado por el pecado, será destruido y Jehová hará uno completamente nuevo que no ha sido manchado con el pecado. Otros entienden que Jehová restaurará la actual creación a su gloria original, y que todo el sistema de la tierra será reemplazado y el gobierno celestial será instaurado. Cualquiera que sea la interpretación, lo cierto es que la Tierra ya no será igual a lo que conocemos ahora. No se verán más las consecuencias del pecado ni habrá más recuerdo de él. La Tierra será como el Cielo.

Por la descripción que se nos da aquí en los caps. 21-22, podemos imaginar toda la Tierra como un gran Edén. Imaginen el lugar más hermoso que se les pueda ocurrir. 
Un gran campo verde con un río cristalino en medio. Árboles y flores de todos los colores adornando y perfumando el lugar. Les aseguro que no habrá mosquitos ni moscas, o por lo menos no serán tan fastidiosos como lo son ahora. Una hermosa cascada reflejando la luz del sol y varios arcoíris ante nuestros ojos. ¿Lo pueden imaginar? Bueno… el nuevo cielo y la nueva tierra serán mil veces mejor que cualquier cosa que puedan imaginar: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman.”(1Co. 2:9).

Les he hablado acerca de un campo como en Edén, pero acá también se nos describe una ciudad. Miren el v.2. La nueva Jerusalén aparece aquí como una ciudad que desciende del cielo. Algunos piensan que ésta será la ciudad capital del Reino de Dios, pero que habrá otras ciudades en la Tierra. Otros interpretan que no será una ciudad literal, sino la congregación de los santos que han alcanzado el reino de Dios, y que descenderán del cielo a reinar junto con Jesús sobre la nueva Tierra. A esta nueva Jerusalén se le compara con “una esposa ataviada para su marido”. Y esta figura apoya a los que piensan que será la Iglesia, la congregación de los salvos, que descenderá del cielo, pues a la Iglesia se le menciona como la esposa de Jesús a lo largo del Nuevo Testamento (Ef. 5:24-27; 2Co. 11:2). 

La Nueva Jerusalén es descrita con más detalle en los vv. 21:9-27. Brilla con la gloria de Dios con un fulgor semejante al de una piedra preciosísima. Tiene un muro grande y alto con doce puertas; y en las puertas, doce ángeles, y nombres inscritos, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel. Es un cubo perfecto, midiendo doce mil estadios de largo, ancho y alto; esto es unos 2,240 km cúbicos o más de 3.2 millones de km cuadrados. Si fuese una ciudad literal, habría espacio más que suficiente para todos los santos glorificados. 

Sin embargo, recuerden que hay algunos eruditos bíblicos que opinan que no es una ciudad literal, sino una descripción metafórica de la iglesia. Su fulgor significa que la congregación de los santos ahora sí refleja perfectamente la gloria de Dios. Su muro representa la protección divina alrededor de ellos. Las puertas hacen a la congregación accesible permitiendo que los santos gloriosos vayan y vengan con libertad. Y las medidas son números altamente simbólicos. El número doce es el que más resalta en el Apocalipsis siendo mencionado veintitrés veces en la versión Reina Valera, diez veces acá en los caps. 21-22. El número doce indica al pueblo de Dios y la perfección del gobierno de Dios. En la Nueva Jerusalén existen 12 puertas, 12 fundamentos con los nombres de los 12 apóstoles, 12 piedras preciosas, y 12 perlas. El muro de la ciudad tiene 144 codos que son 12 multiplicado por 12. Y el cubo mide doce mil estadios de lado, doce multiplicado por mil. Estas medidas revelan que este nuevo hogar será perfecto para nosotros.

El v. 21:22 dice que no habrá templo en la Nueva Jerusalén, porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero. Y eso es precisamente lo que nos quiere decir Juan en el v.3. Miren el v.3. No hay necesidad de templo porque no habrá necesidad de ir a un lugar a adorar a Dios, pues Él habitará con los santos en la Nueva Jerusalén. Así como se paseaba por el jardín del Edén y hablaba con Adán y Eva, el Señor se paseará por la Nueva Jerusalén y nos saludará y conversará con nosotros. ¡Imagínense! ¡Dios morará con nosotros; y nosotros seremos su pueblo! ¿Cuántos de ustedes quieren ver a Dios cara a cara? ¡Pues allí lo haremos! 

Pero, hay más. Miren el v.4. Se secará toda lágrima de nuestros ojos. Ya no habrá más llanto, ni dolor, ni clamor. Ya no habrá más muerte, ni enfermedades, ni coronavirus, ni cáncer. ¡No habrá ninguna razón para llorar! ¡Dios nos librará definitivamente de las consecuencias del pecado! ¡Viviremos felices para siempre en la presencia de Dios!

Alguno de ustedes puede pensar: “Esto parece muy bueno para ser verdad. ¿Cómo puedo confiar que esto pasará realmente?” Miren los vv. 5-6a. Dios mismo le dijo al apóstol Juan: “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas.” Y “Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas.” El Alfa y la Omega, el principio y el fin. El mismo que nos creó en el principio. El que prometió que enviaría a la simiente de la mujer para regresarnos al reino que habíamos perdido por el pecado. El que vino a morir por nuestros pecados en la cruz. Le dijo al apóstol Juan que estas palabras son fieles y verdaderas. No podemos tener mayor certeza que esta. Jesús vendrá de nuevo e instaurará el reino de Dios plenamente en la Tierra. Y la Nueva Jerusalén descenderá del Cielo hermosamente adornada para que habitemos junto a Dios en ella. Amén. ¡Gloria a Dios!

Pero, ¿quiénes son los que habitarán en ella? Miren los vv.6b-8. Todo el que tuviere sed espiritual y se acercare a Jesús, recibirá gratuitamente del agua de la vida. Con su sacrificio en la cruz Jesús ya pagó el precio y nos invita a venir y beber gratuitamente de la vida eterna en Él. Así como aprendimos esta mañana en el Pan Diario, el pueblo judío no fue digno de la invitación que el Rey le había hecho, así que Él envió a sus siervos por los caminos a invitarnos a nosotros a entrar en el reino de Dios por medio de aceptar el sacrificio redentor que Jesús hizo en la cruz por nosotros. Si aceptas a Jesús como tu Señor y Salvador, como el Rey de tu vida, vencerás el poder del pecado y de la muerte y heredarás todas las cosas. Jehová será tu Dios y tú serás su hijo. ¿Quieres ser hijo de Dios? ¡Acepta a Jesús como tu Señor y Salvador!

Pero los que quieran seguir viviendo en sus pecados y no acepten la soberanía de Jesús sobre sus vidas; los cobardes e incrédulos que no acepten el evangelio; los abominables, o depravados; los homicidas; los fornicarios, que mantienen relaciones sexuales fuera del matrimonio; los hechiceros, brujos o santeros; los idólatras, o los que adoran a cualquier otra cosa fuera de Jehová; y todos los mentirosos; se quedarán fuera del reino de Dios y estarán para siempre separados de Dios como es su deseo ahora. ¡Dios nos libre de entrar en este grupo de personas! Y si alguno está practicando esto ahora, tiene tiempo de arrepentirse todavía, aceptar la soberanía de Jesús sobre su vida y ser parte de los santos que entraran en el reino de Dios. Aprovechen que todavía hay tiempo hoy, pero no sabemos si mañana. 

Miren ahora los vv. 22:1-5. El agua de vida de Jesús, el Cordero, saldrá de su trono y correrá por el medio de la ciudad. Estará disponible para todos los santos. Estará también allí en medio de la ciudad, el árbol de la vida que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol serán para la sanidad de las naciones. Todo esto describe la plenitud de vida y la bendición eterna que experimentarán los santos gloriosos en el reino de Dios. Ya no habrá más maldición. Toda consecuencia del pecado ha quedado totalmente erradicada. Habitaremos allí en comunión y gozo con Dios y los unos con los otros, conociéndonos bien los unos a los otros. Y no habrá noche, ni necesidad alguna de descansar. La Nueva Jerusalén estará iluminada continuamente por Dios y reinaremos con Él por los siglos de los siglos. Amén. ¡Aleluya! 

II.- Jesús viene pronto (22:6-21)

Miren los vv. 6-7. Nuevamente parece que todo esto que nos describe es muy bueno para ser verdad, pero el apóstol Juan nos asegura de nuevo que estas palabras son fieles y verdaderas. Y Jehová envió un ángel al apóstol Juan para mostrarle todas estas cosas que han de suceder pronto. Y el Señor le aseveró a Juan: “¡He aquí, vengo pronto!” Alguno de ustedes podría pensar: “pero, ¿pronto cuándo? Ya han pasado casi dos mil años de esta profecía y todavía no se ha cumplido”. Pero es que el tiempo de Dios no es el mismo que el de nosotros. Para nosotros dos mil años es una eternidad porque sólo estamos en esta tierra, cuando mucho, cien años. “Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.” (2P. 3:8-9). 

Imaginen que Jesús hubiese venido hace cien años y hubiese instaurado el reino. Ninguno de nosotros hubiese podido entrar. Ahora imaginen que hubiese venido hace diez años; creo que yo sí hubiese entrado, pero muchos de ustedes no lo habrían alcanzado. El Señor ha sido misericordioso para con ustedes y por eso no ha venido todavía a instaurar definitivamente el reino. Él está esperando que ustedes se decidan a aceptarle en su corazón. Pero, ¡mucho cuidado! Él viene pronto y si ustedes no toman su decisión, él podría aparecer hoy y no alcanzarían este reino maravilloso que Él quiere regalarles. ¿No quieren ustedes entrar en el reino de Dios? ¡¿Qué esperan?! ¡Acepten a Jesús como su Señor y Salvador, como su Rey, hoy mismo!   

Miren nuevamente el v. 22:7. ¿Qué tenemos que hacer mientras esperamos la venida de Jesús? Debemos guardar u obedecer la Palabra de Dios. Debemos estudiar la Biblia y obedecerla cuidadosamente instaurando el reino de Dios en nuestros corazones y expandiéndolo para que otros puedan entrar también. En el v.10 el ángel le dice a Juan que no selle las palabras de este libro, es decir, que no las oculte, sino que las deje reveladas para que todos puedan estudiarlas y entenderlas. Esto es porque está cerca el cumplimiento de todas estas cosas y debemos estar preparados.

La venida de Jesús está tan cerca y el mundo está en un caos tal que el ángel le dice a Juan en el v. 22:11: “El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía.” Si quieren, todos pueden continuar en lo que están haciendo, pero Cristo viene pronto y no les dará tiempo de cambiar si no toman su decisión hoy. Los que somos santos, santifiquémonos todavía; pero los que no, busquen a Jesús porque el tiempo se está acabando.  

Miren los vv. 22:12-13. Nuevamente dice Jesús que viene pronto y dará a cada uno lo que corresponde según sus obras. Si hemos creído en Jesús como nuestro Señor y Salvador, y vivimos obedeciendo la Palabra de Dios, recibiremos la entrada al reino celestial. Si no aceptamos a Jesús, vamos a recibir el castigo eterno del que les hablé antes. Jesús es el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último. Él estuvo antes de la creación y estará allí cuando este mundo termine. Él es fiel y cumplirá lo que ha prometido. Así que creamos y esperemos en sus palabras y promesas porque se cumplirán. 

Miren ahora el v. 22:14. Allí se nos exhorta a lavar nuestras ropas. Esto quiere decir, limpiarnos de nuestros pecados en la sangre de Jesús y en la Palabra por medio del arrepentimiento. En el Pan Diario de esta mañana vimos que si no estábamos vestidos apropiadamente no podríamos entrar en la fiesta de bodas. Así que laven sus vestidos. Primeramente, en la sangre de Jesús por medio de aceptar su sacrificio en la cruz; y después, arrepintiéndose constantemente en la Palabra de Dios.

Miren el v. 22:17. El ruego del Espíritu Santo y de la Iglesia, la Esposa del Cordero, es: “Ven”. Y todo el que escucha estas palabras también debe rogar juntamente con ellos: “Ven”. ¿Cuál es el título de nuestra convivencia? “Venga Tu Reino”. ¿Cuál es el título de este mensaje? “Ven, Señor Jesús”. Ese debe ser nuestro ruego constante. ¿No anhelan vivir en este reino glorioso de Dios? ¿No quieren dejar de sufrir por su ser pecaminoso y las consecuencias de sus pecados? Entonces roguemos, clamemos: “Ven, Señor Jesús”. “Venga Tu Reino”.

Miren el v.22:20. Para concluir podemos ver nuevamente a Jesús diciendo: “Ciertamente vengo en breve”. Ya no dice pronto, sino en breve. O sea, más expeditamente. La BLPH traduce: “estoy a punto de llegar.” Es como el esposo que llama a la esposa y le dice que está a punto de llegar a la casa. Ella espera que en cualquier momento se abra la puerta y entre su amado para recibirlo. Así me recibe mi esposa todos los días cuando regreso de la oficina. Jesús está a punto de llegar. En cualquier momento una nube nos sorprende y se aparece nuestro Amado por nosotros y subiremos y le recibiremos en las nubes.

Ante esta afirmación del Esposo: “Ciertamente vengo en breve”, ¿cómo responde la Esposa, la Iglesia? “Amén; sí, ven, Señor Jesús.” Vamos a decirlo todos juntos: “Amén; sí, ven, Señor Jesús.” Ahora grítelo con todas sus fuerzas: “Amén; sí, ven, Señor Jesús.”

Jesús es el Rey de mi vida. Mi deseo es hacer su voluntad cada día. Y estamos haciendo lo posible para vivir el reino de Dios aquí y expandirlo en Panamá y en todo el mundo. Mi mayor anhelo es la venida de Jesús para poder vivir la plenitud del reino de Dios. Aunque me gustaría ver a mis hijas crecer y formar sus familias. Aunque deseo verlos a ustedes crecer y ser buenos pastores. Mi mayor deseo y esperanza es ver a Jesús cara a cara en la Nueva Jerusalén. Por eso mi oración cada día es: “Venga Tu Reino” y “Ven, Señor Jesús”. Pero mientras eso sucede, seguiré luchando para hacer la voluntad de Dios aquí en la Tierra y para que el reino de Dios sea expandido, instaurado en los corazones de los panameños. Yo oro para que Dios use nuestro ministerio para expandir su reino acá y que Panamá se pueda convertir en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Amén.

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