Juan 18:33 - 19:30

18:33 Entonces Pilato volvió a entrar en el pretorio, y llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos?
18:34 Jesús le respondió: ¿Dices tú esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?
18:35 Pilato le respondió: ¿Soy yo acaso judío? Tu nación, y los principales sacerdotes, te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?
18:36 Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí.
18:37 Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz.
18:38 Le dijo Pilato: ¿Qué es la verdad? Y cuando hubo dicho esto, salió otra vez a los judíos, y les dijo: Yo no hallo en él ningún delito.
18:39 Pero vosotros tenéis la costumbre de que os suelte uno en la pascua. ¿Queréis, pues, que os suelte al Rey de los judíos?
18:40 Entonces todos dieron voces de nuevo, diciendo: No a éste, sino a Barrabás. Y Barrabás era ladrón.
19:1 Así que, entonces tomó Pilato a Jesús, y le azotó.
19:2 Y los soldados entretejieron una corona de espinas, y la pusieron sobre su cabeza, y le vistieron con un manto de púrpura;
19:3 y le decían: ¡Salve, Rey de los judíos! y le daban de bofetadas.
19:4 Entonces Pilato salió otra vez, y les dijo: Mirad, os lo traigo fuera, para que entendáis que ningún delito hallo en él.
19:5 Y salió Jesús, llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo: ¡He aquí el hombre!
19:6 Cuando le vieron los principales sacerdotes y los alguaciles, dieron voces, diciendo: ¡Crucifícale! ¡Crucifícale! Pilato les dijo: Tomadle vosotros, y crucificadle; porque yo no hallo delito en él.
19:7 Los judíos le respondieron: Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios.
19:8 Cuando Pilato oyó decir esto, tuvo más miedo.
19:9 Y entró otra vez en el pretorio, y dijo a Jesús: ¿De dónde eres tú? Mas Jesús no le dio respuesta.
19:10 Entonces le dijo Pilato: ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte?
19:11 Respondió Jesús: Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba; por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene.
19:12 Desde entonces procuraba Pilato soltarle; pero los judíos daban voces, diciendo: Si a éste sueltas, no eres amigo de César; todo el que se hace rey, a César se opone.
19:13 Entonces Pilato, oyendo esto, llevó fuera a Jesús, y se sentó en el tribunal en el lugar llamado el Enlosado, y en hebreo Gabata.
19:14 Era la preparación de la pascua, y como la hora sexta. Entonces dijo a los judíos: ¡He aquí vuestro Rey!
19:15 Pero ellos gritaron: ¡Fuera, fuera, crucifícale! Pilato les dijo: ¿A vuestro Rey he de crucificar? Respondieron los principales sacerdotes: No tenemos más rey que César.
19:16 Así que entonces lo entregó a ellos para que fuese crucificado. Tomaron, pues, a Jesús, y le llevaron.
19:17 Y él, cargando su cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, y en hebreo, Gólgota;
19:18 y allí le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio.
19:19 Escribió también Pilato un título, que puso sobre la cruz, el cual decía: JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS.
19:20 Y muchos de los judíos leyeron este título; porque el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad, y el título estaba escrito en hebreo, en griego y en latín.
19:21 Dijeron a Pilato los principales sacerdotes de los judíos: No escribas: Rey de los judíos; sino, que él dijo: Soy Rey de los judíos.
19:22 Respondió Pilato: Lo que he escrito, he escrito.
19:23 Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo.
19:24 Entonces dijeron entre sí: No la partamos, sino echemos suertes sobre ella, a ver de quién será. Esto fue para que se cumpliese la Escritura, que dice: Repartieron entre sí mis vestidos, Y sobre mi ropa echaron suertes. Y así lo hicieron los soldados.
19:25 Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena.
19:26 Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo.
19:27 Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.
19:28 Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed.
19:29 Y estaba allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca.
19:30 Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu.

JESÚS, EL REY CRUCIFICADO (D. Darío, UBF Panamá)


Buenos días. A través de esta convivencia hemos aprendido como en un inicio, el hombre y la mujer fueron creados a imagen y semejanza de Dios. Él los creó puros y sin pecado, y habitaban en su reino, con todas las bondades y abundancias de su creación para ellos. Sin embargo, desobedecieron su mandamiento, pecando contra Él, y como consecuencia perdieron su ciudadanía en el reino celestial.

El pecado, es todo aquello que va en contra de la voluntad de Dios, y desde entonces, todos hemos sido destituidos de la patria celestial por cuanto todos somos pecadores. Sin embargo, Dios también tenía un plan, para redimirnos de la condena del pecado y restituirnos nuevamente como ciudadanos de su reino.

Le pido a Dios que, a través de este mensaje, podamos conocer el poder del sacrificio del verdadero y legitimo rey, Jesucristo, por cuya sangre somos limpiados de todos nuestros pecados. Que podamos aceptar su soberanía y obedecer sus estatutos, consagrándonos para llegar a ser ciudadanos de su reino, en el nombre poderoso de Jesús, Amén.

I.- Un rey de otro mundo (18:33-40)

Miren los vv. 33-36. Jesús había sido arrestado por los líderes religiosos judíos, interrogado y condenado de blasfemia durante la noche. El castigo de este delito era la pena de muerte, pero a los judíos se les había quitado la facultad de aplicarla, por lo que, a la mañana siguiente, Jesús fue traído al pretorio para que el gobernador romano Poncio Pilato, lo interrogase y lo sentenciase a muerte. Pero como la blasfemia no era un delito digno de muerte para los romanos, a Jesús se le acusó de sedición y de nombrarse a sí mismo rey.

Pilato no conocía a Jesús, así que le interroga para examinarlo, y ver qué decía Jesús de sí mismo. Sin embargo, Jesús le responde con otra pregunta para que Pilato meditara qué creía él, si solo repetía lo que decían, o si de verdad quería averiguarlo. Jesús buscaba algún deseo espiritual en Pilato, quien luego le pregunta a Jesús algo que todos se deberían preguntarse, ¿es Jesús un Rey?

En aquella época, un rey era la máxima autoridad o eminencia; soberano absoluto de una monarquía o un reino, a quien todos debían obedecer, cuyo poder era adquirido de forma hereditaria. En la actualidad, el rey cumple un rol simbólico y representativo, pero, en teoría, no ejerce el poder político. Los reyes, incluso aquellos que Dios mismo estableció, como David o Salomón, por ejemplo, eran hombres que tenían poder, lujos y diversas riquezas en abundancia. Sin embargo, el reino de Jesús no es de este mundo. Él no vino para cumplir algún propósito político, sino para establecer nuevamente el reino de Dios sobre la Tierra.

Miren ahora los vv. 37-38. Jesús nació en un pesebre, no en un palacio. En una familia sencilla y humilde. Durante su ministerio caminó entre multitudes enseñando la palabra de Dios y trayendo sanidad y libertad espiritual a muchos. Pero no tenía ni anhelaba un puesto religioso, ni político, ni social, ni mucho menos, poder o riquezas materiales como los reyes. A pesar de esto, Jesús se convirtió en un hombre influyente. Era mucho más que un rey, Jesús es el hijo de Dios, heredero del poder, autoridad y juicio que jamás podrá tener cualquier rey terrestre.

En efecto, durante todo su ministerio, Él dio cuenta de la naturaleza de su reino, el cual no es de este mundo sino un reino que habita entre los hombres, instalado dentro de sus corazones y conciencia. Sus riquezas, poder, gloria, sustentos, e inclusive, sus armas son espirituales. Este reino no necesita la fuerza para mantenerse y avanzar, ni se opone a ningún reino, sino solo al del pecado y Satanás. Cuando Jesús dijo yo soy la verdad, efectivamente dijo “Yo soy el Rey”. Jesús vino a traer la verdad para toda la humanidad, la cual, tanto Pilato, como la mayoría de las personas desconocían. Pero, pareciera que Pilato se dio cuenta que Jesús tenía la respuesta de la verdad, por lo que estaba maravillado con él. Pilato se convenció de que Jesús era inocente y por eso intentaba soltarle.

Miren los vv. 38b-40. Pilato tenía la autoridad para revertir el juicio de Jesús, pero por el temor y la presión social, propuso según la tradición de la pascua, que se soltara a un preso, para no tener problemas con los judíos. Pero la multitud prefirió que soltaran a Barrabas, quien era un homicida y agente del caos. Como ven, Pilato tuvo la oportunidad de liberar a Jesús, de escoger la verdad, pero tanto él como la multitud prefirieron el pecado, al elegir a Barrabás. Este fue el primer intento de Pilato para liberar a Jesús.

Nosotros mismos somos como la multitud cuando negamos al Señor con nuestros pensamientos, acciones o palabras que no están acordes a la voluntad de Dios, y no nos arrepentimos; o, como Pilato, queriendo quedar bien con Jesús y el mundo a la vez, ya que queremos adorar a Dios, pero también seguir viviendo en pecado. Inclusive, como cristianos perdemos de vista la verdad y negamos la soberanía de Jesús, cuando queremos el reconocimiento, la fama, el poder, el dinero y beneficios a cuenta del evangelio.

Es muy fácil decir que Jesús es el Rey Soberano de mi vida. Muy fácil decir: “Gloria a Dios, Amén. Toda la honra sea al Rey Jesús.” Pero, si camino con el pecado, mi corazón estará lejos de él, porque con mis actos y palabras, cada día sigo negando la soberanía de Cristo sobre mi vida.

II.- Jesús, el Rey sufriente (19:1-16)

Miren los vv. 1-4. El segundo intento de Pilato para soltar a Jesús fue castigándolo con azotes, supuestamente como pago del delito de Jesús. Pilato de seguro pensó que si hacía esto sería suficiente, y la multitud ya quedaría satisfecha, así que le azotó.

Bajo la ley judía se permitían hasta cuarenta latigazos. Pero en la ley romana, no había límite de azotes por lo que eran mucho más bárbaros. La Biblia no nos revela cuántos azotes soportó Jesús, sin embargo podemos tener una idea de la severidad del castigo. El procedimiento acostumbrado para azotar a alguien, era desnudarle el torso y extremidades, atarle las manos a un pilar y luego pegarle con un látigo que en sus extremos tenían pedazos de plomo o hueso, flagelando la espalda, los hombros y las piernas del condenado. En los primeros azotes, se arrancaban la piel y la grasa subyacente, y luego se cortaban los músculos y los tendones, incluyendo las arterias y venas que suministran sangre a los tejidos. Con este tipo de golpes, los músculos quedarían prácticamente destrozados.

Jesús, fue azotado como el más vil delincuente, aun siendo inocente. ¿Por qué? El profeta Isaías nos dice: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.” (Is. 53:4-5). Jesús atrajo a sí mismo todos los pecados pasados, presentes y futuros de toda la humanidad en su carne, recibiendo el castigo que nos correspondía a nosotros. Pagando el precio de nuestras mentiras, lascivia, lujurias, borracheras, orgullo y rebeldías.

Después de azotarle tan cruelmente, los soldados entretejieron una corona de espinas, y la pusieron sobre su cabeza, y le vistieron con un manto de púrpura; y le decían: ¡Salve, Rey de los judíos! y le daban golpes. Ellos se inclinaban ante él, no porque habían aceptado su soberanía, sino que se burlaban. ¿Se imaginan, luego de estar sin piel, tendones rasgados, con heridas abiertas, arrastrado y sucio, que te golpeen con varas, bofetadas, te coloquen una corona de espinas y te escupan? Jesús, el Rey, fue castigado y desfigurado de tal manera, que no podía ser reconocido.

Miren los vv. 5-8. Finalmente, la verdad salió a la luz: los líderes religiosos en realidad no habían llevado a Jesús ante Pilato porque se hacía llamar Rey de los Judíos o porque estaba planificando una rebelión contra el imperio, sino, porque según ellos, había blasfemado. Sin embargo, ellos jugaron con astucia, porque al acusar a Jesús de blasfemia contaban con enfurecer a los judíos; y al acusarlo de traición al César y al imperio, pondría a los romanos en su contra. A los enemigos de Jesús no les importaba cual razón moviera a Pilato con tal de que cooperara con ellos para matarlo.

Todo esto hizo que Pilato tuviese temor, pero todavía procuraba soltar a Jesús. Miren los vv. 9-11. Pilato quería que Jesús le diera algún motivo o razón para liberarlo. Él le recalcaba su autoridad, sin embargo, Jesús guardó su compostura. No hubo nada que lo tentase a desistir de su deber. Aunque Pilato decía que tenía la autoridad para soltarle, no sabía que todo era parte de la voluntad de Dios.

Miren los vv. 12-16. Los judíos pidieron a gritos que crucificaran a Jesús. Incluso, intimidaron a Pilato al decirle que si soltaba a Jesús no era amigo del César. Ellos actuaron movidos por su odio, envidia, enojo, y posiciones políticas y sociales. Tanto, que luego de haber llevado a Jesús con el motivo de defender la ley de Dios, ahora niegan su soberanía, y honran a César. Pero Jesús permaneció imperturbable. Él sabía por qué estaba allí. Conocía la verdad, el plan de Dios y el propósito de su juicio.

Y así, Pilato finalmente entrega a Jesús para ser crucificado en manos de los judíos. Él cedió ante la presión de los líderes religiosos y el pueblo judío, ya que, no mantenía buenas relaciones con ellos debido a que se levantaban en contra del imperio constantemente, causando caos y alborotos en múltiples amotinamientos. Esto era una amenaza al poder que poseía como gobernador, además de las riquezas que podía tener. Inclusive, el hecho que permitiera otra revuelta podría llevarlo a la cárcel, ser castigado o a perder su vida. Pilato estaba aferrado al poder y riquezas de este mundo, pero prefirió todo esto, que reconocer a Jesús como el rey verdadero, dueño de la verdad. No seamos hoy como Pilato, no nos aferremos a este mundo o a nuestros pecados, recibamos a Jesús como nuestro Rey hoy.

III.- Consumado es (19:17-30)

Miren los vv. 17-18. Jesús es crucificado. La crucifixión utilizaba diferentes tipos de cruces y métodos para ejecutar a las personas. A Jesús lo clavaron en la cruz; a otros solo los amarraban. Este tipo de muerte hacía que las personas murieran por asfixia, ya que, al estar colgada, perdiendo las fuerzas, el peso del cuerpo dificultaba la respiración, muriendo lentamente y con mucho dolor. Jesús, al estar clavado, tenía que apoyarse sobre los clavos en sus pies para poder tomar una bocanada de aire. Los clavos de doce centímetros de largo en los talones y muñecas que le sujetaban al patíbulo hacían que Jesús sufriese los dolores más terribles que uno se pueda imaginar. El dolor se extendía por todo el cuerpo como un golpe de corriente, porque en el caso de Jesús, para poder tomar aire, tenía que apoyarse sobre los propios clavos en sus talones.

¿Por qué tuvo que morir así Jesús? Como aprendimos esta mañana en el Pan Diario, el ser humano ha pecado y por eso fuimos expulsados del reino y de la presencia de Dios. Nosotros hemos heredado la naturaleza pecaminosa de nuestro padre Adán. Por eso vivimos en pecado, complaciendo los deseos perversos de nuestra carne. Todos y cada uno de nosotros merecíamos que Dios nos castigara con su ira santa. Pero el amor de Dios fue tan grande que planificó la manera de perdonar nuestros pecados y salvarnos.

Jesús se entregó en la cruz para recibir nuestro castigo. El apóstol Pedro dice: “quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados.” (1P. 2:24). Es decir, que Jesús murió, como sacrificio sustitutivo, tomando nuestro lugar, para no sufrir el castigo que nos correspondía. El derramó su sangre preciosa para pagar por nuestra redención.

Al obedecer y morir en la cruz, Jesús recibió el poder, la autoridad y la soberanía absoluta de todo lo que existe, como nos lo muestra la cita de (Filipenses 2:8-11): “Y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”.

Este rey que moría en la cruz, en realidad, estaba tomando el control de su reino. La muerte y resurrección de Jesús darían un golpe mortal al gobierno de Satanás y establecerían su autoridad eterna sobre la tierra. Muy pocas personas entendieron el verdadero significado de la muerte de Jesús. Pero el letrero que Pilato puso sobre la cruz lo describe perfectamente.

Miren los vv. 19-22. A pesar de que Pilato no tomó la decisión correcta al entregar a Jesús para ser crucificado, mandó que se le colocara un letrero sobre la cruz de Jesús que decía: JESUS NAZARENO, REY DE LOS JUDIOS. Pilato, además de tener esta convicción acerca de Jesús, colocó el letrero para humillar a los líderes religiosos y mostrarles el desprecio que también sentía hacia ellos. Esto fue apropiado, ya que serviría de testimonio para todos aquellos que lo leyeran. El Rey de los Judíos murió desnudo clavado en una cruz. Sin embargo, Dios tenía un plan supremo y quería comunicar la ironía del suceso al mundo, ya que el letrero estaba escrito en tres idiomas: en hebreo, que era el idioma local; en latín, que era el idioma de Roma y del ejército; y griego, el idioma común del imperio; revelando que Jesús no solo era el Rey de los Judíos, sino también de los gentiles y de todo el universo. ¿Es también Jesús el Rey soberano de tu vida?

Miren los vv. 23-24. Era muy común que los soldados romanos se quedaran con las ropas de los condenados a muerte. Así ellos se repartieron los vestidos de Jesús. Pero como la túnica era sin costuras, no quisieron partirla, sino que echaron suerte sobre ella. Así cumplieron con la profecía del Salmo 22:18 escrita por el Rey David. Esto es una evidencia más que confirma a Jesús como el Cristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, El Hijo de Dios, nuestro Rey Soberano.

Miren ahora los vv. 25-27. Aún en su agonía, al cumplir con la voluntad de Dios, Jesús se preocupaba por su madre. Por eso le pidió a Juan que se encargara de cuidarla. Los hermanos de Jesús aún no habían creído en Él. Por lo tanto, Él prefiere dejar a su madre encargada a uno de sus discípulos. Aunque Jesús estaba en gran agonía y sufrimiento en la cruz, Él no se preocupó por sí mismo, sino por los demás. De hecho, esa es la razón fundamental por la que Él está muriendo en la cruz.

Miren el v.30. Las últimas palabras de Jesús antes de morir fueron: “Consumado es”. La palabra consumado también significa “pagado por completo”. ¿Qué pagó Jesús al morir así en la cruz? El castigo total por nuestros pecados. Jesús vino a cumplir la obra de salvación de Dios.

Antes, según la Ley de Moisés, se tenía que sacrificar un cordero, un sustito que tomara el lugar de una persona, para recibir el perdón de Dios y quedar limpio ante Él y así seguir perteneciendo a su pueblo. Pero esos sacrificios no podían quitar el pecado definitivamente, por lo que debían repetirse una y otra vez. Jesús era el sacrificio final y definitivo por el pecado. El complejo sistema de sacrificios acabó con su muerte porque Él tomó sobre sí mismo todo pecado.

Así Jesús se constituyó como el Rey del Reino de Dios. Para que todo aquel que le reciba y crea en Él sea salvo. Si aceptamos a Jesús como el Rey que fue crucificado por nuestros pecados, si aceptamos Su Soberanía sobre nuestra vida, si confiamos en Él y obedecemos sus mandamientos, entonces podremos entrar juntos en el reino de Dios que habíamos perdido a causa del pecado. Podremos ser ciudadanos en el Reino de Dios, la Patria Celestial. Amén.

Hoy estoy compartiéndoles este mensaje, y quiero reconocer públicamente delante de ustedes que Jesús es el Rey de mi vida, y es, a quien quiero servir, a quien quiero imitar, y me arrepiento de mi corazón rebelde y lo entrego en sus manos. Necesito su gracia para negarme a mí mismo y seguirle. Gracias a su muerte en aquella cruz, su misericordia y amor fueron tan grandes por mí, y por todo el mundo, que sé que me perdonó todos mis pecados pasados, presentes y futuros, haciéndome ciudadano de su hermoso reino.

Le pido a Dios, que me mantenga en sus sendas de paz dando frutos dignos de arrepentimiento, amando a mi familia. Que ponga en mí el querer como el hacer para continuar hablándole a mi prójimo de su palabra, de dar por gracia lo que por gracia he recibido, y que me ayude a tener amor por mis hermanos en la fe y lo más importante que no pierda mi enfoque de que todo es para su Gloria.

Queridos hermanos, el tiempo ha llegado, Dios cumplió lo que ha prometido. Hoy es el tiempo para mí y para ti de recibir al Señor y descubrir los propósitos que tiene para nuestras vidas. Tiempo de anunciar las buenas nuevas, de que el reino de Dios se ha acercado y habita en nuestros corazones. Pero es necesario que reconozcamos a Jesús como Rey soberano, que murió y resucitó por nuestros pecados para darnos el regalo inmerecido de la salvación. En necesario arrepentirnos y cambiar nuestra vida pecaminosa mediante la renovación de nuestro entendimiento por el poder del Espíritu Santo, al aceptar y obedecer la voluntad de Dios.

Le pido a Dios que continúe trabajando en nuestros corazones, para que cada día podamos reconocer Su soberanía sobre nosotros. Que nos ayude a prepararnos como ciudadanos consagrados a tu servicio, y así ser restituidos en la patria celestial.

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